7. Pescadores de agua

Cuando era niño mi padre me llevó al rancho que tenía en las afueras de Tula en un pequeño pueblo que se llama Chapulaco, que está a las faldas de cerro de Coatepec.

Don Pancho y mi padre, estaban buscando un lugar para cavar un pozo de agua. Recuerdo que don Pancho cortó y limpió una delgada rama de matorral hasta dejarla con forma de ye, de unos cuarenta centímetros de largo. Luego tomó dos de sus extremos con ambas manos y comenzó a caminar como si con la vara estuviera jugando a pescar.

Avanzaba lentamente por las veredas, en ocasiones se detenía y volvía a reanudar el paso. De pronto la vara se empezó a doblar hacia el piso temblando, vi como apretaba los puños sin mover las manos tratando de evitar que la vara descendiera, como si su pez imaginario estuviera jalando del hilo con fuerza.

Iré, como que aquí quiere el hoyo. Dijo don Pacho que volvió a reanudar su marcha hasta llegar de nuevo al mismo punto.

¿Le quiere calar Don Enrique? Preguntó el ranchero. Nomás agarre la vara así, iré, sosténgale una punta con cada mano dejando los pulgares hacia usted y cierre fuerte el puño, luego, gire hacia adentro las muñecas sin soltar la vara, hasta que sus dos puños miren hacia arriba. Y la punta libre quede hacia el frente.

Don Pancho le mostró varias veces el proceso hasta que mi padre logró sostener la vara como el ranchero lo indicaba.

¡Ándele! Ora si, ora camínele despacito y va sintiendo la rama.

Mi padre caminó por unos diez minutos sin que nada pasara.

A ver que lo intente mi hijo. 

Don Pancho me tendió la rama y me enseño como sujetarla.

A ver, camínale despacito y le vas calando, si sientes que la vara se mueve no te asustes y no le vayas a aflojar, apriétala lo más fuerte que puedas.

Comencé a andar y sentí como la vara se comenzaba a mover al interior de mis puños. Sentí miedo, porque no había nada que la estuviera jalando.

Apriétale con fuerza, no dejes que se mueva. Me insistió mi padre al ver mis ojos.

Cerré el puño y sentí como la aquella planta recién cortada se retorcía queriendo darse la vuelta.

Con el niño si quiere. Sigue la vara, hacia donde sientas que tira más fuerte. Dijo Don Pancho.

Caminé entre piedras secas y matorrales en aquél cerro árido del valle del mezquital, hasta que debajo de una peña sentí como la vara se tendía hacia el piso con mucha fuerza, al punto que casi se escapaba de mis manos.

Es aquí. Dijo don Pancho, y dibujó una equis en una piedra grande que ahí estaba con otra piedra chica. Aquí pasa el agua. Y señaló una línea con su mano desde el punto que él había localizado hasta donde yo estaba parado.

¡Pero yo no la moví! ¡Se mueve sola! Les dije asustado.

Don Pancho rio para si, Lo que pasa es que la vara quiere tomar agua, y sabe donde está más cerca. Por eso se estira tratando de enterrarse.

¿Y por qué conmigo si quiere y con mi Papá no? Pregunté.

Eso si no sé. Dijo don Pancho sonriendo.

La silla de plástico crujió, y su ruido me trajo de vuelta a la realidad. Vi a Nacho y a Natacha iluminados por la luz de la vela, conversando en el tejabán dentro del castillo surrealista en las pozas de Xilitla.

Entonces fui consciente del tirón que sentía. Era como si algo me estuviera jalando desde el piso. La presión la sentía a la altura de mi abdomen. Me puse de pie lentamente y caminé hacia el fondo del tejaban tomando bocanadas de aire, no sentía dolor, ni malestar, solo esa fuerza, ese peso que me jalaba cada vez con más fuerza.

Debe ser mescalito queriendo regresar a la tierra. Pensé. Pues sentía la misma fuerza que había experimentado de niño en el cerro buscando agua, solo que ahora dentro de mí, en mi estómago.

Tranquilo Ro, tranquilo, me decía a mí mismo apoyándome en la barda de piedra al fondo del tejaban. En ese momento sentí un súbito jalón que me obligó a sentarme.

Me acomodé con la espalda en la pared y crucé mis piernas, entonces fue como si un torrente de agua fluyera por todo mi cuerpo. Aquella fuerza no desapareció, solo se equilibró hasta el punto de que me resultó imperceptible, entonces como si se me hubieran destapado los oídos, escuché más intensamente todos los ruidos de la selva en aquella oscuridad absoluta que envolvía a lo lejos a nuestra única vela. 

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