El círculo de protección

Nacho acomodó las sillas de plástico a nuestro alrededor creando un círculo y había dispuesto las mochilas y los sleepings en el centro. Mientras Natacha y yo hablábamos.

Cuando ella salió con prisa caminando bajo la lluvia me preguntó.

¿Qué le dijiste? ¿A dónde va? No sé. Respondí.

Nacho terminó de acomodar el lugar, verificando que las sillas estuvieran bien juntas unas con otras.

¿Qué haces? Le pregunté.

Un círculo de protección. Me respondió mi amigo.

Pero si tú no crees en eso. Le dije sonriendo tímidamente.

Él paró de hacer lo que estaba haciendo y me miró con el ceño fruncido. Con su mirada me dijo todo y cambié de tema.

¿Estará bien Natacha? Mejor vamos a buscarla, el río está muy crecido y no le vaya a pasar algo. Dijo Nacho.

Salimos del círculo que mi amigo había hecho y al instante sentí como si mi peso corporal se duplicara. Caminamos bordeando a tientas la pared enmohecida que delimitaba el camino que bordeaba el río hasta las cascadas y pozas de agua.

De pronto observé como las sombras se volvían más contrastadas. Tenían un negro tan profundo y absoluto que parecían tener volumen, como si aquellas sombras fueran las gotas derramadas de petróleo.

Apuré el paso y observé como estas sombras se aglutinaban formando un líquido de sombras.

La imagen me aterró pero me pudo más la necesidad de encontrar a Natacha. Está bajo la escalinata frente a la primera poza. Le dije a Nacho.

¿Cómo lo sabes? Me dijo. No lo sé, la ví. Respondí.

Unos metros más adelante, con la ligerísima luz provocada por el reflejo del pueblo de Xilitla en las nubes. Encontramos a Natacha bajo la escalinata. Ella nos vio llegar y nos abrazó.

Este lugar es mágico. Gritó ella.

Nacho y yo, solo ascentíamos con la cabeza. Cómo perros mojados.

Te encargo mi ropa y mis collares, me dijo al oído mientras me colocaba todo por encima. Se veía alegre, mientras que yo estaba terriblemente asustado.

¿No te vas a meter a la poza con la lluvia? Le alcancé a decir.

Y de un salto se aventó al agua. Nacho y yo instintivamente nos cubrimos los oídos.

¡No mames! ¿Qué es ese ruido? Dijo Nacho.

Yo sentí el sonido agudo en mis tímpanos como cuando sales de una fiesta. Cuando abrí los ojos, abrí también la boca. Todo, todo, todo cuanto me rodeaba tenía dos líneas de color, una color rojo intenso y la otra azul.
Fue como ver las líneas de frecuencia adheridas a cada objeto y cosa en el paisaje.
Parecía que Todo vibraba. Cada objeto, rama, planta, árbol. Vibraba a su propio ritmo. La imagen me impresionó.
No solo vibraban mis oidos, sino que todo lo que me rodeaba se había permeado de aquella vibración. Al parecer causada por el clavado de Natacha. Es como cuando gritas frente a una guitarra y sus cuerdas comienzan a vibrar. Pero en este caso pude ver la vibración en lugar de oirla. Dos líneas delgadísimas que se sobreponían una a otra.
El agua de la poza y la cascada eran las zonas donde las ondas parecían tener una menor longitud de onda y una mayor amplitud, se veían mucho más exitadas.

Las pidras al contrario tenían la longitud de onda más grande y amplía, apenas se distinguian de una simple línea. Las hojas de los árboles estaban igualmente exitadas, como las de la cascada pero con una frecuencia distinta.
Yo estaba tan extaciado como temeroso. Entonces vi salir a Natacha del agua fría. Y su desnudez estaba ataviada por estas mismas líneas de luz.

Está deliciosa el agua, ¿No quieren entrar?

Yo sacudí la cabeza, negando. Ella se vistió y me acarició.

¿Vamos Nacho o te quieres quedar un rato más en la lluvia? Le dijo a mi amigo.

No, ¡vámonos!. Le respondió.

Yo comencé a caminar tratando de seguir a Natacha como pude, pero ella mucho más ágil que nosotros. Pero conforme caminaba las líneas de luz comenzaban a desaparecer. Y pensé que tal vez había sido el impacto de Natacha saltando al agua, lo que había excitado mi visión provocando las ondas de luz y surgían de nuevo las sombras líquidas, agrupándose una vez más y se dirigían hacia donde estábamos nosotros.

Cuando por error, caminaba sobre una de estas sombras, sentía como mi fuerza disminuía. Hasta que entramos por fin al tejaban y una vez dentro del circulo que Nacho había trazado con las sillas de plástico me sentí mejor.

Lo extraño es que las sombras no podían penetrar el círculo imaginario que mi amigo había sillas de plástico.

Era como si la simple intensión de Nacho hubiera bastado para crear una barrera a el líquido de sombras.

Han notado como si se encendiera el humo de un cigarrillo en la otra caseta, a lado de la entrada. Dijo Nacho mirando hacia la selva,

Sí. Yo también.

Pues mira. Dijo Natacha. A lo mejor es alguien como nosotros que no tiene donde dormir. A lo mejor es el artesano que vendía cuentas de jade en la entrada. Tal vez. No lo sé.

O siento que nos mira, dije. Tal vez sea un protector. Mis palabras comenzaban a ser una mezcla de pensamientos y sentimientos.

Lo que sea. Dijo Natacha. Con que no se lleve nuestras cosas.

En ese momento como si hubiera una radio encendida, pude escuchar la canción de, Santa Lucía perfectamente. No estaba en mi mente, ni Nacho ni Natacha la tarareaban. La escuchaba como si proviniera del Fondo del tejaban, era la versión original cantada por Miguel Ríos.  

Este viaje lo iniciaron juntos, y juntos lo tienen que terminar. Escuche de nuevo la extraña voz de mezcalito. Un sudor frío me recorrió. Pues pensé que ya había terminado todo aquello.

Y sentí de nuevo el tirón desde el ombligo hacia el piso de piedra.

Alcancé a acomodarme encima de mi sleeping. ¿No tenemos agua? Les dije a mis amigos.

No, dijo Nacho.  Natacha comenzó a buscar en las mochilas.

No, ya no quedaba ninguna botella. ¡Ah! ¡Mira! Nos dijo Natacha sosteniendo una botella nueva.

¿Agua Querétaro? La sostuvo en sus manos tratando de adivinar la etiqueta con la escaza luz de la vela. Y tiene los arcos y todo.

¿Agua Querétaro? ¿Pero esa marca no existe o sí? Pregunté.

Pues como sea, yo tengo mucha sed. Dijo Nacho tras oler la botella.  Y le dio un trago. Luego otro, y luego otro. ¡Ah! Esta buena. Nos dijo.

¿Quieren? Si, por favor.

¿Quieres Nat? Si, gracias.

Sentí de nuevo el tirón.

Ya sé que estoy loco, pero escucho una voz que dice que debemos terminar el ritual, juntos.

Ella me acarició con una mirada entre lástima y preocupación. Poco después, no sé si por el cansancio o porque, pero entre Nacho y ella apagaron la vela y cerraron aún más el círculo de sillas.

Natacha entró en su sleeping y se puso en medio de los dos. Que descansen chicos. Hasta mañana, dijo Nacho.

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