La fuerza dócil

Es mi inconsciente, les dije a mis amigos. Mientras sujetaba con fuerza mi brazo izquierdo.

Otro relámpago iluminó la selva y las paredes del tejaban en donde estábamos acampando, a unos metros del cauce del río Xilitla, dentro de jardín escultórico de Sir Edward Jemes.

¿Qué dices? Me preguntó Natacha.

Y en ese instante, en mi mente aquella locura comenzó a tener sentido.

¡Claro! Dije. No puedo mover mi brazo, porque mi inconsciente tiene el control sobre él.

¿Qué? ¡Pinche Rodraz! Perdiste la cabeza. Me dijo Nacho mientras volvía a abrazar a Natacha por la espalda.  Yo los observé y pude sentir como el movimiento de mi amigo había sido provocado por su instinto, sin que él fuera consciente de ello.

¡Eso mismo! Le dije en voz baja. Una parte de ti sabe lo que estoy diciendo. Y es a esa parte a la que le hablo.  

Es todo aquello que escapa a la pequeña luz en la oscuridad a la que llamamos consciencia. Le dije a Natacha mirándola a los ojos.

Es el mundo que se extiende más allá de las fronteras de nuestra comprensión y de nuestro rango perceptivo. El instinto, el yo interior, el que controla cada movimiento dentro de mi cuerpo. La parte de mí que no es consciente de sí misma. Continué hablando tan seguro y convencido de lo que estaba diciendo.

Es el movimiento. Mascullé.

¿El qué? Preguntó Natacha.

Me volví hacia mi mano izquierda y dije en voz alta, hablándome a mí mismo.

Brazo ¿Con que movimiento expresas un, si?

De pronto mi mano giró dejando la palma hacia arriba y comenzó a abriste como una flor. Miré a mis amigos. Ellos se apretaron sin decir nada y miraban hacia la palma de mi mano.  

Brazo ¿Con que movimiento expresas un, no? Dije en voz alta con un tono más seguro.

Mi mano se giró lentamente mientras se cerraba hasta que quedó con un gesto torcido palma hacia el piso. En este punto, supe que Brazo me respondía a las preguntas que le hacía mediante el giro de mi muñeca. Un movimiento involuntario de mi mano izquierda significaba, sí. Y otro movimiento significaba, no.

Brazo ¿Eres mi inconsciente? Pregunté.

Mi mano comenzó a girar hasta quedar con la palma hacia arriba.

Eso es un sí. Dije.

Yo miré pasmado a mis amigos por lo que estaba sucediendo, pues yo no tenía ningún control sobre mi brazo izquierdo y este se estaba respondiendo a mis preguntas.

Poco a poco vimos con la escaza luz, como mi mano se volvía a su posición inicial, con la palma en horizontal medio cerrada como si pretendiera tomar algo invisible.

Brazo ¿Extrañaste a Rodraz? Preguntó Nacho mirando a la palma de mi mano izquierda.

Mi mano comenzó a moverse hasta que nos mostró su posición afirmativa.

Brazo ¿Dejará de llover esta noche? Preguntó Natacha.

La miré intrigado, pues aquella no era una pregunta interior, sino, que demandaba una predicción.

En ese momento pensé que Brazo no iba a responder. Pero los tres vimos como poco a poco mi mano giraba hasta quedarse con la palma hacia abajo, respondiendo de forma negativa. No va a dejar de llover en toda la noche. Dije interpretando la respuesta de Brazo.

¿Será una broma de mi inconsciente? ¿Cómo podría saber semejante cosa? ¿Y si no solo es mi inconsciente? ¿Entonces qué es? En ese momento sentí como si me internara en un túnel, los sonidos se disiparon y la imagen de la selva se concentró en un solo punto lejano, cerré los ojos, y un segundo después los abrí como si hubiera despertado de un sueño. Miré mi brazo y comprobé que había vuelto a recobrar el control sobre mis extremidades.

¡No mames! Dije preocupado, acaricié mis dos manos, y froté mis brazos, comprobando que todo estaba bien. Me sentí reconfortado. Pero también sentía que algo había cambiado. No estaba solo, en mi propio cuerpo. Miré por un momento a mis amigos, y recorrí con la mirada todo el espacio a nuestro alrededor. 

¡Hey Rodraz! Me llamó mi amigo, y me señaló con la mirada hacia mi brazo izquierdo.

Pero yo no había sentido nada extraño, giré mi cabeza, y vi que mi brazo había adoptado la misma posición que antes, solo que esta vez tenía la palma abierta hacia arriba. Parecía una postura receptiva, la palma de mi mano, parecía tener vida propia y sus expresiones me eran reconocibles, como si se tratara de un rostro.

Di un paso hacia atrás sin poder retirar la mirada de la palma de mi mano que con la luz de la vela, adquiría un tinte protagonista. Me abstrajo tanto las líneas de mi mano, su forma, la fuerza que parecía emanar de ella, que en un momento toda mi atención se redujo a mí extremidad.

Noté que la palma de mi mano se acercaba hacía mi cara lentamente, con una expresión fraternal.  Yo comencé a acercar mi cara hacia mis dedos dejándome llevar por la intención de mi mano que parecía surgir de la oscuridad.

El sonido de la lluvia desapareció, cerré los ojos a centímetros de mi mano, y pude sentir como irradiaba calor, pero también un fuerte magnetismo que me atraía como un imán.  Hasta que sentí como en un movimiento, la palma de mi mano izquierda se posó sobre mi frente.  

En ese instante toda mi vida paso en un segundo ante mí, Brazo me sujetaba, era como si siempre hubiese estado ahí conmigo en todos los momentos de mi vida, pero nunca me hubiera percatado de su presencia. Me sostuvo como un hermano gemelo al que nunca había visto antes. Su abrazo, abarcó toda mi consciencia y caí arrodillado al piso, noqueado por la fuerza de la unión y comencé a llorar como nunca antes.

Sentí la fuerza contra la que había luchado para recuperar mi brazo, pero me invadió la sensación de que era una fuerza dócil, como la de un imponente caballo que se rinde frente al mínimo movimiento de su jinete. Era una fuerza tan sutil que la luminosidad de la consciencia la oscurecía dejándola en segundo plano. Pero que su extraordinaria presencia trascendía mi propio cuerpo. Sentí como si fuera esa misma fuerza que impregnaba todo. Pero que a la vez era yo mismo. Y ahora estaba ahí, aquí, abrazándome como un padre, cómo una madre, como un hermano, como un hijo. Era yo mismo de nuevo.

¡Ro tranquilo! Escuché la voz de Natacha que me abrazaba. ¡Tranquilo Ro! Todo está bien. Y sentí como Nacho nos abrazó también.

Estuvimos así unos segundos. Hasta que sentí como esa fuerza dócil, surgía sin el impedimento desde el centro de mi ombligo, hacía mis extremidades, sentí que me abriría por dentro como una planta. La inercia de esa fuerza, me impulso lentamente hasta ponerme de pie. Respiré profundamente.

Tuve la sensación de estar conectado con todo lo que me rodeaba, sentía una lucidez inusual. ¡Estaba despierto! Como nunca antes.

Miré a mis amigos que estaban aún en el piso y les dije. Lo que acabamos de experimentar, es el momento más importante de mi vida, mi segundo nacieminto, fue la unión entre el consciente y el inconsciente.

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