En la casa de Edson, Ciudad de Querétaro, México 2003.

Pues fue tu culpa. Dijo Nacho tomando un puñado de la botana que Edson acababa de poner sobre la mesa.

¿Mi culpa?, ¡Ha chinga! Échale la culpa al guapo carnal. Yo nomás les dije. Ahí les encargo a la güera yo me voy a trabajar. Nos dijo Edson.

¡Pues por eso! Si ya sabes cómo somos, para que nos dejas solos. Dijo Nacho.

Edson rio y dijo.  Aparte, yo los invité a cenar esa vez.

Más bien no querías que se quedara con nosotros Natacha. Dijo Nacho.

¡Ah huevo! para supervisarlos, pobre de la güera, la dejé con un par de viejos cocodrilos.

No inventes. Dijo Nacho. Si Natacha tenía veintinueve y nosotros apenas veinticuatro.

¿Nosotros? Le dije a Nacho. Yo tenía veintitrés.

Hay wey, para el caso es lo mismo.

Ella tenía mucho más colmillo que nosotros.

Más mundo diría yo, pero ustedes son de lo peor. Respondió Edson arrastrando la última r.

Por eso los invité en la noche, para vigilarlos. ¡Pero si te quedaste dormido a los tres tequilas, carnal! Dijo Nacho y reímos.

Pues yo tenía que ir a trabajar temprano, no como ustedes bola de huevones.

Pero bueno cuéntame cómo estuvo, ¿Que hicieron después de que me fui a trabajar? Nos preguntó Edson.

¡Wey! Nos pusimos muy locos. ¿Te acuerdas cómo se ponía Nacho cuando le dabas un yogur de fresa? Bueno, así, pero los tres al mismo tiempo.

¡No mames! Que cagado, a no me acordaba de eso. Están bien pinches locos. ¿Y entonces si se fueron con Natacha a Real de Catorce?

¡Pues si! Le dijo Nacho mirando al piso y con la cerveza en mano.

Cuando tú te fuiste a trabajar, yo bajé por café y estaba ella en la sala. Me dijo, Ro, No me puedo ir sin ustedes. Quiero que me acompañen al desierto. Le dije a Edson.

¡Hay cabrones! ¿Y en que se fueron? Nos preguntó Edson.

Pues para no hacerte el cuento largo, al día siguiente de que nos quedamos en tu casa tomamos el bus rumbo a San Luis Potosí, luego agarramos otro a Matehuala y de ahí uno a Real de Catorce, viajamos toda la noche.  Dijo Nacho.

¿Y luego? nos preguntó con una mirada acusadora.

Nacho y yo nos volteamos a ver. ¡Hijos de la chingada!

Gritó Edson con su cerveza en mano.

Al segundo día que pasamos en Real de Catorce, nos fuimos trepados en el toldo de un viejo jeep hasta el desierto, y de ahí, caminamos varios kilómetros en línea recta hasta una zona en dónde crecían unos pequeños arbustos.

Por que el día anterior, habíamos rentado unos caballos para ir hasta el cerro del Quemado y cuando estuvimos en la punta de la montaña el guía nos había señalado el lugar a donde que nos recomendaba ir en el desierto que se veía haya abajo.

Cuando llegamos al lugar Nacho dijo. Se me hace que por aquí es. ¿Alguno de ustedes conoce el peyote?

Yo no. Solo leí una descripción en un libro de mi padre. De Castaneda, le dije.

Nunca lo he visto más que en un dibujo. Dijo Natacha.

¿Y si nos dividimos y nos vemos en aquella yuca que sobre sale a lo lejos para comer? Dijo Nacho.

Ok. Venga, hasta ahora. Dijo Natacha.

Yo me detuve para tomar agua y saqué mi navaja con las dos sonajas de ayoyote que me había regalado mi abuelo. Y no sé muy bien porqué. Pero mientras hacía sonar las sonajas, comencé a repetir. Quiero que me enseñes, quiero que me enseñes. Varias veces mientras movía las sonajas y caminaba lentamente.

¡Pinche Rodraz! Estás bien loco, desde niño sales con tus cosas raras de los toltecas y esas cosas. Me dijo Edson mientras tomaba su cerveza. Bueno, ¿Y luego? Dijo tomando un puñado de cacahuates.

Pues si los tres nacimos en Tula, somos toltecas wey.

¿Y eso que? Los toltecas fue hace mucho tiempo, ahora Tula está peor que nunca.

Lo que sea, deja te sigo contanto nuestro viaje. Entoncés caminé como cinco pasos y vi que debajo de un matorral había tres cactus color verde pálido. Hasta se me enchinó la piel solo de acordarme. Les dije. ¡Mira!

¡Pero, si solo son unas plantas Wey! ¿Por qué te da miedo?

No, no, son solo unas plantas. Le respondí. Es algo mucho más extraño. La verdad es que no lo entiendo. Aún ahora tres años después, no logro entenderlo.

¡Che Rodraz! Dijo Edson y los tres brindamos y bebimos. A ver ¿y luego que paso?

Entonces los desenterré y como no tenía espacio en la mochila, lo que hice fue jalar mi playera para cargarlos. Seguí caminando y unos metros más adelante, encontré más, y más y más, el lugar estaba lleno de esos cactus. Al poco ya no podía recolectar más.

Entonces vi que Nacho a lo lejos me hacía la seña, y ambos nos dirigimos hacia la Yuca. Cuando nos vimos, Vi que Nacho también estaba cargado.

¡No maches! están por todo lados. Me dijo Nacho.

Y entonces llegó Natacha de mal humor. No sé porque venimos aquí, si aquí no hay nada, tengo sed, y hambre y no hay peyotes aquí.

Nacho y yo nos la quedamos viendo sorprendidos.

Ella se nos quedó mirando y se enojó aún más. Y comenzó a caminar alejándose de nosotros.

¡Espera Nat! La alcanzó Nacho.

Mira vamos a búscalo juntos.

Yo le hice señas a mi amigo con la mirada señalando un conjunto de por lo menos 6 cactus en la base de un matorral. 

Por que no buscas por aquí, a lo mejor encontramos uno. Le dijo Nacho.

Natacha paso a escasos centímetros de los cactus y no los vio.

Pero si aquí no hay nada ya se los he dicho.

A lo mejor no estás buscando bien. Son pequeños y están al ras del piso. Le respondió Nacho.

Y mientras mi amigo y yo nos señalábamos con los ojos. El lugar estaba repleto de cactus. Lo más loco es que ella no lograba verlos.

Hasta que Nacho removió un poco la tierra con su mano para desenterrar un cactus, y hasta ese momento Natacha lo logró ver. ¡Bien raro!

¡Si la neta estuvo muy raro! Le dijo Nacho a Edson mientras tomaba un trozo de queso.

Luego ya nos fuimos debajo de la yuca e instalamos una pequeña lona para hacer sombra. Sacamos la estufa y preparamos unos frijoles que nos supieron a gloria y de repente surge entre los matorrales un niño de unos catorce años. Vestía un pantalón desgastado y camisa color hueso. Su mirada era muy penetrante.

Y Nacho le dijo. Hola amigo. ¿Quieres comer con nosotros? El niño continuó observándonos sin expresión.

¡Wey! Estábamos en medio del desierto de Catorce, y ahí puedes ver a tu alrededor a varios kilómetros sin bronca. Y nunca vimos que nadie se acercara caminando o en bici, o en coche. De donde salió ese niño, quien sabe.

Amigo. Tienes sed ¿Quieres agua? Le pregunta Natacha. Caminó unos pasos hacia adelante mirando fijamente a Natacha casi sin pestañear.

Hola, ¿Te quieres sentar con nosotros? ¿Cómo te llamas? Le dijo ella.

El chico continuó mirándola sin hablar, por unos minutos mientras comíamos.

Pensamos que no quería hablar o no podía, así que seguimos con lo nuestro. Pero el chamaco no le quitaba los ojos de encima a Nat. Hasta que como quince minutos después ella ya no pudo más y le gritó. ¡Ya no me veas! ¡Vete!

Natacha se puso de pie y caminó en sentido contrario. Yo la acompañé y Nacho se quedó tratando de disuadir al chico de seguir mirándonos. Hasta que en algún punto el niño simplemente se dio la vuelta y se marchó hasta perderse de nuestra vista. El incidente nos dejó pensativos un rato y faltaron varias bromas y trucos de Nacho para que a Natacha se le pasara el mal trago.

Después ya al anochecer, hicimos un pequeño fuego, y nos quedamos recostados viendo como aparecían las estrellas.

Creo que nunca había visto la vía láctea tan clara. Dijo Nacho.

Ni yo. Respondí.

¿Y qué tal después? Me dijo Nacho mientras bebía mi cerveza.

Natacha nos dice, continua Nacho. Les tengo una sorpresa, no se levanten hasta que yo les diga. Se puso de pie y fue hasta su mochila a buscar algo mientras nosotros seguimos platicando frente al fuego.

¡Listo, ya pueden voltear! Escuchamos a Natacha pero no la veíamos en la oscuridad. Y de pronto a unos quince metros de nosotros se ve una pequeña flama en la oscuridad.

Natacha encendidó unas bolas de tela que estaban sujetadas por unas delgadas cadenas de metal, y comenzó a bailar. Movía las cadenas, haciendo círculos de fuego.

¡No mames! Esa imagen nunca la voy a olvidar, ella bailaba con fuego e iluminaba el desierto a su alrededor. Muy cabrón, muy cabrón.  

El Rodraz y yo nos quedamos así mira. Babeando. Edson rió por las caras de Nacho.

Minutos después se apagaron las telas de fuego y con las puras brasas encendidas, seguía bailando crenado líneas de luz. Una pasada.

Hasta que Natacha se detuvo. ¡Wey! Le aplaudimos, estábamos embobados.

Los tenía hipnotizados más bien. Dijo Edson.

Pues no sé. Algo así.

Entonces, ella se acercó y nos abrazó a los dos.

¡Wey! Y después de lo que habíamos pasado. Dijo Nacho.

¿Por qué? ¿Qué habían hecho o qué?

Nos miramos Nacho y yo. Unos tequilas más y te cuenta el Rodraz.

¡Hay cabrones! Si por eso no los dejo solos. Dijo Edson riendo.

Entonces después de un momento nos separamos y Nacho y Natacha seguían agarrados de las manos. Continúe relatando con la cabeza mirando al piso.

¿Quieren un café? Nos dijo. Si por favor. Dije casi  en tono de súplica.

Nacho sirvió las tazas y los tres nos sentamos de espaldas uno al otro. Entonces cuando acabamos de beber, Natacha se pone de pie, y minutos más tarde regresa y nos da a Nacho y a mi tres botones de peyote sin decir nada.

O la verdad aún no estaba seguro de querer probarlo, pero fue tan rápido que no lo pensé y bum. Pa’ dentro.

Ella se vuelve a sentar y comienza a masticar un bocado. El sabor era extremadamente amargo. Tanto que incluso me dolieron las encías. ¿Si serán estos? Pregunté. Si estoy segura, dijo Natacha. 

Comimos y poco después nos pusimos de pie medio a bailar, tratando de aprender a mover las cadenas. Pero nos dimos unos buenos golpes. Y nomás se escuchaban las risas de Natacha en el desierto al vernos intentarlo.

¿Sienten algún efecto? Preguntó Natacha.

No, ¿y tú?

Pues no siento nada diferente.

Yo tampoco.

Pues nos debíamos de haber equivocado.

Pues a lo mejor sí.

Y continuamos viendo las estrellas los tres acostados en la tierra, y tarareando la canción de Santa Lucía que se nos había pegado durante el viaje. Hasta que en algún momento de la noche me quedé dormido.

En el rostro de Nacho se dibujó una sonrisa maliciosa. Y yo apuré un trago de cerveza.

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