¿Existe el alma?

Estaba sentado en en la silla frente al escritorio en la casa de mi abuelo en Tula. Cuando un fuerte olor saturó mi nariz, un segundo después ese olor se volvió tan denso y grueso que boqueó mis orificios nasales.

Levanté la cara buscando aire, y una sensación de ingravidez me obligó a ponerme de pie mientras me apoyaba en el respaldo de la silla buscando aire. Al mismo tiempo se me erizaron los bellos de los brazos, y el escalofrío me recorrío por los hombros, luego por el cuello, por la cara, y entoncés lo que sentía como un líquido espeso que obstría mis fosas nazales se desprendió por fin y pude réspirar. Mientras lo hacía, pude sentir como aquella sustancia se arremolinaba a mi cabello. Cómo se adhiere el humo de una vela recien apagada.

¿Que diablos fue eso? Me pregunté.

En ese momento se abrió la puerta de la habitación con un leve crujido, mi hermana aún con el uniforme de la escuela me dijo con un llanto entrecortado.

Dice mi mamá que bajes, mi abuelito acaba de morir.

Ella dio la media vuelta y al tiempo que se limpiaba las lágrimas con una camisa que había dejado de ser blanca.

En ese instante no pude dejar de hacer una conexión entre lo que acababa de percibir y la muerte de mi abuelo, puesto que yo estaba justo encima de la habitación en donde él yacía tendido desde hacía varias semanas a causa de la enfermedad.

Bajé con rapidez la escalera y observé cómo la casa comenzaba a llenarse de todo tipo de personas atraídas por la noticia que al parecer se había difundido. Mi abuelo paterno había sido uno de los pilares del pueblo en sus buenas épocas, y aunque muchos de su generación ya habían muerto. Él había seguido manteniendo una gran reputación.

Hacia un par de años, después de la crisis de 1994 nos habíamos venido a vivir a la casa de mi abuelo, pues mi padre había tenido que vender la nuestra para solventar las deudas que las que el negocio de la familia había incurrido. Y sobre los hombros de mi madre había recaído el enorme trabajo que conllevaba el funcionamiento de la casa del patriarca.

Ándale hijito que necesito que me ayudes a cambiar la ropa de mi abuelo. Me dijo mi madre.

Respondí con un gesto afirmativo. Aunque por dentro pensaba, ¿Por qué yo? Ahí debe de andar Quique, o mi alguna de mis primas, o alguno de mis tantos tíos, y tías, o mi hermana o mi papá.

Pero no había escapatoria, antes que lo pensara mucho, mi madre me condujo hasta la habitación de abuelo entre la multitud. Mientras muchos le gritaban. Sony en dónde pongo la comida. Sony ¿Cuál es el número de teléfono de la tía? Sony ¿Tienes cerillos para prender los cirios pascuales? Ya voy, espérenme tantito. Les Gritó.

Entramos a la habitación, el doctor Ruíz antiguo amigo cercano de mi abuelo se levantó, me miró con ojos tristes y me dio una palmada en la espalda.  Cuando hubo salido,  mi madre cerró la puerta con llave por dentro.

Miré el cuerpo de mi abuelo sobre su cama que aún estaba tapado con las cobijas como si estuviera dormido. Su boca estaba abierta y los ojos entre cerrados veían en dirección a la cabecera de su cama. Parecía algo tieso, como si se hubiese congelado al momento de su muerte.

Ándale mijito, no te quedes ahí. Ayúdame a cambiarlo. Lo dijo y miró el cuerpo de mi abuelo un momento, cómo para guardar la imagen. A él le hubiera gustado que lo enterráramos con su traje. Pero mejor le ponemos su pijama de franela para que se vaya calientito. Dijo mi madre sacando las prendas del closet.

¿Y?, ¿Y yo que hago?

Sujétalo por la espalda con mucho cuidado y levántalo para que le pueda quitar la ropa. Mis ojos se abrieron al máximo, mientras mi madre retiraba las sábanas.

¡Ándale niño¡ que nos pone tieso. Me dijo mientras ella quitaba la manga derecha del antiguo pijama que llevaba puesto mi abuelo con un poco de dificultad. Ella actuaba con la precisión y la sangre fría de un cirujano en plena operación, a pesar de la carga emocional que esto debió haber significado para ella, pues Don Ricardo, como ella lo llamaba, había sido como su propio padre. Yo hice lo propio con la mano izquierda.

Metí mis manos detrás de la espalda de mi abuelo abrazándolo, la enfermedad terminal a sus noventa y pico años lo habían dejado en los huesos. Me acomodé y con la mano izquierda sostuve su cara por la nuca a unos centímetros de la mía, noté que aún estaba caliente.

Ahora, despacito, levántalo. Me dijo mi mamá.

Al momento de alzar el cuerpo, éste exhaló el poco aire que le quedaba en los pulmones, emitiendo un leve gemido provocado por la presión del aire atrapado. Y al mismo tiempo yo inhalé por el esfuerzo de levantarlo. Y respiré sin opción todo el aliento que salió del cuerpo inerte de mi abuelo.

Regresé, cuando mi madre me palmeó la espalda. Recuéstalo Me dijo.

En ese momento yo tenía la mente en blanco, en shock.

Ahora, ayúdame a quitarle los pantalones, límpialo bien con el trapo húmedo, ahora ponle los calcetines, endereza sus pies. Ayúdame a cerrarle la mandíbula. Eso, así, con delicadeza pero más fuerte. Ya nos está ganando la muerte. ¡Ándale¡ Apúrale, quédate así hasta que le ponga una venda alrededor para que ya no se habrá de nuevo. A ver si se va poniendo tiesa también. Ahora las manos. Ya nos está ganando. Trata de enlazarlas. Mira como le están saliendo moretones. No lo toques con fuerza. Eso, así. Como si estuviera dormido. Quítale la venda. Ándale. Ya no se abre. Muy bien.

En eso tocaron a la puerta.

¿Si? Respondió mi madre con voz autoritaria.

Sony, ya llegó el cajón le dijo mi padre sin abrir la puerta. ¡Ya vamos!

Ahora súbete a bañar y te vistes bien para que bajes y me ayudes con las flores. ¡Ándale! Mijito.

Bajo la ducha sentí una rara alegría. Sonreía sin saber realmente porque. Definitivamente estaba desorientado. El aliento. ¿Eso es posible? ¿Eso pasa? Y luego el humor extraño que me asfixió en la habitación. ¿Será posible? ¿El alma existe? ¿O que era eso? ¿Su fantasma? Me miré al espejo de la ducha empañado por el vapor del agua y percibí una sonrisa de la Mona lisa que se dibujaba en mi rostro. ¿Estaré soñando? ¿Me estaré volviendo loco?

Mientras me vestía recordé los extraños episodios de mi abuelo noches antes de morir. ¿Quién era en realidad mi abuelo? ¿Qué fue lo que alcanzó a ver antes de su muerte? No lo sé pero siento que parte de él se ha quedado en mí.

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