14. El Círculo de protección

Por alguna razón, Nacho acomodó las sillas de plástico a nuestro alrededor creando un círculo y había dispuesto las mochilas y los sleepings en el centro. Mientras Natacha y yo habábamos. Cuando ella salió con prisa caminando bajo la lluvia me preguntó bruscamente.

¿Qué le dijiste? ¿A dónde va?

No sé. Respondí.

Nacho terminó de acomodar el lugar, verificando que las sillas estuvieran bien juntas unas con otras.

¿Que haces? Le pregunté.

Un círculo de protección. Me respondío mi amigo.

Pero si tu no crees en eso. Le dije sonriendo tímidamente.

Él paró de hacer lo que estaba haciendo y me miró con el ceño fruncido. Con su mirada me dijo todo y cambié de tema. ¿Estará bien Natacha?

Mejor vámos a buscarla, el rio está muy crecido y no le vaya a pasar algo. Dijo Nacho.

Salimos del círculo que mi amigo había hecho y al instante sentí como si mi peso corporal se duplicara. Y de nuevo volvía a sentir la extraña sensación de que algo me jalaba hacia el piso.

Caminamos bordeando a tientas la pared enmohecida. De pronto observé como la la sutilísima sombra que creaban las piedras del camino, depronto se volvieron mucho más perceptibles. Tenían un negro tan profundo y absoluto que se podían diferenciar en la noche. Parecían tener volumen, como si aquellas sombras fueran las gotas derramadas de petróleo.

Apuré el paso y observé como estas sombras se aglutinaban formando un líquido de sombras. La imagen me aterró pero me pudo más la necesidad de encontrar a Natacha.

Está bajo la escalinata frente a la primera poza. Le dije a Nacho.

¿Cómo lo sabes? Me dijo.

No lo sé. Respondí.

Y unos metros más adelante, con la ligerísima luz provocada por el reflejo del pueblo de Xilitla en las nubes. Encontramos a Natacha en el lugar en donde le había señalado a Nacho.

Nos vió llegar y nos abrazó. Me dio un beso mientras intentaba hablarle. Pero no me dio oportunidad. Tomó su blusa y se comenzó a desnudar.

Te encargo mi ropa y mis collares, me dijo al oído mientras me colocaba todo por encima.

¿No te vas a meter a la poza con la lluvia? Le alcancé a decir.

Y de un salto aventó al agua.

Nacho y yo instintivamente nos cubrimos los oídos.

¡No mames! ¿Qué fue ese estruendo? Dijo Nacho.

Yo sentí el sonido agudo en mis tímpanos como cuando sales de una fiesta.

Cuando abrí los ojos, abrí también la boca. Todo, todo, todo cuanto me rodeaba tenía dos líneas de color, una roja y una azul. Ambas vibraban una sobre la otra. Miré a mi alrededor y vi asombrado que las escaleras que continuaban vereda arriba tenían estas delgadísimas líneas de luz, las escalinatas a lado de la poza, las hojas de los árboles que crecían sobre la poza, las ramas que las sostenían, la vegetación entera que nos rodeaba. Y principalmente el afluente de agua, en donde estas líneas vibraban con unas crestas y valles más pronunciados. Incluso se interponían ambos colores. La poza en sí misma, su superficie. Y entonces vi salir a Natacha del agua fría. Y su desnudez estaba ataviada por estas mismas líneas de luz.

Está delisiosa el agua, ¿No quieren entrar? Nos dijo a Nacho y a mi gritando feliz. El agua caía por la cascada con fuerza en la poza de agua y se escuchaba el rugir del torrente que crecía con la lluvia.

Yo sacudíla cabeza. Estaba admirado y aterrado a la vez mirando a mi alrededor.

Ella salió y se vistió. Me acarició en la mejilla como a un cachorro mojado. ¿Vamos Nacho o te quieres quedar un rato más en la lluvia? Le dijo a mi amigo.

No, vamos. Respodió.

Yo comencé a caminar tratando de seguir a Natacha como pude. Pero conforme caminaba las líneas de luz comenzaban a desaparecer. Y pensé que tal vez había sido el sonido de Natacha saltando al agua, lo que había excitado mi visión provocando las ondas de luz.

Y conforme los colores desaparecían, del piso comenzaban a surgir de nuevo las sombras líquidas, agrupándose una vez más y se dirigían hacia donde estábamos nosotros. Cuando por error, caminaba sobre una de estas sombras, sentía como mi fuerza disminuía. Hasta que entramos por fin al tejaban y una vez dentro del circulo que Nacho había trazado con las sillas de plástico me sentí reconfortado y vi como las sombras no crecían ahí dentro.

Han notado como si se encendiera el humo de un cigarrillo en la otra caseta, a lado de la entrada.

Sí.

Yo también.

Pues mira. Dijo Natacha. A lo mejor es alguien como nosotros que no tiene donde dormir.

A lo mejor es el artesano que vendía cuentas de jade en la entrada.

Tal vez.

No lo sé. Pero siento que es un protector.

Lo que sea. Dijo Natacha. Con que no se lleve nuestras cosas.

Nos secamos y acomodamos las cosas dentro de la cafetería. Cuando comencé a escuchar la canción de, Santa Lucía, tan claramente como hubiera un radio encendido en el lugar.

Este viaje lo iniciaron juntos, y juntos lo tienen que terminar. Escuche de nuevo la extraña voz en mi interior. Y sentí como me jalaron bruscamente hacia el piso. Alcancé a acomodarme encima de mi sleeping.

¿No tenemos agua? Dijo Nacho y comenzó a buscar en las mochilas.

No, ya no quedaba ninguna botella. Dije.

!Mira¡ Nos dijo Natacha sosteniendo una botella nueva.

¿Pero cómo si ya no había? ¿Agua Querétaro. Y tiene los arcos y todo.

¿Agua Querétaro? Pregunté.

Pero nunca compramos una botella como esta. ¿O, sí?

Yo no me acuerdo que exista el, agua Querétaro.

Nunca la había visto.

Pues tengo mucha sed. Dijo Nacho tras oler la botella.  Le dio un trago. Luego otro, y luego otro.

¡Ah! Esta buena. Nos dijo. ¿Quieren?

Si, por favor.

¿Quieres Nat?

Si, gracias.

Sentí de nuevo el tirón. Ya sé que estoy loco, pero escucho una voz que dice que debemos terminar el ritual juntos.

Ella me acarició con una mirada entre lástima y preocupación. Poco después, no se si por el cansancio o porque, pero entre Nacho y ella apagaron las velas y cerraron aún más el círculo de sillas. Dormimos uno a lado del otro con Natacha en medio.

Que descansen chicos.

Hasta mañana, dijo Nacho.

Aún no lo sabía pero la más aterrador de aquel viaje me estaba esperando.

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