El misterioso

Recuerdo que durante dos semanas durante el verano del 97 mientras vivíamos en la casa de mi abuelo en Tula Hidalgo,  mi abuelo llamó a mi padre contantemente, algunas veces solo porque tenía sed, otras, porque quería ir al baño. Pero algunas comenzaron a ser aún más peculiares.

¿Qué estaba pasando en la mente de mi abuelo? No lo sé, pero lo más extraño, no era solo lo que veía o sentía, sino lo que pudo hacer considerando que no podía ni siquiera sentarse en la cama por sí solo. Y las explicaciones que les daba a mis padres eran de lo más simples y a la vez perturbadoras.

¿Escucharon el lamento de tu abuelo anoche? Mis hermanos y yo nos miramos asustados.

¡Si Ma!, mi abuelito grita muy feo. Dijo mi hermana Gabriela.

Pues espérate a que te cuente lo que hizo. Le contestó mi mamá mientras ponía el jugo sobre la mesa para el desayuno. Cuando entramos a su cuarto en la madrugada, nos dimos cuenta que no estaba en su cama y la silla de ruedas estaba como siempre afuera de su cuarto en el comedor.

De pronto lo escuchamos quejarse en el baño. Cuando entramos en el baño tu papá y yo, lo vimos sentado en la taza.

Entonces pues ya lo asistimos, fui por la silla de ruedas y tu papá lo sienta y lo llevamos de vuelta a su cama.

Yo le di un poco de agua y lo acosté en su cama bien tapadito con sus cobijas, y le pregunté. ¿Cómo llegó hasta el baño Don Ricardo? Se me queda viendo y me dice. Hay Sonia, pues como va a ser. Tenía muchas ganas de ir al baño y como ustedes no me escuchaban, vino una persona y me llevó cargando.

Que nos volteamos a ver tu papá y yo. ¿Y quién era papá? Pues quien va a ser, nos dice. El hombre de negro que anda aquí en la casa.

Ahora sí que me asusté con los lamentos de mi abuelito. ¡Esta cañón! Dijo mi hermano Enrique en el desayuno.

Y saben lo que hizo ayer. Le respondió mi madre.

Pues cuando entramos a su recámara en la madrugada, no estaba en la cama. Entonces tu papá y yo nos fuimos directo al baño, ¿y qué crees m’hijita? Que estaba sentado en la taza y con la silla de ruedas a un lado. Dijo mi madre mientras le servía a mi hermana unos chilaquiles verdes con frijoles.

¿Y saben qué nos dijo cuándo le preguntamos que cómo había llegado hasta el baño? Pues que muy fácil dijo tu abuelito.

Que agarró una cuerda luminosa que estaba junto a su cama.

¿Qué? ¿Pero cuál cuerda? Pregunté.

Suspiró mi madre. Pues no sé, no sé cómo pudo llegar hasta su silla y sentarse en la noche si desde hace más de un mes no se puede mover. Se me hace que le voy a pedir a tu Tía Martha que le venga a hacerle una limpia. Porque cada vez está más raro.

Veladora

¿Y no te da miedo Ma? Dijo mi hermana. Hay mi’jita, tantas cosas que he visto. Que miedo voy a tener.

No les conté cuando nos llamó en la madrugada la semana pasada. Cuando entramos a su recámara estaba pálido, pálido. Lo ayudamos a sentarse para que tomara un poco de agua. Yo hasta pensé que ya se nos iba.

Quédense un ratito conmigo Sonia, porque acabo de ver como muchas manos salían de la base de la cama y me empezaban a jalar hacia el piso. Nos dijo tu abuelito. ¡Hay mamá! Dijo mi hermana, hoy me voy a dormir a casa de Marthita y el Chato.

Hay m’hijita y no les conté cuando se brincó las sillas. ¿Qué? Preguntó mi hermano mientras se llevaba un bocado de chilaquiles a la boca y agarraba la taza de café. Y mi Papá nos ponía otras tortillas calientes en la mesa.

Esa si hasta me enchino el cuero. Dijo mi Papá. Soltando las tortillas calientes en el tortillero.

Pues que llegamos a su cuarto en la madrugada después de escuchar sus lamentos y tu abuelo no estaba en su cama. Pero, las sillas del comedor que habíamos puesto alrededor de su cama para que no se nos fuera a caer por si se rodaba estaban intactas, todas formaditas alrededor de la cama como las habíamos dejado.

Fuimos al baño y nada, prendimos la luz del comedor y nada. Y vamos de nuevo al cuarto porque lo escuchamos gemir. Estaba metido debajo del tocador de su recámara. ¿Pero cómo?  Pues no sé cómo le hizo. Tuvo que haber brincado sobre las sillas para hacer algo así porque ninguna estaba fuera de lugar. Y luego meterse abajo del tocador.

Pero si ni yo entro, dijo Gaby.  Pues imagínate. Tardamos un buen rato hasta que lo logramos sacar de ahí sin lastimarlo. ¿Y qué les dijo? Que había sido la persona que camina por la casa, y que como se lo quería llevar pues se metió debajo de la cómoda. Cómo le hizo, la verdad es que ni idea. Alguien le tuvo que haber ayudado. Eso ni tu papá ni yo lo podríamos haber hecho. Mi papá suelta una de sus sonrisas nerviosas y nos muestra su brazo. Ira, ira cómo se me pone la piel. ¡Ahijó! Quien sabe que es lo que ve tu abuelito. Pero hoy le voy a prender una veladora.

La Sustancia

Una semana después la condición de mi abuelo estaba muy deteriorada. Pero al mismo tiempo, era como si sufriera una metamorfosis. Lo que antes había sido una persona con una presencia avasalladora alrededor de la cual giraba toda familia, y también una de las personalidades más respetadas del pueblo. Ahora se estaba consumiendo por dentro, pero sin embargo su mirada expresaba un cambio. Una especie de implosión.

En esa época yo acababa de terminar la preparatoria y estaba a punto de irme a estudiar la universidad. Y cuando no estaba con Edson o Nacho, me pasaba en mi cuarto leyendo y pensando.

Mi madre me había dicho que tratara de no hacer ruido con la silla, porque como aquella habitación estaba justo encima de la recámara de mi abuelo, lo podía molestar.

De repente un día, un intenso olor a grasa quemada me sacó de la lectura, respiré pero mis fosas nasales se bloquearon, instintivamente abrí la boca y me sucedió lo mismo, no podía respirar, sentí entonces como si una masa densa estuviese ascendiendo lentamente justo en donde estaba yo sentado.

Me puse de pie por la inercia de aquella sustancia buscando aire. Hasta que unos segundos después aquella densidad se elevó más allá de mi nariz y pude respirar profundamente, y sentía como esa masa transparente se desprendía de mi cabello. 

En ese momento se abrió la puerta de la habitación con un leve crujido, mi hermana aún con el uniforme de la escuela me dijo con un llanto entrecortado.

Dice mi mamá que bajes, mi abuelito acaba de morir.

Ella dio la media vuelta y al tiempo que se limpiaba las lágrimas con una camisa que había dejado de ser blanca.

Bajé con la escalera con pesadez, estaba muy confundido y mi mente divagaba.  Observé cómo la casa comenzaba a llenarse de todo tipo de personas atraídas por la noticia que al parecer se había difundido.

Ándale hijito que necesito que me ayudes a cambiar la ropa de mi abuelo. Me dijo mi madre volviéndome de golpe a la realidad.

Respondí con un gesto afirmativo. Aunque por dentro pensaba, ¿Por qué yo? Ahí debe de andar Quique, o mi alguna de mis primas, o alguno de mis tantos tíos, y tías, o mi hermana o mi papá.

Pero no había escapatoria, antes que lo pensara mucho, mi madre me condujo hasta la habitación de abuelo entre la multitud. Mientras muchos le gritaban. Sony en dónde pongo la comida. Sonia ¿Cuál es el número de teléfono de la tía Güera? Sony ¿Tienes cerillos para prender los cirios pascuales?

Ya voy, espérenme tantito. Les Gritaba.

Entramos a la habitación, y vi como el Dr. Ruíz, antiguo amigo cercano de mi abuelo, se despedía de su amigo y constataba la hora de su fallecimiento. Cuando salió, mi madre cerró la puerta con llave por dentro.

Miré el cuerpo de mi abuelo sobre su cama que aún estaba tapado con las cobijas como si estuviera dormido. Su boca estaba abierta y los ojos entre cerrados veían en dirección a la cabecera de su cama. Parecía algo tieso, como si se hubiese congelado al momento de su muerte.

Ándale mijito, no te quedes ahí. Ayúdame a cambiarlo. Me lo dijo mientras miraba el cuerpo de mi abuelo por un momento, cómo para guardar la imagen.

A él le hubiera gustado que lo enterráramos con su traje. Pero mejor le ponemos su pijama de franela para que se vaya calientito. Dijo mi madre sacando las prendas del closet.

¿Y yo que hago?

Sujétalo por la espalda con mucho cuidado y levántalo para que le pueda quitar la ropa. Mis ojos se abrieron al máximo, mientras mi madre retiraba las sábanas.

¡Ándale niño¡ que nos pone tieso. Me dijo mientras ella quitaba la manga derecha del antiguo pijama que llevaba puesto mi abuelo con un poco de dificultad. Ella actuaba con la precisión y la sangre fría de un cirujano en plena operación, a pesar de la carga emocional que esto debió haber significado para ella, pues Don Ricardo, como ella lo llamaba, había sido como su propio padre. Yo hice lo propio con la mano izquierda. 

Metí mis manos detrás de la espalda de mi abuelo abrazándolo, la enfermedad terminal a sus noventa y pico años lo habían dejado en los huesos. Me acomodé y con la mano izquierda sostuve su cara por la nuca a unos centímetros de la mía, noté que aún estaba caliente.

Ahora, despacito, levántalo. Me dijo mi mamá.  

Al momento de alzar el cuerpo, éste exhaló el poco aire que le quedaba en los pulmones, emitiendo un leve gemido provocado por la presión del aire atrapado. Y al mismo tiempo yo inhalé por el esfuerzo de levantarlo. Y respiré sin opción todo el aliento que salió del cuerpo inerte de mi abuelo. Me recordó el olor que había percibido minutos antes.

Regresé, cuando mi madre me palmeó la espalda. Recuéstalo Me dijo.

En eso tocaron a la puerta. 

¿Sí? Respondió mi madre con voz autoritaria. 

Sony, ya llegó el cajón le dijo mi padre sin abrir la puerta.

¡Ya vamos! Le respondió ella.  

Se ha quedado en mí. Pensé.

El duraznero

Era un día nublado, la casa estaba triste a una semana de la muerte de mi abuelo.

Como de costumbre estábamos desayunando en la casa, más en silencio que en paz.

Cuando escuchamos un tremendo ruido que provenía del jardín.

Nos asomamos por la ventana de la cocina.

Mi padre abrió la puerta y vimos con asombro como el duraznero que llevaba décadas de pie dando sombra al patio de la casa, se había caído.

El Gume que había trabajado para mi abuelo por incontables años, llegó rápidamente.

Permanecimos un momento sin hablar.

Aquel hermoso árbol, en el que tanto habíamos jugado. Al que pusimos unas tablas en lo alto para sentarnos mis hermanos y yo. Al que le habíamos puesto un letrero anunciando que vendíamos paletas congeladas.

El mismo al que podíamos trepar con ojos vendados, pues había estado siempre ahí.

Hay niño, me dijo Gume quitándose el sobrero. ¿Cuánto se lleva uno cuando muere?

La enredadera

No habría pasado ni un mes de lo sucedido con el árbol.

Cuando una noche escuché un estruendo aún mayor, seguido por un ligero temblor de tierra.

Corrí hacia la ventana. Mi padre salió de su recámara con mi mamá y vimos desde la ventana, como la planta enredadera que cubría más de la mitad de la fachada de la casa.

Ahora estaba esparcida y rota en mil pedazos por todo el jardín y que había deformado con su peso incluso la barda.

Fueron necesarios varios días de trabajo para cortar y sacar los escombros de la que había sido una majestuosa presencia.

¿Cómo es posible? Me preguntaba.

Porqué al morir mi abuelo, estas dos grandes figuras que custodiaban su casa, habían sucumbido. ¿Por qué? ¿Por qué tan cerca de su muerte y no en otro momento?

¿Es que ellas también sentían la ausencia de mi abuelo? ¿O era su presencia la que mantenía en pie su casa?

Hay niño, ¿Cuánto se lleva uno cuando muere? Recordé las palabras que Gume me había mencionado unos días antes.

Los invitados

La mañana siguiente a la hora del desayuno antes de irnos a la escuela mi madre nos dice.

¿Escucharon los gritos de tu abuelito en la madrugada? Mis hermanos y yo asentimos.

Pues, total que ya bajamos hasta su cuarto, entro y prendo la lamparita de su cómoda. Hijo, ayúdame a sentarme para tomar agua, le dice tu abuelito a tu papá.

Ya que lo sienta, le do  su vasito de agua, y que se nos queda viendo. Ya sabes con sus ojos vidriosos. 

No puede ser, a ver, Sonia, Enrique no puede ser. Tanto tiempo que llevamos viviendo juntos, y saben las reglas de la casa.

Tu papá y yo nos volteamos a ver.

¿Por qué lo dice Don Ricardo? Le pregunté.

¡Hay Sonia! Ya sabe que en esta casa siempre he procurado que los invitados estén bien atendidos. ¡No hay que ser! Cuanto tiempo, cuanto tiempo viviendo juntos. Y saben que cuando una persona llega, hay que recibirla como se merece.

Tu papá y yo estábamos así como que, ¿qué?

Y que nos dice ¿Porque no atienden a los invitados que vinieron a verme?

Llevan ya rato que llegaron. Y en todo este tiempo nadie ha venido para ofrecerles una copa. ¡Voy a creer¡ no es posible.

Pero papá, de que hablas. ¿Cuáles amigos? Le pregunta tu papá. Y tu abuelito le dice más serio aún. Hay hijo, hay hijo, por favor, has pasar a los invitados a la sala y atiéndelos. Mira que venir de tan lejos y a estas horas y que no les ofrezcamos algo.

Yo le hago una mueca a tu papá, para decirle que haga lo que dice tu abuelito y le pregunto. ¿Y quiénes vinieron a visitarlo Don Ricardo?  Él me voltea a ver y me dice. ¡Hay Sonia! ¿Cómo que quienes? ¿Pues no los ve?

Es que está muy oscura la recámara y no bajé mis lentes. Le dije. Él suspira y me empieza a señalar con los ojos mientras decía los nombres de las personas que rodeaban su cama. A lado de nosotros.

Tu papá se me queda viendo y le dice. Si Papá. No te preocupes, ahorita los atiendo y hace el gesto de salir e invitar a todos al comedor y hace el ruido de sacar las botellas y vasos.

No se preocupe Don Ricardo, descanse, que bueno que vinieron a verlos sus amigos de toda la vida, ya han de haber platicado mucho. Ahora mejor acuéstese mientras los atendemos en la salsa.

Entonces tapé con sus cobijas a tu abuelito le cerré la puerta para que se quedara dormido. ¿Y luego? Le pregunté a mi mamá.  Pues que todas las personas que tu abuelito vio anche están ya muertas.

Los últimos días del abuelo tolteca

¡Enrique! Gritó mi abuelo en la madrugada, su lamento avanzaba entre las paredes viejas de la casa, como si fuera una bruma que buscaba a mi padre entre cuartos y pasillos hasta disolverse por completo en un silencio agotador. Los perros ladraron y las luces del cuarto de mis padres se prendieron.

Por la mañana en el desayuno mi madre nos preguntó.

¿Escucharon en la madrugada los lamentos de tu abuelito?

¿Qué tal Enrique? cuéntales a los niños.

Hay hasta se me enchinó el cuero. Dijo mi papá.

¡Pérate! Que cuando entramos a su cuarto a las tres de la mañana. Continúa diciendo mi madre.  Abrí un poquito la cortina para que entrara la luz del patio. Y que me dice.  

Sonia, ¿Cuántas veces les he dicho que no me gusta que entre la perrita a la casa? Y que me le quedo viendo a tu papá. Les he dicho que cierren bien la puerta de la cocina antes de dormirse. Nos dijo tu abuelito. Pero Don Ricardo, estaba cerrada. No, no, no. Clarito escuche como la perrita la abrió poco a poco la puerta con el hocico y luego se vino directo a mi cuarto. ¡Ya sabe cómo es la Camila! Esa perrita traviesa. Estaba llena de lodo, se me subió a la cama y luego se puso a jugar con la ropa. Mire nada más como dejó el cuarto. Y tu papá le dice. ¿Y a dónde se fue? Esta debajo de la cama, ¡Sáquenla por favor¡

Tu papá me miró,  salió del cuarto y fingió llamar a la Camila para que saliera debajo de la cama. Hasta que tu abuelo suspiró, yo lo tapé bien con sus cobijitas, cerré las cortinas y la puerta para que se durmiera.

Mi hermana se levantó de la mesa sin terminar su desayuno y se fue al baño a limpiarse las lágrimas. Y mi hermano le dijo a mi mamá con ojos húmedos. ¿Y no le dijeron a mi abuelito que a la Camila la atropellaron ayer y se murió? Mi madre negó mientras daba un sorbo a su café con leche.

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