Rumbo a Xilitla

Nos fuimos temprano a la entrada del túnel de Ogarrio en Real de Catorce, y comenzamos a hacer auto-stop, hasta que una hora más tarde un hombre que conducía una pick-up accedió a llevarnos hasta Matehuala. De ahí tomamos un bus a Río Verde y de ahí esperamos el bus que salía de madrugada rumbo a Xilitla.

Pasamos todo el día en las pozas y recorriendo el castillo surrealista en la selva de Xilitla. No vimos a ningún turista, solo dos personas que vendían artesanías en la entrada.

En la tarde hablé con el guardia y le ofrecimos cincuenta pesos para poder quedarnos a dormir dentro de la propiedad. Él nos dio permiso de quedarnos en el tejaban que hacía las veces de cafetería, con la condición de no decir nada, se fue y nos dijo que volvería a la mañana siguiente.

Ya entrada la noche, Natacha sacó una vela y comenzó a buscar los cerillos en las mochilas.

¡Miren que encontré! Nos dijo.

Nos volteamos y tenía entre sus manos los botones de peyote.

¿Y si lo volvemos a intentar? Nos dijo mientras prendía la vela.

Pues, a lo mejor hasta me calma el hambre dijo Nacho.

Los tres comimos tratando de soportar el intenso sabor amargo de aquellas cactáceas.

Nacho y yo nos quedamos sentados en las sillas de plástico, viendo como la poca luz que quedaba se difuminaba acariciando las miles de hojas verdes que se aferraban a la peña del otro lado del río, a unos metros frente a nosotros.

¡Wey! ¿Ya viste? Se formó como una cara.

Yo más bien veo como una serie de personas.

¡Mira! ¡Mira! Parece una máscara.

¡Órale, sí, sí parece!

¡Mira! ya cerró un ojo.

¡Wow! que loco.

¡No chingues! nos está viendo.

Y los dos reímos.

¡Es veneno! ¡No lo coman! Nos gritó Natacha desde el fondo del recinto. Los dos volteamos a verla, pero ya no se distinguía en la oscuridad.

¿Qué dices? Nat.

¡No lo coman! Miren, ven el veneno que está corriendo por mis venas.

Nos acercamos a ella a tientas y la ayudamos.

Tienen que vomitar, insistió ella. Mientras trataba de auto provocarse el vómito con sus dedos en la garganta. 

Nacho y yo nos miramos levantando los hombros.

¿Tú te sientes mal? Me dijo.

No para nada ¿y tú?

No, de hecho me siento muy bien.

Yo igual.

Tomé la última botella de agua que nos quedaba y se la tendí a Natacha. ¿Me la puedo terminar? Nos preguntó. Si, sin problema. Gracias.

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