El bien y el mal no existen, solo el movimiento.

Vi a una persona que estaba parada en el paso peatonal. Daniela frenó y le dio el paso. La persona avanzó le alzó la mano en agradecimiento. De pronto las espirales que componían la imagen que yo veía de Daniela y las de la persona. Comenzaron a girar con más velocidad que las demás que componían la escena, y por algún momento me pareció más clara la imagen que tenía de ellos, más radiante.

Pero de pronto un automóvil nos rebaso a gran velocidad y pitando al peatón para que se quitara.  Y curiosamente pude ver como las espirales que componían la figura del automóvil y sus ocupantes, giraban muy lentamente. Casi no se movían.

¿Qué es esto? Pensé.

El bien y el mal no existen, lo único que existe es el movimiento. Escuche decir a la voz.

Rojo, ¿Cómo te sientes? Me preguntó Daniela.

Negué con la cabeza. Siento que me voy a morir. Le dije. Por favor llévame al hospital.

¿En serio?

Si por favor. Le dije. En realidad estaba muerto de miedo.

Daniela me llevó a la cruz roja, y tan pronto bajamos nos hicieron esperar un poco en la sala. Al fondo estaban interviniendo a una persona sobre una camilla.

El efecto sobre mi miedo fue aún peor. Mire a Daniela y le dije. Perdón, pero creo que mejor nos vamos, ya me empiezo a sentir mejor. Lo cual era mentira. En ese punto mi campo visual estaba ya dominado totalmente por las espirales.

Al entrar al auto, ya no podía ver la realidad, lo único que veía era un cuadro como si estuviera frente a una pantalla de cine. Y en el cuadro solo se proyectaban miles de espirales en movimiento, estas espirales habían adquirido un tono rosado.

Yo soy siempre algo

Y pensé. ¿Qué es el tiempo?

El tiempo es movimiento y depende de tu ubicación. Me dijo la voz.

¿Mi ubicación? ¿Se referiría a mi ubicación dentro de este mar espiral? En ese momento estaba totalmente lúcido, escuchaba los ruidos de la calle, la música, escuchaba a Daniela hablar por teléfono. Pero mi campo visual era un mar de miles y millones de espirales de distintos tamaños. Y de pronto todos los ruidos cesaron.

Estaba sumergido en este líquido espiral. Todas rotaban, había grandes y pequeñas miles y millones, de espirales de color rosado. Girando como engranes. Interconectadas.

Yo traté de ver mis manos, pero solo había espirales frente a mí.

De lo único que estaba seguro es que tenía un punto de vista.

La espiral más grande puede ser la más pequeña y la más pequeña se vuelve la más grande. Dijo la voz.

Y de pronto enfoqué mi atención en una pequeña espiral, y esta mientras giraba comenzaba a crecer y crecer hasta abarcar todo mi espacio visual, hacia cualquier punto, y de pronto veía que estaba compuesta de miles de millones de pequeñas espirales.

Volví a enfocar mi atención en una pequeña al azar. Y esta comenzó a crecer mientras giraba, hasta abarcar todo cuanto podía ver. Fue una sensación escalofriante, porque sentí que nada tenía ya sentido.

La distancia entre la espiral más grande y la más pequeña es de solo un giro. Dijo la voz.

Y volví a sumergirme en la inmensidad espiral en movimiento, en los octágonos engranados que con su movimiento afectaban a todos las espirales octagonales que los rodeaban.

Millones de espirales, que fluían modificando su tamaño.

Y yo sentía que la consciencia de mí mismo comenzaba a desvanecerse. Solo veía espirales y espirales, y perdía poco a poco el rastro de lo que yo podía significar en aquel mundo.

Traté de aferrarme a una espiral enfocándola. Pero esta pronto crecía y crecía hasta abacarlo todo y de nuevo estaba frente a las millones que la formaban.

Volvía a enfocar y volvía a sumergirme más y más.

Entonces sentí el latido de mi corazón como un ritmo. Y pensé.

¡Yo soy!

¡Yo soy siempre una espiral!

No importa cuántas espirales vea frente a mí, yo siempre seré una. Grité en mi interior.

Y en ese momento, volví a la realidad.

Daniela seguía hablando por teléfono mientras conducía. Y yo me vi mis manos, toqué mi cuerpo. Estaba ahí. Yo era. Ya no veía ninguna espiral. Solo el mundo tal cual era, tal cual yo lo recordaba. Había sentido como si hubieran pasado años. Pero al parecer apenas habíamos salido del estacionamiento.

Suspiré y traté de pensar en otra cosa para olvidar lo que me acababa de suceder. Y en ese instante me volví a adentrar en el mundo espiral.

Y de nueva cuenta trataba en vano de aferrarme a una espiral pero se volvía una imagen imposible de enfocar por su tamaño.

Yo soy, yo soy siempre una. Volví a gritar en mi interior.

Y la realidad invadió todo mi campo visual y recuperé mi percepción normal.

Cuando volví a entrar en el mar espiral. Pregunté harto ¿Qué es esto?

Es el devenir. Respondió la voz.

Y frente a mí, se formó de nuevo esta pantalla compuesta por un centenar de espirales octagonales en movimiento del mismo tamaño.

Ya no sentía la ansiedad del mar espiral, sino más bien sentí que estaba frente a una proyección.

La dualidad

Entonces la espiral que estaba en la esquina superior derecha comenzó a disminuir su giro. Y como si fuera una ola expansiva todas las que estaban a su alrededor lo hicieron hasta que todas giraban lentamente.

De la misma manera, la misma espiral comenzó a girar sobre su eje a mayor velocidad de rotación y como si fuera una piedra que cae sobre el agua, las demás comenzaron a aumentar su rotación.

Una de estas espirales se salió de su encuadre y como si fuera una proyección en 3d, se acercó hasta situarse a unos centímetros de mi punto de vista.  Esta espiral comenzó a girar más y más rápido. Tan rápido que no distinguía las comisuras de su forma espiral, y sin disminuir su impulso en un instante. Aquella forma se encendió. Convirtiéndose en un copo de luz. Una luz única, como nunca la había visto. Irradiaba todo cuento tenía frente a mí, y ese copo de luz parecía ya no se una espiral, sino que había transmutado en una nueva sustancia.

Sentí que abrí la boca, aunque no podía verme a mí mismo.  

Otra espiral que se encontraba detrás se acercó hasta colocarse de lado izquierdo del punto de luz. La espiral octagonal giraba lentamente era irradiado por la luz que desprendía su compañera.

La dualidad. Dijo la voz.

Ambos elementos parecían ser inseparables.

Fijé mi atención en esta dualidad y observé que había como unas delgadísimas líneas de luz azul y roja que los circundaban, como si uniera un magnetismo provocado por el movimiento de ambas a la luz y a la espiral.

¿Qué es lo que los une? Pregunté.

Lo que los une es el amor. Respondió la voz.

En ese momento, ambas volvieron a la pantalla, y al entrar el copo de luz, todas las espirales que giraban a su alrededor se transformaron en luz, cegándome por completo.

Pensé que sería el final. Y pregunté. ¿Qué debo hacer?

Haz lo que tengas que hacer. Dijo la voz.

El encuentro con la Dualidad

Querétaro 2001

Roy, Roy, no, espérate. Wey. Hubieras visto. Este compa que nos limpió el parabrisas. Lo hubieras visto. Desplegó de una manera la espuma sobre el cristal que junto con la música que me puso el Edson.

Roy, Roy. No, es que no me entiendes, mi Roy.

Entraron a «la casita del terror», Nacho Mágico y Edson quien puso en la mesa de la sala un bote lleno de galletas de chocolate, y se sentó pesadamente en el sillón azul con una sonrisa tan amplia como su postura.

Roy, Roy ¿Dónde está panchita?

No sé, aún no llega.

¡Panchita, panchita! Empezó a cantar Nacho Mágico

Roy, tienes que probar las galletas.

Nacho Pilas, caminó hasta el fondo de la casa, trajo dos caguamas y las destapó.

Nacho Mágico nos volvió a contarnos su experiencia con el limpiaparabrisas mientras Nacho Pilas y yo probamos las galletas.

Edson se me quedaba viendo riendo. No podía no hablar. Pero puso la misma expresión que cuando teníamos diez años y estaba a punto de hacer una travesura.

Cuando me terminé la galleta solo me hizo la seña con sus manos. Como diciendo, ¡híjole la que te espera!

De pronto me comencé a sentir extraño. Ellos sabían que no fumaba porque volaba muy rápido, desde aquella vez en la selva de Xilitla.

¿Qué le pusieron a las galletas? Dije.

Edson rió a carcajadas con la caguama en mano.

Están buenas. Dijo Nacho Pilas.

Roy, Roy, dame un abrazo. Mira es que no entiendes, te tienes que relajar mi Roy. Me decía Nacho Mágico, y como era su costumbre comenzó a hacer palmas y cantar flamenco.

Se escuchó la puerta de la casa.

¡Panchita!

¡Hay Gasho! Que hacen aquí. Que gusto. Nachito. ¡Hay Edson! ¿Y esa pose sangrón?   Dijo Daniela.

Aquí tranquilo Güera, te estábamos esperando, les trajimos un regalito.

¡No! Le grité. Si vas a manejar a tu casa, mejor que no comas galletas.

¿Pero para que se va? Mejor que se quede aquí. Dijo Edson ¿A poco no carnal? Dijo mirando a Nacho Pilas.

El otro parecía monstro come galletas.

Edson soltó otra carcajada.

Yo me empecé a marear. No me sentía muy bien.

Rojo. Me dijo Daniela. Voy a ir por un juego de mesa a casa de un amigo, ahorita vengo.

Voy contigo, porfa, necesito salir.

Pues órale vámonos.

Weyes, ahorita vengo, no vayan a quemar la casa. Porfa.

Edson se río de nuevo. No te vayas carnal, se va a poner bueno. Me dijo.

Pilas, ahí te encargo. Le dije. Pero el Nacho Pilas ya estaba en otro lugar.

La sombra

Cuando llegamos a la casa del amigo de Daniela, le dije que prefería quedarme en el auto.

Pero ya me conoces, me voy a poner a platicar, te juro que no me tardo Gasho.

No te apures, Aquí estoy bien.

En su coche habíamos dejado el cd de Moby Songs 1993- 1998, lo puse y lo adelanté hasta que la canción de Hymn comenzó a sonar.

Frente a mi había un enorme árbol, justo a un costado de la casa a la cual había entrado Daniela. Un Farol a unos cincuenta metros detrás del auto apenas iluminaba la calle.

Mientras contemplaba la escena apareció un gato, dio una vuelta por el patio de la casa y se subió a la barda de la casa, justo entre el árbol y la puerta de entrada.

De pronto una ráfaga de aire movió las ramas del árbol, esto accionó el sensor de la lámpara que estaba sobre la puerta de casa y acto seguido, el gato maulló.

El aire cesó, las ramas dejaron de moverse y la luz se apagó; entonces el felino se reclinó sobre sus patas delanteras.

Una vez más el viento movió el árbol, el movimiento accionó el farol, y el gato se levantó y maulló. Otra vez más el aire se detuvo, la luz se apagó y el gato reclinó la cabeza.

El fenómeno se repitió exactamente tres veces. Y fue tan rítmico que no percibí ninguna diferencia entre los tres episodios.

Entonces fijé mi vista en la parte superior del árbol, había algo que llamaba mi atención.

Un pequeño punto, que parecía ajeno a aquella imagen.

Era un punto borroso del tamaño de una hoja. Como si hubiese sido una basurita en mi ojo que distorsionaba la imagen, un diminuto espacio desenfocado.

Percibía el color del fondo aunque no veía con claridad. Parpadee varias veces esperando que el pequeño punto se disipara, pero seguía ahí.

Incluso me moví de un lado a otro pero la anomalía seguía ahí.

Después escuché un ligero zumbido en el oído izquierdo que me hizo girar la cabeza. Y cuando lo hice, dejé de escuchar el ruido. De nuevo, voltee hacia adelante y volví a escucharlo. Fue muy curioso. Era como si el zumbido que provenía del lado izquierdo en donde había una barda mal pintada de blanco, al momento que giraba mi cabeza para inspeccionar su origen, se desvanecía.

Vi la sombra de un animal que se proyectaba en la barda blanca. Estaba sentado en sus patas traseras, tenía las orejas puntiagudas y el hocico largo, como un perro grande, un lobo pero no tan lanudo, más fino. Podría decir que parecía un coyote.

Y en ese momento, escuché una voz.

¿Estás listo? Me preguntó la voz.

Se me erizaron los cabellos, pero por alguna razón la simplicidad de las escenas anteriores me había sumergido en una quietud gratificante.

Sí, estoy listo respondí.

Así empieza. Dijo la voz

Octágono espiral

Mire al frente y el pequeño punto que había visto antes comenzó a girar sobre su eje. A la distancia parecía del tamaño de una hoja del árbol, pero era plano y translúcido, y lo percibía por la distorsión de color que producía sobre las hojas del árbol. Era como si estuviera superpuesto a la imagen de la realidad que percibía.

Lo vi rotar y el objeto se desplazó hacia mí lentamente, haciéndose más grande mientras se acercaba hasta que se situó justo delante del parabrisas del coche.

Así lo pude ver más claramente. Tenía unos diez centímetros en su base y de forma octagonal.  Era muy delgado, tuve la sensación que solo tenía dos dimensiones, como una hoja de papel, pero parecía no tener color. Solo distorsionaba la imagen de fondo y giraba de derecha a izquierda.

Y así como se había acercado, el octágono se volvió a su posición original cerca de la copa del árbol sin dejar de girar.

Y como una ola expansiva, otros octágonos comenzaron a aparecer rodeando al primero, miles, y miles de pequeños octágonos rotando sobre su eje. Se apoderaron de todo mi campo visual. La casa, la calle, el árbol, la barda, el gato, el auto, el parabrisas, mis manos, todo estaba impregnado de miles y millones de diminutos octágonos giratorios.

Curiosamente todos giraban a un ritmo ligeramente diferente.   

No sentía miedo, más bien estaba en un estado de total admiración hacia lo que estaba presenciando.

Y entonces de nueva cuenta, el mismo octágono inicial, se desprendió de su posición original y se acercó hasta detenerse a unos centímetros del parabrisas del auto.

Mientras giraba, el centro del octágono se comenzó estirar como un cristal líquido y espeso. Como si algo estirase del centro de la figura hacía arriba y hacia abajo, se comenzó a dibujar la silueta de dos conos que compartían la misma base. El octágono adquirió volumen.

Pero mientras giraba con lentitud la base, las puntas de ambos extremos cónicos parecían no hacerlo. Por lo que el efecto produjo unas hendiduras en aquel cristal formando una espiral.

Una vez que la espiral estuvo completa, la figura rotó noventa grados, y colocó la punta superior de la espiral hacia mí. Sin dejar de rota, y vi que seguía teniendo la forma octagonal en la parte más ancha de la figura, en su centro.

De nuevo, la figura volvió a rotar noventa grados y pude ver la espiral cristalina que giraba frente a mí.

Universo espiral

En un instante la espiral regreso a la copa del árbol. Dio un giro y como una oleada, todos los octágonos que componían mi campo visual, se transformaron en espirales. Miles, millones de espirales componían todo cuanto yo veía.

Y tuve la impresión que el manera rítmica en la cual se movían iban componiendo los diferentes tonos y colores de todo lo que me rodeaba. Fue tal la armonía con la que estaba rotando que sentí que las espirales se integraban a la realidad y en momentos eran imperceptibles, y por momentos se volvían más obvias para mí.

Tuve la sensación de que siempre habían estado ahí, pero nunca hubiera reparado en su existencia.

En ese momento Daniela salió de la casa, la luz se prendió y el gato se estiró y bostezó.

Ella entró de lo más normal en el auto, y yo podía verla compuesta por millones de espirales translucidas que giraban.

¿Te sientes bien? Estás pálido. Yo solo pude asentir.

Ella puso en marcha el motor y arrancó. Aquello fue un espectáculo indescriptible, miles de espirales giraban rítmicamente frente a mí componiendo todo cuanto veía.

Y tuve miedo. Miedo de morir. Miedo de que tal vez estuviera a punto de cruzar el último umbral al percibir tal despliegue de belleza y plenitud. Miedo del contraste, de los opuestos.

Y si esto es la realidad, entonces ¿Qué es el bien y que es el mal? Pensé mientras veía aquella noche espiral.

Observa. Dijo la voz

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