2. En el Café del Fondo

Yo estaba desayunando mis enchiladas con bistec muy tranquilo cuando te vimos pasar con una pelirroja a través de los barrotes de la ventana del Café del Fondo. Dijo Nacho.   Mi segunda imagen fue cuando los vi entrar por la puerta. ¡Ya valió madres¡ Pensé al ver a Natacha. El Rodraz estaba de espaldas a la puerta así que no vio esa la imagen espectral de la güera. La vi reflejada en la cara que pusiste carnal, no te apures. Reí. Traía unas pantalones kaki con bolsas a los costados, una blusa color marrón estilo hindú y un buen de pulseras en sus brazos, y en el cuello un colguije hecho de bolitas de madera que olía a flores. ¿Qué tal la idealiza este wey? Era un rosario tibetano de sándalo por eso olía así dijo Edson.   El asunto es que olía muy bien. Si a diferencia de nosotros que no teníamos agua en la casa. Le dije. Equis, déjame terminar con la escena. Dijo Nacho y entre tanto tomó otro sorbo del mezcal que Edson le acababa de servir. Cuando se sentó en la mesa con nosotros vi perfectamente como se le dilataron las pupilas. ¡Ah, si wey! No inventes Nacho. ¡Me cae¡ Ya sé que no me crees, pero yo la vi. No mames, veníamos del solazo y ustedes estaban refundidos en una esquina, como no se le iban a dilatar los ojos. Pues yo no vi que los tuyos se dilataran. Dijo Nacho, Edson y yo reímos a carcajadas.    Pinche Nacho, yo tengo los ojos negros carnal. Nacho tomó su vaso y se levantó. No, no, no, no me van a quitar esa ilusión. Ella estaba acostumbrada al sol, eso no fue por el cambio de luz. Reímos aún más. Pero si Natacha es francesa, como va a estar acostumbrada al sol. Le dije. Además eso no es de costumbre. Ni madres. Y se bebió de un solo sorbo su vaso. Ella ya tenía rato en México y estaba acostumbrada al sol de acá. Creo que apenas llevaba una semana en Monterrey antes de bajar a Querétaro. El asunto es que, entre Natacha y yo hubo química desde que cruzamos miradas a través de la ventana del café del fondo. Lo dice el latin lover. Dijo Edson mientras Nacho se arreglaba la camisa. Más bien yo creo que la espantaste carnal. Dije. La espantaron querrás decir. Yo si me había bañado. Le dije a Edson. ¡A cubetadas! Pero si ni jabón tenían en la casita del terror. Nos dijo Edson. Claro que sí. Dije. El jabón Zote que habían dejado mis antiguos roomies. ¿Esos que tenían al perro todo horrible? Si se habían ido una semana antes, lo bueno es que entre el Nacho y yo arreglamos un poco porque la casa estaba hecha un desmadre. ¿Te acuerdas? Preguntó Nacho.  No, no quiero ni acordarme, y ni menciones lo que vimos en el baño. Pinches locos. Deberían de agradecerme que los invité a la casa esa noche a cenar, porque no tenían ni para eso.  Y se les hubiera apestado el viaje.   Wey, esa decisión lo cambio todo. Además durante el trance te vi, fue algo muy loco que te tengo que contar. Le dije a Edson. Ah pinche Rodraz, ya vas a empezar a filosofar. Salud carnal. ¡Salud!

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3. Verano en Querétaro

Julio del 2000. Ese último café con leche combinado con el pan remojado en salsa roja caliente a las nueve de la mañana. Siempre provocaba una primera advertencia por ahí de la esquina entre Madero y Juaréz frente al jardín Zenea en Querétaro. Y al segundo retortijón comenzábamos a apretar el paso, pero ya a la altura del Ángela Peralta corríamos para ver quién llegaba primero al baño de la casa de Pasteur 64. Vamos a la casa y luego te enseñamos la ciudad. Le dije a Natacha sin disimular mi apuro. Mira este es el museo Regional. Dije corriendo.   Y este es el templo de San Antonio, pero nunca hemos entrado. Gritó Nacho. ¡No mamés no llego! ¿Traes la llave? Aparto primero. ¡Ni madres! Mira este en este bar se pone bien, podemos venir. Abre la puerta. Ja ja. Ah ah gritó Natacha. Los tres nos empujábamos para entrar. Corrimos por el pasillo de la casa hasta la segunda puerta de madera que casi rompemos. Entró primero Nacho al cuarto y alcanzó a abrir la puerta del baño. ¡Pinche wey! Pero le apuras. Natacha daba pequeños brincos y reía sin parar. ¿Aquí viven? Mientras recorría la habitación con su mirada. Sí, aquí vivo. ¿Y Nacho? Él llegó a pasar el verano. Il est trés cool ta maison. Me dijo. Gracias respondí desde el baño. No es mía, la rento. ¡Pinche Nacho! hubieras prendido un cerillo, le grité. Pásame un cigarro no seas así. Nacho prendió uno para él y le me tendió uno por la ventana del patio. Que lindos azulejos tiene el piso, forman figuras ya las vieron. Dijo Natacha cuando le tocó su turno en el baño. Si, es una historia. Le contestó Nacho. Nos tiramos a descansar un momento en los sillones mientras Natacha recorría la pequeña casa. ¿Y qué hacemos? ¿Por qué no vamos al museo de la ciudad y luego vemos si hago el Rosalío Solano? Igual y nos deja entrar gratis. ¡Ándale! ¿Y no cierran con llave su casa? No, ¿qué van a robar? A lo mejor hasta nos dejan algo. ¿A poco no son una broma el ancho de estas banquetas? Le preguntó Nacho a Natacha. Ya vas a empezar. Le dije. Tengo la idea de crear una serie de fotos con las banquetas absurdas de Querétaro. ¡No manches! Son ridículas. Pasamos toda la tarde juntos y a entrada la tarde nos fuimos caminando hacia la casa de Edson. ¿Ya conocen Real de Catorce? Nos preguntó. Yo No. ¿Y tú? Tampoco ¿Y tú? No, pero me recomendaron ir.   Es el nombre de un grupo ¿no? Dijo Nacho No seas wey! Es un pueblo fantasma en San Luis Potosí. Ah, no, pues no lo conozco. ¿Y que hay ahí o qué? Dijo Nacho. Peyote. Dijo Natacha. Los tres callamos. Edson abrió la puerta de su casa. Ya se habían tardado, ¿En dónde se habían metido?

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