Desierto de Catorce

Desperté en el desierto y el sol ya estaba en el horizonte. Rápidamente giré la cabeza buscando a Natacha y la vi a unos cuantos metros besándose con Nacho.

¡Este cabrón! Pensé. ¡No mames! ¡Lo bueno es que el wey no iba a hacer nada! En ese momento sentí ganas de que me tragara el desierto.

Natacha se acercó hasta donde estaba yo tendido en el piso con una taza de café.

Venga cariño, vamos. Me dijo.

Me incorporé, le di un sorbo a la bebida y me sentí aliviado, tan pronto como me terminé el café me di cuenta que había sido lo mejor. Ya no sentía la presión del día anterior ni el remordimiento, ni los celos, ni nada.

Ella se me quedó viendo fijamente y me dijo. Quería que nos vieras, así está mejor.

Me dio un beso tierno en la mejilla y se alejó.

¿Entonces chicos? ¿Regresamos a Real? ¿O que hacemos? Nos preguntó Natacha.

Pues sí, ¿no? Respondí.

Pues entonces hay que apurarnos para tomar el jeep. Recogimos nuestras cosas, nos lavamos la cara, bailamos, cantamos la de Santa Lucía y hasta que se terminó el café. ¿Y los mescalitos? Dije.

LLevaremos algunos a Real para preguntar si son los buenos. Dijo Nacho. Dijo Nacho.

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¿Por qué les dices mescalito? Me preguntó Natacha.

En el libro que leí, así llamaban al peyote. Y no sé, por respeto supongo me salió llamarlos así. Le dije.

Respeto, ¿A un cactus? Me respondió Natacha.

Pues sí, supongo. No sé.

Ok, yo pensé que por el mezcal. Me respondió ella.

¿Mezcal? ¿Dónde? Preguntó Nacho mirando en todas direcciones. Los tres reímos.

Como el día anterior mientras caminamos, comenzamos a cantar Santa Lucía. A Natacha le gustaba y era la única que nos sabíamos los tres así que seguimos el coro, riendo de vez en cuando.

Cuando llegamos a la parada del jeep. Nacho se fue a la tienda a comprar otras botellas de agua. Yo me quedé sentado apoyado en las mochilas. Natacha fue hasta donde yo estaba, se sentó entre mis piernas, luego giró su cara y nos besamos.

Nacho nos vio a lo lejos, se acercó con desgano y se fue a echar agua a la cara en a la pileta que había ahí cerca.

Ya en la jeep Natacha nos preguntó. ¿Quieren regresar a Querétaro? O podemos continuar un poco más. Su voz se entrecortaba por las sacudidas del jeep que subía lentamente por la cuesta.

¿Porque no vamos mañana a Xilitla? Les propuse a mis amigos.

¿A dónde? Brincó la voz de Nacho.

A Xilitla. En una revista de la casa de Edson había un artículo sobre un castillo surrealista en medio de la selva y hay cascadas y cosas así.

¡Si, vamos! Gritó Natacha.

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Ese día nos la pasamos recorriendo el pueblo fantasma con las mochilas a cuestas porque ya no teníamos dinero para rentar otra habitación. Así que comenzamos de nuevo a jugar y brincar por todos lados pensando que pasaríamos la noche en alguna banca en la calle. Entramos a un gran edificio destruido con pisos de madera, dejamos nuestras cosas en el piso y comenzamos a gritar, actuar y cantar.

Entonces se nos ocurrió hacer una improvisada obra de teatro en aquel lugar. Luego Natacha nos mostró cómo vocalizar el mantra tibetano Om sin parar, a través de la respiración circular, y creando una especie de sobretono.

Nacho y yo desconocíamos por completo esas cuestiones pero parecía divertido así que lo intentamos buscando los ecos en aquella construcción abandonada.

Así tienes que mantener el sonido y después mover los labios para crear el sobre tono. Ya vez, así. Sí, sí. Y ahora solo mantén el tono más tiempo. ¿Me voy a quedar sin aire?

No, mira. Jala aire por la nariz en pequeñas cantidades, ¡Así! mira. Ándale. Así. Y no dejes de… Carcajadas.

¿Qué hacen aquí? Gritó una voz desde la puerta de lo que quedaba del edificio. Y cuando volteamos había por lo menos cinco policías armados que nos rodeaban.

Nada, Oficial, solo estamos cantando.

Pues este no es un lugar para cantar. ¿Saben en dónde están? Nos preguntó enfadado.

No, la verdad no. Respondió Nacho.

Esta es la antigua casa de moneda. Sus papeles por favor. Dijo el oficial al mando.

Pero, Oficial, no estábamos haciendo nada malo.

Sus papeles por favor.

Miré a Nacho y a Natacha. Los mezcalitos están en el fondo mi mochila. Pensé.

Si Oficial. Aquí están.

Los suyos. Aquí están, Oficial. 

Saquen sus cosas de las mochilas.

Entonces lentamente sacamos todas nuestras cosas, y yo dejé mi ropa en bulto tratando de ocultar los cactus.

Uno de los policías palpó todas nuestras cosas, pero cuando estaba sobre el bulto de ropa. Pasó de largo, como si no hubiera visto el pequeño montón de tela.

Nacho y yo nos miramos de reojo.

Nada, Oficial. Dijo un policía.

¡Bueno! Refunfuñó meneando la cabeza.

Tengan sus papeles y no vuelvan a entrar aquí jóvenes que el edificio está a punto de caerse.

Claro Oficial.

Así lo haremos.

Recogimos nuestras cosas y salimos de ahí.

No lo puedo creer. ¿Viste eso?

Le dije a Nacho susurrando.

Sí, está cabrón.

¡Qué locura! Dijo Natacha.

Fuimos a una fondita a comer y la misma señora nos ofreció un cuarto en su casa para dormir por veinte pesos. A lo que aceptamos agotados.

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