Con un ave sobre la cabeza

Mientras viví en Barcelona en el 2007 tuve un sueño muy raro. Soñé Había un hombre caminando y de pronto un gran búho volaba hasta él y se posaba en su cabeza, el ave se mantuvo sobre el hombre hasta que este calló de costado.

En la mañana fui a la misma cafetería de siempre por un cortado. Y mientras esperaba mi café miré con desinterés la televisión. Y entonces apareció en las noticias del día (no era una repetición) que en un pueblo de Holanda había un búho muy curioso que cuando los transeúntes pasaban junto a él, el ave tenía por costumbre posarse sobre la cabeza de la gente.

Yo me quedé con la boca abierta. Estaba viendo el mismo símbolo que acababa de ver en mis sueños.

El escarabajo dorado

Un psiquiatra estaba escuchando el sueño de su paciente, quien era una mujer que no respondía muy bien a la terapia.

La mujer le habló al doctor de su pesadilla aún emocionada por lo que había visto, y en algún punto del sueño alguien le entregó un escarabajo dorado.

En ese mismo instante algo golpeó la ventana del consultorio. El doctor se levantó y fue a ver qué es lo que había sucedió.  Para su asombro vio que se trataba de un escarabajo, justo como se lo acababa de describir su paciente.

A partir de ese momento la paciente se volvió más receptiva a la terapia pues pensó que se trataba de una señal del destino.

Para el psiquiatra aquel suceso fue algo más que coincidencia.  Fue un evento simultaneo entre el inconsciente, el momento en el que se vuelve consciente a través del relato y el mundo exterior.

Como si hubiera una conexión entre la psique y el mundo físico que se manifestara a través del simbolismo.

Aquel psiquiatra se llamaba Carl Gustav Jung y clasificó a esa serie de eventos como “sincronicidad”.

Un sueño que cambiaría nuestra forma de pensar.

Una noche del año 1619  un joven francés tuvo una serie de sueños. En uno de ellos él se encontraba en una habitación, y vio como unos libros sobre la mesa se comportaban de manera extraña.

Se acercó y abrió uno de ellos, en la página pudo leer claramente que decía «Quod vitae sectabor iter?»  «¿Qué camino seguiré en la vida?».

Y mientras él intentaba enfocar lo que leía, alguien apareció en la habitación y le dijo. «Est et non«: «Si y no» «Qué es y qué no es».

El joven francés despertó exaltado, intentando resolver el enigma que se le acababa de presentar. Y durante toda su vida trató de responder a esa simple pregunta y lo que resulta de ella. ¿Cómo saber que es y que no es?

¿Cómo puedo estar seguro que esta es la realidad y no es un sueño? ¿Y si todo fuera un sueño? ¿Qué es de lo único de lo cual podría estar completamente seguro?

Ese joven francés de 22 años fue René Descartes. El padre del racionalismo.

Los últimos días del abuelo tolteca

¡Enrique! Gritó mi abuelo en la madrugada, su lamento avanzaba entre las paredes viejas de la casa, como si fuera una bruma que buscaba a mi padre entre cuartos y pasillos hasta disolverse por completo en un silencio agotador. Los perros ladraron y las luces del cuarto de mis padres se prendieron.

Por la mañana en el desayuno mi madre nos preguntó.

¿Escucharon en la madrugada los lamentos de tu abuelito?

¿Qué tal Enrique? cuéntales a los niños.

Hay hasta se me enchinó el cuero. Dijo mi papá.

¡Pérate! Que cuando entramos a su cuarto a las tres de la mañana. Continúa diciendo mi madre.  Abrí un poquito la cortina para que entrara la luz del patio. Y que me dice.  

Sonia, ¿Cuántas veces les he dicho que no me gusta que entre la perrita a la casa? Y que me le quedo viendo a tu papá. Les he dicho que cierren bien la puerta de la cocina antes de dormirse. Nos dijo tu abuelito. Pero Don Ricardo, estaba cerrada. No, no, no. Clarito escuche como la perrita la abrió poco a poco la puerta con el hocico y luego se vino directo a mi cuarto. ¡Ya sabe cómo es la Camila! Esa perrita traviesa. Estaba llena de lodo, se me subió a la cama y luego se puso a jugar con la ropa. Mire nada más como dejó el cuarto. Y tu papá le dice. ¿Y a dónde se fue? Esta debajo de la cama, ¡Sáquenla por favor¡

Tu papá me miró,  salió del cuarto y fingió llamar a la Camila para que saliera debajo de la cama. Hasta que tu abuelo suspiró, yo lo tapé bien con sus cobijitas, cerré las cortinas y la puerta para que se durmiera.

Mi hermana se levantó de la mesa sin terminar su desayuno y se fue al baño a limpiarse las lágrimas. Y mi hermano le dijo a mi mamá con ojos húmedos. ¿Y no le dijeron a mi abuelito que a la Camila la atropellaron ayer y se murió? Mi madre negó mientras daba un sorbo a su café con leche.

Los invitados

La mañana siguiente a la hora del desayuno antes de irnos a la escuela mi madre nos dice.

¿Escucharon los gritos de tu abuelito en la madrugada? Mis hermanos y yo asentimos.

Pues, total que ya bajamos hasta su cuarto, entro y prendo la lamparita de su cómoda. Hijo, ayúdame a sentarme para tomar agua, le dice tu abuelito a tu papá.

Ya que lo sienta, le do  su vasito de agua, y que se nos queda viendo. Ya sabes con sus ojos vidriosos. 

No puede ser, a ver, Sonia, Enrique no puede ser. Tanto tiempo que llevamos viviendo juntos, y saben las reglas de la casa.

Tu papá y yo nos volteamos a ver.

¿Por qué lo dice Don Ricardo? Le pregunté.

¡Hay Sonia! Ya sabe que en esta casa siempre he procurado que los invitados estén bien atendidos. ¡No hay que ser! Cuanto tiempo, cuanto tiempo viviendo juntos. Y saben que cuando una persona llega, hay que recibirla como se merece.

Tu papá y yo estábamos así como que, ¿qué?

Y que nos dice ¿Porque no atienden a los invitados que vinieron a verme?

Llevan ya rato que llegaron. Y en todo este tiempo nadie ha venido para ofrecerles una copa. ¡Voy a creer¡ no es posible.

Pero papá, de que hablas. ¿Cuáles amigos? Le pregunta tu papá. Y tu abuelito le dice más serio aún. Hay hijo, hay hijo, por favor, has pasar a los invitados a la sala y atiéndelos. Mira que venir de tan lejos y a estas horas y que no les ofrezcamos algo.

Yo le hago una mueca a tu papá, para decirle que haga lo que dice tu abuelito y le pregunto. ¿Y quiénes vinieron a visitarlo Don Ricardo?  Él me voltea a ver y me dice. ¡Hay Sonia! ¿Cómo que quienes? ¿Pues no los ve?

Es que está muy oscura la recámara y no bajé mis lentes. Le dije. Él suspira y me empieza a señalar con los ojos mientras decía los nombres de las personas que rodeaban su cama. A lado de nosotros.

Tu papá se me queda viendo y le dice. Si Papá. No te preocupes, ahorita los atiendo y hace el gesto de salir e invitar a todos al comedor y hace el ruido de sacar las botellas y vasos.

No se preocupe Don Ricardo, descanse, que bueno que vinieron a verlos sus amigos de toda la vida, ya han de haber platicado mucho. Ahora mejor acuéstese mientras los atendemos en la salsa.

Entonces tapé con sus cobijas a tu abuelito le cerré la puerta para que se quedara dormido. ¿Y luego? Le pregunté a mi mamá.  Pues que todas las personas que tu abuelito vio anche están ya muertas.

El misterioso

Recuerdo que durante dos semanas durante el verano del 97 mientras vivíamos en la casa de mi abuelo en Tula Hidalgo,  mi abuelo llamó a mi padre contantemente, algunas veces solo porque tenía sed, otras, porque quería ir al baño. Pero algunas comenzaron a ser aún más peculiares.

¿Qué estaba pasando en la mente de mi abuelo? No lo sé, pero lo más extraño, no era solo lo que veía o sentía, sino lo que pudo hacer considerando que no podía ni siquiera sentarse en la cama por sí solo. Y las explicaciones que les daba a mis padres eran de lo más simples y a la vez perturbadoras.

¿Escucharon el lamento de tu abuelo anoche? Mis hermanos y yo nos miramos asustados.

¡Si Ma!, mi abuelito grita muy feo. Dijo mi hermana Gabriela.

Pues espérate a que te cuente lo que hizo. Le contestó mi mamá mientras ponía el jugo sobre la mesa para el desayuno. Cuando entramos a su cuarto en la madrugada, nos dimos cuenta que no estaba en su cama y la silla de ruedas estaba como siempre afuera de su cuarto en el comedor.

De pronto lo escuchamos quejarse en el baño. Cuando entramos en el baño tu papá y yo, lo vimos sentado en la taza.

Entonces pues ya lo asistimos, fui por la silla de ruedas y tu papá lo sienta y lo llevamos de vuelta a su cama.

Yo le di un poco de agua y lo acosté en su cama bien tapadito con sus cobijas, y le pregunté. ¿Cómo llegó hasta el baño Don Ricardo? Se me queda viendo y me dice. Hay Sonia, pues como va a ser. Tenía muchas ganas de ir al baño y como ustedes no me escuchaban, vino una persona y me llevó cargando.

Que nos volteamos a ver tu papá y yo. ¿Y quién era papá? Pues quien va a ser, nos dice. El hombre de negro que anda aquí en la casa.

Ahora sí que me asusté con los lamentos de mi abuelito. ¡Esta cañón! Dijo mi hermano Enrique en el desayuno.

Y saben lo que hizo ayer. Le respondió mi madre.

Pues cuando entramos a su recámara en la madrugada, no estaba en la cama. Entonces tu papá y yo nos fuimos directo al baño, ¿y qué crees m’hijita? Que estaba sentado en la taza y con la silla de ruedas a un lado. Dijo mi madre mientras le servía a mi hermana unos chilaquiles verdes con frijoles.

¿Y saben qué nos dijo cuándo le preguntamos que cómo había llegado hasta el baño? Pues que muy fácil dijo tu abuelito.

Que agarró una cuerda luminosa que estaba junto a su cama.

¿Qué? ¿Pero cuál cuerda? Pregunté.

Suspiró mi madre. Pues no sé, no sé cómo pudo llegar hasta su silla y sentarse en la noche si desde hace más de un mes no se puede mover. Se me hace que le voy a pedir a tu Tía Martha que le venga a hacerle una limpia. Porque cada vez está más raro.

Veladora

¿Y no te da miedo Ma? Dijo mi hermana. Hay mi’jita, tantas cosas que he visto. Que miedo voy a tener.

No les conté cuando nos llamó en la madrugada la semana pasada. Cuando entramos a su recámara estaba pálido, pálido. Lo ayudamos a sentarse para que tomara un poco de agua. Yo hasta pensé que ya se nos iba.

Quédense un ratito conmigo Sonia, porque acabo de ver como muchas manos salían de la base de la cama y me empezaban a jalar hacia el piso. Nos dijo tu abuelito. ¡Hay mamá! Dijo mi hermana, hoy me voy a dormir a casa de Marthita y el Chato.

Hay m’hijita y no les conté cuando se brincó las sillas. ¿Qué? Preguntó mi hermano mientras se llevaba un bocado de chilaquiles a la boca y agarraba la taza de café. Y mi Papá nos ponía otras tortillas calientes en la mesa.

Esa si hasta me enchino el cuero. Dijo mi Papá. Soltando las tortillas calientes en el tortillero.

Pues que llegamos a su cuarto en la madrugada después de escuchar sus lamentos y tu abuelo no estaba en su cama. Pero, las sillas del comedor que habíamos puesto alrededor de su cama para que no se nos fuera a caer por si se rodaba estaban intactas, todas formaditas alrededor de la cama como las habíamos dejado.

Fuimos al baño y nada, prendimos la luz del comedor y nada. Y vamos de nuevo al cuarto porque lo escuchamos gemir. Estaba metido debajo del tocador de su recámara. ¿Pero cómo?  Pues no sé cómo le hizo. Tuvo que haber brincado sobre las sillas para hacer algo así porque ninguna estaba fuera de lugar. Y luego meterse abajo del tocador.

Pero si ni yo entro, dijo Gaby.  Pues imagínate. Tardamos un buen rato hasta que lo logramos sacar de ahí sin lastimarlo. ¿Y qué les dijo? Que había sido la persona que camina por la casa, y que como se lo quería llevar pues se metió debajo de la cómoda. Cómo le hizo, la verdad es que ni idea. Alguien le tuvo que haber ayudado. Eso ni tu papá ni yo lo podríamos haber hecho. Mi papá suelta una de sus sonrisas nerviosas y nos muestra su brazo. Ira, ira cómo se me pone la piel. ¡Ahijó! Quien sabe que es lo que ve tu abuelito. Pero hoy le voy a prender una veladora.

La Sustancia

Una semana después la condición de mi abuelo estaba muy deteriorada. Pero al mismo tiempo, era como si sufriera una metamorfosis. Lo que antes había sido una persona con una presencia avasalladora alrededor de la cual giraba toda familia, y también una de las personalidades más respetadas del pueblo. Ahora se estaba consumiendo por dentro, pero sin embargo su mirada expresaba un cambio. Una especie de implosión.

En esa época yo acababa de terminar la preparatoria y estaba a punto de irme a estudiar la universidad. Y cuando no estaba con Edson o Nacho, me pasaba en mi cuarto leyendo y pensando.

Mi madre me había dicho que tratara de no hacer ruido con la silla, porque como aquella habitación estaba justo encima de la recámara de mi abuelo, lo podía molestar.

De repente un día, un intenso olor a grasa quemada me sacó de la lectura, respiré pero mis fosas nasales se bloquearon, instintivamente abrí la boca y me sucedió lo mismo, no podía respirar, sentí entonces como si una masa densa estuviese ascendiendo lentamente justo en donde estaba yo sentado.

Me puse de pie por la inercia de aquella sustancia buscando aire. Hasta que unos segundos después aquella densidad se elevó más allá de mi nariz y pude respirar profundamente, y sentía como esa masa transparente se desprendía de mi cabello. 

En ese momento se abrió la puerta de la habitación con un leve crujido, mi hermana aún con el uniforme de la escuela me dijo con un llanto entrecortado.

Dice mi mamá que bajes, mi abuelito acaba de morir.

Ella dio la media vuelta y al tiempo que se limpiaba las lágrimas con una camisa que había dejado de ser blanca.

Bajé con la escalera con pesadez, estaba muy confundido y mi mente divagaba.  Observé cómo la casa comenzaba a llenarse de todo tipo de personas atraídas por la noticia que al parecer se había difundido.

Ándale hijito que necesito que me ayudes a cambiar la ropa de mi abuelo. Me dijo mi madre volviéndome de golpe a la realidad.

Respondí con un gesto afirmativo. Aunque por dentro pensaba, ¿Por qué yo? Ahí debe de andar Quique, o mi alguna de mis primas, o alguno de mis tantos tíos, y tías, o mi hermana o mi papá.

Pero no había escapatoria, antes que lo pensara mucho, mi madre me condujo hasta la habitación de abuelo entre la multitud. Mientras muchos le gritaban. Sony en dónde pongo la comida. Sonia ¿Cuál es el número de teléfono de la tía Güera? Sony ¿Tienes cerillos para prender los cirios pascuales?

Ya voy, espérenme tantito. Les Gritaba.

Entramos a la habitación, y vi como el Dr. Ruíz, antiguo amigo cercano de mi abuelo, se despedía de su amigo y constataba la hora de su fallecimiento. Cuando salió, mi madre cerró la puerta con llave por dentro.

Miré el cuerpo de mi abuelo sobre su cama que aún estaba tapado con las cobijas como si estuviera dormido. Su boca estaba abierta y los ojos entre cerrados veían en dirección a la cabecera de su cama. Parecía algo tieso, como si se hubiese congelado al momento de su muerte.

Ándale mijito, no te quedes ahí. Ayúdame a cambiarlo. Me lo dijo mientras miraba el cuerpo de mi abuelo por un momento, cómo para guardar la imagen.

A él le hubiera gustado que lo enterráramos con su traje. Pero mejor le ponemos su pijama de franela para que se vaya calientito. Dijo mi madre sacando las prendas del closet.

¿Y yo que hago?

Sujétalo por la espalda con mucho cuidado y levántalo para que le pueda quitar la ropa. Mis ojos se abrieron al máximo, mientras mi madre retiraba las sábanas.

¡Ándale niño¡ que nos pone tieso. Me dijo mientras ella quitaba la manga derecha del antiguo pijama que llevaba puesto mi abuelo con un poco de dificultad. Ella actuaba con la precisión y la sangre fría de un cirujano en plena operación, a pesar de la carga emocional que esto debió haber significado para ella, pues Don Ricardo, como ella lo llamaba, había sido como su propio padre. Yo hice lo propio con la mano izquierda. 

Metí mis manos detrás de la espalda de mi abuelo abrazándolo, la enfermedad terminal a sus noventa y pico años lo habían dejado en los huesos. Me acomodé y con la mano izquierda sostuve su cara por la nuca a unos centímetros de la mía, noté que aún estaba caliente.

Ahora, despacito, levántalo. Me dijo mi mamá.  

Al momento de alzar el cuerpo, éste exhaló el poco aire que le quedaba en los pulmones, emitiendo un leve gemido provocado por la presión del aire atrapado. Y al mismo tiempo yo inhalé por el esfuerzo de levantarlo. Y respiré sin opción todo el aliento que salió del cuerpo inerte de mi abuelo. Me recordó el olor que había percibido minutos antes.

Regresé, cuando mi madre me palmeó la espalda. Recuéstalo Me dijo.

En eso tocaron a la puerta. 

¿Sí? Respondió mi madre con voz autoritaria. 

Sony, ya llegó el cajón le dijo mi padre sin abrir la puerta.

¡Ya vamos! Le respondió ella.  

Se ha quedado en mí. -Pensé -Me gustaría saber a dónde se ha ido.

El duraznero

Era un día nublado, la casa estaba triste a una semana de la muerte de mi abuelo.

Como de costumbre estábamos desayunando en la casa, más en silencio que en paz.

Cuando escuchamos un tremendo ruido que provenía del jardín.

Nos asomamos por la ventana de la cocina.

Mi padre abrió la puerta y vimos con asombro como el duraznero que llevaba décadas de pie dando sombra al patio de la casa, se había caído.

El Gume que había trabajado para mi abuelo por incontables años, llegó rápidamente.

Permanecimos un momento sin hablar.

Aquel hermoso árbol, en el que tanto habíamos jugado. Al que pusimos unas tablas en lo alto para sentarnos mis hermanos y yo. Al que le habíamos puesto un letrero anunciando que vendíamos paletas congeladas.

El mismo al que podíamos trepar con ojos vendados, pues había estado siempre ahí.

Hay niño, me dijo Gume quitándose el sobrero. ¿Cuánto se lleva uno cuando muere?

La enredadera

No habría pasado ni un mes de lo sucedido con el árbol.

Cuando una noche escuché un estruendo aún mayor, seguido por un ligero temblor de tierra.

Corrí hacia la ventana. Mi padre salió de su recámara con mi mamá y vimos desde la ventana, como la planta enredadera que cubría más de la mitad de la fachada de la casa.

Ahora estaba esparcida y rota en mil pedazos por todo el jardín y que había deformado con su peso incluso la barda.

Fueron necesarios varios días de trabajo para cortar y sacar los escombros de la que había sido una majestuosa presencia.

¿Cómo es posible? Me preguntaba.

Porqué al morir mi abuelo, estas dos grandes figuras que custodiaban su casa, habían sucumbido. ¿Por qué? ¿Por qué tan cerca de su muerte y no en otro momento?

¿Es que ellas también sentían la ausencia de mi abuelo? ¿O era su presencia la que mantenía en pie su casa?

Hay niño, ¿Cuánto se lleva uno cuando muere? Recordé las palabras que Gume me había mencionado unos días antes.

La noche que perdí el control de mi brazo izquierdo.

Escribí este artículo a 40 km del Castillo d’Angers, Francia. El 21 de diciembre de 2020 el mismo día de la conjunción planetaria Júpiter, Saturno y Putón. En memoria de mi mejor amigo, Edson.

Querétaro 2001

Yo estaba muy tranquilo desayunando mis enchiladas con bistec, cuando el Rodraz y yo te vimos pasar con una pelirroja a través de los barrotes de la ventana del Café del Fondo. Le dijo Nacho a Edson.

¡Ya valió madres! Pensé al verte entrar con Natacha. El Rodraz estaba de espaldas a la puerta, así que no alcanzó a ver la imagen espectral de la güera.

¡No te apures! ¡La vi reflejada en la cara que pusiste! – Reímos los tres.

Ella traía unas pantalones color kaki con bolsas a los costados, una blusa color marrón estilo hindú y un buen de pulseras y en el cuello un colguije hecho de bolitas de madera que olía a flores.

¿Qué tal idealiza este wey a Natacha? Era un rosario tibetano de sándalo por eso olía así. Dijo Edson.  

El asunto es que olía muy bien, ¿no? Replicó Nacho.

Si, a diferencia de nosotros que no teníamos agua en la casa. Le respondí.

Lo que sea, déjame terminar con la escena. Dijo Nacho. Y entre tanto tomó otro sorbo del mezcal que Edson le acababa de servir.

Cuando se sentó en la mesa con nosotros vi perfectamente como se le dilataron las pupilas.

¡Ah, si wey! No inventes Nacho.

¡Me cae¡ Ya sé que no me crees, pero yo la vi.

No mames, veníamos del pinche solazo y ustedes estaban refundidos en una esquina, como no se le iban a dilatar los ojos.

Pues yo no vi que los tuyos se dilataran. Dijo Nacho.

Edson y yo reímos a carcajadas.   

¡Pinche Nacho! Yo tengo los ojos negros carnal.

Nacho tomó su vaso y se levantó. No, no, no, no me van a quitar esa ilusión. Ella estaba acostumbrada al sol, eso no fue por el cambio de luz. Reímos aún más.

Pero si Natacha es francesa, como va a estar acostumbrada al sol. Le dije. Además eso no es de costumbre.

¡Ni madres! Y se bebió de un solo sorbo su vaso. Ella ya tenía rato en México y estaba acostumbrada al sol de acá.

Creo que apenas llevaba una semana en Monterrey antes de bajar a Querétaro ¿no?

Nada de eso, el asunto es que, entre Natacha y yo hubo química desde que cruzamos miradas a través de la ventana del Café del Fondo.

Lo dice el latin lover. Dijo Edson mientras Nacho se arreglaba la camisa.

Más bien yo creo que la espantaste carnal. Dije.

La espantaron querrás decir.

Yo si me había bañado. Le repliqué a Edson.

Pero si ni jabón tenían en la casita del terror. Nos dijo Edson.

Claro que sí. El jabón zote que habían dejado mis antiguos roomies. Le respondí.

¿Esos que tenían al perro todo horrible?

Si, se habían ido una semana antes, lo bueno es que entre el Nacho y yo arreglamos un poco porque la casa estaba hecha un desmadre.

¿Te acuerdas? Preguntó Nacho.  

No, no quiero ni acordarme, y ni menciones lo que vimos en el baño.

¡Pinches locos! Deberían de agradecerme que los invité a la casa esa noche a cenar, porque no tenían ni para eso.    

¡Wey! Esa decisión lo cambio todo. Además durante el trance te vi, fue algo muy loco que te tengo que contar. Le dije a Edson. Ah pinche Rodraz, ya vas a empezar a filosofar. Salud carnal. ¡Salud!

Café del Fondo

Ese último café con leche combinado con el pan remojado en salsa roja caliente a las nueve de la mañana. Siempre provocaba una primera advertencia por ahí de la esquina entre Madero y Juárez frente al jardín Zenea.

Y al segundo retortijón comenzábamos a apretar el paso, pero ya a la altura de la calle Ángela Peralta corríamos para ver quién llegaba primero al baño de la casa de Pasteur 64.

Vamos a la casa y luego te enseñaremos la ciudad. Le dije a Natacha sin disimular mi apuro.

Mira este es el museo Regional. Le dije mientras corría

Y este es el templo de San Antonio, pero nunca hemos entrado. Gritó Nacho.

¡No mames! ¡No llego al baño!

¿Traes la llave?

Aparto primero el baño.

¡Ni madres! Mira este en este bar se pone bien, podemos venir.

Abre la puerta. Ja ja.

¡Ah! gritó Natacha.

Los tres nos empujábamos para entrar.

Corrimos por el pasillo de la casa hasta la segunda puerta de madera que casi rompemos.

Entró primero Nacho al cuarto y alcanzó a abrir la puerta del escusado.

¡Pinche wey! ¡Pero le apuras!

Natacha daba pequeños brincos y reía sin parar.

¿Ustedes viven aquí?

Ella comenzó a inspeccionar la casa con la curiosidad de un gato. Tocó las paredes blancas que descarapelaban por la humedad. Entró en la primera habitación mientras elevaba su mirada para observar el techo de doble altura rematado con vigas de madera. Yo la veía desde el pasillo aguardando a que Nacho saliera del baño. Miró con detenimiento los dos sillones color azul, y la fotografía tamaño cartel que colgaba en la pared. Pasó sus dedos por  el escritorio de madera, y hojeó los libros que había encima.

Se detuvo frente a la ventana vertical que iluminaba la pieza y dejaba entrar el ruido de la calle. Sujetó los barrotes de hierro forjado la separaban del ambiente de la calle adoquinada. Miró hacia el otro lado y caminó lentamente hasta la pequeña puerta que comunicaba con la segunda habitación, escuché cuando puerta se abrió a su paso.

Esa habitación era más oscura, pues no tenía ventanas, solo otras dos puertas. Una daba al baño y otra al pasillo. Y me imaginé como la recorrió con calma. Ahí dentro solo había un colchón con un sleeping bag, un pequeño closet con fotografías en blanco y negro, una cámara réflex, un viejo estéreo tocacintas y una mochila de campamento.

Natacha salió al pasillo sin mirarme y caminó en dirección contraria a la entrada. Llegó hasta un pequeño solar interior que comunicaba con dos pequeños cuartos exteriores y la ventana del baño. Al fondo vio un lavadero lleno de envases vacíos de cerveza. Entró en el cuarto del fondo, en donde había solo una estufa y un refrigerador. Salió y entro en la otra habitación, en donde se extendía un colchón sobre el suelo, encima de él había un sleeping y más libros.

Sí, aquí vivo le respondí mientras la miraba.

¿Y Nacho? Me preguntó hojeando los libros.

Vino a pasar el verano a Querétaro.

Il est trés cool ta maison. Me dijo.

No entendí muy bien que dijo y solo elevé los hombros. Nacho salió y me apuré a entrar. No es mía, la rento. ¡Pinche Nacho! hubieras prendido un cerillo, le grité. Pásame un cigarro no seas así.

Nacho prendió uno para él y le me tendió uno por la ventana del baño.

Unos minutos más tarde Natacha nos dice desdeelbaño. Que lindos azulejos tiene el piso, forman figuras ¿ya las vieron?

En efecto, el suelo del baño lo habían hecho con los retazos de otros mosaicos de diferentes colores y formas. Supongo que para tratar de ahorrar dinero pero a la vez para hacerlo más colorido.   

¡Sí! ¡Es una historia! Le contestó Nacho acostado en el sillón, como si su ojo de estudiante de diseño gráfico los conociera a la perfección.

¿Y qué hacemos después?

¿Por qué no vamos al museo de la ciudad y luego vemos si hago el Rosalío Solano? Igual y nos deja entrar gratis.

Poco después salimos los tres a la calle.

¿Y no cierran con llave la casa? ¿O la ventana?

!No! Le respondí, ¿Qué van a robar?

A lo mejor hasta nos dejan algo. Dijo Nacho, caminando por la esquina de la acera.

¿A poco no son una broma el ancho de estas banquetas? Le preguntó Nacho a Natacha.

Ya vas a empezar. Le dije.

Tengo la idea de crear una serie de fotos con las banquetas absurdas de Querétaro. ¡No manches! Son ridículas.

Natacha sonrió. ¿Han viajado alguna vez a Francia?

No, yo nunca he ido.

Yo tampoco.

Espero terminar la carrera y poder ahorrar para ir a Europa.

Sí, pero primero Latinoamérica. Me late más dijo Nacho.

Ese día la pasamos recorriendo el centro de Querétaro, sus museos y sus callejones, entre gritos y risas.  Por la tarde nos fuimos caminando hacia la casa de Edson que quedaba a las afueras de la ciudad cerca del Estadio de Futbol corregidora.

En el camino entonamos la canción de Santa Lucía, no estaba de moda, pero tal vez la habíamos escuchado en algún lugar y comenzamos a cantarla. La letra era fácil aunque no tenía mucho sentido, pero igual la cantamos.  

¿Ya conocen Real de Catorce? Nos preguntó Natacha.

No. Ambos respondimos.

¿Y tú Nat?

No, pero me recomendaron ir.  

¿Que no es el nombre de un grupo de rock? Preguntó Nacho.

¡No seas wey! Es un pueblo fantasma en San Luis Potosí.

Ah, no, pues no lo conozco ¿Y que hay ahí o qué? Volvió a preguntar.

Peyote. Le respondió Natacha. Los tres callamos.

En ese momento Edson abrió la puerta de su casa. Ya se habían tardado, ¿En dónde se habían metido?

En la casa de Edson

Pues fue tu culpa. Dijo Nacho tomando un puñado de la botana que Edson acababa de poner sobre la mesa.

¿Mi culpa?, ¡Ha chinga! Échale la culpa al guapo carnal. Yo nomás les dije. Ahí les encargo a la güera yo me voy a trabajar. Nos dijo Edson.

¡Pues por eso! Si ya sabes cómo somos, para que nos dejas solos. Dijo Nacho.

Edson rio y dijo.  Aparte, yo los invité a cenar esa vez.

Más bien no querías que se quedara con nosotros Natacha. Dijo Nacho.

¡Ah huevo! para supervisarlos, pobre de la güera, la dejé con un par de viejos cocodrilos.

No inventes. Dijo Nacho. Si Natacha tenía veintinueve y nosotros apenas veinticuatro.

¿Nosotros? Le dije a Nacho. Yo tenía veintitrés.

Hay wey, para el caso es lo mismo.

Ella tenía mucho más colmillo que nosotros.

Más mundo diría yo, pero ustedes son de lo peor. Respondió Edson arrastrando la última r.

Por eso los invité en la noche, para vigilarlos. ¡Pero si te quedaste dormido a los tres tequilas, carnal! Dijo Nacho y reímos.

Pues yo tenía que ir a trabajar temprano, no como ustedes bola de huevones.

Pero bueno cuéntame cómo estuvo, ¿Que hicieron después de que me fui a trabajar? Nos preguntó Edson.

¡Wey! Nos pusimos muy locos. ¿Te acuerdas cómo se ponía Nacho cuando le dabas un yogur de fresa? Bueno, así, pero los tres al mismo tiempo.

¡No mames! Que cagado, a no me acordaba de eso. Están bien pinches locos. ¿Y entonces si se fueron con Natacha a Real de Catorce?

¡Pues si! Le dijo Nacho mirando al piso y con la cerveza en mano.

Cuando tú te fuiste a trabajar, yo bajé por café y estaba ella en la sala. Me dijo, Ro, No me puedo ir sin ustedes. Quiero que me acompañen al desierto. Le dije a Edson.

¡Hay cabrones! ¿Y en que se fueron? Nos preguntó Edson.

Pues para no hacerte el cuento largo, al día siguiente de que nos quedamos en tu casa tomamos el bus rumbo a San Luis Potosí, luego agarramos otro a Matehuala y de ahí uno a Real de Catorce, viajamos toda la noche.  Dijo Nacho.

¿Y luego? nos preguntó con una mirada acusadora.

Nacho y yo nos volteamos a ver. ¡Hijos de la chingada!

Gritó Edson con su cerveza en mano.

Al segundo día que pasamos en Real de Catorce, nos fuimos trepados en el toldo de un viejo jeep hasta el desierto, y de ahí, caminamos varios kilómetros en línea recta hasta una zona en dónde crecían unos pequeños arbustos.

Por que el día anterior, habíamos rentado unos caballos para ir hasta el cerro del Quemado y cuando estuvimos en la punta de la montaña el guía nos había señalado el lugar a donde que nos recomendaba ir en el desierto que se veía haya abajo.

Cuando llegamos al lugar Nacho dijo. Se me hace que por aquí es. ¿Alguno de ustedes conoce el peyote?

Yo no. Solo leí una descripción en un libro de mi padre. De Castaneda, le dije.

Nunca lo he visto más que en un dibujo. Dijo Natacha.

¿Y si nos dividimos y nos vemos en aquella yuca que sobre sale a lo lejos para comer? Dijo Nacho.

Ok. Venga, hasta ahora. Dijo Natacha.

Yo me detuve para tomar agua y saqué mi navaja con las dos sonajas de ayoyote que me había regalado mi abuelo. Y no sé muy bien porqué. Pero mientras hacía sonar las sonajas, comencé a repetir. -Quiero que me enseñes, quiero que me enseñes. Varias veces mientras movía las sonajas y caminaba lentamente.

¡Pinche Rodraz! Estás bien loco, desde niño sales con tus cosas raras de los toltecas y esas cosas. Me dijo Edson mientras tomaba su cerveza. Bueno, ¿Y luego? Dijo tomando un puñado de cacahuates.

Pues si los tres nacimos en Tula, somos toltecas wey.

¿Y eso que? Los toltecas fue hace mucho tiempo, ahora Tula está peor que nunca.

Lo que sea, deja te sigo contanto nuestro viaje. Entoncés caminé como cinco pasos y vi que debajo de un matorral había tres cactus color verde pálido. Hasta se me enchinó la piel solo de acordarme. Les dije. ¡Mira!

¡Pero, si solo son unas plantas Wey! ¿Por qué te da miedo?

No, no, son solo unas plantas. Le respondí. Es algo mucho más extraño. La verdad es que no lo entiendo. Aún ahora tres años después, no logro entenderlo.

¡Che Rodraz! Dijo Edson y los tres brindamos y bebimos. A ver ¿y luego que paso?

Entonces los desenterré y como no tenía espacio en la mochila, lo que hice fue jalar mi playera para cargarlos. Seguí caminando y unos metros más adelante, encontré más, y más y más, el lugar estaba lleno de esos cactus. Al poco ya no podía recolectar más.

Entonces vi que Nacho a lo lejos me hacía la seña, y ambos nos dirigimos hacia la Yuca. Cuando nos vimos, Vi que Nacho también estaba cargado.

¡No maches! están por todo lados. Me dijo Nacho.

Y entonces llegó Natacha de mal humor. No sé porque venimos aquí, si aquí no hay nada, tengo sed, y hambre y no hay peyotes aquí.

Nacho y yo nos la quedamos viendo sorprendidos.

Ella se nos quedó mirando y se enojó aún más. Y comenzó a caminar alejándose de nosotros.

¡Espera Nat! La alcanzó Nacho.

Mira vamos a búscalo juntos.

Yo le hice señas a mi amigo con la mirada señalando un conjunto de por lo menos 6 cactus en la base de un matorral. 

Por que no buscas por aquí, a lo mejor encontramos uno. Le dijo Nacho.

Natacha paso a escasos centímetros de los cactus y no los vio.

Pero si aquí no hay nada ya se los he dicho.

A lo mejor no estás buscando bien. Son pequeños y están al ras del piso. Le respondió Nacho.

Y mientras mi amigo y yo nos señalábamos con los ojos. El lugar estaba repleto de cactus. Lo más loco es que ella no lograba verlos.

Hasta que Nacho removió un poco la tierra con su mano para desenterrar un cactus, y hasta ese momento Natacha lo logró ver. ¡Bien raro!

¡Si la neta estuvo muy raro! Le dijo Nacho a Edson mientras tomaba un trozo de queso.

Luego ya nos fuimos debajo de la yuca e instalamos una pequeña lona para hacer sombra. Sacamos la estufa y preparamos unos frijoles que nos supieron a gloria y de repente surge entre los matorrales un niño de unos catorce años. Vestía un pantalón desgastado y camisa color hueso. Su mirada era muy penetrante.

Y Nacho le dijo. Hola amigo. ¿Quieres comer con nosotros? El niño continuó observándonos sin expresión.

¡Wey! Estábamos en medio del desierto de Catorce, y ahí puedes ver a tu alrededor a varios kilómetros sin bronca. Y nunca vimos que nadie se acercara caminando o en bici, o en coche. De donde salió ese niño, quien sabe.

Amigo. Tienes sed ¿Quieres agua? Le pregunta Natacha. Caminó unos pasos hacia adelante mirando fijamente a Natacha casi sin pestañear.

Hola, ¿Te quieres sentar con nosotros? ¿Cómo te llamas? Le dijo ella.

El chico continuó mirándola sin hablar, por unos minutos mientras comíamos.

Pensamos que no quería hablar o no podía, así que seguimos con lo nuestro. Pero el chamaco no le quitaba los ojos de encima a Nat. Hasta que como quince minutos después ella ya no pudo más y le gritó. ¡Ya no me veas! ¡Vete!

Natacha se puso de pie y caminó en sentido contrario. Yo la acompañé y Nacho se quedó tratando de disuadir al chico de seguir mirándonos. Hasta que en algún punto el niño simplemente se dio la vuelta y se marchó hasta perderse de nuestra vista. El incidente nos dejó pensativos un rato y faltaron varias bromas y trucos de Nacho para que a Natacha se le pasara el mal trago.

Después ya al anochecer, hicimos un pequeño fuego, y nos quedamos recostados viendo como aparecían las estrellas.

Creo que nunca había visto la vía láctea tan clara. Dijo Nacho.

Ni yo. Respondí.

¿Y qué tal después? Me dijo Nacho mientras bebía mi cerveza.

Natacha nos dice, continua Nacho. Les tengo una sorpresa, no se levanten hasta que yo les diga. Se puso de pie y fue hasta su mochila a buscar algo mientras nosotros seguimos platicando frente al fuego.

¡Listo, ya pueden voltear! Escuchamos a Natacha pero no la veíamos en la oscuridad. Y de pronto a unos quince metros de nosotros se ve una pequeña flama en la oscuridad.

Natacha encendidó unas bolas de tela que estaban sujetadas por unas delgadas cadenas de metal, y comenzó a bailar. Movía las cadenas, haciendo círculos de fuego.

¡No mames! Esa imagen nunca la voy a olvidar, ella bailaba con fuego e iluminaba el desierto a su alrededor. Muy cabrón, muy cabrón.  

El Rodraz y yo nos quedamos así mira. Babeando. Edson rió por las caras de Nacho.

Minutos después se apagaron las telas de fuego y con las puras brasas encendidas, seguía bailando crenado líneas de luz. Una pasada.

Hasta que Natacha se detuvo. ¡Wey! Le aplaudimos, estábamos embobados.

Los tenía hipnotizados más bien. Dijo Edson.

Pues no sé. Algo así.

Entonces, ella se acercó y nos abrazó a los dos.

¡Wey! Y después de lo que habíamos pasado. Dijo Nacho.

¿Por qué? ¿Qué habían hecho o qué?

Nos miramos Nacho y yo. Unos tequilas más y te cuenta el Rodraz.

¡Hay cabrones! Si por eso no los dejo solos. Dijo Edson riendo.

Entonces después de un momento nos separamos y Nacho y Natacha seguían agarrados de las manos. Continúe relatando con la cabeza mirando al piso.

¿Quieren un café? Nos dijo. Si por favor. Dije casi  en tono de súplica.

Nacho sirvió las tazas y los tres nos sentamos de espaldas uno al otro. Entonces cuando acabamos de beber, Natacha se pone de pie, y minutos más tarde regresa y nos da a Nacho y a mi tres botones de peyote sin decir nada.

O la verdad aún no estaba seguro de querer probarlo, pero fue tan rápido que no lo pensé y bum. Pa’ dentro.

Ella se vuelve a sentar y comienza a masticar un bocado. El sabor era extremadamente amargo. Tanto que incluso me dolieron las encías. ¿Si serán estos? Pregunté. Si estoy segura, dijo Natacha. 

Comimos y poco después nos pusimos de pie medio a bailar, tratando de aprender a mover las cadenas. Pero nos dimos unos buenos golpes. Y nomás se escuchaban las risas de Natacha en el desierto al vernos intentarlo.

¿Sienten algún efecto? Preguntó Natacha.

No, ¿y tú?

Pues no siento nada diferente.

Yo tampoco.

Pues nos debíamos de haber equivocado.

Pues a lo mejor sí.

Y continuamos viendo las estrellas los tres acostados en la tierra, y tarareando la canción de Santa Lucía que se nos había pegado durante el viaje. Hasta que en algún momento de la noche me quedé dormido.

En el rostro de Nacho se dibujó una sonrisa maliciosa. Y yo apuré un trago de cerveza.

Desierto de Catorce

Desperté en el desierto y el sol ya estaba en el horizonte. Rápidamente giré la cabeza buscando a Natacha y la vi a unos cuantos metros besándose con Nacho.

¡Este cabrón! Pensé. ¡No mames! ¡Lo bueno es que el wey no iba a hacer nada! En ese momento sentí ganas de que me tragara el desierto.

Natacha se acercó hasta donde estaba yo tendido en el piso con una taza de café.

Venga cariño, vamos. Me dijo.

Me incorporé, le di un sorbo a la bebida y me sentí aliviado, tan pronto como me terminé el café me di cuenta que había sido lo mejor. Ya no sentía la presión del día anterior ni el remordimiento, ni los celos, ni nada.

Ella se me quedó viendo fijamente y me dijo. Quería que nos vieras, así está mejor.

Me dio un beso tierno en la mejilla y se alejó.

¿Entonces chicos? ¿Regresamos a Real? ¿O que hacemos? Nos preguntó Natacha.

Pues sí, ¿no? Respondí.

Pues entonces hay que apurarnos para tomar el jeep. Recogimos nuestras cosas, nos lavamos la cara, bailamos, cantamos la de Santa Lucía y hasta que se terminó el café. ¿Y los mescalitos? Dije.

LLevaremos algunos a Real para preguntar si son los buenos. Dijo Nacho. Dijo Nacho.

¿Por qué les dices mescalito? Me preguntó Natacha.

En el libro que leí, así llamaban al peyote. Y no sé, por respeto supongo me salió llamarlos así. Le dije.

Respeto, ¿A un cactus? Me respondió Natacha.

Pues sí, supongo. No sé.

Ok, yo pensé que por el mezcal. Me respondió ella.

¿Mezcal? ¿Dónde? Preguntó Nacho mirando en todas direcciones. Los tres reímos.

Como el día anterior mientras caminamos, comenzamos a cantar Santa Lucía. A Natacha le gustaba y era la única que nos sabíamos los tres así que seguimos el coro, riendo de vez en cuando.

Cuando llegamos a la parada del jeep. Nacho se fue a la tienda a comprar otras botellas de agua. Yo me quedé sentado apoyado en las mochilas. Natacha fue hasta donde yo estaba, se sentó entre mis piernas, luego giró su cara y nos besamos.

Nacho nos vio a lo lejos, se acercó con desgano y se fue a echar agua a la cara en a la pileta que había ahí cerca.

Ya en la jeep Natacha nos preguntó. ¿Quieren regresar a Querétaro? O podemos continuar un poco más. Su voz se entrecortaba por las sacudidas del jeep que subía lentamente por la cuesta.

¿Porque no vamos mañana a Xilitla? Les propuse a mis amigos.

¿A dónde? Brincó la voz de Nacho.

A Xilitla. En una revista de la casa de Edson había un artículo sobre un castillo surrealista en medio de la selva y hay cascadas y cosas así.

¡Si, vamos! Gritó Natacha.

Ese día nos la pasamos recorriendo el pueblo fantasma con las mochilas a cuestas porque ya no teníamos dinero para rentar otra habitación. Así que comenzamos de nuevo a jugar y brincar por todos lados pensando que pasaríamos la noche en alguna banca en la calle. Entramos a un gran edificio destruido con pisos de madera, dejamos nuestras cosas en el piso y comenzamos a gritar, actuar y cantar.

Entonces se nos ocurrió hacer una improvisada obra de teatro en aquel lugar. Luego Natacha nos mostró cómo vocalizar el mantra tibetano Om sin parar, a través de la respiración circular, y creando una especie de sobretono.

Nacho y yo desconocíamos por completo esas cuestiones pero parecía divertido así que lo intentamos buscando los ecos en aquella construcción abandonada.

Así tienes que mantener el sonido y después mover los labios para crear el sobre tono. Ya vez, así. Sí, sí. Y ahora solo mantén el tono más tiempo. ¿Me voy a quedar sin aire?

No, mira. Jala aire por la nariz en pequeñas cantidades, ¡Así! mira. Ándale. Así. Y no dejes de… Carcajadas.

¿Qué hacen aquí? Gritó una voz desde la puerta de lo que quedaba del edificio. Y cuando volteamos había por lo menos cinco policías armados que nos rodeaban.

Nada, Oficial, solo estamos cantando.

Pues este no es un lugar para cantar. ¿Saben en dónde están? Nos preguntó enfadado.

No, la verdad no. Respondió Nacho.

Esta es la antigua casa de moneda. Sus papeles por favor. Dijo el oficial al mando.

Pero, Oficial, no estábamos haciendo nada malo.

Sus papeles por favor.

Miré a Nacho y a Natacha. Los mezcalitos están en el fondo mi mochila. Pensé.

Si Oficial. Aquí están.

Los suyos. Aquí están, Oficial. 

Saquen sus cosas de las mochilas.

Entonces lentamente sacamos todas nuestras cosas, y yo dejé mi ropa en bulto tratando de ocultar los cactus.

Uno de los policías palpó todas nuestras cosas, pero cuando estaba sobre el bulto de ropa. Pasó de largo, como si no hubiera visto el pequeño montón de tela.

Nacho y yo nos miramos de reojo.

Nada, Oficial. Dijo un policía.

¡Bueno! Refunfuñó meneando la cabeza.

Tengan sus papeles y no vuelvan a entrar aquí jóvenes que el edificio está a punto de caerse.

Claro Oficial.

Así lo haremos.

Recogimos nuestras cosas y salimos de ahí.

No lo puedo creer. ¿Viste eso?

Le dije a Nacho susurrando.

Sí, está cabrón.

¡Qué locura! Dijo Natacha.

Fuimos a una fondita a comer y la misma señora nos ofreció un cuarto en su casa para dormir por veinte pesos. A lo que aceptamos agotados.

Rumbo a Xilitla

Nos fuimos temprano a la entrada del túnel de Ogarrio en Real de Catorce, y comenzamos a hacer auto-stop, hasta que una hora más tarde un hombre que conducía una pick-up accedió a llevarnos hasta Matehuala. De ahí tomamos un bus a Río Verde y de ahí esperamos el bus que salía de madrugada rumbo a Xilitla.

Pasamos todo el día en las pozas y recorriendo el castillo surrealista en la selva de Xilitla. No vimos a ningún turista, solo dos personas que vendían artesanías en la entrada.

En la tarde hablé con el guardia y le ofrecimos cincuenta pesos para poder quedarnos a dormir dentro de la propiedad. Él nos dio permiso de quedarnos en el tejaban que hacía las veces de cafetería, con la condición de no decir nada, se fue y nos dijo que volvería a la mañana siguiente.

Ya entrada la noche, Natacha sacó una vela y comenzó a buscar los cerillos en las mochilas.

¡Miren que encontré! Nos dijo.

Nos volteamos y tenía entre sus manos los botones de peyote.

¿Y si lo volvemos a intentar? Nos dijo mientras prendía la vela.

Pues, a lo mejor hasta me calma el hambre dijo Nacho.

Los tres comimos tratando de soportar el intenso sabor amargo de aquellas cactáceas.

Nacho y yo nos quedamos sentados en las sillas de plástico, viendo como la poca luz que quedaba se difuminaba acariciando las miles de hojas verdes que se aferraban a la peña del otro lado del río, a unos metros frente a nosotros.

¡Wey! ¿Ya viste? Se formó como una cara.

Yo más bien veo como una serie de personas.

¡Mira! ¡Mira! Parece una máscara.

¡Órale, sí, sí parece!

¡Mira! ya cerró un ojo.

¡Wow! que loco.

¡No chingues! nos está viendo.

Y los dos reímos.

¡Es veneno! ¡No lo coman! Nos gritó Natacha desde el fondo del recinto. Los dos volteamos a verla, pero ya no se distinguía en la oscuridad.

¿Qué dices? Nat.

¡No lo coman! Miren, ven el veneno que está corriendo por mis venas.

Nos acercamos a ella a tientas y la ayudamos.

Tienen que vomitar, insistió ella. Mientras trataba de auto provocarse el vómito con sus dedos en la garganta. 

Nacho y yo nos miramos levantando los hombros.

¿Tú te sientes mal? Me dijo.

No para nada ¿y tú?

No, de hecho me siento muy bien.

Yo igual.

Tomé la última botella de agua que nos quedaba y se la tendí a Natacha. ¿Me la puedo terminar? Nos preguntó. Si, sin problema. Gracias.

Fuerza natural

Recordé que cuando era niño mi padre me llevó al rancho en un pequeño pueblo que se llama Chapulaco, que está a las faldas de cerro de Coatepec. Don Pancho y mi padre, estaban buscando un lugar para cavar un pozo de agua. Recuerdo que don Pancho cortó y limpió una delgada rama de matorral hasta dejarla con forma de ye, de unos cuarenta centímetros de largo.

Luego tomó los dos de sus extremos de la vara con ambas manos y comenzó a caminar. Me pareció como si intentara pescar en aquel árido cerro.

Nosotros seguimos a Don Pancho que avanzaba lentamente por las veredas. En ocasiones se detenía y volvía a reanudar el paso.

Mire Don Enrique. Cómo se retuerce la vara. Dijo él.

De pronto aquella rama se empezó a doblar hacia el piso tambaleando, vi como apretaba los puños sin mover las manos tratando de evitar que la vara descendiera, como si su pez imaginario estuviera jalando del hilo con fuerza. radiestesia o rabdomancia

Iré, como que aquí quiere el hoyo. Dijo don Pacho.

Anduvo caminando en círculos por aquel paraje hasta que llegó de nuevo al mismo punto.

Es por aquí. Señaló el ranchero. ¿Le quiere calar Don Enrique? Nomás agarre la vara así, iré, sosténgale una punta con cada mano dejando los pulgares hacia usted y cierre fuerte el puño, luego, gire hacia adentro las muñecas sin soltar la vara, hasta que sus dos puños miren hacia arriba. Y la punta libre quede hacia el frente.

Don Pancho le mostró varias veces el proceso hasta que mi padre logró sostener la rama como el ranchero lo indicaba.

¡Ándele! Ora si, ora camínele despacito y váyale sintiendo.

Mi padre caminó por unos diez minutos sin que la rama se moviera.

A ver, que lo intente mi hijo. Dijo rendido.

Don Pancho me tendió la vara y me enseño como sujetarla.

A ver, camínale despacito y le vas calando, si sientes que la vara se mueve no te asustes y no le vayas a aflojar, apriétala lo más fuerte que puedas.

Comencé a andar y sentí como la vara se comenzaba a mover al interior de mis puños. Sentí miedo, porque no había nada que la estuviera jalando. Apriétale con fuerza, no dejes que se mueva. Me insistió mi padre al ver mis ojos.

Cerré el puño y sentí como la aquella planta recién cortada se retorcía queriendo darse la vuelta.

Con el niño si quiere. Sigue la vara, hacia donde sientas que tira más fuerte. Dijo Don Pancho.

Caminé entre piedras secas y matorrales en aquél cerro árido del valle del mezquital, hasta que debajo de una peña sentí como la vara se tendía hacia el piso con mucha fuerza, al punto que casi se escapaba de mis manos.

Es aquí. Dijo don Pancho, y dibujó una equis en una piedra grande que ahí estaba con otra piedra chica. Aquí pasa el agua.

Y señaló una línea con su mano desde el punto que él había localizado hasta donde yo estaba parado.

¡Pero yo no la moví! ¿Se mueve sola? Les pregunté asustado.

Don Pancho sonrió. Híjole rodri, te jaló fuerte la vara.  

La silla de plástico crujió, y su ruido me trajo de vuelta al presente. Vi a Nacho y a Natacha iluminados por la luz de la vela, conversando, estábamos los tres bajo el tejaban en las pozas de Xilitla.

Entonces fui consciente del tirón que sentía. Era como si algo me estuviera jalando desde el piso. Me puse de pie lentamente y caminé hacia el fondo del tejaban tomando bocanadas de aire, no sentía dolor, ni malestar, solo esa fuerza, ese peso que me jalaba cada vez con más fuerza. Cómo si tuviera una cuerda imaginaria atada a la cintura con un nudo a la altura del ombligo y una piedra colgara del otro extremo.

Debe ser mescalito queriendo regresar a la tierra. Pensé.

Sentía la misma fuerza que había experimentado de niño en el cerro buscando agua, tal vez por eso lo había recordado.

Solo que ahora dentro de mí, en mi estómago. Tranquilizate Ro, tranquilizate, me decía a mí mismo apoyándome en la barda de piedra al fondo del tejaban.

En ese momento sentí un súbito jalón que me obligó a sentarme. Me acomodé con la espalda en la pared y crucé mis piernas, entonces fue como si un torrente de agua fluyera por todo mi cuerpo. Aquella fuerza no desapareció, solo se equilibró hasta el punto de que me resultó imperceptible, Respiré y dejé que los sonidos de la selva me envolviesen.

Remolino de luz

Me acomodé cruzando las piernas y no sé muy bien porqué, comencé pronunciar el mantra, Om que Natacha me había enseñado días atrás.

Pero más bien lo hice solo vociferando en una sola exhalación las entras o, a, i, moviendo la boca como un pez.

Pero encontré que al mover mi boca lograba producir el sobre tono que estaba buscando, como si produjera dos sonidos al mismos tiempo. Respiré profundamente y cerré los ojos, aunque para el caso no había ninguna diferencia entre tenerlos abiertos o cerrados. Pues la oscuridad era omnipresente.

Comencé a emitir aquel mantra, con el tono más grave que pude. Yo nunca había practicado el yoga o algo parecido, pero aquello me estaba relajando mucho.

Me sentí tan bien que volví a repetir el sonido, una y otra vez, variando el tono de mi voz con los ojos cerrados, hasta que mientras reanudaba mi canto, abrí los ojos.

Frente a mi vi una espiral de luz vaporosa color amarillo pálido. Aquella florescencia  salía del piso de piedra y se elevaba un metro y medio hasta disolverse en la negrura en la que nos encontrábamos, era muy sutil y su luz se reflejaba delicadamente en  el piso de piedra.

La impresión que me produjo me hizo callar y en ese momento la espiral se disipó como bruma ligera que se apaga desde dentro.

Me quedé petrificado y una sonrisa se dibujó en mi rostro.

Respiré profundamente y volví a emitir el sonido, ahora con un tono más grave posible.

Fue cuando a pocos centímetros de mis piernas se comenzó a dibujar una espiral de luz rojiza con un diámetro de unos sesenta centímetros que se movía lentamente de al contrario de las manecillas del reloj. 

Conforme sostenía el sonido iba ascendiendo hasta poco más de un metro y medio para después disolverse. Dejé de cantar y la espiral se esfumó.

¡Noooo chingues! ¿Qué es eso? Dije en voz alta. Mientras escuchaba a Nacho y Natacha que seguían hablando en la mesa.

Volví a cantar y ahora tratando de encontrar el sonido más agudo que podía sostener haciendo el movimiento de mis labios para variar el tono y buscando el sobre tono. Y tímidamente surgió una cortina de vapor luminoso en forma de espiral con un diámetro menos a la anterior pero con una estructura más compacta y de color azul pálido. La miré bien tratando de aguantar lo más que pude el mantra y vi como en la espiral había unas diez pequeñas burbujas transparentes de un centímetro que rodeaban la espiral y se elevaban al mismo ritmo.

¡Nacho, Natacha! Les grité a mis amigos. Tienen que ver esto.

¿Qué dices? Gritó Nacho.

¡Ven wey! Tienes que ver esto. Le dije.

Escuché como se arrastraron las sillas de plástico.

¿En dónde estás? Me dijo Natacha.

Aquí, sigue derecho. No, para allá no. Por aquí Nacho a tu derecha. Guié a mis amigos hasta donde estaba sin levantarme.

¿Cómo sabes en dónde estoy? Me dijo Natacha.

Puedo verlos. Respondí sorprendido.

¿Qué? Murmuró Nacho en la oscuridad total.

¡Wey! ¡Puedo verlos! Reí nerviosamente. Tienes una delgada línea multicolor sobre el contorno de todo tu cuerpo.

¿Cómo? Dijo de nuevo mi amigo mientras se sentaban a mi lado.

En serio. Dije nervioso. ¡Wey! ¡Esto está muy loco!

Entonces Natacha en un gesto maternal acercó su mano a mi frente.

¡Wow! Exclamé.

¿Lo sentiste? Me dijo ella.

¡Lo vi! Le respondí.

Descríbeme lo que ves. Me dijo acercando de nuevo su mano a mi mano. Tu comeinzas a tener una alucinación sinestésica.

Veo una línea multicolor de apenas unos milímetros que irradia de nuestras manos. Ahora veo como comienza a salir de tu mano y de mi mano una especie de neblina luminiscente, cómo si estos destellos… Se acercan más,  cambian de color, se alargan,  más. ¡Wow! ¿Lo sentiste? ¡Se conectaron! Ahora parecen ser una sola línea la que nos rodea. Ella dejó la palma de su mano a unos milímetros de mi cuerpo. No puedo distinguir cual es tuya y cual mía.

Nacho suspiró. Y Natacha buscó su mano. No te vayas, le dijo.

Brazo

¿Escuchan eso? Dijo Nacho, se puso de pie y caminó hacia el umbral del tejaban. Natacha y yo lo seguimos. Y en un segundo una densa cortina de agua calló sobre la selva.

Natacha volvió a prender la vela a tientas, después se acercó a Nacho y lo abrazó.

En ese momento yo los miré y les dije. Si, ustedes están muy juntitos ¿no? Pero saben que, ya no me importa porque yo tengo a Brazo..

Instintivamente yo levanté mi brazo izquierdo hacia adelante con la palma de la mano girada hacia ligeramente abierta hacia el interior. Como si fuese a saludar a alguien.

¡Ro, estámos aquí contigo! Me dijo Nataccha cuando vió aquel acto de solitud.

No, en serio. Le dije sonriendo. ¿Verdad Brazo que nos tenemos a nosotros? Y comencé a hacer muecas y mímica con mi mano izquierda como si fuera un personaje. En serio somos buenos amigos. Mira Brazo no se me despega ni un segundo. Mis amigos sonrieron.

¡Estás bien loco! Me dijo Nacho con una mueca.

¡Mira! a Brazo no necesito saludarlo. Y luego, ¡chéca! Brazo me abraza. Y comencé a actuar de espaldas hacia ellos como si mi brazo izquierdo fuera el brazo de otra persona.

Me di la vuelta de frente a mis amigos y reí de mi propia tontería.

Baje mis brazos finalizando mi tonto sketch.

Hubo un silencio y unos segundos después Nacho me dijo.

¿Ya vas a empezar de nuevo?

No. Le respondí.

¿Entonces? Me dijo con una mueca señalando mi brazo izquierdo.

Giré mi cabeza y vi a mi brazo extendido hacia el frente. Pero esta vez, no había sido intencional.

Pensé bajar el brazo. Pero no pude.

¿Todo bien Ro?

Eso creo. Le respondí a Natacha.

Me concentré aún más para bajar mi brazo. Pero un movimiento que en cualquier otro momento hubiera parecido simplísimo. Ahora no lo era.

Mi extremidad no me obedecía. Sujeté mi brazo por la muñeca e intenté bajarlo. Pero estaba tieso como una piedra.

¡Ah chinga! Hablé en voz alta.

Nacho mascullo una risa forzada.

Sujeté con más fuerza mi brazo e intente doblarlo.

Y a pesar que soy diestro no logré mover la siniestra.

¡Ah cabrón! Gruñí. ¡Pérame! ¡Que ahorita te arreglo! Dije mientras forcejeaba con mi brazo izquierdo.

La escena debió haber sido muy cómica porque mis dos amigos ahora reían con mayor convicción.

¡Este wey!

¡Hay Ro!

Me enderecé jadeando, y con el brazo intacto los miré y sonreí nerviosamente. Ambos rieron.

¡Te pasas pinche Ro! Me dijo mi amigo.

¡Nacho, no es mamada! Necesito que me ayudes con mi brazo. Le dije

¿Cómo que no puedes?

Pues no puedo. ¡Míralo! Le dije a Nacho.

Él suspiro y se acercó a mí.

¡Estás aplicando bien tu estrategia, he! Me dijo.

¡Es-en-se-rio! Le respondí.

¡Si Claro! Ambos tomamos mi brazo izquierdo y comenzamos a forcejear. ¡Ustedes dos están bien locos! Nos dijo Natacha.

Ambos caímos al piso enredados, y apalancados a mi brazo tratando de enderezarlo. Y de pronto Nacho se paró en seco mirando a mi brazo de frente.

Me soltó de un golpe y se puso de pie. Su rostro apenas iluminado por la vela y enmarcado por la oscuridad lo hacía ver aún más asustado.

¿Qué es eso? Me preguntó.

No lo sé. Le dije recuperándome. Natacha paró de reír.

¡Ya Ro! Es suficiente.

La miré con un semblante de preocupación.  Gire mi atención de nuevo hacia la palma de mi mano sin dejarla de sujetar.  Y en ese momento, en un instante, creí entender lo que me estaba sucediendo.

Hubo un relámpago que iluminó toda la escena.  

¡Está aquí! Les dije a mis amigos. Es él quien ha tomado el control sobre mi brazo izquierdo.

La fuerza dócil

Es mi inconsciente, les dije a mis amigos. Mientras sujetaba con fuerza mi brazo izquierdo.

Otro relámpago iluminó la selva y las paredes del tejaban en donde estábamos acampando, a unos metros del cauce del río Xilitla, dentro de jardín escultórico de Sir Edward Jemes.

¿Qué dices? Me preguntó Natacha.

Y en ese instante, en mi mente aquella locura comenzó a tener sentido.

¡Claro! Dije. No puedo mover mi brazo, porque mi inconsciente tiene el control sobre él.

¿Qué? ¡Pinche Rodraz! Perdiste la cabeza. Me dijo Nacho mientras volvía a abrazar a Natacha por la espalda.  Yo los observé y pude sentir como el movimiento de mi amigo había sido provocado por su instinto, sin que él fuera consciente de ello.

¡Eso mismo! Le dije en voz baja. Una parte de ti sabe lo que estoy diciendo. Y es a esa parte a la que le hablo.  

Es todo aquello que escapa a la pequeña luz en la oscuridad a la que llamamos consciencia. Le dije a Natacha mirándola a los ojos.

Es el mundo que se extiende más allá de las fronteras de nuestra comprensión y de nuestro rango perceptivo. El instinto, el yo interior, el que controla cada movimiento dentro de mi cuerpo. La parte de mí que no es consciente de sí misma. Continué hablando tan seguro y convencido de lo que estaba diciendo.

Es el movimiento. Mascullé.

¿El qué? Preguntó Natacha.

Me volví hacia mi mano izquierda y dije en voz alta, hablándome a mí mismo.

Brazo ¿Con que movimiento expresas un, si?

De pronto mi mano giró dejando la palma hacia arriba y comenzó a abriste como una flor. Miré a mis amigos. Ellos se apretaron sin decir nada y miraban hacia la palma de mi mano.  

Brazo ¿Con que movimiento expresas un, no? Dije en voz alta con un tono más seguro.

Mi mano se giró lentamente mientras se cerraba hasta que quedó con un gesto torcido palma hacia el piso. En este punto, supe que Brazo me respondía a las preguntas que le hacía mediante el giro de mi muñeca. Un movimiento involuntario de mi mano izquierda significaba, sí. Y otro movimiento significaba, no.

Brazo ¿Eres mi inconsciente? Pregunté.

Mi mano comenzó a girar hasta quedar con la palma hacia arriba.

Eso es un sí. Dije.

Yo miré pasmado a mis amigos por lo que estaba sucediendo, pues yo no tenía ningún control sobre mi brazo izquierdo y este se estaba respondiendo a mis preguntas.

Poco a poco vimos con la escaza luz, como mi mano se volvía a su posición inicial, con la palma en horizontal medio cerrada como si pretendiera tomar algo invisible.

Brazo ¿Extrañaste a Rodraz? Preguntó Nacho mirando a la palma de mi mano izquierda.

Mi mano comenzó a moverse hasta que nos mostró su posición afirmativa.

Brazo ¿Dejará de llover esta noche? Preguntó Natacha.

La miré intrigado, pues aquella no era una pregunta interior, sino, que demandaba una predicción.

En ese momento pensé que Brazo no iba a responder. Pero los tres vimos como poco a poco mi mano giraba hasta quedarse con la palma hacia abajo, respondiendo de forma negativa. No va a dejar de llover en toda la noche. Dije interpretando la respuesta de Brazo.

¿Será una broma de mi inconsciente? ¿Cómo podría saber semejante cosa? ¿Y si no solo es mi inconsciente? ¿Entonces qué es? En ese momento sentí como si me internara en un túnel, los sonidos se disiparon y la imagen de la selva se concentró en un solo punto lejano, cerré los ojos, y un segundo después los abrí como si hubiera despertado de un sueño. Miré mi brazo y comprobé que había vuelto a recobrar el control sobre mis extremidades.

¡No mames! Dije preocupado, acaricié mis dos manos, y froté mis brazos, comprobando que todo estaba bien. Me sentí reconfortado. Pero también sentía que algo había cambiado. No estaba solo, en mi propio cuerpo. Miré por un momento a mis amigos, y recorrí con la mirada todo el espacio a nuestro alrededor. 

¡Hey Rodraz! Me llamó mi amigo, y me señaló con la mirada hacia mi brazo izquierdo.

Pero yo no había sentido nada extraño, giré mi cabeza, y vi que mi brazo había adoptado la misma posición que antes, solo que esta vez tenía la palma abierta hacia arriba. Parecía una postura receptiva, la palma de mi mano, parecía tener vida propia y sus expresiones me eran reconocibles, como si se tratara de un rostro.

Di un paso hacia atrás sin poder retirar la mirada de la palma de mi mano que con la luz de la vela, adquiría un tinte protagonista. Me abstrajo tanto las líneas de mi mano, su forma, la fuerza que parecía emanar de ella, que en un momento toda mi atención se redujo a mí extremidad.

Noté que la palma de mi mano se acercaba hacía mi cara lentamente, con una expresión fraternal.  Yo comencé a acercar mi cara hacia mis dedos dejándome llevar por la intención de mi mano que parecía surgir de la oscuridad.

El sonido de la lluvia desapareció, cerré los ojos a centímetros de mi mano, y pude sentir como irradiaba calor, pero también un fuerte magnetismo que me atraía como un imán.  Hasta que sentí como en un movimiento, la palma de mi mano izquierda se posó sobre mi frente.  

En ese instante toda mi vida paso en un segundo ante mí, Brazo me sujetaba, era como si siempre hubiese estado ahí conmigo en todos los momentos de mi vida, pero nunca me hubiera percatado de su presencia. Me sostuvo como un hermano gemelo al que nunca había visto antes. Su abrazo, abarcó toda mi consciencia y caí arrodillado al piso, noqueado por la fuerza de la unión y comencé a llorar como nunca antes.

Sentí la fuerza contra la que había luchado para recuperar mi brazo, pero me invadió la sensación de que era una fuerza dócil, como la de un imponente caballo que se rinde frente al mínimo movimiento de su jinete. Era una fuerza tan sutil que la luminosidad de la consciencia la oscurecía dejándola en segundo plano. Pero que su extraordinaria presencia trascendía mi propio cuerpo. Sentí como si fuera esa misma fuerza que impregnaba todo. Pero que a la vez era yo mismo. Y ahora estaba ahí, aquí, abrazándome como un padre, cómo una madre, como un hermano, como un hijo. Era yo mismo de nuevo.

¡Ro tranquilo! Escuché la voz de Natacha que me abrazaba. ¡Tranquilo Ro! Todo está bien. Y sentí como Nacho nos abrazó también.

Estuvimos así unos segundos. Hasta que sentí como esa fuerza dócil, surgía sin el impedimento desde el centro de mi ombligo, hacía mis extremidades, sentí que me abriría por dentro como una planta. La inercia de esa fuerza, me impulso lentamente hasta ponerme de pie. Respiré profundamente.

Tuve la sensación de estar conectado con todo lo que me rodeaba, sentía una lucidez inusual. ¡Estaba despierto! Como nunca antes.

Miré a mis amigos que estaban aún en el piso y les dije. Lo que acabamos de experimentar, es el momento más importante de mi vida, mi segundo nacieminto, fue la unión entre el consciente y el inconsciente.

El maestro

Xilitla México, Junio del 2000

Sentí que algo me empujó con fuerza, cuando reaccioné me di cuenta que mi consciencia había salido de mi cuerpo. Es decir, mi punto de vista desde el cual observaba la situación. Ya no estaba en su lugar habitual, en mis ojos, sino que ahora «veía» la misma escena pero desde algún un punto localizado detrás de mi hombro derecho.

Mi visión era un poco difusa, pero pude ver a Nacho que estaba a la izquierda de mi cuerpo y a Natacha a la derecha. Los tres estábamos alrededor de una mesa sobre la cual habíamos encendido la única vela que traíamos con nosotros. Después pude girar mi visión y observé el interior de aquel cobertizo que nos cubría de la lluvia.

Y de pronto una voz ronca y áspera salió de mi boca. ¿Qué creen que están haciendo? Dijo. Son unos idiotas, ustedes me mataron.

Entonces en un santiamén, mi visión se movió en sentido inverso, rebobinando lo que había visto durante nuestro corto viaje desde el desierto de Real Catorce hasta Xilitla.

Vi y experimenté de nuevo las imágenes de nuestra llegada a Xilitla en autobús aquel mismo día por la mañana. Las imágenes en secuencia retrocedían a gran velocidad. Vi cuando pasamos por el túnel de Ogarrio, me vi hablando con Nacho en la cantina sobre Natacha, y también vi cuando caminábamos en el desierto de Catorce buscando a la planta sagrada.

Hasta que en mi alucinación, mi punto de vista, se posó sobre un matorral. Y por un momento la escena se volvió apacible.

Yo estaba de nuevo en el desierto contemplando el atardecer, a lo lejos distinguí a Nacho y en otro punto pude ver a Natacha caminando.  Miré las montañas doradas por la luz del sol y en ese instante un ave rapaz pasó frente a mí explorando el territorio a poca altura. Escuché un ruido sordo de hojas secas que me hizo voltear al piso y vi a una liebre que se escondía detrás de un arbusto. Respiré aliviado, todo parecía haber sido una pesadilla.

Y de pronto escuché de nuevo su voz rugir dentro de mí. En ese momento, él tomó mi visión y de un jalón sentí como me enterró en la tierra árida.

Mi visión se volvió oscura y con un tono rojizo. Traté de mover mi visión pero no pude. En ese momento fui consciente que estaba enterrado.

Aún así no sentí miedo y poco a poco me invadió una sensación de calidez. Tuve la impresión de que nada podía hacerme daño. No sé muy bien explicarlo pero me sentía tierno y húmedo. Nunca antes había experimentado algo parecido.

Entonces cuando todo estaba en calma, comencé a percibir un golpeteo. Al principio muy ligero y esporádico. Pero sin razón alguna me invadió una sensación de felicidad. El golpeteo se volvió más intenso hasta que sentí un escalofrío y supe entonces que estaba lloviendo. Yo era una semilla.

De pronto mi visión comenzó a moverse en la oscuridad, más y más hasta que una luz rojiza ganó terreno y de pronto me sentí impulsado hacia la superficie. ¡Estaba creciendo como una planta! precisamente como un peyote.

Al salir a la superficie, sentí el viento, la lluvia, el sol y experimente una especie de orgasmo que culminó en un florecimiento. Tuve una sensación exquisita de felicidad hasta que de pronto algo me atravesó por dentro y en un instante mi punto de vista se desprendió con un intenso dolor. Como si me atravesaran con una navaja cortándome en dos. Era yo cortándome a mí mismo siendo planta y humano al mismo tiempo.

!Son unos idiotas! Me gritó con voz colérica.

Volví en mí, respiré profundamente y frente a mi vi a mis amigos iluminados por la vela.

Ro ¿Estás bien? Me preguntó Natacha.

Es él, está aquí. Les dije temblando de miedo. No soy yo el que habla, no soy yo, es él.

Tranquilo Ro. Tranquilo, estas en trance.  Me dijo Natacha mirando mis pupilas dilatadas de cerca. Va a pasar pronto.

Entonces volví a perder el control de mi cuerpo, y una voz ronca que salió de mi boca le dijo a Natacha.

Tienes que cuidar de ellos esta noche. Es la razón por la cual no quise que me encontraras en el desierto, ni que me ingirieras. Al escuchar eso Natacha dio un paso atrás y Nacho se acercó hacia mí con pasos seguros y me dijo.

¡Dámelo! ¡Yo voy a cargar con esto!  Me tomó del brazo con fuerza y en el momento me sentí aliviado. Nacho en cambio comenzó a sacudirse hasta caer al piso convulsionando.

Me acerqué a él, lo tomé de los hombros tratando de contener su sacudido cuerpo y le grité. !No¡ Yo debo de cargar con él. Le dije resignado. Aquella fuerza subió por mi brazo de nuevo como si lo hubiera aspirado de mi amigo. Era la intensión misma de la planta que se movía dentro de nosotros.

Nacho se arrodilló tratando de recobrar el aliento. ¡No mames! ¿Qué es eso?

Es él, es mescalito. Le dije.

Hace tres días comenzaron un ritual en el desierto, y lo tienen que terminar juntos. Dijo la voz con una entonación mucho más pausada. Y volvió a fundirse su voz dentro de mi cuerpo. Yo respiré hondo mientras volvía en mí y me incliné sintiendo el peso de toda esa pesadilla.

¡Quiero que pare! Susurré temblando de miedo.

Natacha se acercó y abrazó. Tranquilo Ro, tranquilo. Todo va a estar bien. Me dijo. Estuvimos así por un instante mientras ella tarareaba.

La primera visión

Natacha me abrazó y sujetó mi cabeza contra su regazo. No te preocupes Ro, todo está bien. Me dijo mientras yo escuchaba como la lluvia golpeaba con fuerza el maltrecho tejaban.

Es solo tu mente, tranquilo. Todo lo que estás viendo es solo una alucinación. Me dijo Natacha con voz pausada. Sus palabras me tranquilizaron, era cierto. Todo lo que estaba experimentando estaba solo en mi mente. La luz espiral que desprendían los sonidos, la parálisis momentánea de mi brazo izquierdo, el brusco desplazamiento de mi punto de vista, las palabras de mezcalito que salieron de mi boca con otra voz que no era la mía, las visiones del desierto. Todo estaba en mi mente, solo eso. Solo eso. Me repetía en silencio.  

Dime que es lo que ves ahora. Me susurró Natacha con una voz curiosa.

En ese momento, mi punto de vista se volvió a desplazar, primero sentí una fuerte contracción ocular forzando la focalización, todo estaba oscuro pero de pronto comenzaron a aparecer frente a mi imágenes. Y conforme la impresión se volvía más nítida, me dí cuenta que estaba realmente en otro lugar.

No ví mi cuerpo, solo veía como si estuviera «viendo» a través de otros ojos, porque la pantalla era más estrecha, circular y con un enfoque preciso.  De alguna manera era consciente que estaba con Natacha, aunque frente a mi tenía una realidad alterna. Mi visión aparecía flotando y comencé a describirsela Natacha.

Veo una construcción en piedra, hay algunos árboles a sus costados que se ven pequeños frente al tamaño de la muralla, debe de tener unos treinta metros de alto. Veo que tiene torres redondeadas que la  flanquean, me da la impresión de que es una fortaleza medieval.

Entre las dos torres veo una gran puerta de madera. Está entre abierta, Estoy entrando.

No hay nadie, sigo avanzando. Hay una gran escalera, subo, llego a un pasillo que se extiende en dos direcciones, parece el interior de la muralla. Hace frío, está muy húmedo y oscuro.  Giro hacia la derecha y continúo. Al fondo algo, me acerco más, y más, parece una puerta apenas entre abierta. Hay luz en el interior.  Me acerco, la puerta se abre.

Entré en una habitación circular, la torre. Al fondo hay una silueta, poco a poco la veo más detallada, es la silueta de una mujer que está mirando por la ventana.

Tiene  el cabello largo hasta la cintura y lleva un vestido verde oscuro. Creo que ha reparado en mi presencia, voltea hacía mi, le veo el rostro, me mira de frente. ¡Eres tú!

Mi visión comenza a ascender, no hay nadie en el castillo, sigo ascendiendo y veo el río junto al castillo, estás sola, no hay nadie al rededor del castillo, mi visión sigue ascendiendo. Estás sola, pues no hay nadie a menos de cuarenta kilometros de distancia.

Abro los ojos, y Natacha se separa de mí. ¿Por qué dijiste eso? Me preguntó.

No sé. Natacha se dio la media vuelta y enfilo hacia el camino de piedra bordeando el río.

El círculo de protección

Nacho acomodó las sillas de plástico a nuestro alrededor creando un círculo y había dispuesto las mochilas y los sleepings en el centro. Mientras Natacha y yo hablábamos.

Cuando ella salió con prisa caminando bajo la lluvia me preguntó.

¿Qué le dijiste? ¿A dónde va? No sé. Respondí.

Nacho terminó de acomodar el lugar, verificando que las sillas estuvieran bien juntas unas con otras.

¿Qué haces? Le pregunté.

Un círculo de protección. Me respondió mi amigo.

Pero si tú no crees en eso. Le dije sonriendo tímidamente.

Él paró de hacer lo que estaba haciendo y me miró con el ceño fruncido. Con su mirada me dijo todo y cambié de tema.

¿Estará bien Natacha? Mejor vamos a buscarla, el río está muy crecido y no le vaya a pasar algo. Dijo Nacho.

Salimos del círculo que mi amigo había hecho y al instante sentí como si mi peso corporal se duplicara. Caminamos bordeando a tientas la pared enmohecida que delimitaba el camino que bordeaba el río hasta las cascadas y pozas de agua.

De pronto observé como las sombras se volvían más contrastadas. Tenían un negro tan profundo y absoluto que parecían tener volumen, como si aquellas sombras fueran las gotas derramadas de petróleo.

Apuré el paso y observé como estas sombras se aglutinaban formando un líquido de sombras.

La imagen me aterró pero me pudo más la necesidad de encontrar a Natacha. Está bajo la escalinata frente a la primera poza. Le dije a Nacho.

¿Cómo lo sabes? Me dijo. No lo sé, la ví. Respondí.

Unos metros más adelante, con la ligerísima luz provocada por el reflejo del pueblo de Xilitla en las nubes. Encontramos a Natacha bajo la escalinata. Ella nos vio llegar y nos abrazó.

Este lugar es mágico. Gritó ella.

Nacho y yo, solo ascentíamos con la cabeza. Cómo perros mojados.

Te encargo mi ropa y mis collares, me dijo al oído mientras me colocaba todo por encima. Se veía alegre, mientras que yo estaba terriblemente asustado.

¿No te vas a meter a la poza con la lluvia? Le alcancé a decir.

Y de un salto se aventó al agua. Nacho y yo instintivamente nos cubrimos los oídos.

¡No mames! ¿Qué es ese ruido? Dijo Nacho.

Yo sentí el sonido agudo en mis tímpanos como cuando sales de una fiesta. Cuando abrí los ojos, abrí también la boca. Todo, todo, todo cuanto me rodeaba tenía dos líneas de color, una color rojo intenso y la otra azul.
Fue como ver las líneas de frecuencia adheridas a cada objeto y cosa en el paisaje.
Parecía que Todo vibraba. Cada objeto, rama, planta, árbol. Vibraba a su propio ritmo. La imagen me impresionó.
No solo vibraban mis oidos, sino que todo lo que me rodeaba se había permeado de aquella vibración. Al parecer causada por el clavado de Natacha. Es como cuando gritas frente a una guitarra y sus cuerdas comienzan a vibrar. Pero en este caso pude ver la vibración en lugar de oirla. Dos líneas delgadísimas que se sobreponían una a otra.
El agua de la poza y la cascada eran las zonas donde las ondas parecían tener una menor longitud de onda y una mayor amplitud, se veían mucho más exitadas.

Las pidras al contrario tenían la longitud de onda más grande y amplía, apenas se distinguian de una simple línea. Las hojas de los árboles estaban igualmente exitadas, como las de la cascada pero con una frecuencia distinta.
Yo estaba tan extaciado como temeroso. Entonces vi salir a Natacha del agua fría. Y su desnudez estaba ataviada por estas mismas líneas de luz.

Está deliciosa el agua, ¿No quieren entrar?

Yo sacudí la cabeza, negando. Ella se vistió y me acarició.

¿Vamos Nacho o te quieres quedar un rato más en la lluvia? Le dijo a mi amigo.

No, ¡vámonos!. Le respondió.

Yo comencé a caminar tratando de seguir a Natacha como pude, pero ella mucho más ágil que nosotros. Pero conforme caminaba las líneas de luz comenzaban a desaparecer. Y pensé que tal vez había sido el impacto de Natacha saltando al agua, lo que había excitado mi visión provocando las ondas de luz y surgían de nuevo las sombras líquidas, agrupándose una vez más y se dirigían hacia donde estábamos nosotros.

Cuando por error, caminaba sobre una de estas sombras, sentía como mi fuerza disminuía. Hasta que entramos por fin al tejaban y una vez dentro del circulo que Nacho había trazado con las sillas de plástico me sentí mejor.

Lo extraño es que las sombras no podían penetrar el círculo imaginario que mi amigo había sillas de plástico.

Era como si la simple intensión de Nacho hubiera bastado para crear una barrera a el líquido de sombras.

Han notado como si se encendiera el humo de un cigarrillo en la otra caseta, a lado de la entrada. Dijo Nacho mirando hacia la selva,

Sí. Yo también.

Pues mira. Dijo Natacha. A lo mejor es alguien como nosotros que no tiene donde dormir. A lo mejor es el artesano que vendía cuentas de jade en la entrada. Tal vez. No lo sé.

O siento que nos mira, dije. Tal vez sea un protector. Mis palabras comenzaban a ser una mezcla de pensamientos y sentimientos.

Lo que sea. Dijo Natacha. Con que no se lleve nuestras cosas.

En ese momento como si hubiera una radio encendida, pude escuchar la canción de, Santa Lucía perfectamente. No estaba en mi mente, ni Nacho ni Natacha la tarareaban. La escuchaba como si proviniera del Fondo del tejaban, era la versión original cantada por Miguel Ríos.  

Este viaje lo iniciaron juntos, y juntos lo tienen que terminar. Escuche de nuevo la extraña voz de mezcalito. Un sudor frío me recorrió. Pues pensé que ya había terminado todo aquello.

Y sentí de nuevo el tirón desde el ombligo hacia el piso de piedra.

Alcancé a acomodarme encima de mi sleeping. ¿No tenemos agua? Les dije a mis amigos.

No, dijo Nacho.  Natacha comenzó a buscar en las mochilas.

No, ya no quedaba ninguna botella. ¡Ah! ¡Mira! Nos dijo Natacha sosteniendo una botella nueva.

¿Agua Querétaro? La sostuvo en sus manos tratando de adivinar la etiqueta con la escaza luz de la vela. Y tiene los arcos y todo.

¿Agua Querétaro? ¿Pero esa marca no existe o sí? Pregunté.

Pues como sea, yo tengo mucha sed. Dijo Nacho tras oler la botella.  Y le dio un trago. Luego otro, y luego otro. ¡Ah! Esta buena. Nos dijo.

¿Quieren? Si, por favor.

¿Quieres Nat? Si, gracias.

Sentí de nuevo el tirón.

Ya sé que estoy loco, pero escucho una voz que dice que debemos terminar el ritual, juntos.

Ella me acarició con una mirada entre lástima y preocupación. Poco después, no sé si por el cansancio o porque, pero entre Nacho y ella apagaron la vela y cerraron aún más el círculo de sillas.

Natacha entró en su sleeping y se puso en medio de los dos. Que descansen chicos. Hasta mañana, dijo Nacho.

Premoniciones

Esa noche yo trataba de dormir, pero miles de imágenes cruzaban mi cabeza. De pronto tuve la sensación de entrar en un túnel. Poco a poco pude ver que se trataba de una especie de laberinto bordeado por arbustos de gran tamaño.

La imagen se volvió cada vez más nítida, estaba consciente de que estaba acostado en el tejaban, pero al mismo tiempo las imágenes parecían igual de reales. Entonces después de recorrer aquel pasillo rodeado de arbustos, llegué hasta un espacio abierto y oscuro.

Frente a mí, se alzó de nuevo otro laberinto más grande, recuerdo que corría entre ramas y en la oscuridad grisácea tratando de hallar la salida.

Cuando por fin lo conseguí, un tercer laberinto surgió del fango. Esta vez me costó aún más trabajo porque parecía una interminable vereda de lodo y arena que se hundía.

Y cuando sentí que había salido de aquel tercer laberinto escuché una voz que dijo. Has pasado la prueba y este es el primer mensaje.

Entonces mi punto de vista se movió súbitamente, hasta que me encontré en total oscuridad. Mi punto de vista giró y vi el enorme planeta tierra frente a mí. Mi visión estaba fuera de la atmósfera terrestre y podía ver claramente como nuestro planeta giraba sobre su eje como una enorme bola azul.

Al poco surgió detrás de ella, la Luna. La imagen era tan real y clara que podía ver cada detalle. Era la imagen más hermosas que jamás había visto. Estaba contemplando la escena y vi como poco a poco comenzaron a aparecer eclipsados entre la tierra y la luna los planetas.

Se podían ver como continuaban su trayectoria, pero que al mismo tiempo parecían estar alineados, se distinguían claramente los dos gigantes, Jupiter y Saturno.  Entonces escuché la voz sutil apenas perceptible que dijo.

Esta es la primer señal. La conjunción planetaria.  

Después esa visión desapareció y dejó lugar a una caótica escena, fugaz y rápida que contrastó con la pasividad de la anterior. Nubes, polvo, viento. Y poco a poco se formó otra visión.

En ella estaba mi amigo Edson, la imagen se volvió más nítida y vi como mi amigo subía a un avión. Parecía alegre y hablaba con los demás pasajeros mientras el artefacto volaba. De pronto el avión comenzó a sacudirse violentamente y vi claramente cómo se desplomaba con mi amigo en el interior.

Quise despertar pero no pude, y traté de gritar o moverme para no permitir lo que estaba viendo. Entonces una voz gruesa e inquietante dijo.

¡Para que él venga tu amigo tiene que caer! Es la segunda señal. Dijo.

Yo traté con toda mi voluntad de sobreponerme a la imagen antes de verlo derrumbarse y despertar.

¡No!

Grité mientras me incorporaba sobre mi sleeping.

En ese instante un estruendo sacudió el tejaban, como si algo hubiese golpeado el techo con fuerza al mismo tiempo en que yo gritaba.

Mis amigos brincaron del susto.

¿Qué fue eso?

Solo fue una rama que cayó sobre el tejaban. Dijo Nacho sobresaltado.  

Yo estaba con los ojos abiertos y muy perturbado.

Tranquilo Ro. Estas soñando. Me dijo Natacha mientras me trataba de consolar.

¡Pero lo vi caer! Le dije a Natacha. ¡No Ro! Tuviste una pesadilla. Nada más. Tranquilo.

Poco a poco recobré el aliento. Ella comenzó a tararear mientras me recostaba sobre mi sleeping de nuevo. Y sentí como volvía entrar en un trance profundo.

Esta vez mi punto de vista se ubicó de nuevo en el espacio, vi a la Tierra rotar plácidamente a mi izquierda con el negro fondo del universo.  Y en el horizonte vi de nuevo a los planetas alineados.  Esta vez sin embargo escuché una melodía profunda que surgía de la Tierra. Y de pronto las nubes blancas que cubrían parte del océano,  se comenzaron a salir de la órbita terrestre y formaron una estela que se movía como una tela llevada por el viento.

La imagen comenzó a tomar forma frente a mi visión y tuve la impresión que las nubes formaban una larga cabellera que flotaba en el espacio, cuando fui consciente de eso, la tierra rotó y se transformó en el perfil de una mujer. Su rostro variaba ligeramente y me pareció que contenía la esencia misma de la feminidad.

Es tiempo de su retorno. Dijo aquel inmenso rostro planetario. Su voz era más una melodía que se imprimía en mi transmitiendo su mensaje.

En ese momento mi campo de visión o punto de vista, giró en dirección contraria a la tierra, y en medio del espacio fijé mi atención en un punto de luz. Este punto se volvía cada vez más brillante. Tuve la impresión que algo se acercaba hacia nosotros.

Es el tiempo de su retorno. Volví a escuchar aquella melodiosa voz.

La luz provenía del reflejo que emitía un pequeño objeto. Este objeto se fue acercando más y más hacia la Tierra. Mi punto de vista estaba en su trayectoria y gracias a eso pude verlo con detalle cuando pasó a un par de metros del punto desde el cual yo percibía la imagen del universo.

Era una cápsula plateada en forma de huevo. De unos cinco metros de largo por unos dos metros de ancho. La parte superior aquel capullo plateado era transparente, su interior parecía un cuna blanquísima en el cual viajaba una figura humana recostada. Era un hombre de mediana edad, estaba vestido de blanco y tenía el cabello largo y barba espesa. Él hombre mantenía tenía los brazos cruzados sobre el pecho y los ojos cerrados.

Es el tiempo de que vuelva. Escuche de nuevo la voz femenina mientras veía como se dirigía la cápsula hacia la tierra.

Abrí los ojos y me incorporé sobre mi sleeping. Mientras lo hacía vi de reojo que Nacho se incorporaba al mismo instante.

¿Lo viste? Le pregunté susurrando efusivamente tratando de no despertar a Natacha que estaba dormida entre los dos. Nacho asintió.

Fue como si hubiéramos estado conectados viendo la misma alucinación en el sueño. Los dos nos volvimos a recostar. En la visión que tuve al cerrar de nuevo los ojos, fue una imagen en la que Natacha y Nacho y yo rencaminábamos juntos. Tienen que estar juntos cuando eso suceda. Me dijo la misma voz femenina que había escuchado en la visión anterior.

La imagen se difuminó y solo percibí la oscuridad. Una plácida oscuridad que llegaba después de una intensa noche de vívidas visiones.

Ya ha pasado todo. Escuché de nuevo la voz de mescalito pero mucho más apacible.

Solo necesito algo de ti a cambio por lo que has visto.

¡Pero no poseo nada! Le dije en mí pensamiento. Solo tengo mi collar.

Es suficiente. Respondió él.

Suspiré, pues aquel collar lo había ido formando con piedras, caracoles, semillas, que recolectaba en mis viajes por México con Nacho y Edson. También tenía algunas cuentas de Jade que le había ofrecido a mi padre un amigo suyo al encontrarlas en una de las tantas excavaciones arqueológicas en la antigua ciudad de Tolteca de Tula.

Abrí los ojos, y sin levantarme del sleeping me quité el collar y lo puse sobre el piso junto a mí.

Descansa. Despertarás mañana a las siete en punto. Dijo.

Apenas alcancé a escuchar una voz que se diluían entre el murmullo de la lluvia al caer. Cerré los ojos. Cuando los volví a abrir ya era de mañana, miré mi reloj cuando el segundero caía en la casilla doce marcando las siete en punto.

Me levante con pesadez, Natacha no estaba y Nacho estaba preparando el café.

Nacho, puedes tomar mi collar que está en el piso y arrojarlo al río. Le dije a mi amigo.

¿Qué? Pero es tu collar, de jade. ¿Estás loco o qué?

¡Por favor! Le dije con el semblante fruncido. El mal estado de mi cara lo debió de haber convencido.

Nacho lo tomó y sin preguntarme más detalles se dirigió al caudal del río que iba crecido por la lluvia.

Nacho volvió, con el pantalón salpicado de agua.

¿Escuchaste eso? Me dijo. Cuando aventé el collar, el río se calmó.

Desembarco

Querétaro, noviembre del año 2000

Carnal ¿Estás ahí?

Roy, soy Miguel. ¿Carnal?

La voz se filtraba por la ventana que daba hacia la calle y que mantenía abierta contantemente. Caminé por el pasillo hasta la puerta y abrí.

Carnal, ¿Cómo estás? ¿No estás ocupado?

No para nada, ¡pásenle! Le dije a Miguel y a su acompañante que sostenía una bolsa de plástico con botella de cerveza tamaño familiar.

Carnal, te acuerdas que ayer en la fiesta te hablé de que tenías que conocer a alguien. Me dijo Miguel.

Pues te traje al mismísimo Nachito Mágico.

¿Quihuboles que hay? Dijo Nacho Mágico alargando las consonantes.

Te trajimos una chelita

Deja voy por un destapador. Les dije.

Roy, no hace falta. Dijo el Mágico destapó con su llavero la caguama.  

Que gusto carnal, el Mike me habló mucho de ti. Y me pasó la botella a la que le di el primer sorbo.

¿Vives aquí solo?

Si, bueno desde hace una par de semanas, mis exroommies se pelearon y se fueron. Así que si, ahora vivo solo.

¡Wey! está poca madre la casita.  

Ya le dije al Roy que tiene que conocer a Atu.

Wey si, wey. Dijo Nacho mágico alargando las palabras.

Es que no te conté, pero aquí el Roy sabe bailar con las pois, con las bolas de fuego.

¡Quihuboles que hay! Roy ¿En dónde lo aprendiste? Yo lo acabo de ver en el barco. Te tengo que contar carnal. Le dijo Nacho a Miguel entusiasmado.

¿Cuál barco? Le pregunté.

Wey. Es que aquí el buen Nachito, Atu y Miros, acaban de desembarcar de un pinche viajesote wey, wey. Dijo Miguel dándole un trago a la caguama y pasándome la botella.

Wey, Mike y no te veía desde que te fuiste a Londres. Ese Mike, me tienes que contar tu viaje.

Pues mira. -Dijo MIguel estirando la espalda y alargando el brazo para tomar a Nacho Mágico por el hombro, haciendo una pausa mientras hablaba.

Carnal, Estuve un tiempo en Londres y pues luego. Dijo MIguel haciendo un ademán con la mano como un hacha. -Pues que me voy pa l’Africa a aprender percusiones. Dijo Miguel sonriendo.

Wey, wey, wey. Pinche Miguel que chido. Africa. Yo estuve en las faldas del kilimanjaro, te conté. Wey. ¿En dónde estuviste? wey, no mames que chido.

Hay que hablarle a Atu que se lance.

Wey, es que Atu también baila con fuego. Se lo enseñaron en el barco.

¿Pero qué barco? ¿Quién es Atu? Dije.

Pues Atu, mi Roy, es que la tienes que conocer.

¿Ya escuchaste el disco de Madredeus? Me preguntó Nacho Mágico.

No me suena. Y le di otro trago a la caguama y se la pasé a Miguel.

Mañana te lo traigo, lo tienes que escuchar. ¡Wey el fado, Portugal! Lo tienes que escuchar.

Háblale a Miros, dile que tiene que venir a casa del Roy.

Hay mi Roy, es que tienes que conocer a la Miros.

Tu casita, esta como para armar un tableado, Roy. Me dijo Nacho Mágico.

¿Un qué? Le pregunté.

Panchita

Entró a clase con su novio, un chico de cabeza rapada y con cara de poco amigos. Ella era la popular de la escuela, Daniela. 

Como siempre llevaba puestos unos pantalones ajustados, una blusa pegada y con el cabello recogido en una coleta. Daniela. Por supuesto la preferida de los profesores. No recuerdo ni siquiera que clase teníamos juntos en la universidad.

Yo por el contrario, era el lobo solitario, o más bien el lobo desapercibido. O como uno de los amigos de Daniela me apodaba. El mala cara.

Y no es que no quisiera integrarme. Es que, hasta la fecha nunca he sabido cómo hacerlo. Falta de carácter talvez, no sé. ¡El intelectual! Me gritaba un profesor, que para levantar mi ego era el más temido de la carrera.  Libros, café y soledad.

Un día me encontré a Daniela en el pasillo rumbo a la cafetería. Yo ese día me sentía un poco más confiado que de habitud y comenzamos a platicar. Yo le conté de mis viajes, de mis creencias y bla bla bla.

Ella estaba muy emocionada, digo. No exagero cuando escribo que Daniela ha sido la persona más expresiva que he conocido en mi vida. Es que no podía disimular ningún sentimiento, y tampoco que lo quería.

Con poco se emocionaba, pero cuando lo hacía, explotaba en júbilo como una chica de manga japonés con todo y las luces y los rayos cósmicos.

-Estoy junto con un amigo creando una tienda de ropa, se llama Quema.  Tenemos también algunos accesorios.

-En serio Gasho, ¡Que emoción!  -Gritó Daniela acentuando su acento de norteña.

-Pues si, mira te dejo una tarjeta postal que acabo de imprimir con el logo. Te apunto la dirección por si quieres darte una vuelta.

-¡Ah sí! !Está increible¡ En el centro de Querétaro. Gasho que lindo. –Volvió a gritar

La verdad nunca esperé que fuera a ir a la casita. Pero esa misma tarde llegó.

Las pois

Esa tarde había ido a comer al café del fondo y de ahí me pase un rato a Cuadros a escuchar quién estaba tocando.  

Por entonces el centro de Querétaro era un lugar poco turístico y en donde solo los músicos, pintores, poetas, hippies y jugadores de ajedrez se reunían en torno a algunos cafés de culto.  

Yo caminé hasta mi casa cuando vi la figura de Miguel iluminado por el farol.  Levantó los brazos.

Mi Roy. ¿Qué haces carnal?

Pues nada, caminando.

A su lado estaba una chica de tez bronceada, cabello rizado estilo afro y con una amplia sonrisa y un entusiasmo contagioso.

Wey, le conté a Atu que tú también bailas con fuego.

Pues sí, aprendí hace poco.

¡Chiquito! Yo también. -Me dijo. Vamos a prender.

¿Ahorita? Le contesté.

Sí Carnal, yo me traje el djembe.

¿En serio?,ok, pues deja saco mis pois. ¿No nos dirán nada los vecinos?

Hay mi Roy, no te apures, así tranquis.

Ok, deja veo, debo de tener un poco de gas en la cocina.

Nosotros trajimos gasolina Roy. Ira, aquí la traigo en el vochito.

Miguel sacó su djambé y se puso en la puerta de la casa. Mientras Atu y yo comenzamos a bailar con las pois entre dos coches estacionados en la calle de Pasteur. Y después de unos minutos decidimos remojarla tela en gasolina y prenderles fuego entre gritos y tambores.

El movimiento de Brazo

¿En dónde chingados está Nacho Pilas? Me dije en voz alta.

Tomé el teléfono y marqué el número de su casa en la ciudad de México. Sonó una vez y colgué. ¿Y si me contesta su mamá? Me va a preguntar ¿Qué no está contigo?

Marqué el número de su ex novia ¿Y si me contesta su marido? Colgué.

¿Estará en la casa de sus tíos aquí en Tula? Pero si voy, su tía le contaría a su mamá y la ex novia saldría al tema.

Pinche Nacho, ¡ya que se compre un teléfono!

¿Se habría ido con Natacha a Guadalajara? Se me revolvió el estomago.

¿Estará con el Edson en Querétaro? Miré el reloj, Edson debería estar en la universidad o tal vez trabajando.

Entoncés cerré los ojos deliberando entre una pregunta y otra cuando de pronto fui consciente que me estaba balanceando involuntariamente de derecha a izquierda. Abrí los ojos y miré a mi cuerpo como se movía sin mi consentimiento de un costado a otro.

Sentí como una oleada de recuerdos y sensaciones que iban desde el sabor amargo de mezcalito hasta la pérdida de control sobre mi cuerpo hacía apenas una semana en Xilitla. Un sudor frío me erizó el espinazo.

¿Brazo? Pregunté con una voz delgada.

Entonces, lentamente comencé a balancearme como una boya de mar.

No era yo quien estaba provocando aquel movimiento. Es decir, no había tenido la intensión de moverme, y sentía que aquel movimiento provenía de lo profundo de mi cuerpo.

Ahí estaba yo sentado en la silla sin apoyar la espalda al respaldo viendo como mi cuerpo se balanceaba hacia adelante y hacia atrás.

Este movimiento involuntario y desconcertante como una manifestación de un algo, de una fuerza irreverente a la que ya había conocido la noche de Xilitla.

Solo que ahora esta fuerza era más sutil, mucho menos agresiva y sobre todo parecía estar jugando.

Brazo. ¿Me estaré volviendo loco? Me pregunté en voz baja, dejé de moverme.

¿Brazo estás aquí? Lentamente mi cuerpo volvió a balancearse hacia adelante y hacia atrás, como un péndulo y cuando se hizo evidente, el movimiento cesó.

Y entoncés me vino a la mente el motivo que había despertado aquella fuerza interior.

¿Brazo sabes en donde está Nacho? El movimiento pendular me impulsó hacia delante y atrás, hasta que me resultó evidente su respuesta no verbal. Sí.

Entonces el movimiento cesó.  Respiré varas veces tratando de contener mi emoción.

¿Nacho está con Natacha? Me dejé de mover y lentamente aquella energía motora creció hasta manifestar un movimiento de izquierda a derecha, hasta que se fui consciente de la respuesta negativa.

Entonces el movimiento se detuvo. Así, mediante preguntas cerradas sobre las posibles ubicaciones de mi amigo, Brazo me indicó que mi amigo desaparecido se encontraba en un autobús camino a Tula.

Yo me sentía escéptico sobre lo que me respondió Brazo, hasta que pocos minutos después mi madre me llamó. Ro, baja, Nacho acaba de llegar. Me gritó mi mamá desde la cocina.

¿Qué onda Rojo? ¿Dónde andabas wey?  

Me quedé con Amelia y casi pierdo el camión para venir a Tula. No manches que tráfico había en la carretera.

Esa fue la primera vez que tuve consciencia de que Brazo se había quedado en mí.

Pinche roy

Wey, te juro mi Roy.  Te juro que no me lo vas a creer. Venía caminando a tu casa y que me encuentro con mi super carnal el Ernesto. Wey, wey. Que chingón.

Wey, no mames wey, a mi me había avisado mi carnala la Vero, que le callera a una casa en el centro wey.  Dijo Ernesto con una voz profunda y articulando cada letra como si estuviera leyendo poesía del siglo pasado en inglés británico.

Wey, no mames, mi Roy. Hace un chingo que no veía a este carnal, el Ernesto. Wey. Que chingón, no mames.

En eso Daniela se estacionó frente a la casa y bajo del auto junto con Vero. Yo la había cruzado varias veces en la universidad.

¡Gasho que emoción! – Gritó Daniela desde el otro lado de la calle.

Preséntame sangrón, quienes son tus amigos. Dijo Daniela exagerando sus ademanes y haciendo como si se peinara para la ocasión.

Hay pinche Dani, no mames. Es el Ernesto y el Miguel. Le dijo Vero.

¡Hay que emoción Gasho! El Miguel del que no paras de hablar. Dijo riendo.

No es para tanto. Repliqué en voz baja.

¡Qué se traen! !Que se traen! Gritó Nacho desde el fondo de la casa con una caguama en cada mano.

Nos sentamos en la habitación que tenía la gran ventana de frente a la calle adoquinada.

¿Qué traes ahí Daniela? En esa mochila cabe un gato. Dijo Nacho Pilas señalando su bolso.

¡Qué te importa sangrón! Déjame en paz. – Le dijo sonriendo.

Tuku, tuku tu. Vociferó una chica desde la calle sujetando con ambas manos los barrotes de la ventana. Carnal, no mames, que chido. Ábranme cabrones no mames. Dijo.

Ja ja ja La Miros. Dijo Ernesto y fue a abrir.

Tuku tuku tu. Se escuchó.

Después otro grito.

Atu, wey. Chiquita. No mames.

El Ernesto agitó las manos. ¡Wey ya sé armó este pedo bien cabrón, wey!

Miros se movía lentamente y contrarrestaba entre los cumplidos exageradamente cariñosos y las groserías. 

Chiquito, ¿Cómo estás? Me dijo Atu mientras entraba a la casa.

Si, ayer apenas conocí a Ro, vine con el Mike a su casa porque me dijo, -Chiquita tienes que conocer al Roy porque también baila con fuego. ¡Y Zaz! Que nos vamos por gasolina y le caímos a la casita a prender fuego. !Pinche Mike! Hasta se trajo el djambe y estuvimos aquí afuera en la calle prendiendo fuego como pinches locos.  Dijo Atu y soltó una carcajada.

Nacho para entonces ya estaba brindando con todos los que entraban a la casa.

Ernesto se fue al viejo tocacintas con Miguel y pusieron uno de sus cd que traían en la mochila y así entramos en un bucle espacio-temporal de bits de Saint Germain a Kruder and Dorfmeister.

En eso escuchamos un chiflido ensordecedor desde la calle. Y luego el rechinido de una bicicleta que se detenía frente a la ventana.

¿Quihuboles que hay? –Dijo Nacho Mágico desde la calle.

Wey, wey, wey, el Nachito. Se escuchó entre la música.

El ruido metálico de la puerta de la casa se escuchó. La bicicleta entró al pasillo mientras la rola de Rose Rouge dictaba sus últimos acordes.

El pasillo

Eran como las tres de la mañana. En serio, te juro que no lo estoy inventado. Estaba dormido en mi cuarto, y me desperté porque clarito escuché que alguien abrió la puerta de la casa.

-Wey, yo había cerrado con llave. Te juro. -Le di un sorbo a la cerveza.

Me quedé unos segundos en la cama, porque pensé que había sido un sueño. Y en eso, que empiezo a escuchar como si alguien caminara en el pasillo. -¡Wey, yo estaba solo en la casa!

Entonces me quito el sleeping y me levanto de la cama. Cuando en eso, el ruido se hizo más nítido. Era como si alguien caminara en el pasillo y arrastraba algo metálico, como cadenas. ¡Neta wey! Sé que no me crees, pero te lo juro estaba temblando. Abrí la puerta del cuarto y mire el pasillo. No había nadie.

Pensé, estoy loco, traté de tranquilizarme y le dí play al stereo. Mala idea, porque las rolitas que me encantan de Dead can dance, no son la  mejor opción para escuchar solo en la madrugada en una casa vieja. Edson rió. –Hay pinche Rodraz eso te pasa por andar tentando al diablo.

Pérate, que ya le bajo un poco a la música y me regreso a mi cama, bueno a mi colchón. Ya sabes que está a ras de piso. Entonces me pongo de cuclillas en la base de los pies y comienzo a gatear hacia la almohada, mi sleeping estaba del lado derecho, y mientras avanzo, voy viendo que el sleeping tiene una forma extraña, sigo su contorno con la mirada mientras lentamente me acerco a la almohada y veo que el sleeping tiene la forma de una mujer dormida a todo lo largo de la cama.

Puse una pinche cara de susto, me levanté en chinga y quité el sleeping de un tirón y prendí la luz. No había nada. ¡No mames me puse el pinche susto de mi vida! -Edson rió a carcajadas.

Ya no pude pegar el ojo en toda la noche y menos apagar la luz.  No era como si hubiera alguien debajo del sleeping, no era como si el sleeping fuera la misma persona. ¿Sabes cómo? 

-Hay pinche Rodraz, estás bien loco carnal. Me dijo Edson. –Qué me va a decir Sony. Hay mi Richard, cuida a mi niño. Pero si está bien loco Sony. ¿Cómo lo voy a cuidar? Ambos reímos.

Luna creciente en Jalpan

Estábamos en la casa de Jalpan de Miguel, bueno, la casa de don Chema el papá de Miguel.

El caso es que nos habíamos quedado a platicar afuera de la casa hasta la madrugada Miguel, Don Chema, el Benji y yo. Hacía mucho calor, y don Chema nos propuso caminar por el jardín frente a la presa.

Y en algún momento los cuatro nos quedamos de pie, callados, solo contemplando la presa de Jalpan iluminada por la luna creciente. Yo estaba por así decirlo a tras de Don Chema, a su lado estaba Miguel y el Benji estaba a mi izquierda un paso por delante, así que solo veía las siluetas de sus espaldas y miré como mis amigos miraban hacia el frente.

De pronto sentí como mis brazos se empezaron a levantar, ambos al mismo tiempo a mis costados, los sentía ligeros, como si flotaran.  Entonces que volteo al frente, y veo como los brazos de mis amigos se estaban levantando al mismo tiempo que los míos. No como si nos estuviéramos estirando o algo por el estilo, sino como te dije, haz de cuenta que mis brazos flotaban, así despacito, muy muy lento.

Pues igual los de ellos. Cuando teníamos los cuatro los brazos extendidos hacia arriba, don Chema nos dice. ¿Ya lo sintieron? Y fue como si hubiéramos entrado de nuevo en consciencia o despertado, cada uno bajo los brazos.

-¿Qué pedo? Dijo Miguel.

-No sé mano, pero que chingona energía se sintió. ¿Lo sentiste Benji?

-Simón.

-Hasta se me enchinaron los pelos cabrón. Dijo don Chema.

-Mi Roy, no mames ¿Tú también levantaste los brazos verdad?

-Si Mike. Todos los teníamos levantados. -Le dije.

-¡Que chingón! Nunca había sentido algo así aquí en la huerta. Que chingón. Repitió don Chema.

-¿No habrá sido Brazo mi Roy? -Me susurró Miguel.

Colección de meadas

Nos regresamos ya tarde de Jalpan a Querétaro, y por ahí de las seis cuando empezaba ya a caer la tarde nos paramos antes de Bernal. Porque según les veía contando, por ahí estaba el árbol que me gustaba. Un pequeño mezquite en lo alto de una pequeña saliente que parecía un bonsai.

Pues porque no aprovechamos para hacer una parada técnica carnal. Dijo Miguel que conducía el coche.

Detrás de nosotros se estacionaron los otros dos autos en los que viajaba el resto de la bandita.

-Según yo es está peña. Le dije al Miguel.

-¿A dónde tan solitos? Nos gritó Miroslava.

 -A mear. -Le respondió Miguel

-Ta bueno. Abusados con los cactus. Nos respondió. También subieron Nacho Mágico, el Ernesto, Benji, el Nacho Pilas. Y nos pusimos todos en fila en lo alto de la ladera junto al raquítico mezquite.

¡Wey¡ La vista desde ahí, estaba poca madre. Podías ver Bernal desde lo alto, el desierto y la Sierra gorda.

-Esta va para la colección. –Dije en voz alta.

-¿Cuál colección carnal?

-Wey, es que colecciono momentos. O más bien dicho, colecciono meadas. Y la neta esta esta poca madre.

 -¡No mames pinche Roy! –Dijo Ernesto. Nomás falta que quieras echar espadazos. Reímos.

-A ver cuéntame otra meada de tu colección –Me dijo Nacho Mágico, cuando ya empezábamos a bajar.

-Wey una muy buena fue cuando fuimos al cuarto de azotea en donde vivía Adolfo en amigo del Pilas en la ciudad de México. Creo que era en la Narvarte. Y después de unas chelas me dieron ganas de mear. Así que me fui hasta la orilla y me subí a la barda, o como se llame, y me puse a mear. Hacia la banqueta que estaba a unos siete pisos abajo, mientras contemplaba las luces del DF.

-Hay pinche Roy estás bien loco carnal.

-¡Wey! es que tengo la teoría que en esos momentos, cuando estas meando, te vuelves más consciente.

-¿Neta? Ahora si te la mamaste mi Roy.

-Bueno ahora somos carnales de meada. Me dijo Nacho Mágico

-Pero para eso hay que cruzar los pinches chorros ¿No? –Dijo Ernesto riendo.

-Pues ahorita llegando a la casita del terror. -Dijo el Miguel.

-No –les dije preocupado por la limpieza del baño.

Así surgió el nombre

-Cómo crees que le puso mi mamá a tu casita mi Roy? –Me preguntó Miroslava

Ya la bandita estaba empezando a llegar y se destapaban las primeras caguamas del lunes. El Ernesto entró en el cuarto y abrazó a Miros.

-Miritos, que chido carnala que llegaste, ira nomás lo que te destapé. –Y chifló como arriero.

-Wey, esto si es un buen recibimiento pinche Ernest. –Le dijo con su tono pausado al hablar, le dio un sorbo a la caguama y me la pasó.

-Wey, espérate que mi mámá me dijo. ¿Ya te vas a ir de nuevo a la casita del terror? Yo me ataqué de risa wey –Dijo Miroslava.

-No sé qué tantas cosas harán en esa casita, hasta drogas deben de consumir, te quiero aquí temprano. No me gusta que te quedes tanto tiempo en el centro. –Dijo Mimroslava imitando la voz de su mamá.

-Wey la casita del terror. No mames le queda perfecto el nombre.

-Pues a mi me gusta más Pasteur 64, parece el nombre de un cuento de Cortazar. -Dijo Nacho Pilas.

Miradas

Natacha y yo estábamos en uno de los cuartos de la casita, ella me estaba enseñando a bailar con las pois de fuego, apagadas por supuesto.

En eso llegó Daniela y saludó a Nacho Pilas y se fue para la cocina.

Antes de eso, Natacha y yo habíamos estado consultando el I ching, yo estaba aún bastante confundido con la relación entre ella, Nacho Pilas y yo. Pero más porque en unos pocos días se iba de la casa a seguir su viaje por Latinoamérica antes de regresar a Francia.

Tenía aun los sentimientos encontrados, entre, lo que pasó con Brazo, las alucinaciones, y el hecho que se iba y que tal vez, nunca la volviera a ver.

Esos días Natacha se quedaba a dormir en la casita, cuando yo me levantaba para ir a la Universidad, ella se iba según me contaba al café del fondo a desayunar y luego se daba una vuelta por el centro. Pero casi todo el día se la pasaba leyendo en la casa hasta que yo llegaba.

-¿Ya viste como te mira Daniela? –Me dijo Natacha.

-No, ¿cómo?

Ella me miró arqueando las cejas.

-Le gustas Ro. Me dijo con su acento francés.

-Claro que no. –Respondí

-Se me quedó mirando y me abrazó. Te voy echar de menos.

Indian Vibes

Cuando me desperté caminé hacia el pasillo para ir por un vaso de agua. Aún estaba medio pedo. Wey, el pasillo estaba cubierto de envases vacíos.

Luego, entre abrí el cuartito de atrás, ahí estaba Miguel y Milena dormidos sobre el colchón. Total, que fui a la cocina y regresé al cuarto de enfrente, la sala estaba patas para arriba, había un montón de envases vacíos ya medio terminar de cerveza, cigarros, plumas, estolas, ropa.

Nacho Pilas estaba dormido en uno de los sillones y en el otro estaba Ernesto.

¡Qué pinche fiestonon! Todo por la culpa del Ernesto. Pinche Ernest. Según cuando estaba caminando por Ezequiel Montes, se encontró una tienda de ropa que había vintage. Ya sabes cómo es el Ernest.

-Nooo maames wey, pinche tienda estuvo cerrada por veinte años weeey, creo que el ruco se murió y cerraron la tienda y estuvo intacta por veinte años weeey. Nooo maames wey. -Imité la voz de Ernesto.

Y al wey, se le ocurrió hacer una fiesta de disfraces con la ropa de la tienda. Aunque mucha de las prendas el Ernest las usa a diario. Pero bueno, cada quien su estilo. El punto es que le dijo a Daniela, ella le dijo al Mágico, de ahí paso al Mike, Atu, Miros y de ahí pal real.

Me dice Nacho Mágico. – ¿Mañana nos vemos en la fiesta de disfraces?

-¿Cuál fiesta? ¿En dónde va a ser? –Le pregunté.

-Pues en tu casa. –Me respondió. Nadie me había avisado, y creo que fui de los últimos en enterarme. Le dije a Dan que si me acompañaba a comprarme algo. Estuvo muy cagado la neta.

Ya en la noche los de la bandita empezaron a llegar disfrazados. Y luego el Edson llegó en su moto Rebel Honda, poca madre.

-Wey, una sesión de fotos wey. Con la motito del Edson. –Dijo el Nacho Mágico.

Luego poco a poco fue empezando a llegar más gente y más gente.

Creo que nunca había visto entrar tanta gente a la casa. Era incontrolable, wey, se había corrido la voz y había fila para entrar.

Yo solo agarré por la solapa al esposo de la hermana de Miguel que mide como dos metros, y le dije. –Wey, no conozco a nadie. Porfa, quédate en la puerta, si ves a alguien que no te late no lo dejes entrar.

-Va que va, Roy no te preocupes, solo mándame de beber. -De eso yo me ocupo, y le pase una caguama recién destapada.

Wey, no podíamos ni caminar por la casa, había un chingo de gente. Luego el Ernest sacó uno de sus cds, y puso la rola de Mathar, de Indian Vibes. De ahí todo se descontroló. Toda la banda empezó a bailar. Yo ya me dejé llevar no mames que pinche fiestón.

Y luego nos pusimos a bailar juntos los de la bandita. Y que se arma ¡la lavadora, lavadora! todos contra todos y luego más rápido, ¡centrifugado, centrifugado! ja ja ja pinches locos.

Y ya de ahi, esa rola ya se quedó como el himno de la banda. Cada que la escuchamos o la pone el Ernest, se arma el centrifugado.

Danza Hindú

No sé de dónde salió la idea ni quien nos pasó el tip, estoy casi seguro que fue Nacho Mágico. Pero en la tarde nos fuimos a la UAQ a una clase de danza Hindú.

Daniela, ya sabes, era bailarina de contemporáneo, así que andaba como pez en el agua. Nacho Mágico con la pinche memoria que tiene se aprendía todo en dos segundos. Pero el Nacho Pilas y yo, éramos el hazme reír de la maestra.

¡Wey! estaba bien linda, era una chiquis hindú que solo hablaba inglés e hindi, yo creo como de veinte años, morena, delgadita y vestida con su sari y todo. Wey, que pena, no dábamos una.

Pero si nos divertimos un chingo. De ahí nos fuimos a la casita por unas chelas

la vida pasa, hoy pasa y yo

-Mi Roy, hoy voy a tocar en el Juli. –Me dijo Nacho Mágico.

El Juli se había vuelto como el barecito fresa de moda en el centro, estaba en la casona de los conco patios. Por supuesto nosotros no teníamos para pagar la entrada ni para comprar una cerveza ahí adentro.

-No te apures, a las 9 empieza. Ustedes se van a la cocina, ahí hay un descanso que está justo detrás del escenario. –Nos dijo Nacho Mágico a Daniela y a mí.

Esa noche nos lanzamos a escucharlo, Nacho Pilas, Daniela, Miros y yo. Apenas si cabíamos en el rincón, y de tanto en tanto nos rolábamos la chela.

Yo sabía que Nacho Mágico ensayaba Flamenco, pero nunca lo había visto u oído cantar con acompañamiento. Y si canta muy muy chido. Estaba en el escenario con Adelina que fue la primer bailarina del ballet nacional de Cuba; a la guitarra estaba Josué que también viene de cuba y toca de no mames; y Miguel estaba tocando el cajón flamenco.

Que pinche espectáculo más chingón. El lugar estaba lleno, ya no cabía un alma. Y la neta se veía delicioso lo que estaban sirviendo para la cena. Pero el Mágico de tanto en tanto veía con una caguama y unos canapés que se chingaba de la cocina.

Cuando terminó el concierto, nos fuimos todos caminando unas cuadras hasta a la casita del terror. Wey, la neta es que el concierto en el Juli estuvo Chido. Pero en la casita, la siguieron y neta estuvo mucho mejor. No mames, Adelina y otra chica bailando con Nacho, ahí me enteré que era el tableado. Josué a la guitarra y todos cantando rolas de Tomatito, camarón de la isla, Manzanita, etc. Yo no había escuchado a ninguno de ellos.

Y luego Mágico nos contó la historia de un compositor de flamenco que tras terminar de grabar una canción murió de una sobre dosis, y que todos apuntan que fue un suicidio, según esto. Y la rola en cuestión de este compositor se llama “Lo bueno y lo malo”. Wey, hasta se me enchina la piel cuando la escucho, no sé. Tiene algo. Y te juro que tengo la voz del Mágico grabada. “Paso la vida pensando en lo bueno y lo malo.

Mi mente está triste me siento algo extraño,
mi cuerpo se agota mi alma lo nota,
de ver en el mundo me tira de otra oca,
la loca envidia que trae la mentira
palabras tan falsas que por mi mente pasa, hoy pasa y yo…
El tiempo se pasa y los años me cansan,
de ver la mentira que traen gente vana,
mi tiempo está en vilo yo sé que me pasa
mentiras, palabras y todo es una falsa
hoy tengo un momento de ansias con ganas
quisiera decir lo que siento en mi alma
la vida pasa, hoy pasa y yo…
y en mí, y en mí, y en mí,
en mi mundo nuevo lo voy a olvidar
las aventuras que he podido vivir
en mí, y en mí, que yai que yai
no aguanto más, mi historia es así,
y en mí…
que por mi mente pasa, hoy pasa y yo…”

Las dos casas

¡Claro! Enrique Ocaña, cómo no. Él llegó a la casita con Miguel después de que hubieron terminado de tocar en Cuadros.

El famoso Rodrigo el bolas de fuego. –Me dijo con su acento veracruzano.

Pues famoso no, pero si las bailo. –Le dije. Nos saludamos de abrazo y me presentó a Betito, que era el guitarrista de la Banda Son de Arena.

Se instalaron en el cuarto de enfrente y empezó el toquín. Comenzó a llegar más gente, amigos de amigos, algunos que solo pasaban por ahí y conocían a alguien que les había dicho.

Las caguamas empezaron a desfilar y se armó la primera vaquita para sacar para las chelas. Creo que recuperamos como ochenta pesos de la primera pasada. De a cinco, de a diez, veinte. Ya nos lanzamos por las caguamas a la tienda de la esquina.

Cuando regresamos la casa ya estaba llena. Ocaña cantando a fondo, y en el solar de atrás se estaba armando el tableado flamenco con el Mágico.

Luego llegó un vecino, Fernando. Wey a todos se nos hacia el más raro del mundo, el Fer, pero ya después de unas chelas estaba igual o más loco. Eso sí es de los Queretanos de toda la vida y su banda también, total que unos amigos suyos llegaron, y pues entre ellos todos se conocían. Entonces me dijo, ven Roy, vamos a mi casa.

Nada que ver, el Fer trabajaba en el gobierno y ganaba bastante bien. Sacó una botella de whisky y me sirvió un trago. Cómo explicarte, el Fer. No habla mucho y tiene una mirada penetrante. Sabes que te está exprimiendo con el pensamiento tus neuronas.

Una vez se nos ocurrió jugar maratón, el jugo de mesa de preguntas, wey que pena. No chingues. Ese wey se sabía todas.

Volvimos a la casa, y al poco rato, ya la fiesta comunicó ambas casas por la azotea. Aquello se volvió a salir de control, entraba y salía gente, las chelas rolaban y sobre todo la música en vivo hizo que el centro vibrara.

Me acuerdo que una de las veces que sali de la casa hacia la del Fer, el administrador del bar de enfrente, El Portón de Santiago, me dijo. -Oye mano, ¿Cómo le hacemos para que la gente de tu fiesta se venga a dar una vuelta por el bar? ¿Qué necesitas? ¿Quieres un descuento? -Hay wey, pinches locos. -No, no sé mano, la verdad es que casi no conozco a nadie de los que están en mi casa. Y me metí a la casa del Fer.

Luego llegó Haide, una chica de ojos grandes con el cabello rizado, parecía salida de una película. Mágico me la presentó era estudiante de bellas artes, y su novio, el Flautisto al que Nacho Mágico admiraba porque era parte de la filarmónica, y al parecer había ganado una beca para irse a estudiar a Francia. El chico no hablaba mucho, me hizo pensar en el personaje de la película the big blue.

No sé porque pero me dio la impresión que a Nacho Mágico le gustaba Haide. Aunque era realmente difícil entre tanta gente.

Cambio de llave

Un día estaba platicando con Fer en la entrada de su casa, cuando vemos que un chico de rastas al que nunca había visto, saca una llave, la mete en la cerradura de la casita, la abre y entra. Los dos nos quedamos paralizados viendo la escena

-¿Lo conoces? Me preguntó Fernando.

-No, nunca lo había visto.

-Wey se metió a tu casa.

Hay cabrón, ese día cambie la cerradura, un amigo de un amigo de mi antiguo roomie se la había pasado a ese wey y le digo que le podía caer. No mames que pinche susto.

¿Qué pasa cuando bebes mucho tequila Viuda de Romero?

Cuéntale lo que te paso en Xilitla para que se le quiten las ganas de probar a mezcalito. Dijo Edson

El punto es que al Ro le jalaron las patas y sintió que le habló el muerto.

No fue el muerto, fue mi brazo que me habló. Todos reímos.

Ya vez, van a pensar que estoy loco.

Pero ¡si lo estás carnal! Dime, ¿quién te conoce mejor que yo? Wey ¿Te acuerdas de esa vez con el tequila Viuda de Romero? Dijo Edson.

Te digo que al Rodraz le pasan puras cosas raras. Ese día estábamos acampando en una ranchería cerca de Catemaco en Veracruz junto a un ojo de agua y que empieza a llover.

Catemaco es famoso por que abundan los brujos y nahuales ¿no? Dijo Alguien

Ándale, a lo mejor fue por eso. Dijo Edson

En esas andábamos, y no teníamos nada para comer más que una bolsa de galletas de animalitos, y una botella de Viuda de Romero.

Wey, y el maldito garrafón de agua, que no sé a quién se le ocurrió llevarlo.

A si es cierto, te pasaste. Dijo Nacho

¡Pues que tal y que te daba sed carnal!

No chingues, para eso traíamos el tequila. Le respondió. 

Pues como sea, la cosa esta que esa noche dentro de la casa de campaña estábamos, el Boti, el Toño, Nacho, el Rodraz y yo. Y ya conoces a tu amigo, nomás cae la noche y te empieza a filosofar.

En esas estaba discutiendo con el Boti sobre el amor y dios. Cuando el Rodraz se sale con botella en mano e iluminado por la única farola del pueblo grita. Dios es…  y madres, en ese momento cae un rayo en el poste de luz detrás de él.  Y este wey se pone a brincar  y a gritar. ¡Es cierto! ¡Es cierto! estilo Forrest Gump.

Tuvo que salir el Boti todo asustado a corretearlo para traerlo de vuelta a la casa de campaña tapándole la boca. ¿Te acuerdas? 

Y ¿Qué fue lo que gritaste? Pregunto un amigo

No, ni lo invoques porque se descose de nuevo.

¿Te digo?

Ya vez, mejor ni le des cuerda.

Además el asunto es que le expliques como es que te habló tu brazo esa noche para que se le quiten las ganas de ir a Real de Catorce.

¿Pero que no había sido en Xilitla?

Si, la segunda vez que lo probamos. La primera fue en el desierto pero esa noche no pasó nada.

Bueno según nosotros.

Porque cuando la entidad comenzó a hablar nos dijo. El Ritual lo comenzaron juntos hace tres días en el desierto, y ahora tienen que terminarlo juntos.

¡No mames! ¡Te cae! ¿Quién les comenzó a hablar?

El mezcalito. Le respondí.

Iaz Galo Solé

Para esto, entre Daniela, Nacho Pilas y yo habíamos creado Iaz Galo Solé, una pequeña agencia, los tres nomás, y hacíamos publicidad, diseños y estrategias de ventas para pequeños negocios. Nacho diseñaba, Dan era la de relaciones públicas y yo me enfrascaba en las ideas.

Digamos que sacábamos para los gastos, Nacho había dejado de vivir en el DF y se había venido a vivir a la casita conmigo. Algunos de los clientes eran antiguos empleadores, como la fábrica de jeans de San Martín Texmelucan a la que le hacíamos los diseños de sus etiquetas. La Óptica Tula, a la que les hacíamos carteles, posters, spots de radio. Y algunas otras en Querétaro que nos daban para pagar la renta y las cervezas.

Un día llegó Nacho Mágico y nos dijo que en su trabajo estaba buscando quién les hiciera un estudio de mercado y unas propuestas para una marca de café. Fue así que empezamos a trabajar en un proyecto con agromercados, que era una empresa que habían formado algunas cooperativas de café del sur de país, con la intensión de crear sus propios productos y venderlos en el mercado local. Fue la primer vez que escuché hablar del sello Fairtrade, comercio justo y productos bio y/o orgánicos. Desde ahí los tres Nacho Pilas, Daniela y yo, quedamos ligados a este sector.

No solo un lugar

A veces siento, que la casita del terror no es solo un lugar, ósea Pasteur 64, sino que es una esencia, la esencia de la cueva mítica, la morada, el refugio, el lugar en donde duermo, pero que en ocasiones se convierte en la pantalla en la que se proyectan las imágenes de una realidad alterna. Como la metáfora de la cueva de Platón.  Y no sé, pero siento que me seguirá aún y cuando ya no more en ella. ¿Fui yo el que imaginó y deseo vivir en una casa en el centro de Querétaro rodeado de amigos ese día mientras caminaba por la calle de cinco de Mayo?  ¿O fue la esencia de la casa la que me sumergió en su sueño?

Prueba de sonido

Probando, probando, uno, dos tres, probando, probando. –Dijo Nacho Pilas cuando salió del cuarto de atrás corriendo para contestar el teléfono. Se alargó la garganta con un sonoro carraspeo y cogió el auricular.

-Buenos días. –Dijo al teléfono.

-¡Hay Daniela! Pensé que era un cliente. ¿Qué horas son?

-Sí, sí, ¿dormidos? No para nada andamos allá atrás desayunando. Sí, sí. Ok. Nos vemos al rato. Órale.

Wey, Daniela ya viene para acá, la cita con Agromercados es en una  hora. –Me gritó.   

-Puso en stereo el cd de Moby Play a todo volumen y comenzó la carrera de obstáculos.

Agromercados

Llegamos a una casa común y corriente en la colonia Carretas.  Nacho Mágico nos presentó al equipo de seis personas que trabajaban en la oficina de Agromercados, nos contó que otra parte del equipo andaban en las comunidades por Amealco, y otras en Oaxaca. Subimos a la recámara que hacía las veces de sala de juntas y nos encontramos con Jesús C. que era el director de la oficina.

-Nacho me ha contado mucho sobre ustedes.

-Cosas buenas espero. –Dijo Daniela. Los tres nos volteamos a ver un poco cómplices.

En la presentación nos fue bien, le planteamos varias ideas para lograr lo que ellos buscaban, al final salimos con una sonrisa y con trabajo por delante. Primero una investigación de mercado en la ciudad con el fin de instalar una cafetería, y por otro la encomienda de crear una propuesta de diseño de una cafetería que transmitiera los valores de las cooperativas de café y el comercio justo. –-¡Wey! Te estoy hablando que en aquel año aún no llegaba Starbucks a México. Y que la única referencia de negocio que había era el Jarocho en Coyoacán y Italian coffee Company. Osea que hay te encargo con el proyecto, por lo menos teníamos trabajo para lo que quedaba del año. 

Escalera de Jazmín

Hoy fui a al cuarto de Nacho Mágico, está rentando cerca de la vieja estación de tren, en la parte de atrás de una casa. Subes unas escaleras de metal esquivando el jazmín que invadió casi toda la escalera, pero la neta está bien chido.

Fuimos el Pilas, Daniela y yo.

El Mágico nos sacó su darbuka que se trajo de Marruecos creo, y no paró de ponernos música de su viaje a África y Oceanía y enseñarnos fotos de su viaje.  

La relación con Daniela es un poco confusa, tenemos como este acuerdo no dicho, pero mientras estamos en la casita, no damos señas de estar juntos. Pero van varias noches que dormimos juntos en su casa cuando su papá se va de viaje por su trabajo.

Crí, crí

-No, no es que no tenga nalgas. Lo que pasa es que camino diferente. –Le dije a Daniela y a Nacho mientras ella conducía su auto.

Ambos explotaron en carcajadas, y ya sabes para la efusividad de Daniela casi suelta el volante en plena carretera.

-¡No manches Rojo¡ -Me dijo llorando de la risa Daniela. Nacho dile algo a tu amigo.

-Wey en serio, no es que no tenga. Sino que al caminar…  -Ya mejor decidí parar mi argumentación antes de que Daniela nos estrellara contra el acotamiento.

-Crí, crí. Dijo Miroslava

-¿Qué es el crí crí?

-¡Wey! es cuando alguien dice un chiste tan malo, que nadie se ríe y lo único que se escucha al fondo el pinche grillito. Dijo MIroslava tan pausadamente como una maestra de kínder.

-Y aquí el pinche Roy es el campeón, nomás abre el pico y le sale un pinche ¡Crí, crí! –Dijo ella.

-Lo que pasa es que no entienden mis chistes. Todos se callaron.

-criiiiiii criiiiii. Dijo Miguel abrazándome.

-No mames pinche Roy.

-Y deja les cuento lo que nos dijo en el coche. –Dijo Daniela.

-No, no porfa –Dije yo demasiado tarde.  

El autobus a Tula

-Hijo, ya decidí que me voy a presentar como candidato a diputado local para el distrito de Tula. Me dijo mi papá por teléfono

-¿Otra vez Pa?

-Sí, pero esta si la voy a ganar, vas a ver ahora los del partido decidieron apoyarme. Es que no puede ser que el gobernador quiera meternos como candidato en Tula a alguien de su confianza para seguir haciendo y deshaciendo.

-Pero acuérdate como te fue en la anterior. Le dije. Y me acordé de cuando era niño y vi mi tía Martha salir de la habitación de mis papás con un manojo de flores negras y marchitas en la mano y una bola de papel periódico en la otra con un líquido verdoso. Mi mamá no nos dejaba entrar al cuarto a ver a mi papá y no sabíamos lo que tenía. En una ocasión espié la conversación entre el doctor Oscar y mi mamá en la cocina.

-Hay Sony, mi compadre está muy mal, yo creo que tienen que ir preparando a los niños.

-Hay compadrito, y si le pido a mi hermana Martha que le venga a hacer una limpia.

-Pues mira Sony, yo no creo en eso, pero en las condiciones en las que está, hay que intentar cualquier cosa. Acabo de recibir sus resultados, y no creo ni siquiera que nos lo admitan en el hospital.

Me acuerdo que mi tía había pasado varios días en la casa con nosotros, y día y noche metían flores en su cuarto y no se cuanta cosa, y las sacaban negras, las llevaban al fondo del terreno para quemarlas. Y poco a poco comenzó a recuperarse. Según mi tía Martha en una de las comidas mientras estaba en campaña le habían dado a comer carne de muerto.

Después escuche al Doctor Oscar que le decía a mi papá en una de sus visitas.

-Hay compadre, ahora sí que casi no la libras. Sabes que yo no creo, pero la verdad, no me explico que fue lo que pasó. Todos tus síntomas eran como si tuvieras sida en una fase terminal. Y ahora parece que tu enfermedad se desvanece. No sé si fue brujería o no, como dice tu cuñada pero casi te nos vas.

Volvía a la llamada por teléfono con mi Papá. Y le dije que lo que podía hacer es organizar un evento musical con mis amigos en Tula, podíamos llevar a Abigaíl que estaba estudiando ciencias políticas y era muy buena oradora como presentadora y armar en el teatro al aire libre de Tula, una especie de concurso de talento para atraer al público y enmarcar su discurso.

La idea pegó, mi papá me envió un poco de dinero para rentar un autobús y en poco tiempo nos pusimos de acuerdo para ir un sábado a Tula. El son de Enrique Ocaña y sus músicos de Son de arena en donde tocaba Miguel; Nacho Mágico y su grupo de flamenco, Darío un cantautor de San Luis Potosí también se unió, dos trovadores más que tocaban en el bar Cuadros y también Haidé y Paulina iban a presentarse.

Además de todos los que se nos unieron para ir a Tula en el autobús lleno de cerveza. Miroslava, Daniela, Atu, Nacho Pilas, Sayuri,  Abigail, Fernando y su novia.

Llegamos justo a tiempo y comenzó el espectáculo. El teatro al aire libre de Tula esta justo frente al jardín principal, y los fines de semana la gente salía a pasear, así que de entrada con la presentación que hizo Abigail, congregamos a no pocas personas. Y poco a poco fueron apareciendo en escena los músicos, unos eras mis amigos y otros eran músicos de la región que habían aceptado la convocatoria.  El pequeño festival cultural desde nuestro punto de vista había sido un éxito.

De ahí nos subimos todos al autobús en dirección a la casa de Tula. Mi abuela materna había venido de visita desde Guadalajara y la casa estaba llena, familia y amigos.

En algún punto de la noche, nos salimos todos al patio de la casa y organizamos una batucada con los tambos y las piezas de coches usados que había atrás.

Resultó que mi abuela y mi mamá conocían a la familia de Nacho mágico.

-¿Entonces tu eres hijo de Arnulfo? Le preguntó mi mamá a Nacho Mágico mientras este les hacía preguntas sobre la manera en como estaban preparando la comida mi abuela y mi mamá.

-Hay hija, si se parece a su papá. Le dijo mi abuela a mi mamá.

-Uy mamá te acuerdas cuando nos escapábamos la Rosy y yo y nos íbamos en tren a la fiesta de Nopala con los charros.

-Hay hijita, ni me acuerdes, tu abuelo se ponía pero enojado, enojado, hasta se le estiraban los bigotes.

-Hay hijo –le dijo mi mamá a Nacho Mágico. Como nos encantaba irnos a la fiesta de Nopala, ahí nos quedábamos con la tía Rosita, pero todo el día nos la pasábamos en la charreada. Y déjame decirte que todas las muchachas íbamos a la fiesta por ver a tu papá.

-¡Hay hija que bárbara!

-¡Hay mamá! Es que el papá de Nachito estaba muy guapo. Y Nachito se parece mucho a él, tienen los mismos ojos.

Ya a media noche nos regresamos en el autobús, mi mamá le había preparado un itacate al chofer que se había sentado a comer toda la tarde con nosotros, no habló pues siempre lo vi con la boca llena, pero si escuchaba con atención y reía con frecuencia.

La mayoría dormía, y yo entes de unirme, alcané a ver como Nacho Mágico y Haidé que se habían sentado uno a lado del otro y comenzaban a besarse.

La llegada de Juanqui

-¿Y les conté que llega Juanqui mañana? –Dijo Atu

-¿Qué Juanqui? –Dijo Daniela

-¡Panchita! Juan Carlos es mi super compa, mi super carnal de Paraguay que estuvo en el barco. ¡Wey! Juan Carlos, es un super carnal. Se  los voy a presentar.

Luego me enteré que ya se estaban organizando para ir a la playa a pasar el fin de año, iba Juan Carlos, Daniela, Ernesto, Atu y creo que Miros.  En ese momento la relación con Dan estaba un poco rara, yo no quise decir nada. Necesitaba un poco de tiempo para estar solo. Ya sabes como soy. Me dan mis pinches brotes de soledad.

Micro dosis

Fuimos a ver a unos productores de micro dosis en la sierra de Guanajuato porque Jesús quiere ver si Agromercados puede trabajar con ellos. Nos fuimos en el coche de Daniela, el Nacho Mágico, ella y yo. La neta está bien chido el proyecto.  Tienen un invernadero de plantas y hierbas curativas y además hacen recolección de plantas silvestres en la sierra.  Y con ellas extraen las micro-dosis. ¡Wey! Es como una farmacia rural en medio de la nada.  Llega gente de todos lados para comprar sus micro-dosis. En la tarde ya salimos de regreso y me acuerdo que Nacho Mágico veía sentado en la parte de atrás recargado sobre nuestros respaldos contándonos historias. A vece si siento que habla muchísimo, o más bien que tiene demasiadas historias, me siento un poco tonto a su lado.

-A veces siento que soy un alma vieja. –Dijo Nacho Mágico mientras Daniela conducía de regreso a Querétaro.

-¿Por qué lo dices Nachito? –Dijo Daniela

-No sé, a veces siento como si hubiera vivido muchas cosas. –Lo dijo en un tono que denotó tristeza, o más bien melancolía.

El encuentro con la Dualidad

Roy, Roy, no, espérate. Wey. Hubieras visto. Este compa que nos limpió el parabrisas. Lo hubieras visto. Desplegó de una manera la espuma sobre el cristal que junto con la música que me puso el Edson.

Roy, Roy. No, es que no me entiendes, mi Roy.

Entraron a «la casita del terror», Nacho Mágico y Edson quien puso en la mesa de la sala un bote lleno de galletas de chocolate, y se sentó pesadamente en el sillón azul con una sonrisa tan amplia como su postura.

Roy, Roy ¿Dónde está panchita?

No sé, aún no llega.

¡Panchita, panchita! Empezó a cantar Nacho Mágico

Roy, tienes que probar las galletas.

Nacho Pilas, caminó hasta el fondo de la casa, trajo dos caguamas y las destapó.

Nacho Mágico nos volvió a contarnos su experiencia con el limpiaparabrisas mientras Nacho Pilas y yo probamos las galletas.

Edson se me quedaba viendo riendo. No podía no hablar. Pero puso la misma expresión que cuando teníamos diez años y estaba a punto de hacer una travesura.

Cuando me terminé la galleta solo me hizo la seña con sus manos. Como diciendo, ¡híjole la que te espera!

De pronto me comencé a sentir extraño. Ellos sabían que no fumaba porque volaba muy rápido, desde aquella vez en la selva de Xilitla.

¿Qué le pusieron a las galletas? Dije.

Edson rió a carcajadas con la caguama en mano.

Están buenas. Dijo Nacho Pilas.

Roy, Roy, dame un abrazo. Mira es que no entiendes, te tienes que relajar mi Roy. Me decía Nacho Mágico, y como era su costumbre comenzó a hacer palmas y cantar flamenco.

Se escuchó la puerta de la casa.

¡Panchita!

¡Hay Gasho! Que hacen aquí. Que gusto. Nachito. ¡Hay Edson! ¿Y esa pose sangrón?   Dijo Daniela.

Aquí tranquilo Güera, te estábamos esperando, les trajimos un regalito.

¡No! Le grité. Si vas a manejar a tu casa, mejor que no comas galletas.

¿Pero para que se va? Mejor que se quede aquí. Dijo Edson ¿A poco no carnal? Dijo mirando a Nacho Pilas.

El otro parecía monstro come galletas.

Edson soltó otra carcajada.

Yo me empecé a marear. No me sentía muy bien.

Rojo. Me dijo Daniela. Voy a ir por un juego de mesa a casa de un amigo, ahorita vengo.

Voy contigo, porfa, necesito salir.

Pues órale vámonos.

Weyes, ahorita vengo, no vayan a quemar la casa. Porfa.

Edson se río de nuevo. No te vayas carnal, se va a poner bueno. Me dijo.

Pilas, ahí te encargo. Le dije. Pero el Nacho Pilas ya estaba en otro lugar.

La sombra

Querétaro México, marzo del 2001

Cuando llegamos a la casa del amigo de Daniela, le dije que prefería quedarme en el auto.

Te juro que no me tardo Gasho. Me dijo Daniela.

No te apures, Aquí estoy bien. Le respondí.

En su coche estaba el cd de Moby Songs 1993- 1998, lo puse y lo adelanté hasta que la canción de Hymn comenzó a sonar.

Frente a mi estaba un enorme árbol y a un costado un Farol apenas iluminaba la calle.

Mientras contemplaba la escena apareció un gato que dio una vuelta por el patio de la casa y se subió a la barda, justo entre el árbol y la puerta de entrada de la casa del amigo de Daniela.

De pronto una ráfaga de aire movió las ramas del árbol, esto accionó el sensor de la lámpara que estaba sobre la puerta de casa y acto seguido, el gato maulló.

El aire cesó, las ramas dejaron de moverse y la luz se apagó; entonces el felino se reclinó sobre sus patas delanteras.

Una vez más el viento movió el árbol, el movimiento accionó el farol, el gato se levantó y maulló. Otra vez más el aire se detuvo, la luz se apagó y el gato reclinó la cabeza.

El fenómeno se repitió exactamente tres veces. Y fue tan rítmico que no percibí ninguna diferencia entre los tres episodios.

Entonces fijé mi vista en la parte superior del árbol, había algo que llamaba mi atención.

Un pequeño punto, que parecía ajeno a aquella imagen.

Era un punto borroso del tamaño de una hoja. Como si hubiese sido una basurita en mi ojo que distorsionaba la imagen, un diminuto espacio desenfocado.

Percibía el color del fondo aunque no veía con claridad. Parpadee varias veces esperando que el pequeño punto se disipara, pero seguía ahí.

Incluso me moví de un lado a otro pero la anomalía seguía ahí.

Después escuché un ligero zumbido en el oído izquierdo que me hizo girar la cabeza. Y cuando lo hice, el sonido desapareció. De nuevo, miré hacia adelante y volví a escucharlo. Fue muy curioso.

Era como si el zumbido que provenía del lado izquierdo en donde había una barda mal pintada de blanco, al momento que giraba mi cabeza para inspeccionar su origen, se desvanecía.

Vi la sombra de un animal que se proyectaba en la barda blanca. Estaba sentado en sus patas traseras, tenía las orejas puntiagudas y el hocico largo, como un perro grande, un lobo pero no tan lanudo, más fino. Podría decir que parecía un coyote.

Y en ese momento, escuché una voz.

¿Estás listo? Me preguntó la voz.

Se me erizaron los cabellos, pero por alguna razón la simplicidad de las escenas anteriores me había sumergido en una quietud gratificante.

Sí, estoy listo respondí.

Así empieza. Dijo la voz

Octágono espiral

Mire al frente y el pequeño punto que había visto antes comenzó a girar sobre su eje, era plano y translúcido. Yo lo percibía por la distorsión de color que producía sobre las hojas del árbol. Era como si estuviera superpuesto a la imagen de la realidad que percibía.

Lo vi rotar y el objeto se desplazó hacia mí lentamente, haciéndose más grande mientras se acercaba hasta que se situó justo delante del parabrisas del coche.

Así lo pude ver más claramente. Era una superficie plana y translúcida casi transparente de unos diez centímetros que rotaba lentamente de derecha a izquierda. Reparé en la forma que tenía y me dí cuenta que era un octágono. 

Como si el objeto fuera consciente, ahora que lo había visto se alejaba hasta situarse en su posición original en la copa del árbol que tenía frente a mi.

El octágono continuó girando y yo no podía dejar de verlo. Y de un momento a otro como una ola expansiva, otros octágonos comenzaron a aparecer rodeando al primero, miles, y miles de pequeños octágonos rotando sobre su eje. Hasta que cubrieron por completo todo mi campo visual.

La casa, la calle, el árbol, la barda, el gato, el auto, el parabrisas, mis manos, todo estaba impregnado de miles y millones de diminutos octágonos giratorios.

Curiosamente todos giraban a un ritmo ligeramente diferente.   

No sentía miedo, más bien estaba en un estado de total admiración hacia lo que estaba presenciando.

Y entonces de nueva cuenta, el mismo octágono inicial, se desprendió de su posición original y se acercó hasta detenerse a unos centímetros del parabrisas del auto.

Mientras giraba, el centro del octágono se comenzó estirar como un cristal líquido y espeso. Como si algo estirase del centro de la figura hacía arriba y hacia abajo, se comenzó a dibujar la silueta de dos conos que compartían la misma base. El octágono adquirió volumen.

Pero mientras giraba con lentitud la base, las puntas de ambos extremos cónicos parecían no hacerlo. Por lo que el efecto produjo unas hendiduras en aquel cristal formando una espiral.

Una vez que la espiral estuvo completa, la figura rotó noventa grados, y colocó la punta superior de la espiral hacia mí. Sin dejar de rota, y vi que seguía teniendo la forma octagonal en la parte más ancha de la figura, en su centro.

De nuevo, la figura volvió a rotar noventa grados y pude ver la espiral translúcida de dos puntas con el centro más ancho y de forma octagonal que giraba lentamente.

Momentos Inusuales – Rodraz

Universo espiral

En un instante la espiral regreso a la copa del árbol. Dio un giro y como una oleada, todos los octágonos que llenaban mi campo visual, se transformaron en espirales. Miles, millones de espirales componían todo cuanto veía.

Y tuve la impresión que el manera rítmica en la cual se movían iban componiendo los diferentes tonos y colores de todo lo que me rodeaba. Fue tal la armonía con la que estaba rotando que sentí que las espirales se integraban a la realidad y en momentos eran imperceptibles, y por momentos se volvían más obvias para mí.

Tuve la sensación de que siempre habían estado ahí, pero nunca hubiera reparado en su existencia.

En ese momento Daniela salió de la casa, la luz se prendió y el gato se estiró y bostezó.

Ella entró de lo más normal en el auto, y yo podía verla compuesta por millones de espirales translucidas que giraban.

¿Te sientes bien? Estás pálido. Yo solo pude asentir.

Ella puso en marcha el motor y arrancó. Aquello fue un espectáculo indescriptible, miles de espirales giraban rítmicamente frente a mí componiendo todo cuanto veía.

Y tuve miedo. Miedo de morir. Miedo de que tal vez estuviera a punto de cruzar el último umbral al percibir tal despliegue de belleza y plenitud. Miedo del contraste, de los opuestos.

Y si esto es la realidad, entonces ¿Qué es el bien y que es el mal? Pensé mientras veía aquella visión espiral.

Observa. Dijo la voz

El bien y el mal no existen, solo el movimiento.

Vi a una persona que estaba parada en el paso peatonal. Daniela frenó y le dio el paso. La persona avanzó le alzó la mano en agradecimiento. De pronto las espirales que componían la imagen que yo veía de Daniela y las de la persona. Comenzaron a girar con más velocidad que las demás que componían la escena, y por algún momento me pareció más clara la imagen que tenía de ellos, más radiante.

Pero de pronto un automóvil nos rebaso a gran velocidad y pitando al peatón para que se quitara.  Y curiosamente pude ver como las espirales que componían la figura del automóvil y sus ocupantes, giraban muy lentamente. Casi no se movían.

¿Qué es esto? Pensé.

El bien y el mal no existen, lo único que existe es el movimiento. Escuche decir a la voz.

Rojo, ¿Cómo te sientes? Me preguntó Daniela.

Negué con la cabeza. Siento que me voy a morir. Le dije. Por favor llévame al hospital.

¿En serio?

Si por favor. Le dije.

Daniela me llevó a la cruz roja, y tan pronto bajamos nos hicieron esperar un poco en la sala. Al fondo estaban interviniendo a una persona sobre una camilla.

El efecto sobre mi miedo fue aún peor. Mire a Daniela y le dije. Perdón, pero creo que mejor nos vamos, ya me empiezo a sentir mejor. Lo cual era mentira. En ese punto mi campo visual estaba ya dominado totalmente por las espirales más grandes que distorsionaban toda mi imagen.

Al entrar al auto, ya no podía ver la realidad, lo único que veía era un cuadro como si estuviera frente a una pantalla de cine. Y en el cuadro solo se proyectaban miles de espirales en movimiento, estas espirales habían adquirido un tono rosado.

Yo soy siempre algo

Y no sé por qué pensé que si iba a perder la razón debía de aferrarme a algo. Y en ese momento en lo único que pensé fue en el tiempo.

¿Qué es el tiempo? Pregunté.

El tiempo es movimiento y depende de tu ubicación. Me dijo la voz.

¿Mi ubicación? ¿Se referiría a mi ubicación dentro de este mar espiral? En ese momento estaba totalmente lúcido, escuchaba los ruidos de la calle, la música, escuchaba a Daniela hablar por teléfono. Pero mi campo visual era un océano de miles y millones de espirales de distintos tamaños. Y de pronto todos los ruidos cesaron.

Estaba sumergido en este líquido espiral. Todas rotaban, había grandes y pequeñas miles y millones, de espirales de color rosado. Girando como engranes. Interconectadas.

Yo traté de ver mis manos, pero solo había espirales frente a mí.

De lo único que estaba seguro es que tenía un punto de vista.

La espiral más grande puede ser la más pequeña y la más pequeña se vuelve la más grande. Dijo la voz.

Y de pronto enfoqué mi atención en una pequeña espiral, y esta mientras giraba comenzaba a crecer y crecer hasta abarcar todo mi espacio visual, hacia cualquier punto, y de pronto veía que estaba compuesta de miles de millones de pequeñas espirales.

Volví a enfocar mi atención en una pequeña al azar. Y esta comenzó a crecer mientras giraba, hasta abarcar todo cuanto podía ver. Fue una sensación escalofriante, porque sentí que nada tenía ya sentido.

La distancia entre la espiral más grande y la más pequeña es de solo un giro. Dijo la voz.

Y volví a sumergirme en la inmensidad espiral en movimiento, en los octágonos engranados que con su movimiento afectaban a todos las espirales octagonales que los rodeaban.

Millones de espirales, que fluían modificando su tamaño.

Y yo sentía que la consciencia de mí mismo comenzaba a desvanecerse. Solo veía espirales y espirales, y perdía poco a poco el rastro de lo que yo podía significar en aquel mundo.

Traté de aferrarme a una espiral enfocándola. Pero esta pronto crecía y crecía hasta abacarlo todo y de nuevo estaba frente a las millones que la formaban.

Volvía a enfocar y volvía a sumergirme más y más.

Entonces sentí el latido de mi corazón como un ritmo. Y pensé.

¡Yo soy!

¡Yo soy siempre una espiral!

No importa cuántas espirales vea frente a mí, yo siempre seré una. Grité en mi interior.

Y en ese momento, volví a la realidad.

Daniela seguía hablando por teléfono mientras conducía. Y yo me vi mis manos, toqué mi cuerpo. Estaba ahí. Yo era. Ya no veía ninguna espiral. Solo el mundo tal cual era, tal cual yo lo recordaba. Había sentido como si hubieran pasado años. Pero al parecer apenas habíamos salido del estacionamiento.

Suspiré y traté de pensar en otra cosa para olvidar lo que me acababa de suceder. Y en ese instante me volví a adentrar en el mundo espiral.

Y de nueva cuenta trataba en vano de aferrarme a una espiral pero se volvía una imagen imposible de enfocar por su tamaño.

Yo soy, yo soy siempre una. Volví a gritar en mi interior.

Y la realidad invadió todo mi campo visual y recuperé mi percepción normal.

Cuando volví a entrar en el mar espiral. Pregunté harto ¿Qué es esto?

Es el devenir. Respondió la voz.

Y frente a mí, se formó de nuevo esta pantalla compuesta por un centenar de espirales octagonales en movimiento del mismo tamaño.

Ya no sentía la ansiedad del mar espiral, sino más bien sentí que estaba frente a una proyección.

La dualidad

Entonces la espiral que estaba en la esquina superior derecha comenzó a disminuir su giro. Y como si fuera una ola expansiva todas las que estaban a su alrededor lo hicieron hasta que todas giraban lentamente.

De la misma manera, la misma espiral comenzó a girar sobre su eje a mayor velocidad de rotación y como si fuera una piedra que cae sobre el agua, las demás comenzaron a aumentar su rotación.

Una de estas espirales se salió de su encuadre y como si fuera una proyección en 3d, se acercó hasta situarse a unos centímetros de mi punto de vista.  Esta espiral comenzó a girar más y más rápido. Tan rápido que no distinguía las comisuras de su forma espiral, y sin disminuir su impulso en un instante. Aquella forma se encendió. Convirtiéndose en un copo de luz. Una luz única, como nunca la había visto. Irradiaba todo cuento tenía frente a mí, y ese copo de luz parecía ya no se una espiral, sino que había transmutado en una nueva sustancia.

Sentí que abrí la boca, aunque no podía verme a mí mismo.  

Otra espiral que se encontraba detrás se acercó hasta colocarse de lado izquierdo del punto de luz. La espiral octagonal giraba lentamente era irradiado por la luz que desprendía su compañera.

La dualidad. Dijo la voz.

Ambos elementos parecían ser inseparables.

Fijé mi atención en esta dualidad y observé que había como unas delgadísimas líneas de luz azul y roja que los circundaban, como si uniera un magnetismo provocado por el movimiento de ambas a la luz y a la espiral.

¿Qué es lo que los une? Pregunté.

Lo que los une es el amor. Respondió la voz.

En ese momento, ambas volvieron a la pantalla, y al entrar el copo de luz, todas las espirales que giraban a su alrededor se transformaron en luz, cegándome por completo.

Pensé que sería el final. Y pregunté. ¿Qué debo hacer?

Haz lo que tengas que hacer. Dijo la voz.

Adios a mescalito

Legamos a la casa de Daniela, al momento de entrar en su recamara, le dije que tenía que contarle todo lo que había visto. Ella comenzó a llorar, no sé muy bien porqué. Yo estaba extasiado pero también tenía aún mucho miedo y escalofríos por lo que había percibido. Pero sobre todo porque no entendía el significado de lo que había visto. Había sido tan intenso que si cerraba los ojos, podía seguir viendo el mundo espiral. Incluso si fijaba mi atención sobre una lámpara o una pared, podía fácilmente distinguir las espirales y los copos de luz unidos por un halo.

De pronto tuve muchas ganas de vomitar. Voy al baño, alcancé a decirle a Daniela mientras ella se ponía su pijama.

Cuando llegué al baño, sentí o más bien “vi” a un insecto en mi garganta.

-Este viaje lo iniciamos en el desierto, es tiempo de que me vaya, pero Brazo se quedará contigo. Me dijo. Era la voz de mezcalito. La voz del cactus del desierto de real de catorce.

En ese momento vomité, y sentí como algo del tamaño de una pequeña zanahoria salía por mi boca. No tuve el valor de abrir los ojos y jalé a la palanca.

El filtro de la dualidad

Esa noche no soñé, pero cuando salimos de casa de Daniela al día siguiente, fue como si tuviera un filtro en los ojos a través del cual veía todo diferente, mucho más brillante y definido. Tenía puesto el filtro de la dualidad. De alguna manera sentía que podía comprender mi entorno. Casi no tenía dialogo interno, pero cuando enfocaba mi atención podía “entender” lo que estaba viendo.

No sentía éxtasis, sino más bien una sensación de tranquilidad infinita, no un valemadrismo, sino como si todo hubiera perdido la importancia que tenía antes, incluso mi propio yo.

Estaba ahí mismo, mi mente no divagaba, estaba ahí, ¿Me entiendes cómo?

Y de vez en cuando volvían estas imágenes como un flash.  Las espirales girando mucho más deprisa hasta convertirse en un copo de luz. –El bien y el mal no existen, solo el movimiento. Era tan lógico, sentí que estaba viendo el principio fundamental del universo.

Había sin duda tenido un viaje distinto al anterior, este viaje fue una visión sobre la naturaleza de la realidad.

Y de pronto otro flash, en mi propio brazo veía como la luz del sol se fundía en mi piel, y como los copos de luz se convertían en la materia compuesta por las espirales, cada una giraba a una velocidad distinta y esa particularidad creaba el color, tono, contraste. Todo esto mientras Daniela manejaba su coche rumbo a la casita.   

La espiral más pequeña al enfocarla, surge, “se acerca” a mi punto de percepción y se vuelve la espiral más grande en un solo giro. Esto lo cambia todo sabes, todo. Con esta simple imagen podía sentir que cualquier cosa era posible, es decir, podía partir de un punto minúsculo como una idea y al cabo de un giro, del tiempo, convertirse en una manifestación. No sé si me explico, pero sentí en ese momento que si enfocaba mi atención lo suficiente, podía conectar con cualquier persona en el mundo. Cualquiera, solo bastaba tener el enfoque y el punto de percepción adecuado, me entiendes.  Sé que parece una locura, y lo es, pero este viaje me hizo entender de una manera simple el acceso. ¿Acceso a qué? A todo. A cualquier cosa.

Exacto, ahí estaba el truco, el devenir, el divagar. Ese estado aparentemente es como la nada, es el no enfoque, la no existencia. Pero al momento de decir, Yo soy. En ese instante la consciencia sale de este filtro de la dualidad y convierte el entretejido espiral en la realidad. ¡Que locura! Lo sé, pero así lo vi.

Este entre tejido espiral no es otra cosa que movimiento, es el movimiento, ¿Te das cuenta? Todo se mueve, todo absolutamente todo, y es la velocidad de cada giro lo que le da la textura que podemos sentir, percibir.

Y luego la eternidad, cuando me lo digo aquella voz, -Siempre eres, siempre eres una espiral.  Lo mismo que había sentido cuando murió mi abuelo, ese extrañísimo olor que ascendió y me impedía respirar, ¿Te acuerdas que te lo conté? Bueno, pues es lo mismo, nunca dejamos de existir, nunca, siempre somos una, siempre soy una. Y tú también, y todo y todo. En algún punto las espirales que conforman mi cuerpo, o que percibo como mi cuerpo se disolverán en esta realidad, pero en el tejido espira, mi consciencia, mi yo soy, siempre existirá. Está ahí, ahí mero radica todo el asunto, en la esencia misma, el movimiento, pero sobre todo en el darte cuenta que eres y que de alguna manera te estas moviendo. ¿Cómo un sueño? Exacto, es como si la realidad fuera solo una sombra, sabes, como un velo que percibimos, y el tejido espiral estuviera siempre detrás y fuera su proyección creada por la luz la que forma esta pantalla. ¡Claro¡ como si la realidad fuera la sombra de los sueños.

Zipol

La verdad no tenía ganas de ir con la bandita a la playa de Nexpa, además sentía esta energía entre Juan Carlos, El Ernest, Daniela, que me revolvía la panza.

Necesitaba estar solo, pensar en lo que había visto, la imagen no se me quitaba de la cabeza día y noche, sentía que había muchas cosas que no entendía y comenzaba a confundirme. Estaba desorientado, como si tuviera una resaca emocional. Tú me entiendes. Así que le pedí a Daniela si me podía llevar de favor a la central de autobuses. Tomé el primer autobús al DF, luego a Oaxaca, y de ahí viaje todo al anoche hacia Pochula. Creo que dormí todo el camino, lo necesitaba.

Cuando llegué, me recomendaron tomar una camioneta para llegar a Zipolite.  ¡Wey, que pinche lugar tan más chingón¡ 

Me instalé en de las tantas palapas que estaban en la playa y les renté una hamaca. Digamos que si tienen un poco de varo, puedes rentar una habitación, luego hay palapas solas, y también cuartos y camas en el hostal que está al borde de la playa. Pero yo alquilé una hamaca por veinte pesos, puse en ella mi sleeping y le encargué mi mochila a la señora de la Palapa. Y creo que escogí bien, porque la doña hacia las mejores tortas de la playa, y costaban 10 pesos. ¡Wey¡ 10 pesos, y la caguama 5 pesos. ¿Te imaginas? ¡El paraíso¡

Conocía a un grupo de amigos que veían del DF, eran unos tres años más jóvenes que yo, pero hicimos buen contacto. Ello me decían, Roy, hoy hay algo en el Hostal en la noche. Roy mañana es el rave en la playa La Conchita.

También me dijeron que iban a pasar año nuevo en Punta Cometa en la playa de Mazunte en dónde habría un ritual de purificación para el año nuevo y me lancé con ellos.

El sueño en Zipolite

Yo me regresé temprano para dormir en mi hamaca, pasadita la media noche. Ese día había visto delfines cerca de la playa. No sé, necesitaba estar tranquilo.

Recuerdo perfectamente el sueño, primero sentí que caía en el vacío, y después despertaba en la casa de Tula. Recuerdo que salí al pasillo de la casa y veía al fondo a mi abuela. Ella estaba de espaldas hacia mí y caminaba lentamente, se detuvo y cayó de costado.

Intenté acercarme para levantarla y vi que de su cuerpo tendido se erguía una silueta espectral, hasta que su imagen fantasmagórica se alzó completamente a un costado de su cuerpo tendido. Tenía la cabeza agachada y un halo rojo la rodeaba.

En su mano derecha sostenía unas tijeras largas, yo me detuve en seco al ver esta imagen, y de pronto ella levantó la vista mirándome de frente, sus ojos eran blancos y su semblante agresivo y en un momento, este espectro avanzó velozmente hacia donde yo estaba levantando las tijeras.

En ese momento me desperté y pensé que algo le había pasado a mi abuela que estaba en Guadalajara. Esperé a que abriera la palapa, y le pedí a la señora el teléfono.

Me contestó mi madre. -Hay hijito, ojalá puedas venir lo más pronto que puedas. No, no te quiero decir por teléfono. –Me dijo.

Colgué, recogí mis cosas y tomé el primer camión a Pochutla, y ahí esperé el autobús que salía en la noche hacia Oaxaca.

Fue muy extraño, yo por supuesto no podía dormir y tenía este nudo en la garganta de no saber qué era lo que había pasado con mi abuela, pues el sueño había sido muy real.

 Entre curva y curva algún punto de la sierra de Oaxaca en la madrugada, abrí la ventanilla porque había mucho calor y claramente vi a una familia alumbrada por los faros del autobús que caminaban a la orilla de la carretera. Pensé que el autobús iba a parar para recogerlos, pero no se detuvo y continúo lentamente su empinado camino. La imagen de una familia caminando a esas horas por la carretera me inquietó y seguí a sus miembros con la mirada. Pero te juro que nunca me había pasado, cuando el camión pasó a su lado yo los vi tan cerca que de haber querido los pude haber tocado, pero en ese momento se fueron desvaneciendo hasta desaparecer.

Eso me paso de nuevo en otra curva a unos kilómetros más adelante, pero ahora con un par de personas que parecían campesinos. Los ví iluminados por la luz del autobús, le hicieron la parada, el autobús no se detuvo, y cuando estuve a su lado las dos figuras desaparecieron en la noche.

La llegada a la casa de Tula.

Cuando llegué a la casa de Tula al otro día con mi mochila al hombro, toqué la puerta, y para mi asombro, fue mi abuela quien me abrió.

-Pasa hijo, te estábamos esperando. Me dijo.

¡Abuelita! Y la abracé como nunca lo había hecho.

–Hay papacito lindo, ¿dónde andabas chamaquito? Ven que tu mamá y yo tenemos algo que decirte.

Mi mamá estaba sentada en el borde del sillón de la sala, algo que nunca hacía con un semblante triste. Me dio un beso y me tomó la mano.

-Hay mi hijito, siento mucho lo que te voy a decir, pero Nachito Mágico murió.

-¿Qué?

-Si mi hijito tus amigos te están tratando de localizar, al parecer ayer por la tarde murió.

Haidé

Tomé de nuevo mi mochila y caminé hasta la estación de autobuses. Ahí tome otro autobús hacia Querétaro.

Llegué a la casita del terror al atardecer, no había nadie, la casa estaba totalmente sola, y la humedad se sentía más que nunca en las altas paredes descarapeladas de la casa.

Llamé a Daniela y al cabo de un rato, ella, Miguel, Ernesto, y Miros llegaron a la casa. Me explicaron el contexto. Estaban tan tristes que ni siquiera podían enlazar bien las palabras.

El cuerpo lo habían trasladado directamente al rancho de su familia en Nopala en donde se había llevado a cabo la primera misa, al parecer todo había pasado muy deprisa. Y ya habían enterrado a Nacho Mágico. Yo estaba aún en shock, no podía creerlo. No podía. Lo único que alcancé a formular fue un. ¿Alguien le avisó a Haidé?

Todos movieron la cabeza y poco a poco se marcharon de la casa. Como si no quisieran estar ahí.

Más tarde, salí de la casa y le marqué de un teléfono público a la casa de Haidé.

-Cuin, tienes que venir.

-¿Por qué Cuin? ¿Qué pasa?

-Ven a la casita aquí te explico.

-Ok, ahorita voy.

Haidé llegó a eso de las nueve de la noche, yo la estaba esperando en la banqueta de la casa, no quería estar solo dentro de la casa. A veces miraba al final de la calle, y creía escuchar el rechinido de los frenos de la bicicleta de mi amigo. Aunque su bicicleta estaba en el fondo de la casa, en donde la había dejado antes de irse a Nexpa.

-Hola Cuin ¿Qué pasó? Me dijo Haidé al llegar. Ven vamos a dentro le dije.

Esa noche la pasamos en vela sin poder entender lo que sucedía, solo el casete de “the big blue” que daba vueltas y vueltas hasta que la última vela que habíamos encendido se apagó.

La llamada de Agromercados

Pinche traidor, me dije a mi mismo cuando colgué el teléfono.

Había llamado a Jesús Orozco desde un teléfono público en el DF porque mi madre me avisó que me estaba buscando. Después de una larga plática por teléfono y una breve entrevista, Jesús me había ofrecido trabajo en Agromercados para dirigir el área de marketing que aún no existía, pero que planeaban crear una marca de café para el mercado mexicano elaborada con el café de cuatro principales cooperativas de pequeños productores. ¿Te imaginas? ¡Era la primera vez que se hacía algo así en México!

Si lo sé, este cargo también incluía el puesto que había desempeñado Nacho Mágico. ¡Lo sé! Imagínate como me sentí, como un puto volcán, hirviendo con la emoción de la propuesta y cagado por el sentimiento de culpa. ¡Si wey!, ¿y tú que hubieras hecho? Yo lo acepté.

 Y estaba tan seguro de mí mismo, que incluso ya sabía cuál iba a ser el nombre de la nueva marca. Lo sabía. ¿Te das cuenta? Cómo pude haber sido tan arrogante y tan ciego? Pero de no haberlo sido no hubiera pasado todo lo que pasó.

Le llamé a Jesús Orozco a su oficina. –Acepto el puesto. ¿En dónde? En la colonia Roma, ¿Cómo se llama la cafetería? Nuestra tierra. Ok, ahí nos vemos, en Nuestra tierra. ¿Qué si conozco a Mario Monroy? No, no lo conozco. Ok ahí nos vemos. Hasta luego.

El Jabalí de Erimanto

¿Estás consciente?

Sí, respondí. Por alguna razón sabía que estaba soñando. Pero en mi despertar dentro del sueño, yo estaba en mi casa en Querétaro. Pasteur 64.

Entonces escuché un estruendo que provenía del fondo del pasillo. Y de pronto, otro y otro, el sonido parecía hacerse cada vez más fuerte y constante. Cómo si algo de gran tamaño estuviera corriendo en el pasillo hacia la habitación en donde yo estaba.

De súbito el ruido cesó justo frente a la puerta que daba al pasillo a mi derecha.

La luz tenue del candil de la calle entraba por la ventana que estaba a mis espaldas y me permitía distinguir la habitación con un ligero tono amarillento.

Miré por un momento aquel lugar que conocía tan bien. Como todas las casas coloniales que habían servido para alojar a las personas de clase baja de la época. Tenía unos cuatro por cinco metros de superficie, muros de doble altura construidos en adobe y pintados y repintados en cal. Y que con la humedad, se dejaban ver estelas que exponían las capas anteriores.

El techo estaba fabricado con viejas vigas de madera apoyadas en los muros laterales y que con el tiempo y su fabricación manual, estaban algo retorcidas.

Entre ellas se podían ver los tabiques que se alineaban en sentido contrario a las vigas y sobre los cuales se había puesto una capa de mortero para acabar la construcción.

Entonces comencé a ver como el muro que rodeaba la puerta se deformaba. Era como si algo que estuviera en el pasillo, tratara de entrar, pero tenía una masa desproporcionalmente más grande que la puerta.

Con un crujido la puerta se abrió y entró con dificultad la cabeza de un animal enorme, parecía un puerco un jabalí gigante que olfateaba, de sus fauces goteaba una baba espesa y con sus ojos vidriosos escudriñaba la habitación. Hasta que me ve.

En ese momento olfatea con más fuerza tratando de percibir mi olor y retiene por unos segundos su respiración. Y estalla en una ruidosa carcajada.

Entonces empuja con más fuerza y de alguna manera logra pasar por la puerta su voluminoso cuerpo. Hasta que se encontró en medio de la habitación y desplego su figura antropomorfa, irguiéndose apoyado en sus patas traseras.

Media cerca de tres metros de altura, era muy voluminoso y cubría su cuerpo con una manta oscura y de la cintura para abajo portaba una falda que llegaba hasta el piso manchado por su la grasa que dejaban sus pisadas y la baba que escurría de su hocico.

Comenzó a moverse de un lado a otro en la habitación frente a mí sin dejar de reír mientras me veía de reojo.

¿Tu? Gritó el monstro. Pero si eres un pobre imbécil. Y rio aún más fuerte, se arqueaba tanto que su hocico casi tocaba el piso sin lograr contener su carcajada.

Entonces vi que su falda era tan oscura que no reflejaba la luz, lo que hacía difícil percibir sus bordes. Pero además, en ella se proyectaban unas figuras amorfas, como siluetas de humo fluorescente.

Pude distinguir manos, piernas, torsos y manos moviéndose, que daba la impresión de estar atrapadas en la falda y deseaban salir desesperadas.

La criatura pudo contener su humor y con una mueca entre resignación y aburrimiento. Desplegó una larga lanza oxidada. La tomó con ambas manos y con un rápido movimiento me la arrojó.

En mi sueño, logré esquivar la lanza que se había estrellado en los barrotes de la ventana detrás de mí.

Tomé la lanza, pero era sumamente pesada, tanto que apenas logré enderezarla para apuntarle al animal.

Él me miró con un gesto incrédulo y sarcástico.  

Y con todas mis fuerzas la lancé hacia la criatura, pero solo logré que callera a un metro de distancia.

El puerco rio con tantas fuerzas por mi hazaña que pensé que se ahogaría en su propia baba.

El animal tomó como pudo la lanza y volvimos a repetir la danza mortal. Qua más bien parecía que el monstro estaba jugando conmigo como un gato con su presa.

Al punto que aquel puerco gigante estaba tirado en el piso sacando espuma por su hocico mientras reía sin poder contenerse.

Fue cuando tomé uno de los vidrios de la ventana rota y comencé a atacarlo. Cuando creí que le había hecho suficiente daño, el animal. Se pone en pie, sacude su inmensa cara dejando rastros de sangre por toda la habitación.

Pobre imbécil, ¿crees que una pequeña criatura como tú me puede vencer? Y comienza a reír de nuevo.

Yo estaba agotado por el esfuerzo, así que tomé la lanza y la empuñé con la energía que me restaba, estaba decidido a morir atacando a la bestia.

Entonces el ruido de muchos hombres acercándose se aproximan hasta la habitación, y una luz cegadora entra por la pequeña puerta iluminando toda la habitación.

Veo solo la silueta de un hombre que se aproxima hasta mí y toma la lanza.

Gracias, esta es el arma que necesitábamos.

Al acto, la criatura que apenas había tenido tiempo de incorporarse, miró de frente a la figura humana que estaba a mi lado y palideció de miedo. Ese hombre, era Hércules.

La cara del Jabalí mutó del verde oscuro al gris pardo. Mientras que su cuerpo se empequeñecía debido a la presencia del otro ser. Hasta quedar convertido en un pequeño puerco, que corría despavorido en todas direcciones hasta que huyó por la puerta rumbo al fondo del pasillo de la casa.

La mutación del nahual

En mi sueño, yo me encontraba sentado en un peñasco en lo alto del cerro del Xicuco, era de noche y la pálida luz de luna me dejaba ver una parte del valle del mezquital.

Entonces vi como una figura humana se acercaba en la oscuridad hasta donde yo estaba. Era un hombre y portaba un sombrero ranchero. Por su aspecto y su manera de caminar deduje que era un campesino de la zona.

Se sentó junto a mí y comenzamos a hablar.

-Mira, este eres tú. Me dijo y alzó su mano derecha que mantenía con el puño cerrado con los dedos hacia arriba. Abrió su mano y observé una mariposa nocturna, una polilla parda, era grande, casi del tamaño de la palma de su mano.

-Solo tu sabes si te transformas en tu nahual. –Me dijo. Y acto seguido, la paloma nocturna comenzó a mutar hasta convertirse en un gran búho gris. El animal aleteo dos veces y se fue volando por la cima del volcán. En ese momento me desperté.

¿En dónde está la niña?

Conversaciónes con mi abuela. Guadalajara Jalisco 2012

Y me dijo: ¿Qué anda haciendo aquí niña Sonia? ¡Váyase a su casa! Y le dije, vengo a ver a Raquel. ¿A quién? Me dice. A Raquel, la señorita que vive aquí.

No niñita, aquí no vive nadie, este departamento está vacío desde hace mucho tiempo. 

Te lo juro m’hijo, así fué, mira, cuando yo tenía como nueve años vivía con mis papás en una vecindad del estilo de las películas de Pedro infante, de esas que tienen una escalera en medio.

Y yo me acuerdo que llegué a la puerta de una de los departamentos, y en la puerta había una muchacha que se llamaba Raquel.

Era una muchacha alta, delgada, con el pelo hasta los hombros, con su vista muy penetrante, negros, negros sus ojos.

Según ella cosía vestidos de muñecas. Yo no sé si los vendía o que hacía con ellos. Y ella me decía que me iba a enseñar a coser.

Para esto, a esta muchacha le faltaba una mano y se ponía un manguito para taparse el muñón de la mano izquierda.

Según vivía con su mamá. Yo nunca le vi la cara a su mamá, nunca.

Solo me acuerdo que era una señora que se vestía totalmente de gris y se tapaba siempre con un chal la cara.

Apenas yo llegaba de la escuela y me decía mi mamá, te llamó Raquel. !Uy¡ M’hijo, Yo subía pero volada. Risas,

Mi mamá la conocía porque se paraba en la punta del barandal de la vecindad y me gritaba.

Mi mamá se asomaba y le decía. No ha llegado de la escuela, ahorita que venga le digo.

Y bueno, yo llegando, subía y disque cocía. Porque ni cocía nada, !Que va¡

Pero bueno, con decirte que Raquel nunca me daba la cara hijo, siempre estaba de espalda.

Ella tenía en el cuarto de planchado un montón de telitas, tenía tijeras, agujitas, hilos de todos los colores. Yo creo que su mamá los vendía, porque vivíamos muy cerca del mercado.

Me decía, mira tengo este otro vestido, y me lo daba. Luego yo le decía, luego vengo y me bajaba a mi casa.  Y un día llegué de la escuela y le dije a mi mamá.

Oye mamá. No me ha hablado Raquel, le digo.

Me dijo, no, no te ha llamado para nada. Pero ya era tardecito. Y le dije ahorita vengo.

Y me dijo, ya no subas, ya es muy tarde, ya vas a merendar.

Y ni le hice caso, subí corriendo las escaleras, Raquel, Raquel la llamé. Estaba entre abierta la vidriera, y le dije Raquel. Y no me respondió y me metí.  

Y haz de cuenta que alguien cerró la puerta y voltee de momento para ver quién la había cerrado.

Y mira m’hijito, te lo juro. De arriba abajo se me apareció la imagen de la Virgen del Sagrado Corazón. ¡Madre mía! Hasta el corazoncito del niño del sagrado parecía que estuviera palpitando, te juro. Clarita, clarita se veía la Virgen del Santísimo.

Entoncés voltee a la pared para ver si se reflejaba algo, pero estaba oscuro hijo, no había nada en la pared. Y volví a voltear y ya no estaba. Abrí la puerta y me fui a mi casa corriendo.

Mi mamá ya me estaba esperando para cenar y yo estaba temblando pero no le dije nada.

Total que me dormí y al otro día le digo a mi mamá.

Voy a ver a Raquel, y me dijo ella, espérate ahorita vas.

No le hice caso y me subí las escaleras. Entoncés me encontré a la portera por los barandales.

Y me dijo, que andas haciendo aquí niña Sonia, váyase a su casa. Y le dije, vengo a ver a Raquel. ¿A quién? Me dice. A Raquel, la señorita que vive aquí. No niñita, aquí no vive nadie, este departamento está vacío desde hace mucho tiempo. 

Hay hijo, vete a saber porque, ¿Quién era esa Raquel? Qué tal que era el enemigo. !Bendito Dios que no me quedé ahí¡ Pero mira,  la virgencita hermosa, hermosa, a lo mejor me estaba protegiendo. Estaba igualita a la imagen. Como la que tienen ustedes en el oratorio de la casa de Tula.

Antonio, Adolfo y Alfonso entre Actopan y Atitalaquia

¿Qué coincidencia verdad? Fíjate lo que son las cosas.

Los Castañeda llegaron a Veracruz desde España, como quien dice, venían huyendo de allá por la guerra y todo aquello.

Antonio con su hijo Adolfo. Y Alfonso, que era primo de Antonio.

Y llegandito al puerto se separaron. Cada uno cogió por su lado, Antonio con su hijo Adolfo y Alfonso agarró por su parte. Se desearon mucha suerte sabiendo que tal vez nunca se volverían a ver.

Y por andas y mangas,  Antonio y su hijo llegaron a Atitalaquia.  Ahí empezaron de medieros, cogían milpas a medias y a trabajarlas. Así fueron viviendo y ahí conoció a la familia Montoya.

Para entonces la tía Virginia Montoya se casó con don Antonio y pocos años después su hijo Adolfo se casó con Tere Montoya, la hermana de la tía Virginia. 

Que fue la mamá Tere. Así que la tía Virginia era a la vez Madrastra de tu abuelo Adolfo y cuñada, ¡figúrate nada más!

La tía Virginia tuvo tres hijos. Manuel, Antonio y Cristina.

Y Don Adolfo, el hijo, ese tuvo nueve hijos con la mamá Tere. Irene, Choco (Constantino), Clara, Antonio, Adolfo, dos niños que se murieron, pero esos ni vivieron. Martín y René.

Ahí pasaron años, se puede decir. Entonces una de esas, Choco, que tenía como 17 años, andaba trabajando con otro muchacho que se llamaba Arturo García. Se dedicaban a comprar ganado en los pueblos para venderlos en Atitalaquia.

Pero un día compraron un animal de último momento y no le dieron guía. Entoncés llegaron a Actopan y cuando les revisaron las guías, vieron que les sobraba un animal. Entoncés el oficial de policía los interrogó, pero como ya era tarde para investigar, pues metieron los animales al corralón y a ellos a la cárcel.

Pues fíjate que resulta que el tío Alfonso, era presidente municipal de Actopan. Así que en la noche pasó a hacer su ronda, y le preguntó al comandante si había habido algún problema.

Y le dijo que habían detenido a unos muchachos porque les faltaba la guía de un animal.

Por cierto que uno de los muchachos se apellida Castañeda.

¿Cómo? Le respondió el Tío Alfonso. Sí, se apellida como usted. Le dice el comandante.

Lo fue a ver el tío Alfonso a la cárcel y le preguntó. ¿Qué de dónde era? Ya le dijo que de Atitalaquia, ¿Y tu papá como se llama? Ya le dijo que se llamaba Adolfo. Adolfo Castañeda.

Ya fue cuando el tío Alfonso relacionó.

Me hubieran dicho, ¡Tal por cúal! le dijo a su comandante, soltándole dos que tres grocerías. ¿Cómo voy a creer que encierres a mi sobrino.

Total que los sacaron, los llevaron a su casa, les dieron ropa limpia se bañaron, cenaron y ya se acostaron bien en camas y todo.

Y ya este, como se llama, y al otro día fue cuando don Adolfo fue con Choco a Atitalaquia a reencontrarse con su primo hermano. Y no vieras. Se puso llore y llore. Don Adolfo con sus sendos bigotazos era muy sentimental.

Imagínate tú, como es posible que hayan estado viviendo a un pasito, siendo que se habían separado en el puerto y estaban tan lejos de su casa en España, que vete a saber a qué distancia esta de Atitalaquia. Pudieron haber agarrado para otro lado, pero no. ¿Qué coincidencia verdad? La sangre siempre llama.

La nana

Mira mi abuelo se apellidaba Norzagaray era militar tenía gente a su servicio, y entre ellos había una señora que les ayudaba en la casa.

Mi papá tendría como dos o tres añitos, y un día jugando se calló a la alberca. Mi abuela gritaba desesperada por ver que Ciro se había caído pero estaba paralizada del susto. Y la sirvienta salió corriendo de la cocina, se aventó a la alberca y lo salvó.

Pasó el tiempo y mi abuela se dio cuenta que la señora estaba cada vez más cercana al niño, no lo dejaba ni a sol ni a sombra.

Pero sobre todo, no dejaba que el niño, se acercara a mi abuela. ¡A su mamá! !Imagínate tú¡

Y un día, le dijo mi abuela a la señora, deja a mi hijo que se venga acá conmigo. Y que le dice. !No¡ Ciro es mi hijo.

¿Cómo que tu hijo?, ¡Es mi hijo¡ Yo le salvé la vida y en mi tierra quien le salva la vida un niño se convierte en su madre. Creo que era de Haití la señora.  

Entonces mi abuela se lo platicó a su esposo, y le dijo no te preocupes la vamos a transferir de casa, a otro batallón. Y la señora antes de irse les gritó. ¡Se van a arrepentir! amenazando a mi abuela.

Y no se si sería eso o qué, pero con el tiempo mi abuela empezó a estar mal y mal y mal.

Y figurate tú, la pobre murió loca.

Choco y yo

Yo conocía a tu abuelo Choco porque un día llegó al consultorio de mi papá que era cirujano dentista militar. Y mi papá me llamó. Me dijo que lo ayudara porque el hombre no quería que lo inyectara. Le tenía miedo a las agujas, así que me dijo. Detenle la cabeza mientras le quito la muela. 

Yo era una chamaca, tenía quince años. Pero desde ese día, no sé porque me quedé enamorada de tu abuelo. ¡De veras hijo! Fue amor a primera vista del bueno.

Ya para entonces mi Papá no podía ver ni en pintura a Choco. ¡Uy no! Lo odiaba.

Y en esa época nada de salir de novios ni nada.

Y tu bisabuelo Ciro me dijo, ese hombre así y asado, este hombre te va a hacer sufrir, te va a hacer esto y eso.

Y mira, como si me hubiera leído las cartas. Pero yo estaba muy enamorada.  Así que yo me fui con él. Mi Papá nos mandó buscar hasta con el jefe de la policía militar de México que era Ismael Encina, te imaginas, pero para entonces mi suegro pesaba mucho en Atitalaquia, era político sin serlo.

Tanto que el tal Ismael terminó siendo muy amigo de don Adolfo.

¡Hay no! Bien dicen, pueblo chico infierno grande.

Ahí fue en donde yo vi a la llorona

En esa casa. Era tarde y tu abuelo Choco no había llegado, yo estaba ya embarazada de tu tía Mary.

Y entonces tocaron la ventana. Era una ventana que daba para la calle, una vidriera, las ventanas de los pueblos de antes.  

Y le digo. ¡Choco! Y no me contestó.

Entonces corrí el visillo para ver quién estaba afuera. Y alcancé a ver el árbol que estaba pasando la calle, era un álamo blanco grande que estaba a la orilla de una zanja de agua.

Y al momento de que abrí la cortina oí el grito de la llorona y alcancé a ver como del árbol se desprendió un velo blanco y largo.

!Mis hijos¡ gritó. Para que te cuento, si me dió miedo. Dije. ¡Ave María purísima! ¿Quién sabe que sea eso?

Hay hijo para que te cuento. Yo la he visto dos veces, la otra vez fue en mi recamara. La segunda vez ya vivíamos en México. Y cuando desperté, abrí  los ojos, oí el grito, y alcancé a ver el velo como salía por la ventana.

Hay no, no. Esa señora debe estar muy desesperada pobre.

¡Mary! LLamó mi abuela a mi tía. A ver si hoy le ponemos una vaso de agua a las santísimas ánimas del purgatorio en la noche y les prendemos una velita.

La vidente

Mi abuela Cuca tenía un hermana que se llamaba Cristina Norzagaray. Esa señora era vidente. Tenía poderes y había estudiado mucho tiempo la magia negra.

Le había enseñado una señora, entoncés cuando mi tía tuvo a su hija, la señora esta, le dijo que quería ser la madrina de la niña.

Pero mi tía Cristina le tenía miedo a la mujer y no quiso.

Un día le dijo la tía Cristina a su sirvienta. Si te llama la señora fulana de tal, no le lleves a la niña. Por lo que sea que te pida o diga, no le lleves a la niña. Y así fue.

Mi tía no estaba, y la señora le dijo a la muchacha, tráeme a la niña.

Y ella le respondió. Ahorita voy señora nada más le voy a cambiar su pañal.

¡Tráela!  

Ahorita voy, le dijo.  

Te estoy diciendo que la traigas.

Y no le hiso caso, y se metió para su casa con la niña.

Pues en la noche, la niña estaba tendida m’hijito.

Desde entonces mi tía Cistina dejó de  hacer magia negra, porque no quería que nadie sintiera el mismo dolor. Y se dedicó a hacer la magia blanca. Ella vivía en una vecindad que había ahí en Santa Anita, así se llamaba el lugar.

Todas las trajineras que venían de Xochimilco pasaban por Iztacalco donde nosotros vivíamos, y llegaban a Santa Anita y ahí descargaban toda su verdura y todas sus cosas. Era haz de cuenta como un tianguis. En donde vendían de todo. Y en la vecindad en donde vivía mi tía puso un cuartito en donde atendía a las personas.

Mi tía era de las que se te quedaban viendo y te decía lo que tú tenías. Llevamos a mi suegra ahí con ella porque, mi suegra creía que le habían hecho daño. Ya le habían dicho en el hospital Español que lo que tenía era cáncer. Pero ella no creía. Y la llevamos con mi tía Cristina.

Nada más la vio y le dijo a Choco, ¿Tú eres su hijo? Sí.

Quiero hablar contigo. Y lo llevó a otro cuarto.

Y le dijo, siéntese señor. Tu mamá tiene cáncer. Nomás la vio. Y le dijo, tu mamá tiene cáncer y va durar tres meses nada más, así que traten de complacerla en lo que cabe. Y efectivamente, a los tres meses murió.

Así era la tía Cristina.

La bola de fuego

Frente a la tienda en Atitalaquia había habido una trifulca entre dos personas. Uno era ese fulano, ¿Cómo se llama? El que había matado a tu tío Martín por la espalda.

Ese fue Juan Obregón, y el otro no me acuerdo como se llamaba, el caso es que tuvieron ahí un pleito enfrente de la casa donde nosotros vivíamos.

Ahí casi llegando a la esquina se pelearon, Juan Corona se llamaba el otro muchacho, y se había caído al suelo después de que el otro le diera un cachazo en la cabeza.

En eso estaban cuando otro señor que le decían el Negro, y que no tenía nada que ver en el pleito, fue y sacó del molino de nixtamal el brazo de fierro del molino. ¡Imagínate hijito! de dos golpes lo mató al fulano. Hay no, muy feo.

Y bueno, pues que ya recogieron a la persona, y paso el tiempo. Y un día ya habíamos cerrado la tienda y todo y se me olvidó llevarle a tu abuelo su Tehuacán.

Y despertó en la madrugada y me dijo. ¿Y mi Tehuacán? Uy se me olvidó.

Y me dijo. Pues para que no se te ande olvidando me lo vas a ir a traer a la tienda.

Si, le dije, voy a hablarle a José para que me acompañe. Eran como las cuatro de la mañana. Y Me dice. No, vas tu sola. Para que otro día te acuerdes de traerte el Tehuacán.

Entonces me vestí y cogí las llaves de la tienda y me salí.

Iba yo caminando. Yo nunca he sido miedosa hijo, y ahí iba yo caminando cuando exactamente donde mataron al muchacho, salió una bola de fuego de este tamaño hijo, te lo juro por mi madre que está bajo tierra.  

La bola de fuego atravesó todo lo que era la calle y se metió al molino, de donde sacaron el fierro. Me pasó por los pies, así echando chispas la bola de fuego y se metió al molino. Yo ya nomás dije ¡Ave María Purísima! Y seguí caminando por el Tehuacán de tu abuelo.

¿Y Zonia?

Hay hijo, tu mamá tenía como dos añitos creo. Pues si, porque todavía no nacía tu tío Cotino.

Entoncés un día me dice tu abuelo, que ya estaba sentado en el comedor dispuesto. Trae a la niña para que desayunemos.

Si, le dije. Ahorita la traigo.

¡Zonia, ven hija, ven! ¡Ven mamacita vamos a desayunar! Y nada que no venía. Ya todos los niños estaban en la escuela.

La volví a llamar, ¡Zonia, ven mi niña! ¡Ven te habla tu papá. Y nada que me respondía.

Entro corriendo a la recámara, la busco, jalo las sábanas y no estaba. Me asomo bajo la cama, y no tampoco. Voy a la otra recamara, y nada.

Zonia, Zonia, hija. Ven mamacita ven. ¡Hay Virgen Santísima! ¿Dónde está? Y pensé José había ido por el pan, y ahí lo veo que viene con sus calmas.

José ¿Y la niña? No me la llevé señora.

¡Hay Virgen Santísima! Y estaba la zanja hijo, que iba de bote en bote, hasta tronaba del agua que llevaba. ¡Virgen Santísima! ¿Dónde estará mi niña? Y búscala y búscala.

Corrí al jardín y nada, corrí a la huerta y nada.  Y me dice el Choco, ¿qué pasó? ¿Dónde está la niña?

Ahoritita espérame, que la niña está en el baño. Le digo. ¡Mentira hijo! La niña no aparecía por ningun lado.

¡Madre Santísima! que no me la haya llevado el agua. Entro por enésima vez a la recámara. Levanto las sábanas. Y ahí estaba. Y le digo ¿Dónde te habías metido? Y me responde quedito. Esque me toy comiendo un chique.

!Hay madre Santa¡ Y tenía sus zapatitos llenos de tierra como si acabara de salir de la zanja.

 

El castillo de los duques de Anjou

Angers Francia 2016

Cuando llegamos a Francia mi esposa y yo, decidimos que el primero que encontrara un trabajo relacionado a su profesión, sería el que jalaría a nuestra pequeña familia. Y así fue.

A Anaïs le ofrecieron un trabajo en Segré, una pequeña ciudad de siete mil habitantes, de la cual nunca habíamos escuchado hablar y que estaba en el departamento de Maine et Loire más conocido por el nombre de Anjou.

Cuando viajamos por primera vez para que tuviera su entrevista de trabajo, pasamos a un costado de la ciudad de Angers. Y fue ahí cuando un escalofrío recorrió mi espalda.

Vi a un costado de la carretera la imponente muralla del castillo de Angers que se alzaba a nuestra izquierda. No era solo un castillo medieval como las decenas de castillos que habíamos visitado en nuestro “road trip” de bodas. Este castillo era diferente, primero por la envergadura de su muralla y sus diecisiete torres. Pero sobre todo porque era idéntico, bueno más que eso, era el mismo, al que yo había visto en visiones.

Para colmo la ciudad de Segré, que pronto se convertiría en nuestra ciudad, estaba a cuarenta kilómetros de distancia de Angers y sin duda ha sido el lugar en el que más solo me he sentido en mi vida.

A veces

A veces pienso que yo fui la mala decisión que muchos tomaron y que a la vuelta de las casualidades la fatalidad y la desdicha alcanzaron a los que por un momento me siguieron.

L’Anjou

Anjou

Mi padre y yo solemos recomendarnos lecturas, fue él el que me inculcó entrar en el mundo de los libros. Y yo me nutrí en mi adolescencia de los libros que tenía almacenados en el ático (si se le puede llamar así a la habitación más alejada de la casa de mi abuelo). Herman Hesse, León-Portilla, Nietzsche, Gibran Khalil Gibran, y otros libros que yo iba desenterrando de cajas cubiertas de polvo.

Un día llego a la cafetería que administraba con mi esposa y me dijo.

Está buenísimo este libro hijo, a lo mejor te gusta. Trata de los templarios. Me dijo.

Que era el tema que por aquel momento le fascinaba.

El libro no me tocaba realmente. Pero una palabra aparecía escrita una y otra vez Anjou.

Se me hizo tan rara.

Anjou.

Que palabra más chistosa. Se refería tanto al apellido de uno de los personajes como a una región entera de Francia.

Páginas y páginas y lo único que rumiaba era aquella palabra. Anjou.

Años después, cuando decidimos irnos a vivir a Francia. A mi esposa le ofrecieron un puesto de trabajo en una empresa, cuando viajamos para ir a su primera entrevista, vi de nuevo aquella palabra. Acabábamos de entrar a la región del Anjou. En la cual los Duques de Anjou en el siglo IX habitarían el castillo de Angers.

Segré en Anjou

Yo había ido a recoger a mi papá al aeropuerto, yo le iba diciendo más o menos por donde andábamos con un mapa que traíamos en el carro.

Cuando salimos de la vía exprés D775 a unos 40 km al noroeste de Angers, le dije a mi papá que ya estábamos entrando en mi pueblo.

-Bueno, según los franceses es una ciudad. Pero para mí es un pueblito, apenas tiene siete mil habitantes.

Mi papá miró por la ventana y vio el nombre del pueblo.

-Segré, ¿Así se llama tu pueblo?

-Sí así se llama. Segré. Le repetí.

-Qué curioso, ¿Tú te acuerdas cual era el nombre fiscal de nuestro negocio en Tula cuando ustedes eran chicos?

-¿El de impermeabilizantes? –Le pregunté

-Si ese.

-No, no me acuerdo Pa.

-Se llamaba SEGRE.

-¿Qué?

-Sí, le puse Segre porque juntos son las iniciales de nuestra familia, Sonia, Enrique, Gaby, Ro y Enrique. Que coincidencia verdad.

-Está muy loco Pa. A lo mejor y estoy viviendo en tu sueño le dije. Y los dos reímos. Aunque yo un poco inquieto por la revelación.

Habíamos llegado al pueblo por azar se puede decir, porque habíamos mi esposa y yo decidido que el primero que encontrara un trabajo de acuerdo a su profesión, pues jalaba al otro. Y ella encontró un buen puesto en una empresa en este lugar. Así sin más.

Casualmente Segré está a 40 km de Angers, mejor dicho, del castillo de Angers, el mismo que había visto veinte años antes en la selva de México. Y ahora esta confirmación de mi Padre. ¿Es una coincidencia? No lo creo.  

La llamada de Álvaro

Sé que es difícil creer que lo que te voy a contar, pero necesito escribirlo.

Hace veinte años, en el verano del año dos mil, mientras estaba de viaje con dos amigos en la selva, tuve una serie de premoniciones, después de haber pasado por una extraña visión alterada de la realidad cuando ingerimos un cactus proveniente del desierto mexicano.

Pero según la trama de aquellas visiones para que lo que estaba viendo tuviera lugar, primero sucederían una serie de eventos.

Por alguna razón aquello que vi, me marcó de por vida, pues no pasa un día sin que me acuerde de ello. No sé, como si quisiera o tuviera que encontrar una explicación.

¿Por qué?

Pues porque muchas de las cosas que vi o sentí esa noche. Han sucedido. Por ejemplo la que te conté sobre el castillo de Angers.

Bueno, sé que todo eso no tendría importancia para nadie, excepto para mí que la recordaba como una anécdota adolecente increíble.  Hasta hoy.

Yo había ido a dormir a mi hijo y me quedé dormido con él en su cama mientras le leía una historia. Pero por algún motivo fui consciente que estaba durmiendo. Como un sueño lúcido, solo que en mi sueño, estaba acostado en la cama con mi hijo, es decir, casi exactamente como en la realidad. Entonces levanté mi brazo izquierdo y trace una línea con mi dedo índice en el aire de unos quince centímetros. Fue como si hubiera cortado el sueño, y de esa grieta surgiera la imagen de otro sueño que estaba detrás. Era la imagen de una selva espesa. Y de pronto fui consciente que Brazo tenía la llave para entrar al mundo de los sueños.

El teléfono sonó y me desperté del sueño, me levanté de la cama tratando de no despertar a mi hijo. Me llamaba Álvaro, miré el reloj y con el cambio de horario serían las nueve de la mañana en México. Álvaro nunca me había hablado por teléfono antes.

Unas horas antes Edson me había enviado una selfie en la que estaba con Álvaro en la laguna de Bacalar en México tomándose unas cervezas.  Al parecer ambos estaban vijando por el sur en las motos.

¡Bueno!

Hola Ro. Me dijo Álvaro con una voz tranquila y pausada.  Disculpa amigo pero tengo algo que decirte. Espero que estés sentado y que si estas con tu familia los abraces fuerte. Noté en su tono la seguridad poco habitual, incluso, solemne.

Silencio, No pude responder nada, porque sabía lo que me iba a decir.

Ro, te hablo porque mi primo se nos adelantó.

Silencio. No, no es verdad, ¿Es una broma verdad? Le respondí más por la inercia de decir algo. Ya que sabía que me estaba diciendo la verdad.

No amigo, Edson acaba de fallecer. Veníamos conduciendo en una carretera cerca de Palenque Chiapas y se salió de una curva.

Sé que es difícil, tú eras su hermano, por eso te marco.  

Forwarded message

C’est tellement petite la partie de la réalité qui reste à la conscience qui ressemble à une blague. Les fils de l’inconscient et de la chance déplacent tout. Il semble que comme s’ils jouaient toute la journée avec moi. Et je dois me battre tout le temps pour rester dans le présent, bien que la couche séduisante de l’imagination m’a prise complètement.

Es tan pequeña la porción de realidad que le queda a la consciencia que parece una broma. Los hilos del inconsciente y el azar lo mueven todo. Jugando, yo lucho constantemente para quedarme en el presente, aunque al final la seductora capa de imaginación me atrapa por completo.

Primer sesión de respiración Holotrópica

Angers Francia 15 Enero 2022

Me coloqué la máscara negra en los ojos y los cerré. Al fondo escuchaba las palabras de Cathy que animaba el grupo, éramos tres personas recostadas sobre colchonetas en un salón.

Nos estaba induciendo en una meditación profunda y después de un par de minutos solamente nos animó a respirar profundamente y continuar haciéndolo sin pausas, cada vez más rápido y más profundo, sin parar. Una respiración cíclica y profunda, como la que harías después de correr un maratón. Mi corazón estaba a tope, no conté el número de respiraciones cíclicas, ni sé cuánto tiempo pasó. Pero después de un momento comencé a sentirme más ligero y un poco mareado.

La Doctora encargada de la sesión subió el volumen de la música al máximo, podía sentir las vibraciones de los cantos celtas en todo mi cuerpo.

Hasta que en algún momento sentí que estaba flotando, disminuí el ritmo de las respiraciones hasta hacerlo con normalidad.

-Estoy dentro -Pensé.

-¿Brazo estás aquí? –Dije en voz baja

Mientras estaba recostado, mis brazos se extendieron sin mi voluntad y comenzaron a moverse como dos listones al viento. Hasta que las ultimas gotas de control que mantenía sobre ellos desapareció.

Fue cuando mi brazo derecho se posó a la altura de mi corazón y comenzó a imitar su latido, y mi brazo izquierdo se postró a un par de centímetros de mi boca. Ambos se comenzaron a mover en círculos sin tocarme, podía sentir su calor.

Sentí una paz profunda, y de pronto mi mente dejó de pensar. Entonces mi brazo izquierdo subió y bajó verticalmente, y cuando lo hizo, yo inhalé y exhalé respectivamente. Cómo una mano moviendo un títere, mi mano izquierda controlaba mi respiración, y poco a poco comenzó a acelerar el ritmo.  Hasta recrear de nuevo la secuencia de respiración Holo trópica.

Y en algún punto, me sentí extasiado, y solo vi pequeñísimos puntos azul pálido en un mar de oscuridad. Una profunda sensación de tranquilidad me sobre vino. Cuando en un instante, mis brazos comenzaron a moverse de nuevo, se posaron a unos centímetros de mi cuerpo, como si lo estuvieran examinando. Hasta que mi brazo izquierdo se posó a unos centímetros de mi boca, y me vino un pensamiento. –Deja de controlar.

Sentí como mi mano izquierda juntó los dedos y colocó el pulgar por debajo, y como si fuera  una serpiente, se posicionó delante de mis labios. Entonces despegó el pulgar de los demás dedos como si abriera la boca y en ese momento mis labios se abrieron imitándola. Acto seguido mi mano izquierda se introdujo en mi boca y sentí que sacaba algo, en ese momento sentí espasmos que me obligaron a sentarme sobre el colchón, mi mano se estiró y pude sentir como su extrajera algo del interior de mi cuerpo, yo estaba a punto de vomitar, y entre mis dos manos extrajeron algo como si fuera una cuerda larga.

Después mi brazo derecho se colocó sobre mi nuca, y en un movimiento que se me antojó el reflejo para quitarse una máscara imaginaria. Después sentí como todo mi cuerpo se erizó, estaba libre.  – Brazo le ha quitado el control, ahora mi cuerpo le pertenecía solo a mi inconsciente. –Pensé instintivamente.

Me quedé un momento así, con la mente en blanco, y de pronto solo pensé, como si me dirigiera hacía Brazo. -He venido aquí para saber si es posible desplazar mi punto de vista.

El ritmo de la música a todo volumen vibraba en todo mi cuerpo, y mi escuché como mi compañera de sesión se puso junto a mí y comenzó a seguir el ritmo con una sonaja. En ese momento, un movimiento brusco que inició en mi coxis puso en movimiento toda mi columna y mis omoplatos como un latigazo impulsando mi cuerpo hacia adelante. La fuerza cesó y mi cuerpo se balanceó hacia atrás para recuperar la postura inicial, y entonces sentí otra descarga que impulso mi tronco hacia adelante. Una y otra vez aumentando la velocidad de los intervalos. Hasta me mis manos también se unieron al ritmo, Hasta me mi cabeza se mantuvo recta como si mantuviera su vista al frente. Hasta que sentí que estaba corriendo.  Estaba corriendo en un amplio campo. Una parte de mi consciencia seguía en el salón, pero como flashazos oscuros, me proyectaban una realidad alterna.  Y en esta realidad alterna yo estaba corriendo en un inmenso campo. Pero no era yo, más bien, no era humano. Era un felino corriendo tras una presa que no podía enfocar.

De pronto fui consciente de mi visión y mientras mi cuerpo se arqueaba sobre el colchón, mis labios dibujaron una sonrisa. Me sentí libre. Muy libre.

Después, mis manos, o más bien dicho mis patas delanteras jalaron el resto de mi cuerpo, hasta que me quedé de cuatro patas en el colchón. Por supuesto que sabía que estaba sobre un colchón en un salón con música a todo volumen, pero no tenía el control de mi cuerpo y me sentía más como un animal que como un humano. Mis pensamientos eran cortísimos, me limitaba a sentir, a observar, a moverme.

En algún momento, mi brazo derecho se levantó y empujó mi pecho lo que me llevó a recostarme de nuevo en el colchón. Y mis brazos comenzaron a introducir el ritmo de respiración, hasta que de nuevo me hiperventilé.

Pero esta vez mis brazos se posaron sobre la cama, y entré en un estado de profunda relajación. Y sentí que estaba observando el universo, el fondo oscuro, y pequeñísimos puntos color azul aparecían, pero no parecían aleatorios. Sino más bien, aparecían a la misma distancia unos de otros, simétricos como el tablero de algún juego de mesa. Aparecían y desaparecían como luciérnagas, pero siempre manteniendo un orden. Después todo se oscureció y frente a mí pude ver solamente una gran puerta de madera tallada que parecía muy antigua.

La puerta se abrió lentamente y en el umbral pude distinguir a un hombre con una vestimenta tradicional mongola o asiática. Y a su lado estaba un gran Toro sin ataduras aparentes, el lomo del animal estaba a la altura del hombre a su lado, aunque la figura era impresionante, parecía muy manso.

 -¿Qué onda Rodraz?

-¿Edson? –Pregunté porque no podía ver con claridad su cara, pero su voz me era familiar. Además era la única persona que me llamaba Rodraz.

-Si wey, soy yo. Me dijo. Al momento me pareció evidente que toro a su lado, porque siempre pensé que este arquetipo zodiacal le representaba muy bien.

-¿Y por qué estas vestido de mongol?

– Pues dímelo tu wey, pinche música que pones. -Ambos reímos. Me hubieras puesto no sé, un poco de techno o algo así, no que tus pinches mamadas de música oriental. –E hizo un ademán mostrando su atuendo. Yo reí aún más, sin duda era mi amigo.

El ritmo de la música era más pausado, y me vino a la mente la muerte de mi amigo, la de mi madre, la de Nacho Mágico, y la de mi abuelo. Y sentí miedo, no por los que ya no estaban, sino por presenciarla de nuevo en alguien más.

Hasta que escuché la voz de mi amigo Edson riéndose de mí. –No inventes, ¿Qué toda vía le tienes miedo a la muerte pinche Rodraz? –Me dijo.

-Qué pasaría si te dijera que todos estamos muertos. -Dijo mi amigo riendo.

Y en ese momento pensé. –Pues, si todos estamos muertos, entonces. El miedo a la muerte ya no tienen sentido.

Acto seguido sentí una gran paz que invadió todo mi cuerpo, como si me hubiera liberado de una carga que oprimía mi ser. De nuevo un profundo estado de paz me envolvió y me sumergí con la mente en blanco, no sé por cuanto tiempo hasta que abrí los ojos.