Centauro

Entre infinitas posibilidades, el hombre solo puede acceder a dos. Tal vez esto fué lo que trato de parafrasear el filósofo Spinoza. Tal vez.

En todo caso, la parte animal del centauro está represnetada por un caballo. La fuerza dócil.

El centauro forma parte de la mitología griega, y eran figuras que de la cintura para arriba eran humanos y hacia abajo tenían el cuerpo de un caballo. Ambas partes, la humana y la animal, se contraponían generando el caos.

En la mitología los centauros tenían un comportamiento bestial. Eran criaturas desaforadas que estaban por entero dominadas por sus impulsos, bebian, comían y copulaban en exeso. Pero salvo en casos contados, cuando la parte humana lograba controlar su parte salvaje, se volvían criaturas sabias, como Quirón o Folo.

Puedo identificar esta parte animal como mi inconsciente. Pero ¿Qué sé sobre el inconsciente? He leído las opiniones de algunos especialistas, pero me queda claro que aún no sabemos gran cosa.

Lo que está claro es que lo hemos condicionado como nuestra zona oscura, desconocida, a la cual la consciencia no tiene acceso. Pero ¿Dónde inicia y dónde acaba? ¿Qué tanta relación mantiene con la naturaleza que nos rodea sin que seamos conscientes de ello?  

Yo solo puedo referirme a esta parte de mí, como algo que siento y que experimento a diario. Como una fuerza que parece surgir de mi interior y me impulsa instintivamente a moverme.

La siento como una fuerza que toma decisiones antes de que yo sea consciente, e incluso pueden pasar días o meses sin que mi consciencia entienda él porque tomé esa decisión.

Es también la fuerza que me yergue, la energía que mantiene mi organismo vivo y en constante movimiento. Y que imagino como un sistema operativo ancestral en el cual están registrados un sinfín de información y procedimientos que realizo cada día. Y que no provienen de mi consciencia, sino de miles de años de evolución.

La siento como el movimiento que producen las olas, un movimiento rítmico y constante. Y que está ahí, más allá de mi propio deseo.

Pero también siento que esta fuerza tiene una predisposición a buscar la subsistencia. Y entiendo por que los centauros eran representados como criaturas salvajes que se dejaban llevar por completo por el instinto que los domina.

Brazo fue el nombre que surgió al enfrentarme a esta fuerza en la selva de Xilitla. Y ahora después de compartir mi existencia con él, me doy cuenta que esta incansable energía tiene una actitud dócil frente a la consciencia.

Por más fuerte que sea un deseo, entre más se hace presente la consciencia, mayor es la influencia de esta ejerce sobre la fuerza inconsciente. Cómo un caballo que obedece sin poner resistencia a su jinete, aún y cuando el animal lo supera en fuerza y tamaño.

Por ejemplo, cuando estoy sentado y pienso. ¿Brazo estas ahí? Entonces poco a poco, mi cuerpo comienza a moverse sin mi voluntad desde la base de mi torso, como si estuviera dentro del mar, estas ondas que vienen y van, mueven mi cuerpo como un péndulo a la inversa, reaccionando a la pregunta. Pero basta que piense algo, o mi consciencia piense en una respuesta, sí o no, y entonces el movimiento cesa y adquiere el tono de mi respuesta consciente. Es decir, deja su respuesta, para adquirir la consciente.

Pongamos que estoy sentado y  ya le he pedido a Brazo que me indique con que movimiento me responde con un sí, y con qué movimiento me responde con un no. Normalmente, las respuestas afirmativas mi cuerpo se mueve hacia delante y hacia atrás, y la respuesta negativa, mi cuerpo se balancea de izquierda a derecha. Y de igual forma cuando una pregunta está mal planteada, o no me quiere responder, mi cuerpo se mueve en círculo. Hay más movimientos, pero digamos que ya he establecido con Brazo las convenciones.

Entonces le hago una pregunta en voz baja. ¿Brazo estas ahí? Y poco a poco comienzo a sentir su respuesta afirmativa moviéndome involuntariamente hacia adelante y atrás. Pero basta con que yo piense en un categórico no, para que el movimiento se modifique y comencé a moverme de izquierda a derecha.

Es decir, esta fuerza se subordina a la consciencia. Aún y cuando la respuesta afirmativa es evidente.

O basta con que yo quiera levantarme de la silla, para que Brazo deje de moverse y yo continúe con mi rutina. Casi nunca Brazo va a imponer su voluntad sobre la consciencia. Salvo algunos episodios muy específicos que ya contaré después.

Pero solo deseo describir esta sensación que a muchos les parecería charlatanería, pero es en parte, porque su consciencia, su manera de pensar y de ver el mundo, se ha convencido de que el ser humano opera solamente bajo la luz de la consciencia. Y yo he de constar que no hay nada más absurdo que eso.

No es que el inconsciente sea influenciable o sumiso en todos los casos por el consciente. (Como en los hipocondriacos o las alucinaciones mediante la hipnosis). Sino que es la comunicación que se establece entre ambos, la que se ve afectada.

Es decir, la voz del inconsciente, que no hay que olvidar que habla mediante el movimiento, se ve fácilmente influenciada por la consciencia. Provocando así todo tipo de deformaciones de la realidad de acuerdo a lo que la consciencia desea ver.

Esa es una de las cuestiones que quiero investigar en mi propio cuerpo, primero, ¿Qué es? Y también ¿Por qué es tan dócil en relación a la consciencia?

La consciencia, el otro gran misterio, tal vez el mayor misterio que los científicos tratan de desvelar junto con el origen del universo. ¿Qué es la consciencia? La otra cara de la monera.

Si del inconsciente sabemos poco, de la consciencia sabemos a penas nada. Solo la experimentamos a diario al igual que él primero.

Para mí, es como tener una lámpara de mano en una noche nublada en un bosque.

La luz nos permite focalizar nuestra atención hacia determinadas zonas mientras sentimos, escuchamos, olemos, tocamos y tropezamos con distintas cosas a nuestro paso.  Todo este cúmulo de experiencias forma parte de la experiencia.

Una lámpara que ilumina un entorno oscuro.

Esa rueda de luz que desvela, ese túnel luminoso, el cono inverso que se genera a partir de un punto y que se detiene cuando un objeto opaco bloquea su paso. Eso acompasado por los ruidos, los olores, las distintas sensaciones que experimenta mi cuerpo, forman mi experiencia. Un punto de vista desde el cuál observo la realidad o la fantasía.  

Puede parecer simplista el hecho de reducir a la consciencia en un punto perceptual. Pero, ¿no es así? En todo caso de lo único que puedo estar seguro, es que ya sea en un sueño, o que piense en algún recuerdo, ya sea leyendo un libro o viendo una película, mirando mi teléfono, caminando, soñando despierto o conduciendo mi coche.

El común denominador es que frente a mí como si estuviera frente a una pantalla de cine, soy consciente en la medida que puedo percibir lo que sucede a mí alrededor. Como un faro, como una lámpara. Un punto de vista desde el cual observo.

Incluso si tengo los ojos cerrados, la experiencia de saber que estoy experimentando sea lo que fuera lo que tenga delante de mí. Es lo que prevalece cada vez que soy consciente. Un punto perceptual.

Para mí la consciencia no es el razonamiento, ni el pensamiento, ni la lógica, y mucho menos la predisposición ni el prejuicio.

Yo entiendo la consciencia como al acto perceptual, única y sencillamente, la percepción.

El instante primigenio que llega antes que las palabras con las que he catalogado a las experiencias. Árboles, ramas, hojas, troncos, luna, estrellas.

La consciencia es la experiencia de percibir mi posición en el espacio, en el tiempo. Y a partir de este punto puedo pronunciar, yo soy.

Esta extraña unión entre dos sistemas que confluyen en nuestro cuerpo es el centauro. Soy yo un centauro, eres tú la criatura en la que viven e interactúan, por una parte el instinto, la sabiduría ancestral y por otra el punto perceptual desde el cual miras al mundo.

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