¿Saben que nos dijo su abuelo anoche?

Mi abuelo tenía poco más de noventa años. Había tenido una vida plena y gratificante, con dramas y alegrías familiares de la época de oro mexicana. Le gustaba vestir bien, beber buenos licores, recibir a sus amigos en el despacho de su casa los viernes por la tarde hasta el día siguiente, rodearse por sus hijos. Ser atendido por sus nueras, ir a las reuniones del club de leones y ponerse calcetines morados. Hasta mis amigos de infancia como Edson o Nacho lo llamaban Don Ricardo. Su casa se alzaba en la entrada del pueblo, mostrando un jardín de flores, un gran árbol frutal que daba algo de sobra al patio y una enredadera de troncos gruesos y viejos que cubría por completo la planta baja y el primer piso de la casona.

Hay, hayay, hayay,  Sonia, porque ese muchachito anda con el cabello tan largo. Sonia, Enrique. Mira este muchachito anda molestando a mi Quique. Sonia. Hijita, hijita, hijita, Gaby, ve con tu hermano a lavar el coche. Enrique dile a los niños que no jueguen en la viruta, los va a picar un alacrán. Desde su escritorio repartía órdenes con voz baja. Que todos atendían sin reparo.

Cuando el negocio de la familia se vino abajo, el también. Pronto comenzó con los achaques y días más tarde le diagnosticaron un cáncer de los que a su edad ya no había nada que hacer. Paso del escritorio, a la silla de ruedas. Y no podía levantarse de la cama sin asistencia.

Y una noche por ahí de las tres de la mañana. Enrique. Gritó mi abuelo, fue un lamento tan largo como escalofriante que se apagaba poco a poco. Los perros ladraron y las luces del cuarto de mis padres se prendieron. Enrique. Se lamentaba.

Por la mañana, como cualquier día a la hora de los desayunos míticos de mi madre en donde disponía sobre la mesa, fruta, jugo recién hecho, café, leche, pan de dulce, bolillos, nata, crema, mantequilla. Y por si fuera poco nos iba sirviendo a cada uno con ayuda de Margarita, los huevos revueltos con frijoles, o a veces enchiladitas, de cuando en cuando, huevos con chirizo, con tocino, quesadillas de flor de calabaza. Sincronizadas en salsa roja. Y entonces se dispuso a contarnos, como quién cuenta un sueño en la sobre mesa mientras margarita traía a la mesa las tortillas calientes.

¿Escucharon en la madrugada los lamentos de tu abuelito?

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