Los invitados

¿Escucharon los gritos de tu abuelito en la madrugada? Nos preguntó mi mamá en el desayuno. Mis hermanos y yo asentimos.

Pues cuando bajamos a su cuarto su papá y yo, prendimos la lámpararita de la cómoda. Entonces tu papá le ayuda a sentarse en la cama y nos empieza a decir, como regañándonos.

No puede ser, a ver, Sonia, Enrique no puede ser. ¿Porque no atienden a los invitados como se hace en esta casa?

Tu papá y yo nos volteamos a ver, con cara de ¿Qué? Y yo le pregunto a tu abuelo ¿Por qué dice eso Don Ricardo?

Pues es lo que no entiendo. Nos dice muy serio tu abuelito. Sonia, hijo, no entiendo cómo es que no reciben bien a los invitados.

Llevan ya rato que llegaron a mi cuarto, vienen a ver como sigo. Y en todo este tiempo nadie ha venido para ofrecerles una copa. ¡Voy a creer¡ no es posible que no atendamos bien a nuestros amigos.

Pero papá, de que hablas. ¿Cuáles amigos? Le pregunta tu papá. Y tu abuelito le dice más serio aún. Hay hijo, hay hijo, por favor, has pasar a los invitados a la sala y atiéndelos. Mira que venir de tan lejos y a estas horas y que no les ofrezcamos algo, no es posible. No en mi casa.

Yo le hago una mueca a tu papá, para decirle que haga lo que dice tu abuelito y le pregunto. ¿Y quiénes vinieron a visitarlo Don Ricardo?   Él me voltea a ver y me dice. Hay Sonia, ¿Cómo que quienes? ¿Pues no los ve?

Es que está muy oscura la recámara y no bajé mis lentes. Le digo. Él suspira y me empieza a decir todos los nombres de las personas que estaban en su cuarto.

Tu papá se me queda viendo y le dice. Si Papá. no te preocupes, ahorita los atiendo y hace el gesto de salir e invitar a todos al comedor y hace el ruido de sacar las botellas y vasos.

Yo acuesto a tu abuelito y lo tapo bien tranquilizándolo hasta que se queda dormido.  ¿Y luego? Le pregunté a mi mamá.

Y mi papá me responde. Pues que todas las personas que tu abuelito nombró están ya muertas.

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