La primera visión

Natacha me abrazó y sujetó mi cabeza en su regazo. No te preocupes Ro, todo está bien. Me dijo mientras yo escuchaba como la lluvia golpeaba con fuerza el tejaban en donde pasaríamos la noche en la selva de Xilitla.

Lo que te está pasando, solo está en tu mente. Sus palabras me tranquilizaron, era cierto. Todo lo que estaba ocurriendo estaba solo en mi mente. La luz espiral que desprendían los sonidos, la parálisis momentánea de mi brazo izquierdo, el repentino cambio de mi punto de vista, las palabras de mezcalito que salieron de mi boca con otra voz que no era la mía, las visiones del desierto. Si, ella tenía razón, debía de tenerla. Todo estaba en mi mente, solo eso. Solo eso me repetí en silencio.  

Dime que es lo que ves ahora. Me preguntó Natacha mientras me abrazaba. En ese momento, mi punto de vista estaba en algún lugar lejos de ahí, por alguna razón sentí que esa visión tenía algo que ver con ella.  

Veo una construcción en piedra parece una muralla de unos treinta metros de alto, veo que tiene torres redondeadas que la  flanquean, me da la impresión de que es una fortaleza medieval.

Entre las dos torres veo una gran puerta de madera. Estoy entrando por la gran puerta de madera que está entre abierta. 

No hay nadie, sigo avanzando. Hay una gran escalera, subo, y llego a un pasillo que se extiende en dos direcciones, parece el interior de la muralla. Hace frío, está muy húmedo y oscuro.  Giro hacia la derecha y continúo. Al fondo algo, me acerco más, y más, parece una puerta apenas entre abierta. Parece que hay luz en el interior.  Me acerco, la puerta se abre.

Entré en una habitación circular, la torre. Al fondo hay una silueta, poco a poco la veo más detallada, es la silueta de una mujer que está mirando por la ventana.

Tiene  el cabello largo hasta la cintura y lleva un vestido. Creo que ha reparado en mi presencia, voltea hacía la puerta y le veo el rostro, me mira de frente. Eres tú.

Presiento que no hay nadie en el castillo, que no hay nadie en el bosque que lo rodea, ni en el campo, sigo ascendiendo. Te sientes sola, estás sola, pues no hay nadie a menos de cuarenta kilometros de distancia.

Abro los ojos, y Natacha se separa de mí. ¿Por qué dijiste eso? Me preguntó. No sé.

Natacha se dio la media vuelta y enfilo hacia el camino de piedra bordeando el río.

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