Remolino de luz

Me acomodé cruzando las piernas y no sé muy bien porqué, comencé pronunciar el mantra, Om que Natacha me había enseñado días atrás.

Pero más bien lo hice solo vociferando en una sola exhalación las entras o, a, i, moviendo la boca como un pez.

Pero encontré que al mover mi boca lograba producir el sobre tono que estaba buscando, como si produjera dos sonidos al mismos tiempo. Respiré profundamente y cerré los ojos, aunque para el caso no había ninguna diferencia entre tenerlos abiertos o cerrados. Pues la oscuridad era omnipresente.

Comencé a emitir aquel mantra, con el tono más grave que pude. Yo nunca había practicado el yoga o algo parecido, pero aquello me estaba relajando mucho.

Me sentí tan bien que volví a repetir el sonido, una y otra vez, variando el tono de mi voz con los ojos cerrados, hasta que mientras reanudaba mi canto, abrí los ojos.

Frente a mi vi una espiral de luz vaporosa color amarillo pálido. Aquella florescencia  salía del piso de piedra y se elevaba un metro y medio hasta disolverse en la negrura en la que nos encontrábamos, era muy sutil y su luz se reflejaba delicadamente en  el piso de piedra.

La impresión que me produjo me hizo callar y en ese momento la espiral se disipó como bruma ligera que se apaga desde dentro.

Me quedé petrificado y una sonrisa se dibujó en mi rostro.

Respiré profundamente y volví a emitir el sonido, ahora con un tono más grave posible.

Fue cuando a pocos centímetros de mis piernas se comenzó a dibujar una espiral de luz rojiza con un diámetro de unos sesenta centímetros que se movía lentamente de al contrario de las manecillas del reloj. 

Conforme sostenía el sonido iba ascendiendo hasta poco más de un metro y medio para después disolverse. Dejé de cantar y la espiral se esfumó.

¡Noooo chingues! ¿Qué es eso? Dije en voz alta. Mientras escuchaba a Nacho y Natacha que seguían hablando en la mesa.

Volví a cantar y ahora tratando de encontrar el sonido más agudo que podía sostener haciendo el movimiento de mis labios para variar el tono y buscando el sobre tono. Y tímidamente surgió una cortina de vapor luminoso en forma de espiral con un diámetro menos a la anterior pero con una estructura más compacta y de color azul pálido. La miré bien tratando de aguantar lo más que pude el mantra y vi como en la espiral había unas diez pequeñas burbujas transparentes de un centímetro que rodeaban la espiral y se elevaban al mismo ritmo.

¡Nacho, Natacha! Les grité a mis amigos. Tienen que ver esto.

¿Qué dices? Gritó Nacho.

¡Ven wey! Tienes que ver esto. Le dije.

Escuché como se arrastraron las sillas de plástico.

¿En dónde estás? Me dijo Natacha.

Aquí, sigue derecho. No, para allá no. Por aquí Nacho a tu derecha. Guié a mis amigos hasta donde estaba sin levantarme.

¿Cómo sabes en dónde estoy? Me dijo Natacha.

Puedo verlos. Respondí sorprendido.

¿Qué? Murmuró Nacho en la oscuridad total.

¡Wey! ¡Puedo verlos! Reí nerviosamente. Tienes una delgada línea multicolor sobre el contorno de todo tu cuerpo.

¿Cómo? Dijo de nuevo mi amigo mientras se sentaban a mi lado.

En serio. Dije nervioso. ¡Wey! ¡Esto está muy loco!

Entonces Natacha en un gesto maternal acercó su mano a mi frente.

¡Wow! Exclamé.

¿Lo sentiste? Me dijo ella.

¡Lo vi! Le respondí.

Descríbeme lo que ves. Me dijo acercando de nuevo su mano a mi mano. Tu comeinzas a tener una alucinación sinestésica.

Veo una línea multicolor de apenas unos milímetros que irradia de nuestras manos. Ahora veo como comienza a salir de tu mano y de mi mano una especie de neblina luminiscente, cómo si estos destellos… Se acercan más,  cambian de color, se alargan,  más. ¡Wow! ¿Lo sentiste? ¡Se conectaron! Ahora parecen ser una sola línea la que nos rodea. Ella dejó la palma de su mano a unos milímetros de mi cuerpo. No puedo distinguir cual es tuya y cual mía.

Nacho suspiró. Y Natacha buscó su mano. No te vayas, le dijo.

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