8. La espiral luminosa

Aquella noche oscurísima, yo estaba sentado en el fondo del tejaban en las Pozas Xilitla. Me acomodé cruzando las piernas y no sé muy bien porqué, comencé pronunciar el mantra, Om, pero más bien lo hice solo vociferando en una sola exhalación las entras o, a, i, moviendo la boca como un pez. Tratando de imitar lo que Natacha nos había enseñado días antes en la casa de moneda de Real de Catorce. Pero encontré que al mover mi boca lograba producir el sobre tono que estaba buscando, como si produjera dos sonidos al mismos tiempo. Respiré profundamente y cerré los ojos, aunque para el caso no había ninguna diferencia entre tenerlos abiertos o cerrados. Pues la oscuridad era ovnipresente. Comencé a emitir aquel mantra, con el tono más grave que pude tratando de producir un doble sonido, el armónico. Yo nunca había practicado el yoga o algo parecido, pero aquel sonido y su vibración me provocaron un estado de paz absoluta. Y disiparon el miedo y las dudas que hubiera estado teniendo con respecto a nuestra ingesta anterior. Me sentí tan bien que volví a repetir el sonido, una y otra vez, variando el tono de mi voz con los ojos cerrados, hasta que mientras reanudaba mi canto, abrí los ojos, frente a mi vi una espiral de luz vaporosa color amarillo pálido, que salía del piso de piedra y se elevaba un metro y medio hasta disolverse en la negrura de la noche. La impresión que me produjo me hizo callar y en ese momento la espiral se disipó como bruma ligera que se apaga desde dentro. Me quedé petrificado y una sonrisa se dibujó en mi rostro. Respiré profundamente y volví a emitir el sonido, ahora con un tono más grave posible. Fue cuando a pocos centímetros de mis piernas se comenzó a dibujar una espiral de luz rojiza con un diámetro de unos sesenta centímetros que se movía lentamente de al contrario de las manecillas del reloj.  Que conforme sostenía el sonido iba ascendiendo hasta poco más de un metro y medio para después disolverse. Dejé de cantar y la espiral se esfumó. ¡No chingues! ¿Qué es eso? Grité. Mientras escuchaba a Nacho y Natacha que seguían hablando en la mesa. Volví a cantar y ahora tratando de encontrar el sonido más agudo que podía sostener haciendo el movimiento de mis labios para variar el tono y buscando el sobre tono. Y tímidamente surgió una cortina de vapor luminoso en forma de espiral con un diámetro menos a la anterior pero con una estructura más compacta y de color azul pálido. La miré bien tratando de aguantar lo más que pude el canto y vi como en la espiral había unas diez pequeñas burbujas transparentes de un centímetro que rodeaban la espiral y se elevaban al mismo ritmo. ¡Nacho, Natacha! Les grité a mis amigos. Tienen que ver esto. ¿Qué? Gritó Nacho. ¡Ven wey! Tienes que ver esto. Le dije. Escuché como se arrastraron las sillas de plástico. ¿En dónde estás? dijo Natacha. Aquí, sigue derecho. No, para allá no. Por aquí Nacho a tu derecha. Guié a mis amigos hasta donde estaba sin levantarme. ¿Cómo sabes dónde estábamos si aquí no veo ni mis manos? Me dijo Natacha. Puedo verlos. Respondí. ¿Qué? Murmuró Nacho. ¡Wey! Puedo verlos. Tienes una delgada línea multicolor sobre el contorno de todo tu cuerpo. ¿Cómo? Dijo de nuevo mi amigo mientras se sentaban a mi lado. En serio. Dije nervioso. ¡Wey esto está muy loco! Entonces Natacha en un gesto maternal acercó su mano a mi frente. ¡Wow! Exclamé. ¿Lo sentiste? Me dijo ella. ¡Lo vi! Le respondí. Descríbeme lo que ves. Me dijo acercando de nuevo su mano a mi mano. Veo la línea multicolor en tu brazo, de apenas unos milímetros. Ahora veo como comienza a salir de tu mano y de mi mano una especie de neblina luminiscente, cómo si intentaran conectarse. Se acercan más y cambian de color. Más. ¡Wow! ¿Se unieron? dijo ella. Sí. Ahora parecen ser una sola. Ella dejó la palma de su mano a unos milímetros de mi cuerpo. No puedo distinguir cual es tuya y cual mía. Nacho suspiró. A ver ahora tócame tu a mí. Me dijo Natacha. Y tomó la mano de Nacho que estaba a punto de levantarse. No te vayas, le dijo.

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14. El Círculo de protección

Por alguna razón, Nacho acomodó las sillas de plástico a nuestro alrededor creando un círculo y había dispuesto las mochilas y los sleepings en el centro. Mientras Natacha y yo habábamos. Cuando ella salió con prisa caminando bajo la lluvia me preguntó bruscamente. ¿Qué le dijiste? ¿A dónde va? No sé. Respondí. Nacho terminó de acomodar el lugar, verificando que las sillas estuvieran bien juntas unas con otras. ¿Que haces? Le pregunté. Un círculo de protección. Me respondío mi amigo. Pero si tu no crees en eso. Le dije sonriendo tímidamente. Él paró de hacer lo que estaba haciendo y me miró con el ceño fruncido. Con su mirada me dijo todo y cambié de tema. ¿Estará bien Natacha? Mejor vámos a buscarla, el rio está muy crecido y no le vaya a pasar algo. Dijo Nacho. Salimos del círculo que mi amigo había hecho y al instante sentí como si mi peso corporal se duplicara. Y de nuevo volvía a sentir la extraña sensación de que algo me jalaba hacia el piso. Caminamos bordeando a tientas la pared enmohecida. De pronto observé como la la sutilísima sombra que creaban las piedras del camino, depronto se volvieron mucho más perceptibles. Tenían un negro tan profundo y absoluto que se podían diferenciar en la noche. Parecían tener volumen, como si aquellas sombras fueran las gotas derramadas de petróleo. Apuré el paso y observé como estas sombras se aglutinaban formando un líquido de sombras. La imagen me aterró pero me pudo más la necesidad de encontrar a Natacha. Está bajo la escalinata frente a la primera poza. Le dije a Nacho. ¿Cómo lo sabes? Me dijo. No lo sé. Respondí. Y unos metros más adelante, con la ligerísima luz provocada por el reflejo del pueblo de Xilitla en las nubes. Encontramos a Natacha en el lugar en donde le había señalado a Nacho. Nos vió llegar y nos abrazó. Me dio un beso mientras intentaba hablarle. Pero no me dio oportunidad. Tomó su blusa y se comenzó a desnudar. Te encargo mi ropa y mis collares, me dijo al oído mientras me colocaba todo por encima. ¿No te vas a meter a la poza con la lluvia? Le alcancé a decir. Y de un salto aventó al agua. Nacho y yo instintivamente nos cubrimos los oídos. ¡No mames! ¿Qué fue ese estruendo? Dijo Nacho. Yo sentí el sonido agudo en mis tímpanos como cuando sales de una fiesta. Cuando abrí los ojos, abrí también la boca. Todo, todo, todo cuanto me rodeaba tenía dos líneas de color, una roja y una azul. Ambas vibraban una sobre la otra. Miré a mi alrededor y vi asombrado que las escaleras que continuaban vereda arriba tenían estas delgadísimas líneas de luz, las escalinatas a lado de la poza, las hojas de los árboles que crecían sobre la poza, las ramas que las sostenían, la vegetación entera que nos rodeaba. Y principalmente el afluente de agua, en donde estas líneas vibraban con unas crestas y valles más pronunciados. Incluso se interponían ambos colores. La poza en sí misma, su superficie. Y entonces vi salir a Natacha del agua fría. Y su desnudez estaba ataviada por estas mismas líneas de luz. Está delisiosa el agua, ¿No quieren entrar? Nos dijo a Nacho y a mi gritando feliz. El agua caía por la cascada con fuerza en la poza de agua y se escuchaba el rugir del torrente que crecía con la lluvia. Yo sacudíla cabeza. Estaba admirado y aterrado a la vez mirando a mi alrededor. Ella salió y se vistió. Me acarició en la mejilla como a un cachorro mojado. ¿Vamos Nacho o te quieres quedar un rato más en la lluvia? Le dijo a mi amigo. No, vamos. Respodió. Yo comencé a caminar tratando de seguir a Natacha como pude. Pero conforme caminaba las líneas de luz comenzaban a desaparecer. Y pensé que tal vez había sido el sonido de Natacha saltando al agua, lo que había excitado mi visión provocando las ondas de luz. Y conforme los colores desaparecían, del piso comenzaban a surgir de nuevo las sombras líquidas, agrupándose una vez más y se dirigían hacia donde estábamos nosotros. Cuando por error, caminaba sobre una de estas sombras, sentía como mi fuerza disminuía. Hasta que entramos por fin al tejaban y una vez dentro del circulo que Nacho había trazado con las sillas de plástico me sentí reconfortado y vi como las sombras no crecían ahí dentro. Han notado como si se encendiera el humo de un cigarrillo en la otra caseta, a lado de la entrada. Sí. Yo también. Pues mira. Dijo Natacha. A lo mejor es alguien como nosotros que no tiene donde dormir. A lo mejor es el artesano que vendía cuentas de jade en la entrada. Tal vez. No lo sé. Pero siento que es un protector. Lo que sea. Dijo Natacha. Con que no se lleve nuestras cosas. Nos secamos y acomodamos las cosas dentro de la cafetería. Cuando comencé a escuchar la canción de, Santa Lucía, tan claramente como hubiera un radio encendido en el lugar. Este viaje lo iniciaron juntos, y juntos lo tienen que terminar. Escuche de nuevo la extraña voz en mi interior. Y sentí como me jalaron bruscamente hacia el piso. Alcancé a acomodarme encima de mi sleeping. ¿No tenemos agua? Dijo Nacho y comenzó a buscar en las mochilas. No, ya no quedaba ninguna botella. Dije. !Mira¡ Nos dijo Natacha sosteniendo una botella nueva. ¿Pero cómo si ya no había? ¿Agua Querétaro. Y tiene los arcos y todo. ¿Agua Querétaro? Pregunté. Pero nunca compramos una botella como esta. ¿O, sí? Yo no me acuerdo que exista el, agua Querétaro. Nunca la había visto. Pues tengo mucha sed. Dijo Nacho tras oler la botella.  Le dio un trago. Luego otro, y luego otro. ¡Ah! Esta buena. Nos dijo. ¿Quieren? Si, por favor. ¿Quieres Nat? Si, gracias. Sentí de nuevo el tirón. Ya sé que estoy loco, pero escucho una voz que dice que debemos terminar el ritual juntos. Ella me acarició con una mirada entre lástima y preocupación. Poco después, no se si por el cansancio o porque, pero entre Nacho y ella apagaron las velas y cerraron aún más el círculo de sillas. Dormimos uno a lado del otro con Natacha en medio. Que descansen chicos. Hasta mañana, dijo Nacho. Aún no lo sabía pero la más aterrador de aquel viaje me estaba esperando.

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