13. El castillo medieval

Natacha me abrazó y sujetó mi cabeza en su regazo. No te preocupes Ro, todo está bien. Me dijo mientras yo escuchaba como la lluvia golpeaba con fuerza el tejaban en donde pasaríamos la noche en la selva de Xilitla. No te apures, volvió a decirme, solo es tu imaginación, lo que te está pasando, solo está en tu mente. Sus palabras me tranquilizaron, era cierto. Todo lo que estaba ocurriendo estaba solo en mi mente. La luz espiral que desprendían los sonidos, la parálisis momentánea de mi brazo izquierdo, las palabras de mezcalito que salieron de mi boca con otra voz que no era la mía, las visiones del desierto. Si, ella tenía razón, debía de tenerla. Todo estaba en mi mente, solo eso. Solo eso me repetí en silencio.   Dime que es lo que ves ahora. Me preguntó Natacha mientras me abrazaba. Veo una construcción en piedra parece una muralla de unos treinta metros de alto, veo que tiene torres redondeadas que la flanquean, me da la impresión de que es una fortaleza medieval. Entre dos torres veo una gran puerta de madera. Entro por la gran puerta de madera que parece entre abierta.  En el interior veo que está decorada con alfombras que cuelgan de las paredes, no veo a ninguna persona, sigo avanzando. Hay una gran escalera, subo, y llego a un pasillo que se extiende en dos direcciones bordeando la muralla.  Giro hacia la derecha y continúo. Al fondo se percibe una tenue luz, me acerco más y veo que salen del umbral de una puerta. Me acerco y la empujo. Veo una habitación circular, parece que es la habitación de la torre,  dentro hay una mujer que está mirando por la ventana medieval hacia el horizonte, no parece haber nadie más en la habitación, ella se cepilla lentamente el cabello, tiene  el cabello largo hasta la cintura y lleva un vestido verde. Se detiene, creo que ha reparado en mi presencia, voltea hacía la puerta. Eres tú. Tienes el semblante triste. Tienes lágrimas en las mejillas.  Mi visión se mueve y comienzo a elevarme, veo la torre desde lo alto mientras mi visión asciende. Veo el castillo en la penumbra, el sentimiento de soledad de tu mirada me permea y siento que no hay nadie en el castillo, que no hay nadie en el bosque que lo rodea, sigo ascendiendo, parece que no hay nadie a cuarenta kilómetros a la redonda. Natacha me sueltó. ¿Por qué dijiste eso? Me preguntó. No sé. Le dije. Natacha se dio la media vuelta y enfilo hacia el camino de piedra bordeando el río fuera del tejaban.

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