El Castillo de Angers

Cuando llegamos a Francia mi esposa y yo, decidimos que el primero que encontrara un trabajo relacionado a su profesión, sería el que jalaría a nuestra pequeña familia. Y así fue.

A Anaïs le ofrecieron un trabajo en Segré, una pequeña ciudad de siete mil habitantes, de la cual nunca habíamos escuchado hablar y que estaba en el departamento de Maine et Loire más conocido por el nombre de Anjou.

Cuando viajamos por primera vez para que tuviera su entrevista de trabajo, pasamos a un costado de la ciudad de Angers. Y fue ahí cuando un escalofrío recorrió mi espalda.

Vi a un costado de la carretera la imponente muralla del castillo de Angers que se alzaba a nuestra izquierda. No era solo un castillo medieval como las decenas de castillos que habíamos visitado en nuestro “road trip” de bodas. Este castillo era diferente, primero por la envergadura de su muralla y sus diecisiete torres. Pero sobre todo porque era idéntico, bueno más que eso, era el mismo, al que yo había visto en visiones.

Para colmo la ciudad de Segré, que pronto se convertiría en nuestra ciudad, estaba a cuarenta kilómetros de distancia de Angers y sin duda ha sido el lugar en el que más solo me he sentido en mi vida.

L’Anjou

Anjou

Mi padre y yo solemos recomendarnos lecturas, fue él el que me inculcó entrar en el mundo de los libros. Y yo me nutrí en mi adolescencia de los libros que tenía almacenados en el ático (si se le puede llamar así a la habitación más alejada de la casa de mi abuelo). Herman Hesse, León-Portilla, Nietzsche, Gibran Khalil Gibran, y otros libros que yo iba desenterrando de cajas cubiertas de polvo.

Un día llego a la cafetería que administraba con mi esposa y me dijo.

Está buenísimo este libro hijo, a lo mejor te gusta. Trata de los templarios. Me dijo.

Que era el tema que por aquel momento le fascinaba.

El libro no me tocaba realmente. Pero una palabra aparecía escrita una y otra vez Anjou.

Se me hizo tan rara.

Anjou.

Que palabra más chistosa. Se refería tanto al apellido de uno de los personajes como a una región entera de Francia.

Páginas y páginas y lo único que rumiaba era aquella palabra. Anjou.

Años después, cuando decidimos irnos a vivir a Francia. A mi esposa le ofrecieron un puesto de trabajo en una empresa, cuando viajamos para ir a su primera entrevista, vi de nuevo aquella palabra. Acabábamos de entrar a la región del Anjou. En la cual los Duques de Anjou en el siglo IX habitarían el castillo de Angers.

Segré en Anjou

Yo había ido a recoger a mi papá al aeropuerto, yo le iba diciendo más o menos por donde andábamos con un mapa que traíamos en el carro.

Cuando salimos de la vía exprés D775 a unos 40 km al noroeste de Angers, le dije a mi papá que ya estábamos entrando en mi pueblo.

-Bueno, según los franceses es una ciudad. Pero para mí es un pueblito, apenas tiene siete mil habitantes.

Mi papá miró por la ventana y vio el nombre del pueblo.

-Segré, ¿Así se llama tu pueblo?

-Sí así se llama. Segré. Le repetí.

-Qué curioso, ¿Tú te acuerdas cual era el nombre fiscal de nuestro negocio en Tula cuando ustedes eran chicos?

-¿El de impermeabilizantes? –Le pregunté

-Si ese.

-No, no me acuerdo Pa.

-Se llamaba SEGRE.

-¿Qué?

-Sí, le puse Segre porque juntos son las iniciales de nuestra familia, Sonia, Enrique, Gaby, Ro y Enrique. Que coincidencia verdad.

-Está muy loco Pa. A lo mejor y estoy viviendo en tu sueño le dije. Y los dos reímos. Aunque yo un poco inquieto por la revelación.

Habíamos llegado al pueblo por azar se puede decir, porque habíamos mi esposa y yo decidido que el primero que encontrara un trabajo de acuerdo a su profesión, pues jalaba al otro. Y ella encontró un buen puesto en una empresa en este lugar. Así sin más.

Casualmente Segré está a 40 km de Angers, mejor dicho, del castillo de Angers, el mismo que había visto veinte años antes en la selva de México. Y ahora esta confirmación de mi Padre. ¿Es una coincidencia? No lo creo.  

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