INTRO

Una noche mientras mi mejor amigo Nacho, una amiga francesa que ambos habíamos conocido una semana antes y yo, nos protegíamos de la lluvia bajo un tejaban al interior del castillo surrealista de Edward Jemes. Vi como mi amigo Nacho y ella se sujetaron por la cintura.

Yo entoncés comencé a improvisar un monólogo con mi brazo izquierdo tratando de hacer reír a Natacha para atraer su atención. Lo cual no funcionó pues seguía junto a mi amigo.

Pero cual sería mi sorpresa que después de unos minutos cuando según yo terminé mi broma. Intenté bajar mi antebrazo y no pude.

Se me hizo muy raro porque mi brazo estaba rígido como una tabla. Así que empecé a forcejear conmigo mismo. Lo que realmente cumplió con mi cometido de hacer reír a Natacha, aunque esta vez no era la intención.

Yo estaba entrado en el forcejeo con mi brazo, cuando mi amigo Nacho me dice. ¡Ándale ya estuvo bueno Rodraz!

Lo miré a los ojos y le dije. No es una broma wey, te juro que no puedo mover mi brazo. Y le mostré mi brazo.

Mi amigo toma mi brazo con ambas manos tratando de desenmascararme ante Natacha y nos engarzamos en una batalla mi amigo y yo, tratando de doblegar a mi brazo izquierdo.  

Para esto Natacha estaba riendo de lo lindo viendo a dos jóvenes mexicanos luchando contra el brazo de uno de ellos en la oscuridad de la selva.

Hasta que tumbados en el suelo nos dimos por vencidos.

Wey que pedo, no sabía que tenías tanta fuerza. Me dijo. Pues no soy yo. Le respondí.

Total que nos pusimos de pie, yo aún con el antebrazo izquierdo mirando al frente y mientras Nacho se sacudía yo miré mi mano y de súbito recordé un artículo que había leído hacía tiempo. Suspiré ante lo que pensé que podría ser y me dije en voz alta.

Brazo, ¿Con que movimiento expresas un sí? 

En ese instante, como si hubiera accionado una llave maestra, mi muñeca giró poco a poco en el sentido de las manecillas del reloj. Se detuvo por completo cuando mi palma marcaba a las tres. Al verla moverse de esa manera tan lenta y entumecida, sentí que era la mano de alguien más y no la mía.

Miré a mis amigos con cara de interrogación, volví a mirar mi mano y le pregunté.

Brazo ¿Con que movimiento expresas un no?

Y de la misma manera, mi muñeca izquierda volvió a girar tan despacio como el segundero de un reloj deteniéndose cuando mis dedos contraidos apuntaban al suelo.

Creo que ya sé quién es. Les dije a mis amigos que se abrazaban un poco mojados por la brisa de lluvia que se colaba al tejaban aquella noche.

¿Quién? Me preguntó Natacha.

Es mi inconsciente.

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A partir de ese momento, he tenido varias experiencias con la extraña fuerza que parece ensombrecida por la luz de la consciencia.

En algunas de estas ocasiones he presenciado como no solo se expresa mediante el movimiento, en sueños o visiones sino también con extrañas conincidencias, como si tuviera una conexión con el ambiente. Algo que el psicólogo Gustav Jung denominó, la sincronicidad.

A pesar de que he buscado más información del tema, siento que me falta mucho por aprender. Y he pensado que la mejor manera de seguir la pista a esta fuerza sutil, es a través escuchar y recopilar historias similares en otras personas.  

Bienvenido a este blog en el que nos convertiremos por un momento en los detectives del inconsciente.

Me gustaría leer tu comentario al final de cada artículo.

Buena lectura.

Rodraz, Detective del inconsciente, Détective de l’inconscient, Detective of the unconscious

Un sueño que cambiaría nuestra forma de pensar.

Una noche del año 1619  un joven francés tuvo una serie de sueños. En uno de ellos él se encontraba en una habitación, y vio como unos libros sobre la mesa se comportaban de manera extraña.

Se acercó y abrió uno de ellos, en la página pudo leer claramente que decía «Quod vitae sectabor iter?»  «¿Qué camino seguiré en la vida?».

Y mientras él intentaba enfocar lo que leía, alguien apareció en la habitación y le dijo. «Est et non«: «Si y no» «Qué es y qué no es».

El joven francés despertó exaltado, intentando resolver el enigma que se le acababa de presentar. Y durante toda su vida trató de responder a esa simple pregunta y lo que resulta de ella. ¿Cómo saber que es y que no es?

¿Cómo puedo estar seguro que esta es la realidad y no es un sueño? ¿Y si todo fuera un sueño? ¿Qué es de lo único de lo cual podría estar completamente seguro?

Ese joven francés de 22 años fue René Descartes. El padre del racionalismo.