Café del Fondo, Centro histórico de Querétaro, 10 de julio 2000.

Ese último café con leche combinado con el pan remojado en salsa roja caliente a las nueve de la mañana. Siempre provocaba una primera advertencia por ahí de la esquina entre Madero y Juárez frente al jardín Zenea.

Y al segundo retortijón comenzábamos a apretar el paso, pero ya a la altura de la calle Ángela Peralta corríamos para ver quién llegaba primero al baño de la casa de Pasteur 64.

Vamos a la casa y luego te enseñaremos la ciudad. Le dije a Natacha sin disimular mi apuro.

Mira este es el museo Regional. Le dije mientras corría

Y este es el templo de San Antonio, pero nunca hemos entrado. Gritó Nacho.

¡No mames! ¡No llego al baño!

¿Traes la llave?

Aparto primero el baño.

¡Ni madres! Mira este en este bar se pone bien, podemos venir.

Abre la puerta. Ja ja.

¡Ah! gritó Natacha.

Los tres nos empujábamos para entrar.

Corrimos por el pasillo de la casa hasta la segunda puerta de madera que casi rompemos.

Entró primero Nacho al cuarto y alcanzó a abrir la puerta del escusado.

¡Pinche wey! ¡Pero le apuras!

Natacha daba pequeños brincos y reía sin parar.

¿Ustedes viven aquí?

Ella comenzó a inspeccionar la casa con la curiosidad de un gato. Tocó las paredes blancas que descarapelaban por la humedad. Entró en la primera habitación mientras elevaba su mirada para observar el techo de doble altura rematado con vigas de madera. Yo la veía desde el pasillo aguardando a que Nacho saliera del baño. Miró con detenimiento los dos sillones color azul, y la fotografía tamaño cartel que colgaba en la pared. Pasó sus dedos por  el escritorio de madera, y hojeó los libros que había encima.

Se detuvo frente a la ventana vertical que iluminaba la pieza y dejaba entrar el ruido de la calle. Sujetó los barrotes de hierro forjado la separaban del ambiente de la calle adoquinada. Miró hacia el otro lado y caminó lentamente hasta la pequeña puerta que comunicaba con la segunda habitación, escuché cuando puerta se abrió a su paso.

Esa habitación era más oscura, pues no tenía ventanas, solo otras dos puertas. Una daba al baño y otra al pasillo. Y me imaginé como la recorrió con calma. Ahí dentro solo había un colchón con un sleeping bag, un pequeño closet con fotografías en blanco y negro, una cámara réflex, un viejo estéreo tocacintas y una mochila de campamento.

Natacha salió al pasillo sin mirarme y caminó en dirección contraria a la entrada. Llegó hasta un pequeño solar interior que comunicaba con dos pequeños cuartos exteriores y la ventana del baño. Al fondo vio un lavadero lleno de envases vacíos de cerveza. Entró en el cuarto del fondo, en donde había solo una estufa y un refrigerador. Salió y entro en la otra habitación, en donde se extendía un colchón sobre el suelo, encima de él había un sleeping y más libros.

Sí, aquí vivo le respondí mientras la miraba.

¿Y Nacho? Me preguntó hojeando los libros.

Vino a pasar el verano a Querétaro.

Il est trés cool ta maison. Me dijo.

No entendí muy bien que dijo y solo elevé los hombros. Nacho salió y me apuré a entrar. No es mía, la rento. ¡Pinche Nacho! hubieras prendido un cerillo, le grité. Pásame un cigarro no seas así.

Nacho prendió uno para él y le me tendió uno por la ventana del baño.

Unos minutos más tarde Natacha nos dice desdeelbaño. Que lindos azulejos tiene el piso, forman figuras ¿ya las vieron?

En efecto, el suelo del baño lo habían hecho con los retazos de otros mosaicos de diferentes colores y formas. Supongo que para tratar de ahorrar dinero pero a la vez para hacerlo más colorido.   

¡Sí! ¡Es una historia! Le contestó Nacho acostado en el sillón, como si su ojo de estudiante de diseño gráfico los conociera a la perfección.

¿Y qué hacemos después?

¿Por qué no vamos al museo de la ciudad y luego vemos si hago el Rosalío Solano? Igual y nos deja entrar gratis.

Poco después salimos los tres a la calle.

¿Y no cierran con llave la casa? ¿O la ventana?

!No! Le respondí, ¿Qué van a robar?

A lo mejor hasta nos dejan algo. Dijo Nacho, caminando por la esquina de la acera.

¿A poco no son una broma el ancho de estas banquetas? Le preguntó Nacho a Natacha.

Ya vas a empezar. Le dije.

Tengo la idea de crear una serie de fotos con las banquetas absurdas de Querétaro. ¡No manches! Son ridículas.

Natacha sonrió. ¿Han viajado alguna vez a Francia?

No, yo nunca he ido.

Yo tampoco.

Espero terminar la carrera y poder ahorrar para ir a Europa.

Sí, pero primero Latinoamérica. Me late más dijo Nacho.

Ese día la pasamos recorriendo el centro de Querétaro, sus museos y sus callejones, entre gritos y risas.  Por la tarde nos fuimos caminando hacia la casa de Edson que quedaba a las afueras de la ciudad cerca del Estadio de Futbol corregidora.

En el camino entonamos la canción de Santa Lucía, no estaba de moda, pero tal vez la habíamos escuchado en algún lugar y comenzamos a cantarla. La letra era fácil aunque no tenía mucho sentido, pero igual la cantamos.  

¿Ya conocen Real de Catorce? Nos preguntó Natacha.

No. Ambos respondimos.

¿Y tú Nat?

No, pero me recomendaron ir.  

¿Que no es el nombre de un grupo de rock? Preguntó Nacho.

¡No seas wey! Es un pueblo fantasma en San Luis Potosí.

Ah, no, pues no lo conozco ¿Y que hay ahí o qué? Volvió a preguntar.

Peyote. Le respondió Natacha. Los tres callamos.

En ese momento Edson abrió la puerta de su casa. Ya se habían tardado, ¿En dónde se habían metido?

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