Mescalito

Escuché el sonido de cada gota de lluvia al caer. Sentí el crujir de las ramas, escuché como el río crecía, sentí, la humedad en el piso de piedra, el latido de mi corazón, el latido del corazón de Natacha, el de Nacho, y los percibía no como algo externo a mí, sino como si yo fuera parte de ellos. Mis amigos se pusieron de pie y Natacha me tomó por las mejillas.

Tienes que parar Ro. ¡Escúchame! Es suficiente, estás alucinando.

Asentí con la cabeza.

Los tres nos pusimos de nuevo alrededor de la vela. De pronto tuve la sensación que algo subía por mis piernas, un escalofrío me recorrió todo el cuerpo, y el sabor amargo que sentía en mi boca se volvió más intenso.

Un segundo después sentí un empujón tan violento que me sacó de mi cuerpo. En ese momento, mi punto de vista, es decir el lugar desde el cual observaba la situación. Ya no estaba en mis ojos, sino que ahora veía desde algún un punto localizado detrás de mi hombro derecho. Observé a mis amigos, la mesa, las sillas, la vela, el cobertizo en donde nos encontrábamos, la lluvia, la noche, y también me vi a mi mismo de pie.

Una voz ronca y áspera salió de mi cuerpo gritando a mis amigos. ¿Qué creen que están haciendo? Dijo. Son unos idiotas, ustedes me mataron. Gruño la voz.

Entonces en un santiamén, pasaron frente a mí, todas las imágenes de nuestro viaje desde el desierto de Real de Catorce hasta Xilitla pero en sentido inverso. A gran velocidad, hasta que en mi alucinación, mi punto de vista, se posó sobre un matorral en el desierto de Catorce. Admiré en un total silencio el atardecer, las montañas al fondo del valle, el aire cálido y ligero. Y de un súbito cambio de dirección mi visión se enterró en el suelo arenoso. Entonces solo vi la oscuridad y tuve una sensación de calma.

Fue cuando tuve la sensación que algo golpeaba el suelo en el que me había sumergido, eran pequeños golpes de tambor muy a lo lejos, uno tras otro y después de manera caótica. Supe que estaba lloviendo. De pronto mi visión comenzó a moverse en la oscuridad, más y más hasta que una luz rojiza ganó terreno y de pronto sentí un impulso hacia la superficie. ¡Estaba creciendo como una planta! precisamente como un peyote. Al salir a la superficie, sentí el viento, la lluvia, el sol, y experimente una especie de orgasmo, que culminó en un florecimiento. Tuve una sensación exquisita de felicidad que me duró unos instantes, hasta que de pronto el frío sobrecogedor me atravesó por dentro y en un instante mi punto de vista se desprendió con un intenso dolor. Sentí cómo si me hubiesen cortado el cuello.

Son unos idiotas. Me gritó la voz.

Volví en mí, respiré profundamente y frente a mi vi a mis amigos iluminados por la vela. Aparentemente lo que para mí había significado varios minutos. En realidad habían sido solo unos segundos.

¿Qué estás diciendo Ro? Me preguntó Natacha.

Es él. Es mescalito, también está aquí.

Les dije temblando de miedo. No soy yo el que habla, no soy yo, es él.

Tranquilo Ro. Tranquilo, estas en trance.  Me dijo Natacha mirando mis pupilas dilatadas de cerca. Va a pasar pronto.

Entonces volví a perder el control de mi cuerpo, y una voz ronca que salió de mi boca le dijo a Natacha.

Tienes que cuidar de ellos esta noche. Fue la razón por la cual no quise que me encontraras. Natacha da un paso atrás.

Nacho se acercó a mí con pasos seguros, y me dijo. ¡Dámelo! ¡Yo voy a cargar con esto! Me tomó del brazo con fuerza y en el momento me sentí aliviado. Nacho en cambio comenzó a sacudirse hasta caer al piso convulsionando.

Me acerqué a él y lo tomé de los hombros. No amigo, yo debo de cargar con él. Le dije resignado.

Nacho se arrodilla tratando de recobrar el aliento. ¿Qué es eso? Su rostro estaba desfigurado de angustia por lo que había sentido.

Es él, y ha despertado dentro de mí. Le dije.

Hace tres días comenzaron un ritual en el desierto, y lo tienen que terminar juntos. Dijo la voz con una entonación mucho más pausada. Y volvió a fundirse su voz dentro de mi cuerpo. Yo respiré hondo mientras volvía en mí y me incliné sintiendo el peso de toda esa pesadilla.

¡Quiero que pare! Grité temblando de miedo.

Natacha se acercó y abrazó. Tranquilo Ro, tranquilo. Todo va a estar bien. Me dijo. Estuvimos así por un instante mientras ella tarareaba, como si me estuviera arrullando. No tengas miedo, es solo tu imaginación desbordada.

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