¿Escucharon en la madrugada los lamentos de tu abuelito?

Bueno pues, cuando entramos a su cuarto a las tres de la mañana. Tu papá lo ayudó a sentarse en la cama y yo corrí un poquito la cortina para que entrara la luz del patio. Y que me dice. Sonia, ¿Cuántas veces les he dicho que no me gusta que entre la perrita a la casa? Y que me le quedo viendo a tu papá. Mi hermano se tapó la boca. Y mi hermana soltó el tenedor sobre el plato. Les he dicho que cierren bien la puerta de la cocina antes de dormirse. Nos dijo tu abuelito. Pero Don Ricardo, estaba cerrada. No, no, no.  Clarito escuche como la perrita la abrió poco a poco y luego se vino directo a mi cuarto. Ya sabe cómo es la Camila. Esa perrita traviesa. Estaba llena de lodo, se me subió a la cama y luego se puso a jugar con la ropa. Mire nada más como dejó el cuarto. Y tu papá le dice. ¿Y a dónde se fue? Esta debajo de la cama, ¿No la escuchan? Tu papá me miró y salió del cuarto para llamar a la Camila. Hasta que tu abuelo suspiro y cerró la puerta, luego se fue hasta la cocina e hizo lo mismo. ¿Y luego? Pregunto Gaby. Le dijimos que no se preocupara y que íbamos a cerrar bien la puerta. Mi humana se puso de pie y se fue al baño a limpiarse las lágrimas. Y mi hermano le dijo a mi mamá. ¿Y no le dijeron que a la Camila la habían atropellado ayer? Mi madre negó mientras daba un sorbo a su café con leche.

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¿Saben que nos dijo su abuelo anoche?

Mi abuelo tenía poco más de noventa años. Había tenido una vida plena y gratificante, con dramas y alegrías familiares de la época de oro mexicana. Le gustaba vestir bien, beber buenos licores, recibir a sus amigos en el despacho de su casa los viernes por la tarde hasta el día siguiente, rodearse por sus hijos. Ser atendido por sus nueras, ir a las reuniones del club de leones y ponerse calcetines morados. Hasta mis amigos de infancia como Edson o Nacho lo llamaban Don Ricardo. Su casa se alzaba en la entrada del pueblo, mostrando un jardín de flores, un gran árbol frutal que daba algo de sobra al patio y una enredadera de troncos gruesos y viejos que cubría por completo la planta baja y el primer piso de la casona. Hay, hayay, hayay,  Sonia, porque ese muchachito anda con el cabello tan largo. Sonia, Enrique. Mira este muchachito anda molestando a mi Quique. Sonia. Hijita, hijita, hijita, Gaby, ve con tu hermano a lavar el coche. Enrique dile a los niños que no jueguen en la viruta, los va a picar un alacrán. Desde su escritorio repartía órdenes con voz baja. Que todos atendían sin reparo. Cuando el negocio de la familia se vino abajo, el también. Pronto comenzó con los achaques y días más tarde le diagnosticaron un cáncer de los que a su edad ya no había nada que hacer. Paso del escritorio, a la silla de ruedas. Y no podía levantarse de la cama sin asistencia. Y una noche por ahí de las tres de la mañana. Enrique. Gritó mi abuelo, fue un lamento tan largo como escalofriante que se apagaba poco a poco. Los perros ladraron y las luces del cuarto de mis padres se prendieron. Enrique. Se lamentaba. Por la mañana, como cualquier día a la hora de los desayunos míticos de mi madre en donde disponía sobre la mesa, fruta, jugo recién hecho, café, leche, pan de dulce, bolillos, nata, crema, mantequilla. Y por si fuera poco nos iba sirviendo a cada uno con ayuda de Margarita, los huevos revueltos con frijoles, o a veces enchiladitas, de cuando en cuando, huevos con chirizo, con tocino, quesadillas de flor de calabaza. Sincronizadas en salsa roja. Y entonces se dispuso a contarnos, como quién cuenta un sueño en la sobre mesa mientras margarita traía a la mesa las tortillas calientes. ¿Escucharon en la madrugada los lamentos de tu abuelito?

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10. Hipnosis sobre el autobús

Cuando era estudiante en la Universidad del Valle de México mientras caminaba por el centro de Querétaro encontré en una libreria de libros usados un pequeño manual de auto hipnosis de una edición de bajo presupuesto. En su portada aparecía el dibujo a lápiz de un ojo humano. En ese momento yo viajaba casi todos los fines de semana hacia San Martín Texmelucan, para trabajar con Nacho en los diseños de una fábrica de pantalones de mezclilla que llevaban el absurdo nombre de Golfo Jeans. Y en tantas horas de ruta acostumbraba a leer todo tipo de cosas. Este manual era una guía para lograr el auto hipnosis después de una completa relajación y el movimiento involuntario de alguno de los dedos de la mano. Para esto se pedía al lector pensar en una pregunta cerrada y esperar la respuesta afirmativa con el movimiento inconsciente de un miembro del cuerpo. Esa vez a la altura del paso de cortés frente al volcán Popocatépetl, logré que mi dedo meñique respondiera de manera afirmativa y el índice a la negativa.

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16. El movimiento de Brazo

Septiembre del año 2000. ¿En dónde está Nacho? Pensé. Tomé el teléfono y marqué el número de su casa en la ciudad de México. Sonó una vez y colgué. ¿Y si me contesta su mamá? Me va a preguntar ¿Qué no está contigo? Marqué el número de su ex novia ¿Y si me contesta su marido? Colgué. ¿Estará en la casa de sus tíos aquí en Tula? Pero si voy, su tía le contaría a su mamá y la ex novia saldría al tema.  Pinche Nacho ya que se compre un teléfono. ¿Se habría ido con Natacha a Guadalajara? Este cabrón se pasa. ¿Estará con el Edson en Querétaro? Miré el reloj, Edson debería estar en la universidad o tal vez trabajando. Cerré los ojos deliberando entre una pregunta y otra cuando de pronto fui consciente que me estaba balanceando involuntariamente de derecha a izquierda. Abrí los ojos y miré a mi cuerpo como se movía sin mi consentimiento de un costado a otro. Sentí como una oleada de recuerdos y sensaciones que iban desde el sabor amargo de mezcalito hasta la pérdida de control sobre mi cuerpo que habían tenido lugar una semana antes en Xilitla. Se supone que aquello había acabado al amanecer cuando desperté y le pedí a Nacho que arrojara mi collar de jade al rio. Tal como mezcalito me lo había pedido. Sentí una efervescencia de emociones que iban del pánico a una curiosidad angustiosa. ¿Brazo? Pregunté con una voz delgada. Entonces, lentamente comencé a balancearme como una boya de mar sin mi consentimiento. No era yo quien estaba provocando mi propio movimiento. Pero tampoco lo impedía. Ahí estaba yo sentado en la silla sin apoyar la espalda al respaldo viendo como mi cuerpo se balanceaba hacia adelante y hacia atrás. Este movimiento involuntario y desconcertante estaba ahí, como una manifestación de un algo, de una fuerza irreverente que había despertado en mí, Brazo. ¿Me estaré volviendo loco? Me pregunté en voz baja, dejé de moverme. ¿Brazo estás aquí? Lentamente mi cuerpo volvió a balancearse hacia adelante y hacia atrás, como un péndulo y cuando se hizo evidente, el movimiento cesó. ¿Brazo sabes en donde está Nacho? El movimiento pendular me impulsó hacia delante y atrás, hasta que me resultó evidente su respuesta no verbal. Sí. Entonces el movimiento cesó.  Respiré varas veces tratando de contener mi emoción. ¿Nacho está con Natacha? Me dejé de mover y lentamente aquella energía motora creció hasta manifestar un movimiento de izquierda a derecha, hasta que se fui consciente de la respuesta negativa. Entonces el movimiento se detuvo. Así, mediante preguntas cerradas sobre las posibles ubicaciones de mi amigo, Brazo me indicó que mi amigo desaparecido se encontraba en un autobús camino a Tula. Yo me sentía escéptico sobre lo que me respondió Brazo, hasta que pocos minutos después mi madre me llamó. Ro, baja, Nacho acaba de llegar. Me gritó mi mamá desde la cocina. ¿Qué onda Ro? ¿Dónde andabas wey?   Me quedé con Amelia y casi pierdo el camión para venir a Tula. No manches que tráfico había en la carretera.

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