Historias en el desayuno

Ahora sí que me asusté con los lamentos de mi abuelito. ¡Esta cañón! Dijo mi hermano Enrique en el desayuno.

Y saben lo que hizo ayer. Le respondió mi madre.

Pues cuando entramos a su recámara en la madrugada, no estaba en la cama. Entoncés tu papá y yo nos fuimos directo al baño, ¿y que crees? Que estaba sentado en la taza y con la silla de ruedas a un lado. Dijo mi madre mientras le servía a mi hermana unos chilaquiles verdes con frijoles.

Pero si la silla se queda fuera de la recámara ¿No? Pues sí. Nos dijo mientras se servía su café.

¿Y saben qué nos dijo cuándo le preguntamos que cómo había llegado hasta el baño? Pues que muy fácil dijo tu abuelito.

Que sujetó la cuerda luminosa que estaba junto a su cama, dijo mi madre haciendo señas con ambas manos. ¿Pero cuál cuerda? Pregunté. Pues eso mismo. No hay cuerda, y él no se puede ni sentar solo en su cama. Suspiró mi madre. Se me hace que le voy a pedir a tu Tía Martha que le venga a hacer una limpia. Porque cada vez está más raro.

¿Y no te da miedo Ma? Dijo mi hermana. Hay mi’jita, tantas cosas que he visto. Que miedo voy a tener.

No les conté cuando nos llamó en la madrugada la semana pasada. Cuando entramos a su recámara estaba pálido, pálido. Lo ayudamos a sentarse para que tomara un poco de agua. Yo hasta pensé que ya se nos iba.

Quédense un ratito conmigo Sonia, porque acabo de ver como muchas manos salían de la base de la cama y del piso y me empezaban a jalar hacia el piso. Nos dijo tu abuelito. ¡Hay mamá! Dijo mi hermana, hoy me voy a dormir a casa de Marthita y el Chato.

Hay mi’hija y no les conté cuando se brincó las sillas. ¿Qué? Preguntó mi hermano mientras se llevaba un bocado de chilaquiles a la boca y agarraba la taza de café. Y mi Papá nos ponía otras tortillas calientes en la mesa. Esa si hasta me enchino el cuero. Dijo mi Papá. Soltando las tortillas calientes en el tortillero.

Pues que llegamos a su cuarto en la madrugada después de escuchar sus lamentos y tu abuelo no estaba en su cama. Pero, las sillas del comedor que habíamos puesto alrededor de su cama para que no se nos fuera a caer por si se rodaba estaban intactas, todas formaditas al rededor de la cama como las habíamos dejado. Fuimos al baño y nada, prendimos la luz del comedor y nada. Y vamos de nuevo al cuarto porque lo escuchamos gemir. Estaba metido debajo del tocador de su recámara. ¿Qué? Dijo mi hermano. ¿Pero cómo?  Pues no sé cómo le hizo. Tuvo que haber brincado sobre las sillas para hacer algo así porque ninguna estaba fuera de lugar. Y luego meterse abajo del tocador.

Pero si ni yo entro, dijo Gaby.  Pues imagínate. Tardamos un buen rato hasta que lo logramos sacar de ahí sin lastimarlo. ¿Y qué les dijo? Que había sido el hombre de negro que anda por aquí, y que como se lo quería llevar pues se metió debajo de la cómoda. Cómo le hizo, la verdad es que ni idea. Alguien le tuvo que haber ayudado. Eso ni tu papá ni yo lo podríamos haber hecho. Mi papá suelta una de sus sonrisas nerviosas y nos muestra su brazo. Ira, ira cómo se me pone la piel. ¡Ahijó! Quien sabe que es lo que ve tu abuelito.

Deja un comentario

error: Content is protected !!
A %d blogueros les gusta esto: