La Sustancia

Una semana después la condición de mi abuelo estaba muy deteriorada. Pero al mismo tiempo, era como si sufriera una metamorfosis. Lo que antes había sido una persona con una presencia avasalladora alrededor de la cual giraba toda familia, y también una de las personalidades más respetadas del pueblo. Ahora se estaba consumiendo por dentro, pero sin embargo su mirada expresaba un cambio. Una especie de implosión.

En esa época yo acababa de terminar la preparatoria y estaba a punto de irme a estudiar la universidad. Y cuando no estaba con Edson o Nacho, me pasaba en mi cuarto leyendo y pensando.

Mi madre me había dicho que tratara de no hacer ruido con la silla, porque como aquella habitación estaba justo encima de la recámara de mi abuelo, lo podía molestar.

De repente un día, un intenso olor a grasa quemada me sacó de la lectura, respiré pero mis fosas nasales se bloquearon, instintivamente abrí la boca y me sucedió lo mismo, no podía respirar, sentí entonces como si una masa densa estuviese ascendiendo lentamente justo en donde estaba yo sentado.

Me puse de pie por la inercia de aquella sustancia buscando aire. Hasta que unos segundos después aquella densidad se elevó más allá de mi nariz y pude respirar profundamente, y sentía como esa masa transparente se desprendía de mi cabello. 

En ese momento se abrió la puerta de la habitación con un leve crujido, mi hermana aún con el uniforme de la escuela me dijo con un llanto entrecortado.

Dice mi mamá que bajes, mi abuelito acaba de morir.

Ella dio la media vuelta y al tiempo que se limpiaba las lágrimas con una camisa que había dejado de ser blanca.

Bajé con la escalera con pesadez, estaba muy confundido y mi mente divagaba.  Observé cómo la casa comenzaba a llenarse de todo tipo de personas atraídas por la noticia que al parecer se había difundido.

Ándale hijito que necesito que me ayudes a cambiar la ropa de mi abuelo. Me dijo mi madre volviéndome de golpe a la realidad.

Respondí con un gesto afirmativo. Aunque por dentro pensaba, ¿Por qué yo? Ahí debe de andar Quique, o mi alguna de mis primas, o alguno de mis tantos tíos, y tías, o mi hermana o mi papá.

Pero no había escapatoria, antes que lo pensara mucho, mi madre me condujo hasta la habitación de abuelo entre la multitud. Mientras muchos le gritaban. Sony en dónde pongo la comida. Sonia ¿Cuál es el número de teléfono de la tía Güera? Sony ¿Tienes cerillos para prender los cirios pascuales?

Ya voy, espérenme tantito. Les Gritaba.

Entramos a la habitación, y vi como el Dr. Ruíz, antiguo amigo cercano de mi abuelo, se despedía de su amigo y constataba la hora de su fallecimiento. Cuando salió, mi madre cerró la puerta con llave por dentro.

Miré el cuerpo de mi abuelo sobre su cama que aún estaba tapado con las cobijas como si estuviera dormido. Su boca estaba abierta y los ojos entre cerrados veían en dirección a la cabecera de su cama. Parecía algo tieso, como si se hubiese congelado al momento de su muerte.

Ándale mijito, no te quedes ahí. Ayúdame a cambiarlo. Me lo dijo mientras miraba el cuerpo de mi abuelo por un momento, cómo para guardar la imagen.

A él le hubiera gustado que lo enterráramos con su traje. Pero mejor le ponemos su pijama de franela para que se vaya calientito. Dijo mi madre sacando las prendas del closet.

¿Y yo que hago?

Sujétalo por la espalda con mucho cuidado y levántalo para que le pueda quitar la ropa. Mis ojos se abrieron al máximo, mientras mi madre retiraba las sábanas.

¡Ándale niño¡ que nos pone tieso. Me dijo mientras ella quitaba la manga derecha del antiguo pijama que llevaba puesto mi abuelo con un poco de dificultad. Ella actuaba con la precisión y la sangre fría de un cirujano en plena operación, a pesar de la carga emocional que esto debió haber significado para ella, pues Don Ricardo, como ella lo llamaba, había sido como su propio padre. Yo hice lo propio con la mano izquierda. 

Metí mis manos detrás de la espalda de mi abuelo abrazándolo, la enfermedad terminal a sus noventa y pico años lo habían dejado en los huesos. Me acomodé y con la mano izquierda sostuve su cara por la nuca a unos centímetros de la mía, noté que aún estaba caliente.

Ahora, despacito, levántalo. Me dijo mi mamá.  

Al momento de alzar el cuerpo, éste exhaló el poco aire que le quedaba en los pulmones, emitiendo un leve gemido provocado por la presión del aire atrapado. Y al mismo tiempo yo inhalé por el esfuerzo de levantarlo. Y respiré sin opción todo el aliento que salió del cuerpo inerte de mi abuelo. Me recordó el olor que había percibido minutos antes.

Regresé, cuando mi madre me palmeó la espalda. Recuéstalo Me dijo.

En eso tocaron a la puerta. 

¿Sí? Respondió mi madre con voz autoritaria. 

Sony, ya llegó el cajón le dijo mi padre sin abrir la puerta.

¡Ya vamos! Le respondió ella.  

Se ha quedado en mí. Pensé.

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