Los últimos días del abuelo tolteca

¡Enrique! Gritó mi abuelo en la madrugada, su lamento avanzaba entre las paredes viejas de la casa, como si fuera una bruma que buscaba a mi padre entre cuartos y pasillos hasta disolverse por completo en un silencio agotador. Los perros ladraron y las luces del cuarto de mis padres se prendieron.

Por la mañana en el desayuno mi madre nos preguntó.

¿Escucharon en la madrugada los lamentos de tu abuelito?

¿Qué tal Enrique? cuéntales a los niños.

Hay hasta se me enchinó el cuero. Dijo mi papá.

¡Pérate! Que cuando entramos a su cuarto a las tres de la mañana. Continúa diciendo mi madre.  Abrí un poquito la cortina para que entrara la luz del patio. Y que me dice.  

Sonia, ¿Cuántas veces les he dicho que no me gusta que entre la perrita a la casa? Y que me le quedo viendo a tu papá. Les he dicho que cierren bien la puerta de la cocina antes de dormirse. Nos dijo tu abuelito. Pero Don Ricardo, estaba cerrada. No, no, no. Clarito escuche como la perrita la abrió poco a poco la puerta con el hocico y luego se vino directo a mi cuarto. ¡Ya sabe cómo es la Camila! Esa perrita traviesa. Estaba llena de lodo, se me subió a la cama y luego se puso a jugar con la ropa. Mire nada más como dejó el cuarto. Y tu papá le dice. ¿Y a dónde se fue? Esta debajo de la cama, ¡Sáquenla por favor¡

Tu papá me miró,  salió del cuarto y fingió llamar a la Camila para que saliera debajo de la cama. Hasta que tu abuelo suspiró, yo lo tapé bien con sus cobijitas, cerré las cortinas y la puerta para que se durmiera.

Mi hermana se levantó de la mesa sin terminar su desayuno y se fue al baño a limpiarse las lágrimas. Y mi hermano le dijo a mi mamá con ojos húmedos. ¿Y no le dijeron a mi abuelito que a la Camila la atropellaron ayer y se murió? Mi madre negó mientras daba un sorbo a su café con leche.