El retorno a la cueva de las manos

Caminando por Barcelona en 2007

Soy el inconsciente, que se manifiesta en tu Brazo. Soy la serpiente que abre la boca para morder tu sueño.

Imagino que en el inicio de la humanidad existió un  instinto  primario. Una forma básica de conducta, una red de conexiones entre individuos de la misma especie descrita a través de movimientos, sonidos, olores.

El instinto generaba, en esencia, conductas fisiológicas. Comer,  dormir,  reproducirse  y protegerse. Y formaban parte un mismo sistema neuronal que los mantenía agrupados, de manera análoga a los pájaros en pleno vuelo o a las manadas de caballos salvajes.

En los primeros humanos, el instinto o mente primaria se basaba en un solo ser, un ser social, y, de acuerdo con él, un individuo solitario no era  capaz  de sobrevivir. Tenía que estar en contacto con el grupo.

La mente primaria tenía mayor relevancia que el individuo. Que funcionaba cómo la memoria colectiva y almacenaba información tanto del individuo, como de su colectividad.

Ésta mente única producía beneficios para cada uno de los miembros del grupo, que gracias a ella lograban resistir las duras condiciones a las que  estaban expuestos.

En consecuencia, los primeros seres humanos mantuvieron la dualidad entre su individualidad física y su  instinto primario colectivo.

Todos cuidaban de su grupo porque, de lo contrario, atentaban contra ellos mismos.

Con el tiempo estos primeros humanos se expandieron a otros territorios, salieron de su hábitat nuclear.

Los grupos que salían a las nuevas tierras conservaron la conexión con la mente primaria.

Debido al tiempo que pasó desde la salida de su lugar de origen y el nacimiento de las nuevas generaciones en tierras lejanas, fueron desarrollando otras formas de expresión y rituales no sólo para aminorar el dolor producido por las dificultades de la vida y las enfermedades, sino para recordar su lugar de origen y transmitir la relación, tanto física como mental, que existía con éste.

Pero algo aún más importante es que su dieta cambió.  Consumieron otro tipo de animales, frutas de otras especies, plantas y vegetales hasta entonces desconocidas para la especie.

Al emprender su viaje y modificar sus costumbres, los primeros hombres también se distanciaron de la mente primaria. Ya que el soñar dependía de los factores del entorno.

Así comenzaron a generar grupos aislados que conservaban mentes comunes secundarias. Como una extensión conductual de la primaria.

Los grupos secundarios conservaban objetivos y lazos en común sólo para los miembros nuevos que lograban sobrevivir en conjunto.

Durante esta expansión y ramificación de la especie, cuando escaseaba la comida algunos individuos se veían forzados a separarse del grupo secundario al que pertenecían para explorar otros lugares o seguir el rastro de animales.

Muchos de estos nuevos exploradores se extraviaron en el camino o tardaron demasiado en volver por diferentes circunstancias.

De ahí que el instinto de supervivencia, aunado a las nuevas experiencias generadas, los impulsó a buscar la manera de subsistir por sí solos en entornos desconocidos y a nutrirse con alimentos que nunca habían probado.

Por ende evolucionaron su comportamiento, y las habilidades para sobrevivir en  solitario.

Esto significaba que, para  poder  soportar  tal aislamiento, el individuo generó una conciencia individual permanente  provocada  por el dolor y la soledad.

En efecto, al estar apartado en las montañas, en peligro constante y sin ningún compañero, se cuestionó por primera vez la posibilidad de volver con su grupo, y se cuestionó, a sí mismo, los conceptos de la vida y la muerte.

Vino entonces la necesidad ya no únicamente de alimentarse, sino de comunicarse con la mente primaria, con su hábitat núcleo, con sus antepasados.

Lo expresó mediante la representación pictórica, la primera muestra de una comunicación con lenguaje codificado, inteligente y perdurable, mostrando la conexión entre sus mentes.

La primaria y una conciencia individual en un presente continuo, circular.

Aquellos hombres mostraron sus visiones sobre la acción natural con su magnífica y simple fuerza; después, la remembranza del nacimiento, la comprensión de su procedencia. La cueva, el vientre, su origen.

Por razones de seguridad estos individuos buscaron en las cuevas refugio y entendimiento del mundo que los rodeaba.

Al igual que muchos otros pertenecientes a otros grupos nómadas, consideraron la representación como una forma de manifestarse que evocaba y acercaba a los antepasados con su circunstancia actual.

Así se desarrolló en ellos algo más fuerte que el dolor, más fuerte que la necesidad biológica: la esperanza de regresar.

Vencieron el miedo y reunieron la voluntad para avanzar en su camino, hasta que en ocasiones algunos de esos seres errantes que deambulaban solitarios pudieron retornar a su grupo o se integraron a otro.

Al principio luchaban por ser aceptados y trasmitían lo que habían aprendido y sentido: la idea de retornar a la mente primaria, a la mente que guarda conexión con todas las mentes, a la mente inicial e instintiva que los unía y generaba la evolución en el pensamiento colectivo.

La cueva inicial, el lugar de donde toda la especie procede.

Las nuevas creencias se convirtieron en una fuerza, una causa para la unificación de los individuos en sociedades fructíferas generadoras de esperanza y protectoras de sus temores más terribles hacia la naturaleza de lo desconocido.

Con su evolución, éstas concibieron el  deseo  más intenso de encontrar el lugar de sus antepasados, el lugar de la  Dualidad.

Pero los mensajeros se convirtieron en sanadores del dolor mediante la sustitución de esquemas mentales. Los chamanes.

Con el uso del nuevo conocimiento se dieron cuenta de que esta esperanza traía consigo la voluntad de emprender y curar, la cual generaba trabajo y motivación, pero más que nada, el poder sobre los hombres, quienes unidos aún por la mente primaria o inconsciente, andarían y harían cualquier cosa para retornar a la cueva.

Por la misma lógica de asociación, el ser entendía y observaba, de manera inconsciente, la cueva como el espacio en donde la Dualidad tiene su principio fundamental. La de crear.

Trasladaron el concepto a su ser individual, la conciencia, como el instinto de penetrar en ella y generar vida para la preservación. Así los conceptos se unieron en las distintas mentes, en busca siempre de volver a  nacer.

Pero los exploradores extraviados descubrieron una sentencia que, por diferentes  causas, no comunicaron al grupo a su regreso y que guardaron para sí o para los pocos que representaban el poder naciente.

Se trataba de la facultad intrínseca de todos los seres de encontrar y acceder a esta cueva, a la mente primaria, al sueño en común, al lugar de donde se desprenden los conocimientos, donde todos los seres están estrechamente relacionados.

El manejo de esta sentencia y el poder privilegiado de comunicación otorgaba el control sobre las sociedades que le temían a lo desconocido y a la   enfermedad.

Este mito desencadenaba egoísmo y el deseo, ya no exclusivamente de alimento o un techo que antes poseían los más fuertes o mejor dotados, sino el egoísmo del poder que el mito tenía sobre éstos.

El deseo de poseer todo cuanto existía y controlarlo en forma organizada. Las necesidades básicas pasaban a un segundo término, la nueva conciencia se alimentaba de ambiciones y nuevos conocimientos. Por esto resultaba cada vez más difícil tener acceso a la mente primaria e introducirse en  ella.

Debido a ello y con la intención de no olvidar el camino mental y su relevancia, decidieron plasmarlo en miles de historias y metáforas.

Entonces, lo importante ya no era  saber cuál era el lugar de esta antigua Dualidad, sino conocer el camino para poder llegar a ella.

Los sabios estaban enterados de que para acceder se requería que el individuo entrara  en sí mismo y  se enfrentara a sus miedos más profundos —el espejo—, si alcanzaba el éxito se conectaría de modo consciente con la mente o instinto primario, la conexión con todas las  mentes.

Al tener éste suprema relevancia por el control que confería ante las masas cada vez más organizadas, no podían permitir el acceso a todos los individuos ni tampoco esconderlo pues, de ser así, no habría en qué basar el poder.

En consecuencia lo convirtieron en lo inalcanzable, pero existente, colocándolo en una ruta de aspecto físico o místico que ocultara el camino mental que incluye los dos anteriores. Plantearon que la ruta a la caverna de los antepasados, el lugar de la Dualidad, debe encontrarse mediante actos o hechos físicos a favor de la sociedad y, en especial, a favor de la organización que poseía dicho poder y nunca por medio de un intento  mental.

Así, la sociedad nueva evolucionó y surgió el poder, el control sobre el conglomerado de individuos basado en el sufrimiento, el dolor y el miedo.

En contraparte, el poder representa también su ruta de salvación, la ruta más accesible para encontrar el camino de vuelta al lugar sagrado. El lugar de origen, al cual todos procedemos y de alguna manera todos los individuos estamos interrelacionados por la forma más simple y que prevalece en nuestro pensamiento más  profundo.

Con el correr de los siglos y las guerras entre los nuevos poderes políticos y religiosos se perdió la ruta inicial para volver. Y quedaron sólo los rastros torcidos que indicaban el camino.

En varias épocas y sociedades hubo personas que la encontraron y divulgaron sus creencias, pero casi todos terminaron desterrados, humillados o asesinados por ello.

¿Pero qué importa si  es necesario decirlo otra vez, una o mil veces de manera distinta? Sólo cuando cada ser encuentre el camino en la mente primaria encontrará la plenitud. La unificación entre el inconsciente y la consciencia. El regreso a la cueva. Al origen.

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