6. Rumbo a Xilitla

Nos fuimos temprano a la entrada del túnel de Ogarrio en Real de Catorce, y comenzamos a hacer auto-stop, hasta que una hora más tarde un hombre que conducía una pick-up accedió a llevarnos hasta Matehuala. De ahí tomamos un bus a Rio Verde a donde llegamos al anochecer, y de ahí esperamos el bus que salía de madrugada rumbo a Xilitla.

Pasamos todo el día en las pozas y recorriendo el castillo surrealista en la selva de Xilitla.

Habíamos convencido al guardia que por cincuenta pesos nos dió permiso de quedarnos en el tejaban que hacía las veces de cafetería, con la condición de no decir nada.

Ya entrada la noche, Natacha sacó una vela y comenzó a buscar los cerillos en las mochilas.

Miren que encontré. Nos dijo. Nos volteamos y tenía entre sus manos los botones de peyote.

¿Y si lo volvemos a intentar? Nos dijo mientras prendía la vela.

Pues, a lo mejor hasta me calma el hambre dijo Nacho. Los tres comimos sin pensarlo mucho.

Nacho y yo nos quedamos sentados en las sillas de plástico, viendo como la poca luz que quedaba se difuminaba acariciando las miles de hojas verdes que se aferraban a la peña del otro lado del río, a unos metros frente a nosotros.

Wey, ¡Ya viste! Se formó como una cara.

Yo más bien veo como una serie de personas.

¡Mira, mira! Parece una máscara.

¡Órale, si, si parece!

Mira, ya cerró un ojo.

¡Wow! que loco.

¡No chingues! nos está viendo. Y los dos reímos.

Es veneno, no lo coman. Nos gritó Natacha desde el fondo del recinto.

Los dos volteamos a verla, pero ya no se distinguía en la oscuridad.

¿Qué dices? Nat.

No lo coman, miren, es veneno. Miren como está corriendo por mis venas.

Nos acercamos a ella a tientas y la ayudamos.

Tienen que vomitar, insistió ella. metiendose los dedos a la garganta.

Nacho y yo la mirábamos sorprendidos.

¿Tú te sientes mal? Me dijo.

No para nada ¿y tú?

No tampoco. Qué raro. Tomé la última botella de agua que nos quedaba y se la tendí a Natacha.

¿Me la puedo terminar? Nos preguntó.

Si, sin problema.

Gracias. Ya me siento mejor. Los tres nos sentamos y Nacho comenzó a hablar de cualquier cosa para tratar de calmarla.

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