El retorno a la cueva de las manos

Caminando por Barcelona en 2007

Soy el inconsciente, que se manifiesta en tu Brazo. Soy la serpiente que abre la boca para morder tu sueño.

Imagino que en el inicio de la humanidad existió un  instinto  primario. Una forma básica de conducta, una red de conexiones entre individuos de la misma especie descrita a través de movimientos, sonidos, olores.

El instinto generaba, en esencia, conductas fisiológicas. Comer,  dormir,  reproducirse  y protegerse. Y formaban parte un mismo sistema neuronal que los mantenía agrupados, de manera análoga a los pájaros en pleno vuelo o a las manadas de caballos salvajes.

En los primeros humanos, el instinto o mente primaria se basaba en un solo ser, un ser social, y, de acuerdo con él, un individuo solitario no era  capaz  de sobrevivir. Tenía que estar en contacto con el grupo.

La mente primaria tenía mayor relevancia que el individuo. Que funcionaba cómo la memoria colectiva y almacenaba información tanto del individuo, como de su colectividad.

Ésta mente única producía beneficios para cada uno de los miembros del grupo, que gracias a ella lograban resistir las duras condiciones a las que  estaban expuestos.

En consecuencia, los primeros seres humanos mantuvieron la dualidad entre su individualidad física y su  instinto primario colectivo.

Todos cuidaban de su grupo porque, de lo contrario, atentaban contra ellos mismos.

Con el tiempo estos primeros humanos se expandieron a otros territorios, salieron de su hábitat nuclear.

Los grupos que salían a las nuevas tierras conservaron la conexión con la mente primaria.

Debido al tiempo que pasó desde la salida de su lugar de origen y el nacimiento de las nuevas generaciones en tierras lejanas, fueron desarrollando otras formas de expresión y rituales no sólo para aminorar el dolor producido por las dificultades de la vida y las enfermedades, sino para recordar su lugar de origen y transmitir la relación, tanto física como mental, que existía con éste.

Pero algo aún más importante es que su dieta cambió.  Consumieron otro tipo de animales, frutas de otras especies, plantas y vegetales hasta entonces desconocidas para la especie.

Al emprender su viaje y modificar sus costumbres, los primeros hombres también se distanciaron de la mente primaria. Ya que el soñar dependía de los factores del entorno.

Así comenzaron a generar grupos aislados que conservaban mentes comunes secundarias. Como una extensión conductual de la primaria.

Los grupos secundarios conservaban objetivos y lazos en común sólo para los miembros nuevos que lograban sobrevivir en conjunto.

Durante esta expansión y ramificación de la especie, cuando escaseaba la comida algunos individuos se veían forzados a separarse del grupo secundario al que pertenecían para explorar otros lugares o seguir el rastro de animales.

Muchos de estos nuevos exploradores se extraviaron en el camino o tardaron demasiado en volver por diferentes circunstancias.

De ahí que el instinto de supervivencia, aunado a las nuevas experiencias generadas, los impulsó a buscar la manera de subsistir por sí solos en entornos desconocidos y a nutrirse con alimentos que nunca habían probado.

Por ende evolucionaron su comportamiento, y las habilidades para sobrevivir en  solitario.

Esto significaba que, para  poder  soportar  tal aislamiento, el individuo generó una conciencia individual permanente  provocada  por el dolor y la soledad.

En efecto, al estar apartado en las montañas, en peligro constante y sin ningún compañero, se cuestionó por primera vez la posibilidad de volver con su grupo, y se cuestionó, a sí mismo, los conceptos de la vida y la muerte.

Vino entonces la necesidad ya no únicamente de alimentarse, sino de comunicarse con la mente primaria, con su hábitat núcleo, con sus antepasados.

Lo expresó mediante la representación pictórica, la primera muestra de una comunicación con lenguaje codificado, inteligente y perdurable, mostrando la conexión entre sus mentes.

La primaria y una conciencia individual en un presente continuo, circular.

Aquellos hombres mostraron sus visiones sobre la acción natural con su magnífica y simple fuerza; después, la remembranza del nacimiento, la comprensión de su procedencia. La cueva, el vientre, su origen.

Por razones de seguridad estos individuos buscaron en las cuevas refugio y entendimiento del mundo que los rodeaba.

Al igual que muchos otros pertenecientes a otros grupos nómadas, consideraron la representación como una forma de manifestarse que evocaba y acercaba a los antepasados con su circunstancia actual.

Así se desarrolló en ellos algo más fuerte que el dolor, más fuerte que la necesidad biológica: la esperanza de regresar.

Vencieron el miedo y reunieron la voluntad para avanzar en su camino, hasta que en ocasiones algunos de esos seres errantes que deambulaban solitarios pudieron retornar a su grupo o se integraron a otro.

Al principio luchaban por ser aceptados y trasmitían lo que habían aprendido y sentido: la idea de retornar a la mente primaria, a la mente que guarda conexión con todas las mentes, a la mente inicial e instintiva que los unía y generaba la evolución en el pensamiento colectivo.

La cueva inicial, el lugar de donde toda la especie procede.

Las nuevas creencias se convirtieron en una fuerza, una causa para la unificación de los individuos en sociedades fructíferas generadoras de esperanza y protectoras de sus temores más terribles hacia la naturaleza de lo desconocido.

Con su evolución, éstas concibieron el  deseo  más intenso de encontrar el lugar de sus antepasados, el lugar de la  Dualidad.

Pero los mensajeros se convirtieron en sanadores del dolor mediante la sustitución de esquemas mentales. Los chamanes.

Con el uso del nuevo conocimiento se dieron cuenta de que esta esperanza traía consigo la voluntad de emprender y curar, la cual generaba trabajo y motivación, pero más que nada, el poder sobre los hombres, quienes unidos aún por la mente primaria o inconsciente, andarían y harían cualquier cosa para retornar a la cueva.

Por la misma lógica de asociación, el ser entendía y observaba, de manera inconsciente, la cueva como el espacio en donde la Dualidad tiene su principio fundamental. La de crear.

Trasladaron el concepto a su ser individual, la conciencia, como el instinto de penetrar en ella y generar vida para la preservación. Así los conceptos se unieron en las distintas mentes, en busca siempre de volver a  nacer.

Pero los exploradores extraviados descubrieron una sentencia que, por diferentes  causas, no comunicaron al grupo a su regreso y que guardaron para sí o para los pocos que representaban el poder naciente.

Se trataba de la facultad intrínseca de todos los seres de encontrar y acceder a esta cueva, a la mente primaria, al sueño en común, al lugar de donde se desprenden los conocimientos, donde todos los seres están estrechamente relacionados.

El manejo de esta sentencia y el poder privilegiado de comunicación otorgaba el control sobre las sociedades que le temían a lo desconocido y a la   enfermedad.

Este mito desencadenaba egoísmo y el deseo, ya no exclusivamente de alimento o un techo que antes poseían los más fuertes o mejor dotados, sino el egoísmo del poder que el mito tenía sobre éstos.

El deseo de poseer todo cuanto existía y controlarlo en forma organizada. Las necesidades básicas pasaban a un segundo término, la nueva conciencia se alimentaba de ambiciones y nuevos conocimientos. Por esto resultaba cada vez más difícil tener acceso a la mente primaria e introducirse en  ella.

Debido a ello y con la intención de no olvidar el camino mental y su relevancia, decidieron plasmarlo en miles de historias y metáforas.

Entonces, lo importante ya no era  saber cuál era el lugar de esta antigua Dualidad, sino conocer el camino para poder llegar a ella.

Los sabios estaban enterados de que para acceder se requería que el individuo entrara  en sí mismo y  se enfrentara a sus miedos más profundos —el espejo—, si alcanzaba el éxito se conectaría de modo consciente con la mente o instinto primario, la conexión con todas las  mentes.

Al tener éste suprema relevancia por el control que confería ante las masas cada vez más organizadas, no podían permitir el acceso a todos los individuos ni tampoco esconderlo pues, de ser así, no habría en qué basar el poder.

En consecuencia lo convirtieron en lo inalcanzable, pero existente, colocándolo en una ruta de aspecto físico o místico que ocultara el camino mental que incluye los dos anteriores. Plantearon que la ruta a la caverna de los antepasados, el lugar de la Dualidad, debe encontrarse mediante actos o hechos físicos a favor de la sociedad y, en especial, a favor de la organización que poseía dicho poder y nunca por medio de un intento  mental.

Así, la sociedad nueva evolucionó y surgió el poder, el control sobre el conglomerado de individuos basado en el sufrimiento, el dolor y el miedo.

En contraparte, el poder representa también su ruta de salvación, la ruta más accesible para encontrar el camino de vuelta al lugar sagrado. El lugar de origen, al cual todos procedemos y de alguna manera todos los individuos estamos interrelacionados por la forma más simple y que prevalece en nuestro pensamiento más  profundo.

Con el correr de los siglos y las guerras entre los nuevos poderes políticos y religiosos se perdió la ruta inicial para volver. Y quedaron sólo los rastros torcidos que indicaban el camino.

En varias épocas y sociedades hubo personas que la encontraron y divulgaron sus creencias, pero casi todos terminaron desterrados, humillados o asesinados por ello.

¿Pero qué importa si  es necesario decirlo otra vez, una o mil veces de manera distinta? Sólo cuando cada ser encuentre el camino en la mente primaria encontrará la plenitud. La unificación entre el inconsciente y la consciencia. El regreso a la cueva. Al origen.

El encuentro con la Dualidad

Querétaro 2001

Roy, Roy, no, espérate. Wey. Hubieras visto. Este compa que nos limpió el parabrisas. Lo hubieras visto. Desplegó de una manera la espuma sobre el cristal que junto con la música que me puso el Edson. Roy, Roy. No es que no me entiendes, mi Roy.

Entraron a la casita del terror, Nacho Mágico y Edson quien puso en la mesa de la sala un bote lleno de galletas de chocolate, y se sentó pesadamente en el sillón azul con una sonrisa tan amplia como su postura.

Roy, Roy, Nacho. ¿Dónde está panchita? Así le decía a Daniela.

No sé, aún no llega.

¡Panchita, panchita! Empezó a cantar el Mágico

Roy, tienes que probar las galletas.

Nacho Pilas, así le apodamos para no confundirlo con el Nacho Mágico, Fue al fondo de la casa y trajo dos caguamas y las destapó.

Nacho Mágico nos volvió a contarnos su experiencia con el limpiaparabrisas mientras Nacho Pilas y yo probamos las galletas.

Edson se me quedaba viendo riendo. No podía no hablar. Pero puso la misma expresión que cuando teníamos diez años y estaba a punto de hacer una travesura.

Cuando me terminé la galleta solo me hizo la seña con sus manos. Como diciendo, ¡híjole la que te espera!

De pronto me comencé a sentir extraño. Ellos sabían que no fumaba porque volaba muy rápido, desde aquella vez en la selva de Xilitla.

¿Qué le pusieron a las galletas? Dije.

Edson rió a carcajadas con la caguama en mano.

Están buenas. Dijo Nacho Pilas.

Roy, Roy, dame un abrazo. Mira es que no entiendes, te tienes que relajar mi Roy. Me decía Nacho comenzó a hacer palmas de flamenco.

Se escuchó la puerta de la casa.

¡Panchita!

¡Hay Gasho! Que hacen aquí. Que gusto. Nachito. ¡Hay Edson! ¿Y esa pose sangrón?   Dijo Daniela.

Aquí tranquilo Güera, te estábamos esperando, les trajimos un regalito.

¡No! Le dije yo. Si vas a manejar a tu casa, mejor que no.

Pero para que se va, mejor que se quede. Dijo Edson ¿A poco no carnal? Dijo mirando a Nacho Pilas.

El otro parecía monstro come galletas, lleno de migajas.

Edson soltó otra carcajada. Estaba rojo, rojo.

Yo me empecé a marear. No me sentía muy bien.

Rojo. Me dijo Daniela. Voy a ir por un juego de mesa a casa de un amigo, ahorita vengo.

Voy contigo, porfa, necesito salir.

Órale vámonos.

Weyes, ahorita vengo, no vayan a quemar la casa. Porfa.

Edson se río de nuevo. No te vayas carnal, se va a poner bueno.

Pilas, ahí te encargo. Le dije. Pero el Pilas ya estaba en otro lugar.

Cuando llegamos a la casa del amigo de Daniela, le dije que prefería quedarme en el auto.

Pero ya me conoces, me voy a poner a platicar, te juro que no me tardo Gasho.

No te apures, Aquí estoy bien.

En su coche habíamos dejado el cd de Moby Songs 1993- 1998, lo puse y lo adelanté hasta que la canción de Hymn comenzó a sonar.

Frente a mi había un enorme árbol, justo a un costado de la casa a la cual había entrado Daniela. Un Farol a unos cincuenta metros detrás del auto apenas iluminaba la calle.

Mientras contemplaba la escena apareció un gato, dio una vuelta por el patio de la casa y se subió a la barda de la casa, justo entre el árbol y la puerta de entrada.

De pronto una ráfaga de aire movió las ramas del árbol, esto accionó el sensor de la lámpara que estaba sobre la puerta de casa y acto seguido, el gato maulló.

El aire cesó, las ramas dejaron de moverse y la luz se apagó; entonces el felino se reclinó sobre sus patas delanteras.

Una vez más el viento movió el árbol, el movimiento accionó el farol, y el gato se levantó y maulló. Otra vez más el aire se detuvo, la luz se apagó y el gato reclinó la cabeza.

El fenómeno se repitió exactamente tres veces. Y fue tan rítmico que no percibí ninguna diferencia entre los tres episodios.

Entonces fijé mi vista en la parte superior del árbol, había algo que llamaba mi atención.

Un pequeño punto, que parecía ajeno a aquella imagen.

Era un punto borroso del tamaño de una hoja. Como si hubiese sido una basurita en mi ojo que distorsionaba la imagen, un diminuto espacio desenfocado.

Percibía el color del fondo aunque no veía con claridad. Parpadee varias veces esperando que el pequeño punto se disipara, pero seguía ahí.

Incluso me moví de un lado a otro pero la anomalía seguía ahí.

Después escuché un ligero zumbido en el oído izquierdo que me hizo girar la cabeza. Y cuando lo hice, dejé de escuchar el ruido. De nuevo, voltee hacia adelante y volví a escucharlo. Fue muy curioso. Era como si el zumbido que provenía del lado izquierdo en donde había una barda mal pintada de blanco, al momento que giraba mi cabeza para inspeccionar su origen, se desvanecía.

Vi la sombra de un animal que se proyectaba en la barda blanca. Estaba sentado en sus patas traseras, tenía las orejas puntiagudas y el hocico largo, como un perro grande, un lobo pero no tan lanudo, más fino. Podría decir que parecía un coyote.

Y en ese momento, escuché una voz.

¿Estás listo? Me preguntó la voz.

Se me erizaron los cabellos, pero por alguna razón la simplicidad de las escenas anteriores me había sumergido en una quietud gratificante.

Sí, estoy listo respondí.

Así empieza. Dijo la voz

Mire al frente y el pequeño punto que había visto antes comenzó a girar sobre su eje. A la distancia parecía del tamaño de una hoja del árbol, pero era plano y translúcido, y lo percibía por la distorsión de color que producía sobre las hojas del árbol. Era como si estuviera superpuesto a la imagen de la realidad que percibía.

Lo vi rotar y el objeto se desplazó hacia mí lentamente, haciéndose más grande mientras se acercaba hasta que se situó justo delante del parabrisas del coche.

Así lo pude ver más claramente. Tenía unos diez centímetros en su base y de forma octagonal.  Era muy delgado, tuve la sensación que solo tenía dos dimensiones, como una hoja de papel, pero parecía no tener color. Solo distorsionaba la imagen de fondo y giraba de derecha a izquierda.

Y así como se había acercado, el octágono se volvió a su posición original cerca de la copa del árbol sin dejar de girar.

Y como una ola expansiva, otros octágonos comenzaron a aparecer rodeando al primero, miles, y miles de pequeños octágonos rotando sobre su eje. Se apoderaron de todo mi campo visual. La casa, la calle, el árbol, la barda, el gato, el auto, el parabrisas, mis manos, todo estaba impregnado de miles y millones de diminutos octágonos giratorios.

Curiosamente todos giraban a un ritmo ligeramente diferente.   

No sentía miedo, más bien estaba en un estado de total admiración hacia lo que estaba presenciando.

Y entonces de nueva cuenta, el mismo octágono inicial, se desprendió de su posición original y se acercó hasta detenerse a unos centímetros del parabrisas del auto.

Mientras giraba, el centro del octágono se comenzó estirar como un cristal líquido y espeso. Como si algo estirase del centro de la figura hacía arriba y hacia abajo, se comenzó a dibujar la silueta de dos conos que compartían la misma base. El octágono adquirió volumen.

Pero mientras giraba con lentitud la base, las puntas de ambos extremos cónicos parecían no hacerlo. Por lo que el efecto produjo unas hendiduras en aquel cristal formando una espiral.

Una vez que la espiral estuvo completa, la figura rotó noventa grados, y colocó la punta superior de la espiral hacia mí. Sin dejar de rota, y vi que seguía teniendo la forma octagonal en la parte más ancha de la figura, en su centro.

De nuevo, la figura volvió a rotar noventa grados y pude ver la espiral cristalina que giraba frente a mí.

En un instante la espiral regreso a la copa del árbol. Dio un giro y como una oleada, todos los octágonos que componían mi campo visual, se transformaron en espirales. Miles, millones de espirales componían todo cuanto yo veía.

Y tuve la impresión que el manera rítmica en la cual se movían iban componiendo los diferentes tonos y colores de todo lo que me rodeaba. Fue tal la armonía con la que estaba rotando que sentí que las espirales se integraban a la realidad y en momentos eran imperceptibles, y por momentos se volvían más obvias para mí.

Tuve la sensación de que siempre habían estado ahí, pero nunca hubiera reparado en su existencia.

En ese momento Daniela salió de la casa, la luz se prendió y el gato se estiró y bostezó.

Ella entró de lo más normal en el auto, y yo podía verla compuesta por millones de espirales translucidas que giraban.

¿Te sientes bien? Estás pálido. Yo solo pude asentir.

Ella puso en marcha el motor y arrancó. Aquello fue un espectáculo indescriptible, miles de espirales giraban rítmicamente frente a mí componiendo todo cuanto veía.

Y tuve miedo. Miedo de morir. Miedo de que tal vez estuviera a punto de cruzar el último umbral al percibir tal despliegue de belleza y plenitud. Miedo del contraste, de los opuestos.

Y si esto es la realidad, entonces ¿Qué es el bien y que es el mal? Pensé mientras veía aquella noche espiral.

Observa. Dijo la voz

Vi a una persona que estaba parada en el paso peatonal. Daniela frenó y le dio el paso. La persona avanzó le alzó la mano en agradecimiento. De pronto las espirales que componían la imagen que yo veía de Daniela y las de la persona. Comenzaron a girar con más velocidad que las demás que componían la escena, y por algún momento me pareció más clara la imagen que tenía de ellos, más radiante.

Pero de pronto un automóvil nos rebaso a gran velocidad y pitando al peatón para que se quitara.  Y curiosamente pude ver como las espirales que componían la figura del automóvil y sus ocupantes, giraban muy lentamente. Casi no se movían.

¿Qué es esto? Pensé.

El bien y el mal no existen, lo único que existe es el movimiento. Escuche decir a la voz.

Rojo, ¿Cómo te sientes? Me preguntó Daniela.

Negué con la cabeza. Siento que me voy a morir. Le dije. Por favor llévame al hospital.

¿En serio?

Si por favor. Le dije. En realidad estaba muerto de miedo.

Daniela me llevó a la cruz roja, y tan pronto bajamos nos hicieron esperar un poco en la sala. Al fondo estaban interviniendo a una persona sobre una camilla.

El efecto sobre mi miedo fue aún peor. Mire a Daniela y le dije. Perdón, pero creo que mejor nos vamos, ya me empiezo a sentir mejor. Lo cual era mentira. En ese punto mi campo visual estaba ya dominado totalmente por las espirales.

Al entrar al auto, ya no podía ver la realidad, lo único que veía era un cuadro como si estuviera frente a una pantalla de cine. Y en el cuadro solo se proyectaban miles de espirales en movimiento, estas espirales habían adquirido un tono rosado.

Y pensé. ¿Qué es el tiempo?

El tiempo es movimiento y depende de tu ubicación. Me dijo la voz.

¿Mi ubicación? ¿Se referiría a mi ubicación dentro de este mar espiral? En ese momento estaba totalmente lúcido, escuchaba los ruidos de la calle, la música, escuchaba a Daniela hablar por teléfono. Pero mi campo visual era un mar de miles y millones de espirales de distintos tamaños. Y de pronto todos los ruidos cesaron.

Estaba sumergido en este líquido espiral. Todas rotaban, había grandes y pequeñas miles y millones, de espirales de color rosado. Girando como engranes. Interconectadas.

Yo traté de ver mis manos, pero solo había espirales frente a mí.

De lo único que estaba seguro es que tenía un punto de vista.

La espiral más grande puede ser la más pequeña y la más pequeña se vuelve la más grande. Dijo la voz.

Y de pronto enfoqué mi atención en una pequeña espiral, y esta mientras giraba comenzaba a crecer y crecer hasta abarcar todo mi espacio visual, hacia cualquier punto, y de pronto veía que estaba compuesta de miles de millones de pequeñas espirales.

Volví a enfocar mi atención en una pequeña al azar. Y esta comenzó a crecer mientras giraba, hasta abarcar todo cuanto podía ver. Fue una sensación escalofriante, porque sentí que nada tenía ya sentido.

La distancia entre la espiral más grande y la más pequeña es de solo un giro. Dijo la voz.

Y volví a sumergirme en la inmensidad espiral en movimiento, en los octágonos engranados que con su movimiento afectaban a todos las espirales octagonales que los rodeaban.

Millones de espirales, que fluían modificando su tamaño.

Y yo sentía que la consciencia de mí mismo comenzaba a desvanecerse. Solo veía espirales y espirales, y perdía poco a poco el rastro de lo que yo podía significar en aquel mundo.

Traté de aferrarme a una espiral enfocándola. Pero esta pronto crecía y crecía hasta abacarlo todo y de nuevo estaba frente a las millones que la formaban.

Volvía a enfocar y volvía a sumergirme más y más.

Entonces sentí el latido de mi corazón como un ritmo. Y pensé.

¡Yo soy!

¡Yo soy siempre una espiral!

No importa cuántas espirales vea frente a mí, yo siempre seré una. Grité en mi interior.

Y en ese momento, volví a la realidad.

Daniela seguía hablando por teléfono mientras conducía. Y yo me vi mis manos, toqué mi cuerpo. Estaba ahí. Yo era. Ya no veía ninguna espiral. Solo el mundo tal cual era, tal cual yo lo recordaba. Había sentido como si hubieran pasado años. Pero al parecer apenas habíamos salido del estacionamiento.

Suspiré y traté de pensar en otra cosa para olvidar lo que me acababa de suceder. Y en ese instante me volví a adentrar en el mundo espiral.

Y de nueva cuenta trataba en vano de aferrarme a una espiral pero se volvía una imagen imposible de enfocar por su tamaño.

Yo soy, yo soy siempre una. Volví a gritar en mi interior.

Y la realidad invadió todo mi campo visual y recuperé mi percepción normal.

Cuando volví a entrar en el mar espiral. Pregunté harto ¿Qué es esto?

Es el devenir. Respondió la voz.

Y frente a mí, se formó de nuevo esta pantalla compuesta por un centenar de espirales octagonales en movimiento del mismo tamaño.

Ya no sentía la ansiedad del mar espiral, sino más bien sentí que estaba frente a una proyección.

Entonces la espiral que estaba en la esquina superior derecha comenzó a disminuir su giro. Y como si fuera una ola expansiva todas las que estaban a su alrededor lo hicieron hasta que todas giraban lentamente.

De la misma manera, la misma espiral comenzó a girar sobre su eje a mayor velocidad de rotación y como si fuera una piedra que cae sobre el agua, las demás comenzaron a aumentar su rotación.

Una de estas espirales se salió de su encuadre y como si fuera una proyección en 3d, se acercó hasta situarse a unos centímetros de mi punto de vista.  Esta espiral comenzó a girar más y más rápido. Tan rápido que no distinguía las comisuras de su forma espiral, y sin disminuir su impulso en un instante. Aquella forma se encendió. Convirtiéndose en un copo de luz. Una luz única, como nunca la había visto. Irradiaba todo cuento tenía frente a mí, y ese copo de luz parecía ya no se una espiral, sino que había transmutado en una nueva sustancia.

Sentí que abrí la boca, aunque no podía verme a mí mismo.  

Otra espiral que se encontraba detrás se acercó hasta colocarse de lado izquierdo del punto de luz. La espiral octagonal giraba lentamente era irradiado por la luz que desprendía su compañera.

La dualidad. Dijo la voz.

Ambos elementos parecían ser inseparables.

Fijé mi atención en esta dualidad y observé que había como unas delgadísimas líneas de luz azul y roja que los circundaban, como si uniera un magnetismo provocado por el movimiento de ambas a la luz y a la espiral.

¿Qué es lo que los une? Pregunté.

Lo que los une es el amor. Respondió la voz.

En ese momento, ambas volvieron a la pantalla, y al entrar el copo de luz, todas las espirales que giraban a su alrededor se transformaron en luz, cegándome por completo.

Pensé que sería el final. Y pregunté. ¿Qué debo hacer?

Haz lo que tengas que hacer. Dijo la voz.

¿En dónde está la niña?

Conversaciónes con mi abuela. Guadalajara Jalisco 2012

Cuando yo tenía como nueve años. Y vivíamos en una vecindad del estilo de las películas de Pedro infante, de esas que tienen una escalera en medio.

Y yo me acuerdo que llegué a la puerta de una de los departamentos, y en la puerta había una muchacha que se llamaba Raquel.

Era una muchacha alta, delgada, con el pelo hasta los hombros, con su vista muy penetrante, negros, negros sus ojos.

Según ella cosía vestidos de muñecas. Yo no sé si los vendía o que hacía con ellos. Y ella me decía que me iba a enseñar a coser. Y le decía yo sí. Para esto a esta muchacha le faltaba una mano, se ponía un manguito para taparse el muñón mano izquierda.

Según vivía con su mamá. Yo nunca le vi la cara a su mamá, nunca. Solo me acuerdo que era una señora que se vestía totalmente de gris y se tapaba siempre con un chal gris la cara. Y yo apenas llegaba de la escuela y me decía mi mamá, te llamó Raquel. Uy, y yo subía pero volada. Mi mamá la conocía porque se paraba en la punta del barandal de la vecindad y me gritaba.

Mi mamá se asomaba y le decía, no ha llegado de la escuela, ahorita que venga le digo. Y bueno, subía y disque cocía. Porque ni cocía nada.

Pero bueno, con decirte que Raquel nunca me daba la cara hijo, siempre estaba de espalda. Tenía en un cuartito, el cuarto de planchado tenía un montón de telitas, tenía tijeras, agujas, hilos de todos los colores. Yo creo que su mamá los vendía, porque vivíamos muy cerca del mercado.

Me decía, mira tengo este otro vestido, y me lo daba. Luego yo le decía, luego vengo y me bajaba a mi casa.  Y un día llegué de la escuela y le dije a mi mamá. Oye mamá. No me ha hablado Raquel, le digo. Me dijo, no, no te ha llamado para nada. Pero ya era tardecito. Y le dije ahorita vengo, y me dijo, ya no subas, ya es muy tarde, ya vas a merendar. Y ni le hice caso, subí corriendo las escaleras, Raquel, Raquel la llamé. Estaba entre abierta la vidriera, y le dije Raquel. Y no me respondió y me metí.  

Y haz de cuenta que alguien cerró la vidriera  y voltee de momento así para ver quién la había cerrado, pensando que había alguna gente y no. De arriba abajo hijo, de hasta arriba, estaba la Virgen del Sagrado Corazón, ¡madre mía! Hasta el corazoncito del niño del sagrado parecía que estuviera palpitando así. Pero clarita, clarita la Virgen del Santísimo, hijo. Voltee a la pared para ver si se reflejaba algo, pero estaba oscuro hijo, no había nada en la pared. Y volví a voltear y ya no estaba. Abrí la puerta y me fui a mi casa corriendo. Mi mamá ya me estaba esperando cenamos, me dormí y ya. Y al otro día le digo. Voy a ver a Raquel, y me dijo ella, espérate ahorita vas. Y subí las escaleras, y me encontré a la portera por los barandales. Y me dijo, que andas haciendo aquí niña Sonia, váyase a su casa. Y le dije, vengo a ver a Raquel. ¿A quién? Me dice. A Raquel, la señorita que vive aquí. No niñita, aquí no vive nadie, este departamento está vacío desde hace mucho tiempo. 

Hay hijo, vete a saber porque, ¿Quién era esa Raquel? Qué tal que era el enemigo. Bendito Dios que no me quedé ahí. Pero mira  la virgencita, hermosa, hermosa, a lo mejor me estaba protegiendo. Estaba igualita a la imagen. Como la que tienen ustedes en el oratorio de la casa de Tula.

Antonio, Adolfo y Alfonso entre Actopan y Atitalaquia

Los Castañeda llegaron los tres a Veracruz cuando la guerra civil en España, venían como quien dice, huyendo de allá.

Antonio con su hijo Adolfo y Alfonso que era primo de Antonio. Y llegando al puerto se separaron. Cada uno cogió por su lado, Antonio con su hijo Adolfo y Alfonso solo. Se desearon mucha suerte sabiendo que tal vez nunca se volverían a ver.

Y por andas y mangas,  Antonio y su hijo llegaron a Atitalaquia.  Ahí empezaron de medieros, cogían milpas a medias y a trabajarlas.

El mediero es el dueño del terreno y el otro es que  trabaja, don Antonio sembraba y cosechaba y así vivió largo rato. Así fueron viviendo y ahí conoció a la familia Montoya.

Para entonces la tía Virginia Montoya se casó con don Antonio y pocos años después su hijo Adolfo se casó con Tere Montoya, la hermana de la tía Virginia. 

Que fue la mamá Tere. Así que la tía Virginia era a la vez Madrastra de tu abuelo Adolfo y cuñada, figúrate nada más. La tía Virginia tuvo tres hijos, que fue, este, Manuel, Antonio y Cristina. Y Don Adolfo, el hijo, ese tuvo nueve hijos con la mamá Tere. Irene, Choco (Constantino), Clara, Antonio, Adolfo, dos niños que se murieron, pero esos ni vivieron. Martín y René.

Ahí pasaron años, se puede decir. Entonces una de esas, Choco, que tenía como 17 años, andaba trabajando con otro muchacho que se llamaba Arturo García. Se dedicaban a comprar ganado en los pueblos para venderlos en Atitalaquia.  

Pero un día compraron un animal de último momento ya haciéndose tarde y no le dieron guía. Llegaron a Actopan y cuando les revisaron las guías, vieron que les sobraba un animal y el policía los metieron al corralón.

Pues fíjate que resulta que el tío Alfonso, era presidente municipal de Actopan. Así que en la noche pasó a hacer su ronda, y le preguntó al comandante si había habido algún problema. Y les dijo que habían detenido a unos muchachos porque les faltaba la guía de un animal. Y le dijo, por cierto que uno de los muchachos se apellida Castañeda. ¿Cómo?, Si. Lo fue a ver el tío Alfonso a la cárcel y le preguntó. ¿Qué de dónde era? Ya le dijo que de Atitalaquia, ¿Y tu papá como se llama? Ya le dijo que se llamaba Adolfo. Adolfo Castañeda. Ya fue cuando el tío Alfonso relacionó que era su nieto.

Me hubieran dicho que eran Castañeda! Total que los sacaron, los llevaron a su casa, les dieron ropa limpia se bañaron, cenaron y ya se acostaron bien en camas y todo. Y ya este, como se llama, y al otro día fue cuando don Adolfo fue con Choco a Atitalaquia a reencontrarse con su primo hermano. Y no vieras, llore y llore, don Adolfo con sus sendos bigotazos era muy sentimental.

Imagínate tú, como es posible que hayan estado viviendo a menos de 60 kilómetros en el mismo estado, siendo que se habían separado en el puerto, que vete a saber a qué distancia esta de Atitalaquia. Pudieron haber agarrado para otro lado, pero no. ¿Qué coincidencia verdad?

La nana

Mira mi abuelo se apellidaba Norzagaray era militar tenía gente a su servicio, y entre ellos había una señora que les ayudaba en la casa. Mi papá tendría como dos o tres añitos, y un día jugando se calló a la alberca, y lo vieron mi abuela y la señora. Pero mi abuela gritaba nada más desesperada por ver que Ciro se había caído, y la sirvienta salió corriendo de la cocina y se aventó a la alberca y lo sacó, al niño no le paso nada. Pasó el tiempo y mi abuela se dio cuenta que la señora no dejaba a mi abuelo ni a sol ni a sombra. Y sobre todo no lo dejaba que se acercara mucho a mi abuela. A su mamá. Y un día que le dijo mi abuela a la señora, deja a mi hijo que se venga acá conmigo. Le dijo. No, Ciro es mi hijo. ¿Cómo que tu hijo?, ¡Es mi hijo¡  No le dijo, yo le salvé la vida y en mi tierra quien le salva la vida un niño se convierte en su madre.   Entonces mi abuela se lo platicó a su esposo, y le dijo no te preocupes la vamos a transferir de casa, a otro batallón. Y la señora le dijo, No me hagas esto Ciro, se van a arrepentir.

Y entonces mi abuela empezó a estar mal y mal y mal. Y se murió loca. Figúrate.

Choco y yo

Yo conocía a tu abuelo Choco porque un día llegó al consultorio de mi papá que era cirujano dentista militar. Y mi papá me llamó. Me dijo que lo ayudara porque el hombre no quería que lo inyectara. Le tenía miedo a las agujas, así que me dijo. Detenle la cabeza mientras le quito la muela. 

Yo era una chamaca, tenía quince años. Pero desde ese día, no sé porque me quedé enamorada de tu abuelo, de veras hijo. Fue amor a primera vista del bueno.

Ya para entonces mi Papá no podía ver ni en pintura a Choco, uy no. Lo odiaba. Y en esa época nada de salir de novios ni nada. Y tu bisabuelo Ciro me dijo, ese hombre así y asado, este hombre te va a hacer sufrir, te va a hacer esto y eso. Y mira, como si me hubiera leído las cartas. Pero yo estaba muy enamorada.  Así que yo me fui con él. Mi Papá nos mandó buscar hasta con el jefe de la policía militar de México que era Ismael Encina, te imaginas, pero para entonces mi suegro pesaba mucho en Atitalaquia, era político sin serlo. Tanto que el tal Ismael terminó siendo muy amigo de don Adolfo.

La llorona

Ahí fue donde vi yo a la llorona, en esa casa. Era tarde y Choco no había llegado, yo estaba ya embarazada de tu tía Mary. Y entonces tocaron la ventana. Era una ventana que daba para la calle, una vidriera, las ventanas de los pueblos de antes.  

Y le digo. ¿Choco? Y no me contestó. Entonces corrí el visillo para ver quién estaba afuera. Y alcancé a ver el árbol que estaba pasando la calle, era un álamo blanco grande que estaba a la orilla de una zanja de agua clara. Y al momento de que abrí la cortina oí el grito de la llorona y alcancé a ver como del árbol se desprendió un velo blanco y largo.

Era la llorona. !Mis hijos¡ gritó. Para que te cuento, si me dio miedo dije, Ave María purísima, quién sabe que sea eso.

Hay hijo para que te cuento. Yo la he visto dos veces, la otra vez fue en mi recamara. La segunda vez ya vivíamos en México. Y cuando desperté, abrí  los ojos, oí el grito, y alcancé a ver el velo como salía por la ventana.

La vidente

Mi abuela Cuca tenía un hermana que se llamaba Cristina, Cristina Norzagaray, esa señora era vidente, tenía poderes y había estudiado mucho tiempo la magia negra: Tenía una maestra que le enseño a trabajar la magia negra.

Esa señora, bueno, mi tía Cristina tuvo una hija y la señora que le enseño a trabajar la magia negra quiso ser madrina de esa niña. Pero mi tía Cristina le tenía miedo, a la mujer, y le dijo un día a la sirvienta, si te llama la señora fulana de tal, te va a decir que le lleves a la niña. No se la vayas a llevar. Le dices que la vas a cambiar, cualquier cosa, y así fue.

Mi tía no estaba, y le dijo, tráeme a la niña. Ahorita voy señora nada más le voy a cambiar su pañal. ¡Tráela!  Ahorita voy, le dijo.  Te estoy diciendo que la traigas.

Y no le hiso caso, se metió para su casa con la niña. Pues en la noche, la niña estaba tendida. Desde entonces mi tía Cistina dejó de  hacer magia negra, porque no quería que nadie sintiera el mismo dolor. Y se dedicó a hacer la magia blanca. Ella vivía en una vecindad que había ahí en Santa Anita, así se llamaba el lugar.

Todas las trajineras que venían de Xochimilco pasaban por Iztacalco donde nosotros vivíamos, y llegaban a Santa Anita y ahí descargaban toda su verdura y todas sus cosas. Era haz de cuenta como un tianguis. En donde vendían de todo. Y en la vecindad en donde vivía mi tía puso un cuartito en donde atendía a las personas. Mi tía era de las que se te quedaban viendo y te decía lo que tú tenías. Llevamos a mi suegra ahí con ella porque, mi suegra creía que le habían hecho daño. Ya le habían dicho en el hospital Español que lo que tenía era cáncer. Pero ella no creía. Y la llevamos con mi tía Cristina.

Nada más la vio y le dijo a Choco, ¿Tú eres su hijo? Sí.

Quiero hablar contigo. Y lo llevó a otro cuarto.

Y le dijo, siéntese señor. Tu mamá tiene cáncer. Nomás la vio. Y le dijo, tu mamá tiene cáncer y va durar tres meses nada más, así que traten de complacerla en lo que cabe. Y efectivamente, a los tres meses murió.

La bola de fuego

Frente a la tienda en Atitalaquia había habido una trifulca entre dos personas, que era este fulano, ¿cómo se llama? El que había matado a tu tío Martín.

Ese fue Juan Obregón, y el otro no me acuerdo como se llamaba, el caso es que tuvieron ahí un pleito enfrente de la casa donde nosotros vivíamos, ahí casi llegando a la esquina se pelearon, Juan Corona se llamaba el otro muchacho, y se había caído al suelo después de que el otro le diera un cachazo en la cabeza.

En eso estaban cuando otro señor que le decían el Negro, y que no tenía nada que ver en el pleito, fue y sacó del molino de nixtamal que estaba enfrente el brazo de fierro del molino y a golpes lo mató.

Hay no muy feo, ya recogieron a la persona, y paso el tiempo. Y un día ya habíamos cerrado la tienda y todo y se le olvidó llevarle a tu abuelo su Tehuacán. Y despertó en la noche, en la madrugada y me dijo. ¿Y mi Tehuacán? Uy se me olvidó. Y me dijo. Pues para que no se te ande olvidando me lo vas a ir a traer.

Eran como las cuatro de la mañana. Si, le dije, voy a hablarle a José para que me acompañe. Me dice. No, vas tu sola. Para que otro día te acuerdes de traerte el Tehuacán.

Entonces me vestí y cogí las llaves de la tienda y me salí. Iba yo caminando. Yo nunca he sido miedosa hijo, y ahí iba yo caminando cuando exactamente donde cayó este muchacho a donde lo mataron, haz de cuenta una bola de fuego de este tamaño hijo, te lo juro por mi madre que está bajo tierra.  

Salió de donde mataron a ese muchacho atravesó todo lo que era la calle y se metió al molino, de donde sacaron el fierro. Me pasó por los pies, así echando chispas la bola de fuego y se metió al molino. Yo ya nomás dije Ave María Purísima y seguí caminando por el Tehuacán. ¿Qué fue? Quién sabe.

¿Y Zonia?

Hay hijo, tu mamá tenía como dos añitos. Pues si porque todavía no nacía Cotino. Como dos añitos tenían y me dice tu abuelo, ya estaba sentado en el comedor. Y me dice. Trae a la niña para que desayunemos. Si le dije, ahorita.

¡Zonia, ven hija, ven! ¡Ven mamacita vamos a desayunar! Y nada que no venía. Ya todos los niños estaban en la escuela.

La volví a llamar, ¡Zonia, ven mi niña! ¡Ven te habla tu papá. Y nada que me respondía.

Entro corriendo a la recámara, la busco, jalo las sábanas y no estaba. Me asomo bajo la cama, y no tampoco. Voy a la otra recamara, y nada.

Zonia, Zonia, hija. Ven mamacita ven. ¡Hay Virgen Santísima! ¿Dónde está? Y pensé José había ido por el pan, y ahí lo veo que viene con sus calmas.

José ¿Y la niña? No me la llevé señora.

¡Hay Virgen Santísima! Y estaba la zanja hijo, que iba de bote en bote, hasta tronaba del agua que llevaba. Virgen Santísima ¿Dónde estará mi niña? Y búscala y búscala.

Corrí al jardín y nada, corrí a la huerta y nada.  Y me dice el Choco, ¿qué pasó?, ahoritita espérame, que la niña está en el baño. ¡Mentira! No la encontraba yo.

¡Madre Santísima! que no me la haya llevado el agua. Entro por enésima vez a la recámara. Levanto las sábanas. Y ahí estaba. Y le digo ¿Dónde te habías metido? Y me responde quedito. Esque me toycomiendo un chique. Hay madre Santa. Y tenía sus zapatitos llenos de tierra como si acabara de salir de la zanja.  

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