4. Camino al desierto

Pues fue tu culpa. Dijo Nacho tomando un puñado de la botana que Edson acababa de poner sobre la mesa. Mi culpa, ¡ha chinga! Échale la culpa al guapo. Pues yo me acuerdo que les dije. Ahí les encargo a la güera yo me voy a trabajar. Le repuso Edson. ¡Pues por eso! Si ya sabes cómo somos, para que nos dejas solos. Y aparte, yo los invité a cenar esa vez. Edson dijo tomando cacahuates. Mas bien nos lanzaste un busca pies. Dijo Nacho. !Ah huevo¡ para supervisarlos, pobre de la güera, la dejé con un par de viejos cocodrilos. No inventes. Dijo Nacho. Natacha tenía veintinueve y nosotros apenas veinticuatro. ¿Nosotros? Le dije a Nacho. Yo tenía veintitrés. Hay wey, para el caso es lo mismo. Ella tenía mucho más colmillo que nosotros. Más mundo diría yo, pero ustedes son de lo peor. Respondió Edson arrastrando la última r. Por eso los invité en la noche, para vigilarlos. Pero si te quedaste dormido a las tres copas, carnal! Dijo Nacho y reímos. Pues yo tenía que ir a trabajar temprano, no como ustedes bola de huevones. Pero bueno cuéntame cómo estuvo, que hicieron después de que me fui a trabajar. Nos preguntó Edson. Wey! Nos pusimos muy locos. Te acuerdas cómo se ponía Nacho cuando le dabas un yogur de fresa. Bueno, así, pero los tres al mismo tiempo. No mames! Que cagado, a no me acordaba de eso. Están bien locos. ¿Y entonces si se fueron con Natacha a Real de Catorce? ¡Pues si! Le dijo Nacho mirando al piso y con la cerveza en mano. ¡Hay cabrones! ¿Y en que se fueron? Nos preguntó Edson. Pues para no hacerte el cuento largo, al día siguiente de que nos quedamos en tu casa tomamos el bus rumbo a san Luis Potosí, luego agarramos otro a Matehuala y de ahí uno a Real de Catorce.  Dijo Nacho. ¿Y luego? nos preguntó con una mirada acusadora. Nacho y yo nos volteamos a ver. ¡Hijos de la chingada! Gritó Edson con su cerveza en mano. ¿Echaron espadazos? Al segundo día que pasamos en Real de Catorce, nos fuimos trepados en el toldo de un viejo jeep hasta el desierto, y de ahí, caminamos varios kilómetros en línea recta hasta una zona en dónde crecían unos pequeños arbustos. Empencé a relatarle a Edsón nuestro viaje. Se me hace que por aquí es. ¿Alguno de ustedes conoce el peyote? Pregunté. Yo no. Yo tampoco. Nunca lo he visto más que en un dibujo. Dijo Natacha. ¿Y si nos dividimos y nos vemos en aquella yuca que sobre sale a lo lejos para comer? Dijo Nacho. Me late. Venga, hasta ahora. Dijo Natacha. Yo me detuve para tomar agua y saqué mi navaja con las dos sonajas de ayoyote que me había regalado mi abuelo. Y no sé muy bien porqué. Pero mientras hacía sonar las sonajas, comencé a repetir. Quiero que me enseñes, quiero que me enseñes. Varias veces mientras movía las sonajas y caminaba lentamente. No hube andado ni cinco metros cuando advertí un grupo de tres cactus color esmeralda que crecían en la base del matorral. Los recolecté y como no tenía espacio en la mochila, lo que hice fue extender mi playera hacia adelante y guardarlos ahí. Continúe del mismo modo y al poco ya no podía recolectar más. Entonces vi que Nacho a lo lejos me hacía la seña, y ambos nos dirigimos hacia la Yuca. Cuando nos vimos, él y yo traíamos casi la misma cantidad de plantas. !No maches¡ están por todo lados. Me dijo Nacho. Y entonces llegó Natacha de mal humor. No sé porque venimos aquí, si aquí no hay nada, tengo sed, y hambre y no hay peyote aquí. Nacho y yo nos la quedamos viendo sorprendidos con las manos llenas. Ella se nos quedó mirando y se enojó aún más. Y comenzó a caminar alejándose de nosotros. ¡Espera Nat! Dijo Nacho. Mira vamos a búscalo juntos, yo los alcancé. Nacho y yo nos miramos sorprendidos. Y le hice señas a mi amigo con la mirada señalando un conjunto de por lo menos 6 cactus en la base de un matorral.  Porque no buscas por aquí, a lo mejor encontramos uno. Le dijo Nacho. Natacha paso a escasos centímetros de los cactus y mantenía la mirada baja buscándolos. Y para nuestra sorpresa no los vio. Nacho y yo vimos eso y abrimos la boca. Pero si aquí no hay nada ya se los he dicho. A lo mejor no estás buscando bien. Dijo Nacho mira son así, son pequeños y están al ras del piso, apenas sobresalen. Y mientras Nacho y yo veíamos que el lugar estaba repleto de cactus a nuestro alrededor. Ella no lograba verlos. Nacho alcanzó a tranquilizarla y le ayudo a encontrar algunos casi guiando sus manos. No dijimos nada para no enfurecerla más y que se le pasara el mal rato, pero mi amigo y yo nos mirábamos estupefactos. Llegamos hasta la Yuca e instalamos una pequeña lona en el piso para sentarnos. Sacamos la estufa y preparamos unos frijoles que nos supieron a gloria y de repente surge entre los matorrales un niño de unos catorce años. Vestía un pantalón desgastado y camisa color hueso. Su mirada era muy profunda y penetrante, y su tez era casi inexpresiva. Hola amigo. ¿Quieres comer con nosotros? Le Dijo. El niño continuó observándonos sin expresión alguna. Amigo. Tienes sed ¿Quieres agua? Le pregunta Nacho. Caminó unos pasos hacia adelante mirando fijamente a Natacha casi sin pestañear. Hola, ¿Te quieres sentar con nosotros? ¿Cómo te llamas? Le dijo Natacha. El chico continuó mirándola sin hablar, por unos minutos mientras comíamos, entoncés Natacha empezó a incomodar por aquella extraña mirada. Hasta que no pudo ocultar su malestar. ¡Vete! Le gritó ella. ¡Ya no me veas! ¡Vete! Natacha se puso de pie y caminó en sentido contrario. Yo la acompañé y Nacho se quedó tratando de disuadir al chico de seguir mirándonos. Hasta que en algún punto el niño simplemente se dio la vuelta y se marchó hasta perderse de nuestra vista. El incidente nos dejó pensativos un rato y faltaron varias bromas y trucos de Nacho para que a Natacha se le pasara el mal trago. Después ya al anochecer, hicimos un pequeño fuego, y nos quedamos recostados viendo como aparecían las estrellas. Creo que nunca había visto la vía láctea tan clara. Les tengo una sorpresa, no se levanten hasta que yo les diga. Nos dijo Natacha, se puso de pie y fué hasta su mochila a buscar algo mientras Nacho y yo seguíamos contemplando las estrellas. Listo, ya pueden voltear. Nos dice Natacha. Nacho y yo nos sentamos pero no se veía absolutamente nada, salvo las brasas encendidas. Y de pronto a unos diez metros de nosotros se ve una pequeña llamarada en la oscuridad. Natacha había encendido unas bolas sujetadas por unas delgadas cadenas de metal del lago de sus brazos. Sujetó una con cada mano y comenzó a bailar mientras giraba ambas pelotas de fuego a gran velocidad sin que chocasen. Realizó varios trucos rítmicos circulares con el fuego, y que dibujaban sutilmente la silueta de Natacha. La imagen era espectacular, porque al fondo se podían ver la silueta de las montañas enmarcadas por las estrellas, y líneas de fuego que semejaban una serpiente de luz espiral. Nacho y yo no pudimos articular palabra. Minutos después se apagaron las cadenas, y solo se escuchó el aire que hacían pelotas carbonizadas que dibujaban la oscuridad sutiles líneas ardientes. Hasta que Natacha se detuvo. Nacho y yo aplaudimos. Ella se acercó y nos abrazó a los dos, fue un momento de tensa calma. Después de un momento nos separamos y ellos seguían sujetándose las manos. Mientras yo los veía. ¿Quieren un café? Nos dijo. Si por favor. Dije casi  en tono de súplica. Nacho sirvió las tazas y los tres nos sentamos de espaldas uno al otro. Entonces cuando acabamos de beber, Natacha se pone de pie, y minutos más tarde regresa y nos da a Nacho y a mi tres botones de peyote sin decir nada. Se vuelve a sentar y comienza a masticar un bocado. El sabor era extremadamente amargo. Tanto que incluso me dolieron las encías. ¿Si serán estos? Pregunté. Si estoy segura, dijo Natacha.  Comimos y poco después nos pusimos de pie, entre el café y los cactus tuvimos un momento de mucha energía en donde nos pusimos a intentar Nacho y yo a aprender a dominar lo que Natacha llamó. Las pois. Que según nos contó había aprendido a bailar en su viaje por Oceanía. Después nos recostamos a tratar de ver una estrella fugaz. ¿Sienten algún efecto? Preguntó Natacha. No, ¿y tú? Pues no, yo tampoco. Pues nos debíamos de haber equivocado. Pues a lo mejor sí. Y continuamos nuestra búsqueda estelar. Hasta que en algún momento de la noche me quedé dormido.

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5. Al día siguiente

Desperté en el desierto y el sol ya estaba en el horizonte. Rápidamente giré la cabeza buscando a Natacha y la vi a unos cuantos metros besándose con Nacho. ¡Este cabrón! Pensé. ¡No mames! Lo bueno es que el wey no iba a hacer nada! En ese momento sentí ganas de que me tragara el desierto. Cuando escuché sus risas. ¡Este cabrón se pasa! Entonces fue hasta mi Natacha y me llevó una taza de café. Venga cariño, vamos. Me dijo. Me incorporé, le di un sorbo a la bebida. Y me sentí aliviado, tan pronto como me terminé el café me di cuenta que había sido lo mejor. Ya no sentía la presión del día anterior ni el remordimiento, ni los celos, ni nada. Ella se me quedó viendo fijamente y me dijo. Quería que nos vieras, así está mejor. Me dio un beso tierno en la mejilla y se alejó. Entonces chicos. ¿Regresamos a Real? ¿O que hacemos? Pues si, no. Si me late. Pues entonces hay que apurarnos para tomar el jeep. Recogimos nuestras cosas, nos lavamos la cara, bailamos, cantamos la de Santa Lucía y hasta que se terminó el café. ¿Y los mescalitos? Dije. ¿Pues llevamos algunos no? Dijo Nacho. Enterramos algunos y los otros para el real, allá preguntamos si estos son los buenos o no. ¿Porqué les dices mescalito? Por un libro de mi papá, de Carlos Castaneda, no sé, por respeto tal vez. Le dije. ¿Respeto a un cactus? Me respondió Natacha. Pues si, supongo. No sé. Ok, yo pensé que por el mezcal. Me respondió ella. ¿Mezcal? ¿Dónde? Preguntó Nacho mirando en todas direcciones. Los trés reímos. Caminamos de regreso entre el polvo y el sol que comenzaba a calar bebiendo las últimas gotas de la botella de agua. Hasta que llegamos al mezquite. Nacho se fue a la tienda a comprar otras botellas de agua. Yo me quedé sentado apoyado en las mochilas. Natacha fue hasta donde estaba yo y se sentó entre mis piernas. Luego giró su cara y nos besamos por un buen rato y sin prisa. Nacho nos vío a lo lejos, se acercó con desgano y se fue a echar agua a la cara en a la pileta que había ahí cerca. Ya en la jeep Natacha nos preguntó. ¿Qué hacemos? ¿Quieren regresar a Querétaro? O podemos continuar un poco más. Su voz se entrecortaba por las sacudidas del jeep que subía lentamente por la cuesta. Porque no vamos mañana a Xilitla. Les dije. ¿A dónde? A Xilitla. En una revista de México Desconocido de Edsón, me acuerdo que está cerca de San Luis Potosí. ¿Y que hay ahí o qué? Preguntó Nacho. Pues ví en una revista que hay un castillo surrealista en medio de la selva y hay cascadas y cosas así. ¡Si, vamos! Gritó Natacha. Y ¿Cómo le hacemos? Pues si quieren nos quedamos hoy en Real de Catorce y mañana temprano hacemos auto stop. ¡Va qué va! Ese día nos la pasamos recorriendo el pueblo fantasma con las mochilas a cuestas porque ya no teníamos dinero para rentar otra habitación. Así que comenzamos de nuevo a jugar y brincar por todos lados pensando que pasaríamos la noche en alguna banca en la calle. Entramos a un gran edificio destruido con pisos de madera, dejamos nuestras cosas en el piso y comenzamos a gritar y cantar. Entonces se nos ocurrió hacer una improvisada obra de teatro en aquel lugar. Luego Natacha nos dijo cómo hacer un Om tibetano, tratando de mantener el aliento a través de la respiración circular, y buscando crear un sobre tono. Cosa que Nacho y yo desconocíamos por completo. Vamos inténtalo. Y reímos, ahora yo. Reímos de nuevo. Más fuerte. Om. Om. Risas. Así tienes que mantener el sonido y después mover los labios para crear el sobre tono. Ya vez, así. Sí, sí. Tosí. Y ahora solo mantén el tono más tiempo. Pero me voy a quedar sin aire. No, mira. Jala aire por la nariz en pequeñas cantidades, así mira. Ándale. Así. Y no dejes de. Carcajadas. ¿Qué hacen aquí? Nos grita una voz desde la puerta del edificio. Y cuando volteamos había por lo menos cinco policías armados que nos rodeaban. Nada, Oficial, solo estamos cantando. Pues este no es un lugar para cantar. ¿Saben en dónde están? No, la verdad no. Esta es un salón de la antigua casa de moneda. Sus papeles por favor. Pero, Oficial, no estábamos haciendo nada malo. Sus papeles por favor. Yo miro a Nacho y a Natacha. Los mezcalitos están en el fondo mi mochila. Pensé. Si Oficial. Aquí están. Muy bien y los suyos. Aquí están, Oficial.  Saquen sus cosas de las mochilas. Entonces lentamente sacamos todas nuestras cosas, y yo dejé mi ropa en bulto tratando de ocultar a mescalito. Uno de los policías palpó todas nuestras cosas, pero cuando estaba sobre el bulto de ropa. Lo paso de largo, como si no estuviera ahí. Nacho y yo nos miramos de reojo asombrados. Nada, Oficial. Bueno. Tengan sus papeles y no vuelvan a entrar aquí jóvenes que el edificio está a punto de caerse. Claro Oficial. Así lo haremos. Recogimos nuestras cosas y salimos de ahí. No lo puedo creer. ¿Viste eso? Le dije a Nacho. Si está cabrón. Que locura. Dijo Natacha. Fuimos a una fondita a comer y la misma señora nos ofreció un cuarto en su casa para dormir por pocos pesos. A lo que aceptamos. Había un colchón tan sucio y roto que preferimos dormir en el piso.

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6. Rumbo a Xilitla

Nos fuimos temprano a la entrada del túnel de Ogarrio en Real de Catorce, y comenzamos a hacer auto-stop, hasta que una hora más tarde un hombre que conducía una pick-up accedió a llevarnos hasta Matehuala. De ahí tomamos un bus a Rio Verde a donde llegamos al anochecer, y de ahí esperamos el bus que salía de madrugada rumbo a Xilitla. Pasamos todo el día en las pozas y recorriendo el castillo surrealista en la selva de Xilitla. Habíamos convencido al guardia que por cincuenta pesos nos dió permiso de quedarnos en el tejaban que hacía las veces de cafetería, con la condición de no decir nada. Ya entrada la noche, Natacha sacó una vela y comenzó a buscar los cerillos en las mochilas. Miren que encontré. Nos dijo. Nos volteamos y tenía entre sus manos los botones de peyote. ¿Y si lo volvemos a intentar? Nos dijo mientras prendía la vela. Pues, a lo mejor hasta me calma el hambre dijo Nacho. Los tres comimos sin pensarlo mucho. Nacho y yo nos quedamos sentados en las sillas de plástico, viendo como la poca luz que quedaba se difuminaba acariciando las miles de hojas verdes que se aferraban a la peña del otro lado del río, a unos metros frente a nosotros. Wey, ¡Ya viste! Se formó como una cara. Yo más bien veo como una serie de personas. ¡Mira, mira! Parece una máscara. ¡Órale, si, si parece! Mira, ya cerró un ojo. ¡Wow! que loco. ¡No chingues! nos está viendo. Y los dos reímos. Es veneno, no lo coman. Nos gritó Natacha desde el fondo del recinto. Los dos volteamos a verla, pero ya no se distinguía en la oscuridad. ¿Qué dices? Nat. No lo coman, miren, es veneno. Miren como está corriendo por mis venas. Nos acercamos a ella a tientas y la ayudamos. Tienen que vomitar, insistió ella. metiendose los dedos a la garganta. Nacho y yo la mirábamos sorprendidos. ¿Tú te sientes mal? Me dijo. No para nada ¿y tú? No tampoco. Qué raro. Tomé la última botella de agua que nos quedaba y se la tendí a Natacha. ¿Me la puedo terminar? Nos preguntó. Si, sin problema. Gracias. Ya me siento mejor. Los tres nos sentamos y Nacho comenzó a hablar de cualquier cosa para tratar de calmarla.

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7. Pescadores de agua

Cuando era niño mi padre me llevó al rancho que tenía en las afueras de Tula en un pequeño pueblo que se llama Chapulaco, que está a las faldas de cerro de Coatepec. Don Pancho y mi padre, estaban buscando un lugar para cavar un pozo de agua. Recuerdo que don Pancho cortó y limpió una delgada rama de matorral hasta dejarla con forma de ye, de unos cuarenta centímetros de largo. Luego tomó dos de sus extremos con ambas manos y comenzó a caminar como si con la vara estuviera jugando a pescar. Avanzaba lentamente por las veredas, en ocasiones se detenía y volvía a reanudar el paso. De pronto la vara se empezó a doblar hacia el piso temblando, vi como apretaba los puños sin mover las manos tratando de evitar que la vara descendiera, como si su pez imaginario estuviera jalando del hilo con fuerza. Iré, como que aquí quiere el hoyo. Dijo don Pacho que volvió a reanudar su marcha hasta llegar de nuevo al mismo punto. ¿Le quiere calar Don Enrique? Preguntó el ranchero. Nomás agarre la vara así, iré, sosténgale una punta con cada mano dejando los pulgares hacia usted y cierre fuerte el puño, luego, gire hacia adentro las muñecas sin soltar la vara, hasta que sus dos puños miren hacia arriba. Y la punta libre quede hacia el frente. Don Pancho le mostró varias veces el proceso hasta que mi padre logró sostener la vara como el ranchero lo indicaba. ¡Ándele! Ora si, ora camínele despacito y va sintiendo la rama. Mi padre caminó por unos diez minutos sin que nada pasara. A ver que lo intente mi hijo.  Don Pancho me tendió la rama y me enseño como sujetarla. A ver, camínale despacito y le vas calando, si sientes que la vara se mueve no te asustes y no le vayas a aflojar, apriétala lo más fuerte que puedas. Comencé a andar y sentí como la vara se comenzaba a mover al interior de mis puños. Sentí miedo, porque no había nada que la estuviera jalando. Apriétale con fuerza, no dejes que se mueva. Me insistió mi padre al ver mis ojos. Cerré el puño y sentí como la aquella planta recién cortada se retorcía queriendo darse la vuelta. Con el niño si quiere. Sigue la vara, hacia donde sientas que tira más fuerte. Dijo Don Pancho. Caminé entre piedras secas y matorrales en aquél cerro árido del valle del mezquital, hasta que debajo de una peña sentí como la vara se tendía hacia el piso con mucha fuerza, al punto que casi se escapaba de mis manos. Es aquí. Dijo don Pancho, y dibujó una equis en una piedra grande que ahí estaba con otra piedra chica. Aquí pasa el agua. Y señaló una línea con su mano desde el punto que él había localizado hasta donde yo estaba parado. ¡Pero yo no la moví! ¡Se mueve sola! Les dije asustado. Don Pancho rio para si, Lo que pasa es que la vara quiere tomar agua, y sabe donde está más cerca. Por eso se estira tratando de enterrarse. ¿Y por qué conmigo si quiere y con mi Papá no? Pregunté. Eso si no sé. Dijo don Pancho sonriendo. La silla de plástico crujió, y su ruido me trajo de vuelta a la realidad. Vi a Nacho y a Natacha iluminados por la luz de la vela, conversando en el tejabán dentro del castillo surrealista en las pozas de Xilitla. Entonces fui consciente del tirón que sentía. Era como si algo me estuviera jalando desde el piso. La presión la sentía a la altura de mi abdomen. Me puse de pie lentamente y caminé hacia el fondo del tejaban tomando bocanadas de aire, no sentía dolor, ni malestar, solo esa fuerza, ese peso que me jalaba cada vez con más fuerza. Debe ser mescalito queriendo regresar a la tierra. Pensé. Pues sentía la misma fuerza que había experimentado de niño en el cerro buscando agua, solo que ahora dentro de mí, en mi estómago. Tranquilo Ro, tranquilo, me decía a mí mismo apoyándome en la barda de piedra al fondo del tejaban. En ese momento sentí un súbito jalón que me obligó a sentarme. Me acomodé con la espalda en la pared y crucé mis piernas, entonces fue como si un torrente de agua fluyera por todo mi cuerpo. Aquella fuerza no desapareció, solo se equilibró hasta el punto de que me resultó imperceptible, entonces como si se me hubieran destapado los oídos, escuché más intensamente todos los ruidos de la selva en aquella oscuridad absoluta que envolvía a lo lejos a nuestra única vela. 

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8. La espiral luminosa

Aquella noche oscurísima, yo estaba sentado en el fondo del tejaban en las Pozas Xilitla. Me acomodé cruzando las piernas y no sé muy bien porqué, comencé pronunciar el mantra, Om, pero más bien lo hice solo vociferando en una sola exhalación las entras o, a, i, moviendo la boca como un pez. Tratando de imitar lo que Natacha nos había enseñado días antes en la casa de moneda de Real de Catorce. Pero encontré que al mover mi boca lograba producir el sobre tono que estaba buscando, como si produjera dos sonidos al mismos tiempo. Respiré profundamente y cerré los ojos, aunque para el caso no había ninguna diferencia entre tenerlos abiertos o cerrados. Pues la oscuridad era ovnipresente. Comencé a emitir aquel mantra, con el tono más grave que pude tratando de producir un doble sonido, el armónico. Yo nunca había practicado el yoga o algo parecido, pero aquel sonido y su vibración me provocaron un estado de paz absoluta. Y disiparon el miedo y las dudas que hubiera estado teniendo con respecto a nuestra ingesta anterior. Me sentí tan bien que volví a repetir el sonido, una y otra vez, variando el tono de mi voz con los ojos cerrados, hasta que mientras reanudaba mi canto, abrí los ojos, frente a mi vi una espiral de luz vaporosa color amarillo pálido, que salía del piso de piedra y se elevaba un metro y medio hasta disolverse en la negrura de la noche. La impresión que me produjo me hizo callar y en ese momento la espiral se disipó como bruma ligera que se apaga desde dentro. Me quedé petrificado y una sonrisa se dibujó en mi rostro. Respiré profundamente y volví a emitir el sonido, ahora con un tono más grave posible. Fue cuando a pocos centímetros de mis piernas se comenzó a dibujar una espiral de luz rojiza con un diámetro de unos sesenta centímetros que se movía lentamente de al contrario de las manecillas del reloj.  Que conforme sostenía el sonido iba ascendiendo hasta poco más de un metro y medio para después disolverse. Dejé de cantar y la espiral se esfumó. ¡No chingues! ¿Qué es eso? Grité. Mientras escuchaba a Nacho y Natacha que seguían hablando en la mesa. Volví a cantar y ahora tratando de encontrar el sonido más agudo que podía sostener haciendo el movimiento de mis labios para variar el tono y buscando el sobre tono. Y tímidamente surgió una cortina de vapor luminoso en forma de espiral con un diámetro menos a la anterior pero con una estructura más compacta y de color azul pálido. La miré bien tratando de aguantar lo más que pude el canto y vi como en la espiral había unas diez pequeñas burbujas transparentes de un centímetro que rodeaban la espiral y se elevaban al mismo ritmo. ¡Nacho, Natacha! Les grité a mis amigos. Tienen que ver esto. ¿Qué? Gritó Nacho. ¡Ven wey! Tienes que ver esto. Le dije. Escuché como se arrastraron las sillas de plástico. ¿En dónde estás? dijo Natacha. Aquí, sigue derecho. No, para allá no. Por aquí Nacho a tu derecha. Guié a mis amigos hasta donde estaba sin levantarme. ¿Cómo sabes dónde estábamos si aquí no veo ni mis manos? Me dijo Natacha. Puedo verlos. Respondí. ¿Qué? Murmuró Nacho. ¡Wey! Puedo verlos. Tienes una delgada línea multicolor sobre el contorno de todo tu cuerpo. ¿Cómo? Dijo de nuevo mi amigo mientras se sentaban a mi lado. En serio. Dije nervioso. ¡Wey esto está muy loco! Entonces Natacha en un gesto maternal acercó su mano a mi frente. ¡Wow! Exclamé. ¿Lo sentiste? Me dijo ella. ¡Lo vi! Le respondí. Descríbeme lo que ves. Me dijo acercando de nuevo su mano a mi mano. Veo la línea multicolor en tu brazo, de apenas unos milímetros. Ahora veo como comienza a salir de tu mano y de mi mano una especie de neblina luminiscente, cómo si intentaran conectarse. Se acercan más y cambian de color. Más. ¡Wow! ¿Se unieron? dijo ella. Sí. Ahora parecen ser una sola. Ella dejó la palma de su mano a unos milímetros de mi cuerpo. No puedo distinguir cual es tuya y cual mía. Nacho suspiró. A ver ahora tócame tu a mí. Me dijo Natacha. Y tomó la mano de Nacho que estaba a punto de levantarse. No te vayas, le dijo.

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9. Conversación con mi brazo izquierdo

¿Escuchan eso? Dijo Nacho, se puso de pie y caminó hacia el umbral del tejaban en donde pasaríamos la noche dentro del castillo surrealista en la selva de Xilitla. Natacha y yo lo seguimos. Y como si el cielo se hubiese roto, la lluvia, como una densa cortina de agua. ¡Órale! ¡Wow! Admiramos los tres el aguacero. Y Natacha abrazo a Nacho por la espalda, con la luz de la vela vi como él se dio la vuelta y la abrazó. Si ustedes muy juntitos junto a la vela ¿verdad? Pero saben que, ya no me importa porque yo tengo a Brazo. Les dije a mis amigos que me miraron de frente. Instintivamente doble mi brazo izquierdo hacia adelante formando un ángulo de noventa grados, y con la palma de la mano girada hacia el interior ligeramente abierta. Como si fuese a saludar a alguién. ¡Ro! Me dijo Natacha. No en serio. Verdad Brazo que nos tenemos a nosotros. Y comencé a hacer muecas y mímica con mi mano izquierda como si fuera un personaje. En serio somos buenos amigos. Mira Brazo no se me despega ni un segundo. Dije tontamente, mis amigos rieron. ¡Estás bien loco! Me dijo Nacho con una mueca. Mira, a Brazo no necesito saludarlo. Y luego mira, brazo me abraza. Y comencé a actuar de espaldas hacia ellos como si mi brazo izquierdo fuera el brazo de otra persona. Si a veo que estas bien acompañado. Dijo sonriendo Natacha y sujetando la mano de Nacho. Me di la vuelta de frente a mis amigos y reí de mi propia tontería. Baje mis brazos finalizando mi sketch. Hubo un silencio y unos segundos después Nacho me dijo. Ya vas a empezar de nuevo. Mm, No. Le respondí. Entoncés miré mis brazos y lo ví en la misma posición. Doblado hacia adelante. Solo que ese movimiento no lo había querido hacer yo. Pensé bajar el brazo. Pero no pude. Mire a mis amigos. ¿Todo bien Ro? Mm, eso creo. Le respondí a Natacha. Miré a mi brazo concentrándome aún más para bajar mi brazo. Pero un movimiento que en cualquier otro momento hubiera parecido simplísimo. Ahora no lo era. Mi extremidad no me obedecía. Sujeté mi brazo por la muñeca e intenté bajarlo. Pero estaba tieso como una piedra a pesar que parecía tener una posición con la mano relajada ligeramente abierta. ¡Ah chinga! Comencé a inquietarme. Nacho mascullo una risa forzada. Sujeté con más fuerza mi brazo e intente doblarlo. Y a pesar que soy diestro y que mi mano derecha es en teoría más fuerte no logré moverlo. ¡Ah cabrón! Gruñí. ¡Pérame! ¡Que ahorita te arreglo! Dije en voz alta mientras forcejeaba con mi brazo izquierdo. La escena debió haber sido muy cómica porque mis dos amigos ahora reían con mayor convicción. ¡Este wey! ¡Hay Ro! Dijeron enmarcados por una densa negrura. Hasta que me enderecé frente con un cómico semblante hacía ellos con el brazo izquierdo doblado hacia el frente de nuevo formando un ángulo recto. Ambos rieron. ¡Te pasas pinche Ro! Me dijo mi amigo. ¡Wey, no es mamada! Necesito que me ayudes con mi brazo le dije muy serio con el brazo hacia el frente. Ja ja ja. Rieron más fuerte hasta que su voz se fundió con el ruido de la lluvia. ¡Wey! Le respondí medio entre risa. En serio, wey, en serio no puedo mover mi brazo. ¿Cómo que no puedes? Pues no puedo. ¡Míralo! Le dije a Nacho. Él suspiro y se acercó a mí y pude leer en sus pensamientos que era una astuta manera de sepáralos. ¡La estás aplicando bien he! ¡Es-en-se-rio! Le dije. ¡Si Claro! Ambos tomamos mi brazo izquierdo y comenzamos a forcejear. ¡Ustedes dos están bien locos! Nos dijo Natacha. Ambos caímos al piso enredados, y apalancados a mi brazo tratando de enderezarlo. Y de pronto Nacho se paró en seco mirando a mi brazo de frente. Me soltó de un golpe y se puso de pie. Su rostro apenas iluminado por la vela y enmarcado por la oscuridad lo hacía ver aún más asustado. ¿Qué pedo wey? ¿Qué es eso? No lo sé. Le dije recuperándome. Natacha paró de reír. Ya Ro, para por favor. No puedo. Le dije. Miré la palma de mi mano por un instante y tuve un momento de claridad. Un rayo iluminó nuestra pequeña guarida. Creo saber que es. Les dije. ¿Quién? Me pregunto Natacha mientras se acercaba a Nacho para abrazarlo. Es Brazo, mi inconsciente.

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11. Es mi inconsciente

Es mi inconsciente, les dije a mis amigos. Mientras sujetaba con fuerza mi brazo izquierdo. Un rayo iluminó el cielo y la selva dejándonos ver por un instante las paredes del tejaban en donde estábamos a lado del camino de piedra que bordeaba el río Xilitla desde la entrada del castillo surrealista de Sir Edward Jemes, hasta la cascada varios cientos de metros selva adentro. ¿Qué dices? Me dijo Natacha. Y en ese instante, en mi mente aquella locuro comenzó a tener sentido. ¡Claro! Dije. No puedo mover mi brazo, porque mi inconsciente tienen el control sobre él. ¿Qué? Pinche Rodraz !Estás bien loco! Dijo Nacho mientras volvía a abrazar a Natacha y o los miraba bajo la luz de la tenue vela. Eso mismo. Es todo aquello que escapa a la pequeña luz en la oscuridad a  la que llamamos consciencia. Es el mundo que se extiende más allá de las fronteras de nuestra comprensión y de nuestro rango perceptivo. El instinto, el yo interior, el que controla cada movimiento dentro de mi cuerpo. La parte de mí que no es consciente de sí misma. Dije. Es el movimiento. Masculle. ¿El qué? Preguntó Natacha. Brazo ¿Con que movimiento expresas un, si? Pregunté mirando a mi brazo izquierdo. De pronto mi mano giró dejando la palma hacia arriba y comenzó a abriste como una flor. Miré a mis amigos. Otro rayo calló iluminando la selva. Brazo ¿Con que movimiento expresas un, no? Dije en voz alta con un tono más seguro. Mi mano se giró lentamente mientras se cerraba hasta que quedó con un gesto torcido palma hacia el piso. En este punto, supe que Brazo me respondía a las preguntas que le hacía mediante el giro de mi muñeca. Un movimiento involuntario de mi mano izquierda significaba, si. Y otro movimiento significaba, no. Brazo ¿Eres mi inconsciente? Pregunté, mi mano comenzó a girar hasta que quedó con la palma hacia arriba. Si. Yo miré pasmado a mis amigos por lo que estaba sucediendo, pues yo no tenía ningún control sobre mi brazo izquierdo y este se estaba respondiendo a mis preguntas. Poco a poco vimos con la escaza luz como mi mano se volvía a su posición inicial, con la palma en horizontal medio cerrada como si pretendiera tomar algo invisible. Brazo ¿Extrañaste a Rodraz? Le preguntó Nacho a Brazo. Mi mano comenzó a moverse hasta que nos mostró su posición afirmativa. Brazo ¿Dejará de llover esta noche? Preguntó Natacha. La miré intrigado, pues aqella pregunta estaba fuera de lo que yo pensé que era el inconsciente. Le preguntaba una predicción sobre la naturaleza. En ese momento pensé que brazo no iba a responder. Pero los tres vimos como poco a poco mi mano giraba hasta quedarse con la palma hacia abajo, respondiendo de forma negativa. No va a dejar de llover en toda la noche. Dije interpretando la respuesta de Brazo. ¿Será una broma de mi inconsciente? ¿Cómo podría saber semejante cosa? ¿Y si no solo es mi inconsciente? ¿Entoncés que es? En ese momento sentí como si me internara en un túnel, los sonidos se disiparon y la imagen de la selva se concentró en un solo punto lejano, cerré los ojos, y un segundo después los abrí como si hubiera despertado de un sueño. Miré mi brazo y comprobé que había vuelto a recobrar el control sobre mis dos brazos. ¡Qué alivió! Dije, ya me estaba preocupando, solo fue un susto. ¿Vieron eso? Si que me asusté. Les dije a mis amigos acercándome un paso hacia ellos. Intercambiamos un par de frases cuando Nacho me dice. Hey Rodraz, está aquí de nuevo. Me dijo mi amigo señalando con la mirada a mi brazo izquierdo. Pero yo no había sentido nada extraño, miré entoncés y ví que mi brazo había adoptado la misma posición que antes, solo que esta vez tenía la palma abierta hacia arriba. Di un paso hacia atrás sin poder retirar la mirada de la palma de mi mano que con la luz de la vela, adquiría un tinte protagonista. Me abstrajo tanto las líneas de mi mano, su forma, la fuerza que parecía emanar de su cálida postura que todo a mí alrededor desapareció. Poco a poco Brazo que tenía el control de mi mano comenzó a acercarla lentamente hacia mi cara. Yo fui consciente de su movimiento y comencé a acercar mi cara hacia mis dedos dejándome llevar por la intención de mi mano que parecía surgir de la oscuridad. El sonido de la lluvia desapareció, cerré los ojos a centímetros de mi mano, y pude sentir como irradiaba calor, pero también un fuerte magnetismo que me atraía como un imán.  Hasta que en un momento sentí el contacto de la mano extranjera en mi frente y entonces, Brazo se volvió de nuevo mi brazo, tuve su sensación de nuevo, su punto de vista, y como si una descarga eléctrica hubiera sacudido todo mi cuerpo, caí arrodillado al piso, noqueado por la fuerza de la unión y comencé a llorar. Con tanto sentimiento como nunca antes. Ro tranquilo. Escuché la voz de Natacha. Que me abrazaba. Yo me encontraba en un momento de híper consciencia. Nacho, me escuchó y nos abrazó a Natacha a mi. Tranquilo Ro, todo está bien. Me dijo. Estuvimos cerca de un minuto así. Hasta que volví en mí. Respiré profundamente y me puse de pie. Tuve la sensación de estar conectado con todo lo que me rodeaba, también sentí una inmensa paz y el momento más lúcido que he experimentado en toda mi vida. Estaba despierto. Con los sentidos al máximo. Miré a mis amigos y les dije. Lo que acabo de experimentar fue la unión entre el consciente y el inconsciente.

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12. Mescalito

Por unos segundos escuché el golpe de cada una de las gotas al caer, el crujir de las ramas con el sobre peso de la lluvia, escuché como el río crecía, sentí, la humedad en el piso de piedra, el latido de mi corazón, el latido del corazón de Natacha, el de Nacho, y los percibía no como algo externo a mí, sino como si yo fuera parte de ellos. Mis amigos se pusieron de pie y Natacha me tomó por las mejillas. Asistí. Tienes que parar Rodraz. Escúchame. Es suficiente. Los tres nos pusimos de nuevo alrededor de la vela. De pronto tuve la sensación que algo subía por mi piernas, un escalofrío me recorrio de punta a punta, y el sabor amargo que sentía en mi boca se volvió más intenso. Un segundo después sentí un empujón que me sacó de mi cuerpo. En ese momento, mi punto de vista, es decir el lugar desde el cual observaba la situación. Ya no estaba en mis ojos, sino que ahora veía desde algun un punto localizado detrás de mi hombro derecho. Observé a mis amigos, la mesa, las sillas, la vela, el cobertizo en donde nos encontrábamos, la lluvia, la noche, y también me vi a mi mismo de pie. Una voz ronca y áspera salió de mi cuerpo gritando a mis amigos. ¿Qué creen que están haciendo? Dijo. Pero no era yo, no era mi voz, no había sido yo el que pronunció aquellas palabras. ¿Qué creen que es lo que hacen? Son unos idiotas, ustedes me mataron. Gruño la voz. Entonces en un santiamén, pasaron frente a mi, todas las imágenes de nuestro viaje desde el desierto de Real de Catorce hasta Xilitla pero en sentido inverso. A gran velocidad, hasta que en mi alucinación, mi punto de vista, se posó sobre un matorral en el desierto de Catorce. Admiré en un total silencio el atardecer, las montañas al fondo del valle, el aire cálido y ligero. Y de un súbito cambio de dirección mi visión se enterró en el suelo arenoso. Entoncés solo vi la oscuridad y tuve una sensación de calma. Fue cuando tuve la sensación que algo golpeaba el suelo en el que me había sumergido, eran pequeños golpes de tambor muy a lo lejos, uno tras otro y después de manera caótica. Entoncés supe que estaba lloviendo. De pronto mi visión comenzó a moverse en la oscuridad, más y más hasta que una luz rojiza ganó terreno y de pronto sentí un impulso hacia la superficie. !Estaba creciendo¡ Como una planta, más precisamente como un peyote. Al salir a la superficie, senti el viento, la lluvia, el sol, y experimente una especie de orgasmo, que culminó en un florecimiento. Tuve una sensación exquisita de felicidad que me duró unos instantes, hasta que de pronto el frío sobrecogedor me atravezó por dentro y en un instante mi punto de vista se desprendió con un intenso dolor. Sentí cómo si me hubiesen cortado el cuello. Son unos idiotas. Me gritó la voz de mescalito. Volví en mi, respiré profundamente y frente a mi vi a mis amigos iluminados por la vela. Aparentemente lo que para mí había significado varias horas. En realidad habían sido solo unos segundos. ¿Que estás diciendo Ro? Me preguntó Natacha. Es él. Es mescalito, está aquí. Les dije temblando de miedo. No soy yo el que habla, no soy yo, es él. Tranquilo Ro. Tranquilo, estas alucinando.  Me dijo Natacha. Va a pasar pronto. Entonces volví a perder el control de mi cuerpo, y una voz ronca que salió de mi boca le dijo a Natacha. Tienes que cuidar de ellos esta noche. Fue la razón por la cual no quise que me encontraras. Natacha da un paso atrás. Nacho se acercó a mi, y me dijo. ¡Dámelo yo voy a cargar con esto! Me tomó del brazo con fuerza y en el momento me sentí aliviado. Nacho en cambio comenzó a sacudirse hasta caer al piso convulsionando. Me acerqué a él y lo tomé de los hombros. No, yo debo de cargar con él. Dige resignado. Y sentí como aquella fuerza volvió a entrar en mi. Nacho se arrodilla tratando de recobrar el aliento. ¿Qué es eso? Es él, y ha despertado dentro de mí. Le dije. Hace tres días comenzaron un ritual en el desierto, y lo tienen que terminar hoy, juntos. Dijo la voz con una entonación mucho más pausada. Respiré hondo mientras volvía en mí. Quiero que pare! Grité temblando de miedo. Natacha se acercó y abrazó. Tranquilo Ro, tranquilo. Todo va a estar bien. Me dijo. Estuvimos así por un instante mientras ella tarareaba, como si me estuviera arrullando. No tengas miedo, es solo tu imaginación, anda, dime lo que estás viendo.

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13. El castillo medieval

Natacha me abrazó y sujetó mi cabeza en su regazo. No te preocupes Ro, todo está bien. Me dijo mientras yo escuchaba como la lluvia golpeaba con fuerza el tejaban en donde pasaríamos la noche en la selva de Xilitla. No te apures, volvió a decirme, solo es tu imaginación, lo que te está pasando, solo está en tu mente. Sus palabras me tranquilizaron, era cierto. Todo lo que estaba ocurriendo estaba solo en mi mente. La luz espiral que desprendían los sonidos, la parálisis momentánea de mi brazo izquierdo, las palabras de mezcalito que salieron de mi boca con otra voz que no era la mía, las visiones del desierto. Si, ella tenía razón, debía de tenerla. Todo estaba en mi mente, solo eso. Solo eso me repetí en silencio.   Dime que es lo que ves ahora. Me preguntó Natacha mientras me abrazaba. Veo una construcción en piedra parece una muralla de unos treinta metros de alto, veo que tiene torres redondeadas que la flanquean, me da la impresión de que es una fortaleza medieval. Entre dos torres veo una gran puerta de madera. Entro por la gran puerta de madera que parece entre abierta.  En el interior veo que está decorada con alfombras que cuelgan de las paredes, no veo a ninguna persona, sigo avanzando. Hay una gran escalera, subo, y llego a un pasillo que se extiende en dos direcciones bordeando la muralla.  Giro hacia la derecha y continúo. Al fondo se percibe una tenue luz, me acerco más y veo que salen del umbral de una puerta. Me acerco y la empujo. Veo una habitación circular, parece que es la habitación de la torre,  dentro hay una mujer que está mirando por la ventana medieval hacia el horizonte, no parece haber nadie más en la habitación, ella se cepilla lentamente el cabello, tiene  el cabello largo hasta la cintura y lleva un vestido verde. Se detiene, creo que ha reparado en mi presencia, voltea hacía la puerta. Eres tú. Tienes el semblante triste. Tienes lágrimas en las mejillas.  Mi visión se mueve y comienzo a elevarme, veo la torre desde lo alto mientras mi visión asciende. Veo el castillo en la penumbra, el sentimiento de soledad de tu mirada me permea y siento que no hay nadie en el castillo, que no hay nadie en el bosque que lo rodea, sigo ascendiendo, parece que no hay nadie a cuarenta kilómetros a la redonda. Natacha me sueltó. ¿Por qué dijiste eso? Me preguntó. No sé. Le dije. Natacha se dio la media vuelta y enfilo hacia el camino de piedra bordeando el río fuera del tejaban.

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15. Visiones premonitorias

Estábamos acostados en medio de la noche dentro del castillo surrealista de Edward Jemes. Yo trataba de dormir, pero miles de imágenes cruzaban mi cabeza. De pronto tuve la sensación de entrar en un túnel. Poco a poco pude ver que se trataba de una especie de laberinto bordeado por arbustos de gran tamaño. La imagen se volvió cada vez más nítida, estaba consciente de que estaba acostado en el tejaban, pero al mismo tiempo las imágenes parecían igual de reales. Entonces después de recorrer aquel pasillo rodeado de arbustos, llegué hasta un espacio abierto y oscuro. Entonces cuando tuve la sensación de haber salido, frente a mí, se alzó de nuevo otro laberinto más grande, recuerdo que corría entre ramas y en la oscuridad grisácea tratando de hallar la salida. Cuando por fin lo conseguí un tercer laberinto surgió del fango. Esta vez me costó aún más trabajo porque parecía un interminable  camino de lodo y arena que se hundía. Y cuando sentí que había salido de aquel tercer laberinto escuché una voz que dijo. Has pasado la prueba y este es el primer mensaje. Entonces vi a la tierra desde el espacio. Podía ver claramente como nuestro planeta giraba sobre su eje como una enorme bola azul. Al poco surgió detrás de ella, la Luna. La imagen era tan real y clara que podía ver cada detalle, los continentes, los océanos, las nubes. Ha sido sin duda una de las imágenes más hermosas que jamás haya visto. Entonces poco a poco siguiendo comenzaron a aparecer en mi campo de visión, los planetas. Se podían ver como continuaban su habitual trayectoria, pero que al mismo tiempo parecían estar alineados. Marte, después Jupiter, Saturno, Neptuno, Urano, Plutón.  Esta visión era majestuosa. Entonces escuché la voz sutil apenas perceptible que me dijo. La alineación planetaria. De pronto esa visión desapareció y dejó lugar a una caótica escena, fugaz y rápida que contrastó con la pasividad de la anterior. En esta visión estaba mi amigo Edson dentro de un avión, de pronto el avión se desplomaba y caía al vacío con mi amigo en el interior. Quise despertar pero no pude, y traté de gritar o moverme para no permitir lo que estaba viendo. Entonces una voz gruesa e inquietante dijo. ¡Tiene que morir! No. Grité con todas mis fuerzas. Mi grito traspaso el umbral del sueño y me incorporé de un salto. Al instante que escuchaba la voz fuera de mi sueño, en la realidad de la noche que gruñó. ¡Tienen que caer! En ese instante, algo golpeo con fuerza el techo de lámina que nos protegía. Mis amigos brincaron del susto. ¿Qué fue eso? Ro, tranquilo, solo fue una rama que calló sobre el tejaban.  Me dijo Natacha viendo mi estado. Pero lo vi caer. Le dije a Natacha. No Ro, tuviste una pesadilla. Nada más. Tranquilo. Poco a poco recobré un poco en sentido, y bebí agua de la botella. Me acosté de nuevo. Ella comenzó a tararear alguna melodía que me sumergió de inmediato en un sueño profundo. Esta vez mi punto de vista se ubicó en la misma posición de antes. Estaba viendo la tierra desde el espacio a mi extrema izquierda y en el horizonte veía a los planetas alineados.  Esta vez sin embargo escuché una melodía profunda que surgía de nuestro planeta. Y de pronto las nubes se comenzaron a salir de la órbita terrestre y formando una estela que se movía plácidamente, parecía como si la tierra tuviera una cabellera larga que flotaba en el espacio, cuando fui consciente de eso, la tierra rotó y se transformó en el perfil de una mujer. Su rostro variaba ligeramente y me pareció que contenía la escencia misma de la feminidad. Es tiempo de su retorno. Me dijo aquel inmenso rostro planetario,  con una voz tierna. En ese momento mi campo de visión o punto de vista, giró en dirección contraria a la tierra, y en medio del espacio vi un punto de luz que se volvía más brillante a cada segundo. Es el tiempo de su retorno. Volví a escuchar aquella melodiosa voz. Aquel punto de luz, se acercaba a gran velocidad hacia la tierra.  Entonces mi visión se desplazó y se instaló por encima del objeto mientras avanzaba. Era una cápsula plateada en forma de huevo alargado. De lo que supuso mediría unos cinco metros de largo por unos dos metros de ancho. Pude ver con detenimiento como en la parte superior aquel capullo plateado era transparente y pude ver la figura de un hombre acostado con los brazos cruzados sobre el pecho con los ojos cerrados. Tenía la barba y el cabello largo hasta los hombros, vestía totalmente de blanco. Sus pies estaban ocultos a mi vista por la nave. Y vi cómo se dirigía rápidamente hacia la tierra que lo aguardaba con su expresión. Abrí los ojos y me incorporé sobre mi sleeping. Mientras lo hacía vi de reojo que Nacho se incorporaba al mismo instante. ¿Lo viste? Le pregunté susurrando efusivamente tratando de no despertar a Natacha que estaba dormida entre los dos. Nacho asintió. Fue como si hubiéramos estado conectados viendo la misma alucinación en el sueño. Los dos estábamos muy asombrados, pero la pesadez fue más fuerte y nos volvimos a recostar. En la visión que tuve al cerrar de nuevo los ojos, fue una imagen en la que Natacha y Nacho y yo recorríamos un desierto montados en tres caballos. Tienen que estar juntos para recibirlo en su retorno. Me dijo la misma voz femenina que había escuchado en la visión anterior. La imagen se difuminó y solo percibí la oscuridad. Una plácida oscuridad que llegaba después de una intensa noche de vívidas visiones Ya ha pasado todo. Me dijo la voz. Solo necesito algo de ti a cambio por lo que has visto. Pero no poseo nada. Le dije. Entonces con los ojos aún cerrados en el sueño, pensé, solo tengo mi collar de caracoles y jade. Eso es suficiente. Respondió la voz. Abrí los ojos, y sin levantarme del sleeping me quité el collar y lo puse sobre el piso junto a mí. Descansa. Despertarás mañana a las siete en punto. Apenas alcancé a escuchar una voz que se diluían entre el murmullo de la lluvia al caer. Cerré los ojos. Cuando los volví a abrir ya era de mañana, miré mi reloj justo cuando el segundero caía en la casilla doce marcando las siete en punto. Me levante con pesadez, Natacha no estaba y Nacho estaba preparando el café. Nacho, por favor. Puedes tomar mi collar que está en el piso y arrojarlo al rio. Le dije a mi amigo. ¿Qué? Te volviste loco. Pero es tu collar, de jade, con las piedras, caracoles, son todos tus recuerdos de viaje. ¡Por favor! Le dije con el semblante fruncido. Nacho lo tomó a regañadientes y se dirigió al caudal del rio que iba crecido por la lluvia, que no paró de caer en toda la noche. Cuando lo arrojó el rio se apaciguó por un momento. Nacho volvió caminando y me dijo abriendo la boca. ¿Escuchaste eso?

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