Viaje Místico

Prólogo

Era la tarde brumosa del 30 de diciembre del 2006 mientras caminaba por el parque Güell en Barcelona.  Vi a una mujer que corría desesperada gritando el nombre de Fausto mientras se alejaba sujetándose con fuerza su antebrazo izquierdo. Aquello me estremeció.

Pocos minutos después encontré en una banca del parque una libreta gruesa que en su carátula decía: «viaje místico».

Abrí la primera página y descubrí las letras apresuradas y aún frescas escritas en tinta negra: que dictaban. «Si llegas a encontrar este manuscrito: haz lo que tengas que hacer». Y bajo la frase, el nombre de Marion.

Hojeando la libreta noté el nombre de Fausto entre líneas, junto con fotografías recientes tomadas en Barcelona. Y pensé que pertenecía a la chica que había visto marcharse desconsolada. Así que decidí salir a localizarla.

Dejé una nota con mis datos al vigilante y me fui del lugar.

Durante varios días me perdí en la búsqueda por las calles estrechas, húmedas y góticas de la ciudad y cuando llegaba a mi habitación por la madrugada, me adentré en la lectura del manuscrito, tratando de encontrar algunas pistas sobre ella.

Al principio parecía sólo contener el relato de un viaje en el desierto, pero conforme leía, me compenetraba en la historia. La cual, se divide en los dos hemisferios de uno de los personajes y por raro que parezca, algo inquietante me comenzó a suceder en el brazo.

Por ello intensificaba mi propósito. En varias ocasiones, la distinguía entre la multitud de vendedores y transeúntes nocturnos; corría para alcanzarla pero se perdía entre las personas. Daba la impresión de que sabía que la estaba buscando. Incluso, uno de esos días en la Plaza Royal, se postró del otro lado mirándome tristemente mientras yo la llamaba gritando su nombre; dio la media vuelta y se perdió entre la calle Ferran y Avinyó.

Ahora después de leerlo, sé porque lo dejó ahí. Y de alguna forma, sé que es lo que tengo que hacer. Mi papel en dicha historia es comunicarlo. Por ello lo he trascrito tal como estaba junto con las imágenes.

Es un texto del cual ya no puedo salir… está aquí.

PD. Si sabes algo sobre ella, ayúdame a encontrarla.

RODRAZ

Capítulo 1

Nunca imaginaron que aquella noche en la selva de Xilitla vivirían un trance tan profundo. Y que en Teo, se revelaría el espíritu de una planta.

El autobús se detuvo en la carretera. La neblina lo cubría todo. Se sentía una humedad densa en el ambiente y la tenue luz apenas figuraba los contornos de la selva.

Eran las seis de la mañana cuando bajaron del vehículo. Se hallaban en medio de dos caminos. En uno de ellos se apreciaba un letrero con el nombre de la localidad.

Los rodeaba una espesa vegetación con los sonidos apabullantes de animales que despertaban. Los tres caminaron hasta llegar a un pequeño puente por donde cruzaba un río de agua translúcida. Otro letrero que apenas se mantenía en pie indicaba «Las pozas y el castillo surrealista», con una flecha orientada a una vereda de lodo que continuaba a un costado del río.

El Sol se elevaba y el canto de las aves se hacía más intenso. Junto con el rumor del agua que corría por doquier.

Llegaron a una puerta altísima de herrería, a lado de una construcción en plena selva que parecía una flor de cemento enmohecida de unos diez metros de alto con escaleras de espiral por todo su tallo.

Dejaron sus pertenencias en el suelo y se sentaron frente a la entrada contemplando la edificación. No podían creer lo que veían. Escaleras con formas retorcidas y caprichosas, junto a un río de agua azul turquesa.

Al parecer el castillo surrealista se extendía por toda la ladera, pero se perdía entre la vegetación.

El lugar era una especie de santuario deshabitado. Las estructuras de varios pisos tenían en su interior puertas y esculturas exóticas, aunque sin paredes divisorias. Era una obra diseñada para admirar. Se trataba de un monumento a la naturaleza, aislado, que se reconstruía cada día con ayuda de la humedad y la vegetación.

Teo se sentó en el borde de una poza y metió los pies en el agua que bajaba por una pequeña cascada. Asombrado, no podía dejar de contemplar el mágico sitio. Se desvistió y se metió al agua.

Fausto y Marion se habían alejado juntos cuando entraron al castillo por debajo del puente situado al lado de la entrada principal. Se encaminaron hacia la parte superior de la ladera por un sendero que se dirigía a una figura parecida a un capullo abierto de unos cuatro metros de diámetro.

Anonadados, exploraban aquel espacio, contagiados por su magnetismo. Su evidente entusiasmo demostraba que pretendían pasar varias horas a solas en aquel lugar, en el cual los rincones eran ideales para recorrerse con las manos, con la boca, con la piel sedienta que bajaba a gotas entre sus dedos.

Fausto buscaba la cintura de Marion que se escondía detrás de las formas orgánicas, entre caricias y besos temblorosos.

Teo salió de la poza y se vistió, repuesto y habituado a su soledad, que se acostumbraba a él, como él a ella. Recorrió algunas construcciones río arriba y de vez en cuando se internaba en la selva para escudriñar las formas verdes. A lo lejos escuchaba la risa de Marion que se integraba a los sonidos de la naturaleza.

Él no se sentía el mismo desde hacía tres días cuando habían acampado en el desierto. Algo que aún no podía entender había cambiado, presentía en su cuerpo un bienestar profundo y su mente estaba tan clara y enfocada como el agua de aquel sitio. Se internó en la espesura y recorrió las veredas como si buscara algo, no en forma física sino en su propia mente.

Buscaba una conexión entre sus neuronas y su andar, que lo hacía pasar de una idea a otra. Cuanto más avanzaba en los senderos, con mayor profundidad se introducía en su pensamiento. Quería saber, quería conocer el misterio de todo lo que lo rodeaba. El origen mismo de la naturaleza. Sentía una curiosidad inhabitual.  Él estaba seguro de que todo aquello no les había sucedido por casualidad.

Por la tarde se encontraron en una de las flores gigantes con graderías interconectadas, desde donde se apreciaban la colina y las sobresalientes figuras artísticas de las copas de los árboles liberadas de una ligera bruma a su alrededor.

Complacidos con el lugar, comentaron las sorpresas halladas en su recorrido por el castillo y las pozas. Bajaron a la primera plataforma techada y prepararon algo de comida que llevaban en sus mochilas. El agradable sitio estaba desprovisto de muros, con piso de laja y tejado de hormigón de formas irregulares. A todas luces ese tejado servía de cafetería en temporada alta. Pero para su suerte, los únicos turistas eran ellos.