4. Camino al desierto

Pues fue tu culpa. Dijo Nacho tomando un puñado de la botana que Edson acababa de poner sobre la mesa.

Mi culpa, ¡ha chinga! Échale la culpa al guapo. Pues yo me acuerdo que les dije. Ahí les encargo a la güera yo me voy a trabajar. Le repuso Edson.

¡Pues por eso! Si ya sabes cómo somos, para que nos dejas solos.

Y aparte, yo los invité a cenar esa vez. Edson dijo tomando cacahuates.

Mas bien nos lanzaste un busca pies. Dijo Nacho.

!Ah huevo¡ para supervisarlos, pobre de la güera, la dejé con un par de viejos cocodrilos.

No inventes. Dijo Nacho. Natacha tenía veintinueve y nosotros apenas veinticuatro.

¿Nosotros? Le dije a Nacho. Yo tenía veintitrés.

Hay wey, para el caso es lo mismo. Ella tenía mucho más colmillo que nosotros.

Más mundo diría yo, pero ustedes son de lo peor. Respondió Edson arrastrando la última r. Por eso los invité en la noche, para vigilarlos.

Pero si te quedaste dormido a las tres copas, carnal! Dijo Nacho y reímos.

Pues yo tenía que ir a trabajar temprano, no como ustedes bola de huevones.

Pero bueno cuéntame cómo estuvo, que hicieron después de que me fui a trabajar. Nos preguntó Edson.

Wey! Nos pusimos muy locos. Te acuerdas cómo se ponía Nacho cuando le dabas un yogur de fresa. Bueno, así, pero los tres al mismo tiempo.

No mames! Que cagado, a no me acordaba de eso.

Están bien locos. ¿Y entonces si se fueron con Natacha a Real de Catorce?

¡Pues si! Le dijo Nacho mirando al piso y con la cerveza en mano.

¡Hay cabrones! ¿Y en que se fueron? Nos preguntó Edson.

Pues para no hacerte el cuento largo, al día siguiente de que nos quedamos en tu casa tomamos el bus rumbo a san Luis Potosí, luego agarramos otro a Matehuala y de ahí uno a Real de Catorce.  Dijo Nacho.

¿Y luego? nos preguntó con una mirada acusadora.

Nacho y yo nos volteamos a ver.

¡Hijos de la chingada! Gritó Edson con su cerveza en mano. ¿Echaron espadazos?

Al segundo día que pasamos en Real de Catorce, nos fuimos trepados en el toldo de un viejo jeep hasta el desierto, y de ahí, caminamos varios kilómetros en línea recta hasta una zona en dónde crecían unos pequeños arbustos. Empencé a relatarle a Edsón nuestro viaje.

Se me hace que por aquí es. ¿Alguno de ustedes conoce el peyote? Pregunté.

Yo no.

Yo tampoco. Nunca lo he visto más que en un dibujo. Dijo Natacha.

¿Y si nos dividimos y nos vemos en aquella yuca que sobre sale a lo lejos para comer? Dijo Nacho.

Me late.

Venga, hasta ahora. Dijo Natacha.

Yo me detuve para tomar agua y saqué mi navaja con las dos sonajas de ayoyote que me había regalado mi abuelo. Y no sé muy bien porqué. Pero mientras hacía sonar las sonajas, comencé a repetir. Quiero que me enseñes, quiero que me enseñes. Varias veces mientras movía las sonajas y caminaba lentamente. No hube andado ni cinco metros cuando advertí un grupo de tres cactus color esmeralda que crecían en la base del matorral.

Los recolecté y como no tenía espacio en la mochila, lo que hice fue extender mi playera hacia adelante y guardarlos ahí.

Continúe del mismo modo y al poco ya no podía recolectar más. Entonces vi que Nacho a lo lejos me hacía la seña, y ambos nos dirigimos hacia la Yuca.

Cuando nos vimos, él y yo traíamos casi la misma cantidad de plantas.

!No maches¡ están por todo lados. Me dijo Nacho.

Y entonces llegó Natacha de mal humor. No sé porque venimos aquí, si aquí no hay nada, tengo sed, y hambre y no hay peyote aquí.

Nacho y yo nos la quedamos viendo sorprendidos con las manos llenas. Ella se nos quedó mirando y se enojó aún más. Y comenzó a caminar alejándose de nosotros.

¡Espera Nat! Dijo Nacho. Mira vamos a búscalo juntos, yo los alcancé. Nacho y yo nos miramos sorprendidos. Y le hice señas a mi amigo con la mirada señalando un conjunto de por lo menos 6 cactus en la base de un matorral. 

Porque no buscas por aquí, a lo mejor encontramos uno. Le dijo Nacho.

Natacha paso a escasos centímetros de los cactus y mantenía la mirada baja buscándolos. Y para nuestra sorpresa no los vio. Nacho y yo vimos eso y abrimos la boca.

Pero si aquí no hay nada ya se los he dicho.

A lo mejor no estás buscando bien. Dijo Nacho mira son así, son pequeños y están al ras del piso, apenas sobresalen.

Y mientras Nacho y yo veíamos que el lugar estaba repleto de cactus a nuestro alrededor. Ella no lograba verlos.

Nacho alcanzó a tranquilizarla y le ayudo a encontrar algunos casi guiando sus manos.

No dijimos nada para no enfurecerla más y que se le pasara el mal rato, pero mi amigo y yo nos mirábamos estupefactos.

Llegamos hasta la Yuca e instalamos una pequeña lona en el piso para sentarnos. Sacamos la estufa y preparamos unos frijoles que nos supieron a gloria y de repente surge entre los matorrales un niño de unos catorce años. Vestía un pantalón desgastado y camisa color hueso. Su mirada era muy profunda y penetrante, y su tez era casi inexpresiva.

Hola amigo. ¿Quieres comer con nosotros? Le Dijo.

El niño continuó observándonos sin expresión alguna.

Amigo. Tienes sed ¿Quieres agua? Le pregunta Nacho.

Caminó unos pasos hacia adelante mirando fijamente a Natacha casi sin pestañear.

Hola, ¿Te quieres sentar con nosotros? ¿Cómo te llamas? Le dijo Natacha.

El chico continuó mirándola sin hablar, por unos minutos mientras comíamos, entoncés Natacha empezó a incomodar por aquella extraña mirada. Hasta que no pudo ocultar su malestar.

¡Vete! Le gritó ella. ¡Ya no me veas! ¡Vete!

Natacha se puso de pie y caminó en sentido contrario. Yo la acompañé y Nacho se quedó tratando de disuadir al chico de seguir mirándonos.

Hasta que en algún punto el niño simplemente se dio la vuelta y se marchó hasta perderse de nuestra vista.

El incidente nos dejó pensativos un rato y faltaron varias bromas y trucos de Nacho para que a Natacha se le pasara el mal trago.

Después ya al anochecer, hicimos un pequeño fuego, y nos quedamos recostados viendo como aparecían las estrellas.

Creo que nunca había visto la vía láctea tan clara.

Les tengo una sorpresa, no se levanten hasta que yo les diga. Nos dijo Natacha, se puso de pie y fué hasta su mochila a buscar algo mientras Nacho y yo seguíamos contemplando las estrellas.

Listo, ya pueden voltear. Nos dice Natacha. Nacho y yo nos sentamos pero no se veía absolutamente nada, salvo las brasas encendidas.

Y de pronto a unos diez metros de nosotros se ve una pequeña llamarada en la oscuridad. Natacha había encendido unas bolas sujetadas por unas delgadas cadenas de metal del lago de sus brazos. Sujetó una con cada mano y comenzó a bailar mientras giraba ambas pelotas de fuego a gran velocidad sin que chocasen. Realizó varios trucos rítmicos circulares con el fuego, y que dibujaban sutilmente la silueta de Natacha. La imagen era espectacular, porque al fondo se podían ver la silueta de las montañas enmarcadas por las estrellas, y líneas de fuego que semejaban una serpiente de luz espiral. Nacho y yo no pudimos articular palabra.

Minutos después se apagaron las cadenas, y solo se escuchó el aire que hacían pelotas carbonizadas que dibujaban la oscuridad sutiles líneas ardientes. Hasta que Natacha se detuvo. Nacho y yo aplaudimos.

Ella se acercó y nos abrazó a los dos, fue un momento de tensa calma. Después de un momento nos separamos y ellos seguían sujetándose las manos. Mientras yo los veía.

¿Quieren un café? Nos dijo.

Si por favor. Dije casi  en tono de súplica.

Nacho sirvió las tazas y los tres nos sentamos de espaldas uno al otro. Entonces cuando acabamos de beber, Natacha se pone de pie, y minutos más tarde regresa y nos da a Nacho y a mi tres botones de peyote sin decir nada. Se vuelve a sentar y comienza a masticar un bocado.

El sabor era extremadamente amargo. Tanto que incluso me dolieron las encías. ¿Si serán estos? Pregunté. Si estoy segura, dijo Natacha.  Comimos y poco después nos pusimos de pie, entre el café y los cactus tuvimos un momento de mucha energía en donde nos pusimos a intentar Nacho y yo a aprender a dominar lo que Natacha llamó. Las pois. Que según nos contó había aprendido a bailar en su viaje por Oceanía.

Después nos recostamos a tratar de ver una estrella fugaz. ¿Sienten algún efecto? Preguntó Natacha.

No, ¿y tú? Pues no, yo tampoco. Pues nos debíamos de haber equivocado. Pues a lo mejor sí. Y continuamos nuestra búsqueda estelar. Hasta que en algún momento de la noche me quedé dormido.

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