El retorno a la cueva

Caminando por Barcelona en 2007 me vino a la mente esta idea, me senté en un café cerca del parque Güell y comencé a escribir.

Soy el inconsciente, que se manifiesta en tu Brazo. Soy la serpiente que abre la boca para morder tu sueño.

Imagino que en el inicio de la humanidad existió un  instinto  primario. Una forma básica de conducta, una red de conexiones entre individuos de la misma especie descrita a través de movimientos, sonidos, olores.

El instinto generaba, en esencia, conductas fisiológicas. Comer,  dormir,  reproducirse  y protegerse. Y formaban parte un mismo sistema neuronal que los mantenía agrupados, de manera análoga a los pájaros en pleno vuelo o a las manadas de caballos salvajes.

En los primeros humanos, el instinto o mente primaria se basaba en un solo ser, un ser social, y, de acuerdo con él, un individuo solitario no era  capaz  de sobrevivir. Tenía que estar en contacto con el grupo.

La mente primaria era una comunidad física y, sensorialmente, más importante que el individuo. Y también funcionaba cómo la memoria colectiva. Almacenando información tanto del individuo, como de su colectividad.

Ésta mente única producía beneficios para cada uno de los miembros del grupo, que gracias a ella lograban resistir las duras condiciones a las que  estaban expuestos.

En consecuencia, los primeros seres humanos mantuvieron la dualidad entre su individualidad física y su  instinto primario colectivo.

Todos cuidaban de su grupo porque, de lo contrario, atentaban contra ellos mismos.

Con el tiempo estos primeros humanos se expandieron a otros territorios, salieron de su hábitat nuclear.

Los grupos que salían a las nuevas tierras conservaron la conexión con la mente primaria.

Debido al tiempo que pasó desde la salida de su lugar de origen y el nacimiento de las nuevas generaciones en tierras lejanas, fueron desarrollando otras formas de expresión y rituales no sólo para aminorar el dolor producido por las dificultades de la vida y las enfermedades, sino para recordar su lugar de origen y transmitir la relación, tanto física como mental, que existía con éste.

Pero algo aún más importante es que su dieta cambió.  Consumieron otro tipo de animales, frutas de otras especies, plantas y vegetales hasta entonces desconocidas para la especie.

Al emprender su viaje y modificar sus costumbres, los primeros hombres también se distanciaron de la mente primaria. Ya que el soñar dependía de los factores del entorno.

Así comenzaron a generar grupos aislados que conservaban mentes comunes secundarias. Como una extensión conductual de la primaria.

Los grupos secundarios conservaban objetivos y lazos en común sólo para los miembros nuevos que lograban sobrevivir en conjunto.

Durante esta expansión y ramificación de la especie, cuando escaseaba la comida algunos individuos se veían forzados a separarse del grupo secundario al que pertenecían para explorar otros lugares o seguir el rastro de animales.

Muchos de estos nuevos exploradores se extraviaron en el camino o tardaron demasiado en volver por diferentes circunstancias.

De ahí que el instinto de supervivencia, aunado a las nuevas experiencias generadas, los impulsó a buscar la manera de subsistir por sí solos en entornos desconocidos y a nutrirse con alimentos que nunca habían probado.

Por ende evolucionaron su comportamiento, y las habilidades para sobrevivir en  solitario.

Esto significaba que, para  poder  soportar  tal aislamiento, el individuo generó una conciencia individual permanente  provocada  por el dolor y la soledad.

En efecto, al estar apartado en las montañas, en peligro constante y sin ningún compañero, se cuestionó por primera vez la posibilidad de volver con su grupo, y se cuestionó, a sí mismo, los conceptos de la vida y la muerte.

Vino entonces la necesidad ya no únicamente de alimentarse, sino de comunicarse con la mente primaria, con su hábitat núcleo, con sus antepasados.

Lo expresó mediante la representación pictórica, la primera muestra de una comunicación con lenguaje codificado, inteligente y perdurable, mostrando la conexión entre sus mentes.

La primaria y una conciencia individual en un presente continuo, circular.

Aquellos hombres mostraron sus visiones sobre la acción natural con su magnífica y simple fuerza; después, la remembranza del nacimiento, la comprensión de su procedencia. La cueva, el vientre, su origen.

Por razones de seguridad estos individuos buscaron en las cuevas refugio y entendimiento del mundo que los rodeaba.

Al igual que muchos otros pertenecientes a otros grupos nómadas, consideraron la representación como una forma de manifestarse que evocaba y acercaba a los antepasados con su circunstancia actual.

Así se desarrolló en ellos algo más fuerte que el dolor, más fuerte que la necesidad biológica: la esperanza de regresar.

Vencieron el miedo y reunieron la voluntad para avanzar en su camino, hasta que en ocasiones algunos de esos seres errantes que deambulaban solitarios pudieron retornar a su grupo o se integraron a otro.

Al principio luchaban por ser aceptados y trasmitían lo que habían aprendido y sentido: la idea de retornar a la mente primaria, a la mente que guarda conexión con todas las mentes, a la mente inicial e instintiva que los unía y generaba la evolución en el pensamiento colectivo.

La cueva inicial, el lugar de donde toda la especie procede.

Las nuevas creencias se convirtieron en una fuerza, una causa para la unificación de los individuos en sociedades fructíferas generadoras de esperanza y protectoras de sus temores más terribles hacia la naturaleza de lo desconocido.

Con su evolución, éstas concibieron el  deseo  más intenso de encontrar el lugar de sus antepasados, el lugar de la  Dualidad.

Pero los mensajeros se convirtieron en sanadores del dolor mediante la sustitución de esquemas mentales. Los chamanes.

Con el uso del nuevo conocimiento se dieron cuenta de que esta esperanza traía consigo la voluntad de emprender y curar, la cual generaba trabajo y motivación, pero más que nada, el poder sobre los hombres, quienes unidos aún por la mente primaria o inconsciente, andarían y harían cualquier cosa para retornar a la cueva.

Por la misma lógica de asociación, el ser entendía y observaba, de manera inconsciente, la cueva como el espacio en donde la Dualidad tiene su principio fundamental. La de crear.

Trasladaron el concepto a su ser individual, la conciencia, como el instinto de penetrar en ella y generar vida para la preservación. Así los conceptos se unieron en las distintas mentes, en busca siempre de volver a  nacer.

Pero los exploradores extraviados descubrieron una sentencia que, por diferentes  causas, no comunicaron al grupo a su regreso y que guardaron para sí o para los pocos que representaban el poder naciente.

Se trataba de la facultad intrínseca de todos los seres de encontrar y acceder a esta cueva, a la mente primaria, al sueño en común, al lugar de donde se desprenden los conocimientos, donde todos los seres están estrechamente relacionados.

El manejo de esta sentencia y el poder privilegiado de comunicación otorgaba el control sobre las sociedades que le temían a lo desconocido y a la   enfermedad.

Este mito desencadenaba egoísmo y el deseo, ya no exclusivamente de alimento o un techo que antes poseían los más fuertes o mejor dotados, sino el egoísmo del poder que el mito tenía sobre éstos.

El deseo de poseer todo cuanto existía y controlarlo en forma organizada. Las necesidades básicas pasaban a un segundo término, la nueva conciencia se alimentaba de ambiciones y nuevos conocimientos. Por esto resultaba cada vez más difícil tener acceso a la mente primaria e introducirse en  ella.

Debido a ello y con la intención de no olvidar el camino mental y su relevancia, decidieron plasmarlo en miles de historias y metáforas.

Entonces, lo importante ya no era  saber cuál era el lugar de esta antigua Dualidad, sino conocer el camino para poder llegar a ella.

Los sabios estaban enterados de que para acceder se requería que el individuo entrara  en sí mismo y  se enfrentara a sus miedos más profundos —el espejo—, si alcanzaba el éxito se conectaría de modo consciente con la mente o instinto primario, la conexión con todas las  mentes.

Al tener éste suprema relevancia por el control que confería ante las masas cada vez más organizadas, no podían permitir el acceso a todos los individuos ni tampoco esconderlo pues, de ser así, no habría en qué basar el poder.

En consecuencia lo convirtieron en lo inalcanzable, pero existente, colocándolo en una ruta de aspecto físico o místico que ocultara el camino mental que incluye los dos anteriores. Plantearon que la ruta a la caverna de los antepasados, el lugar de la Dualidad, debe encontrarse mediante actos o hechos físicos a favor de la sociedad y, en especial, a favor de la organización que poseía dicho poder y nunca por medio de un intento  mental.

Así, la sociedad nueva evolucionó y surgió el poder, el control sobre el conglomerado de individuos basado en el sufrimiento, el dolor y el miedo.

En contraparte, el poder representa también su ruta de salvación, la ruta más accesible para encontrar el camino de vuelta al lugar sagrado. El lugar de origen, al cual todos procedemos y de alguna manera todos los individuos estamos interrelacionados por la forma más simple y que prevalece en nuestro pensamiento más  profundo.

Con el correr de los siglos y las guerras entre los nuevos poderes políticos y religiosos se perdió la ruta inicial para volver. Y quedaron sólo los rastros torcidos que indicaban el camino.

En varias épocas y sociedades hubo personas que la encontraron y divulgaron sus creencias, pero casi todos terminaron desterrados, humillados o asesinados por ello.

¿Pero qué importa si  es necesario decirlo otra vez, una o mil veces de manera distinta? Sólo cuando cada ser encuentre el camino en la mente primaria encontrará la plenitud. La unificación entre el inconsciente y la consciencia. El regreso a la cueva. Al origen.

El encuentro con la Dualidad

Querétaro 2001

Esa tarde Nacho Mágico y Edson habían llegado a la Casita del Terror juntos. Según nos dijeron a Nacho y a mí, que habían comido en casa del Edson y después nos habían preparado unas deliciosas galletas.

Roy, Roy, no, espérate. Wey. Hubieras visto. Este compa que nos limpió el parabrisas, estaba haciendo arte. Lo hubieras visto. Desplegó de una manera la espuma sobre el cristal que junto con la música que me puso el Edson. Roy, Roy. No es que no me entiendes.

Edson puso en la mesa de la sala un bote lleno de galletas de chocolate, y se sentó pesadamente en el sillón azul con una sonrisa tan amplia como su postura.  No paraba de reír.

Roy, Roy, Nacho. ¿Dónde está panchita? Así le decía a Daniela.

No sé, aún no llega.

Panchita, panchita.

Roy, tienes que probar las galletas.

Nacho Pilas, así le apodamos para no confundirlo con el Nacho Mágico. Fue al fondo de la casa y trajo dos caguamas y las destapó.

Nacho Mágico nos volvió a contarnos su experiencia con el limpiaparabrisas mientras Nacho Pilas y yo probamos las galletas.

Edson se me quedaba viendo riendo. No podía no hablar. Pero puso la misma expresión que cuando teníamos diez años y estaba a punto de hacer una travesura.

Cuando me terminé la galleta solo me hizo la seña con sus manos. Como diciendo, ¡híjole la que te espera!

De pronto me comencé a sentir extraño. Ellos sabían que no fumaba porque volaba muy rápido, desde aquella vez en la selva de Xilitla.

¿Qué le pusieron a las galletas? Dije.

Edson rio a carcajadas con la caguama en mano.

Están buenas. Dijo Nacho Pilas.

Roy, Roy, dame un abrazo. Mira es que no entiendes, te tienes que relajar mi Roy. Me decía Nacho Mágico.

Escuchamos la puerta de la casa.

¡Panchita!

Hay. Gritó ella y comenzó a saludar. ¡Gasho! Que hacen aquí. Que gusto. Nachito. ¡Hay Edson! ¿Y esa pose?  

Aquí tranquilo Güera, te estábamos esperando, les trajimos un regalito.

¡No! Le dije yo. Si vas a manejar a tu casa, mejor que no.

Pero para que se va, mejor que se quede. Dijo Edson ¿A poco no carnal? Dijo mirando a Nacho Pilas.

El otro parecía monstro come galletas, lleno de migajas.

Edson soltó otra carcajada. Estaba rojo, rojo.

Yo me empecé a marear. No me sentía muy bien.

Rojo. Me dijo Daniela. Voy a ir por un juego de mesa a casa de un amigo, ahorita vengo.

Voy contigo, porfa, necesito salir.

Órale vámonos.

Weyes, ahorita vengo, no vayan a quemar la casa. Porfa.

Edson se río de nuevo. No te vayas carnal, se va a poner bueno.

Pilas, ahí te encargo. Le dije. Pero el Pilas ya estaba en otro lugar.

Cuando llegamos a la casa del amigo de Daniela, le dije que prefería quedarme en el auto.

Pero ya me conoces, me voy a poner a platicar, te juro que no me tardo Gasho.

No te apures, Aquí estoy bien.

En su coche habíamos dejado el cd de Moby Songs 1993- 1998, lo puse y lo adelanté hasta que la canción de Hymn comenzó a sonar.

Frente a mi había un enorme árbol, justo a un costado de la casa a la cual había entrado Daniela. Un Farol a unos cincuenta metros detrás del auto apenas iluminaba la calle.

Mientras contemplaba la escena apareció un gato, dio una vuelta por el patio de la casa y se subió a la barda de la casa, justo entre el árbol y la puerta de entrada.

De pronto una ráfaga de aire movió las ramas del árbol, esto accionó el sensor de la lámpara que estaba sobre la puerta de casa y acto seguido, el gato maulló.

El aire cesó, las ramas dejaron de moverse y la luz se apagó; entonces el felino se reclinó sobre sus patas delanteras.

Una vez más el viento movió el árbol, el movimiento accionó el farol, y el gato se levantó y maulló. Otra vez más el aire se detuvo, la luz se apagó y el gato reclinó la cabeza.

El fenómeno se repitió exactamente tres veces. Y fue tan rítmico que no percibí ninguna diferencia entre los tres episodios.

Entonces fijé mi vista en la parte superior del árbol, había algo que llamaba mi atención.

Un pequeño punto, que parecía ajeno a aquella imagen.

Era un punto borroso del tamaño de una hoja. Como si hubiese sido una basurita en mi ojo que distorsionaba la imagen, un diminuto espacio desenfocado.

Percibía el color del fondo aunque no veía con claridad. Parpadee varias veces esperando que el pequeño punto se disipara, pero seguía ahí.

Incluso me moví de un lado a otro pero la anomalía seguía ahí.

Después escuché un ligero zumbido en el oído izquierdo que me hizo girar la cabeza. Y cuando lo hice, dejé de escuchar el ruido. De nuevo, voltee hacia adelante y volví a escucharlo. Fue muy curioso. Era como si el zumbido que provenía del lado izquierdo en donde había una barda mal pintada de blanco, al momento que giraba mi cabeza para inspeccionar su origen, se desvanecía.

Vi la sombra de un animal que se proyectaba en la barda blanca. Estaba sentado en sus patas traseras, tenía las orejas puntiagudas y el hocico largo, como un perro grande, un lobo pero no tan lanudo, más fino. Podría decir que parecía un coyote.

Y en ese momento, escuché una voz.

¿Estás listo? Me preguntó la voz.

Se me erizaron los cabellos, pero por alguna razón la simplicidad de las escenas anteriores me había sumergido en una quietud gratificante.

Sí, estoy listo respondí.

Así empieza. Dijo la voz

Mire al frente y el pequeño punto que había visto antes comenzó a girar sobre su eje. A la distancia parecía del tamaño de una hoja del árbol, pero era plano y translúcido, y lo percibía por la distorsión de color que producía sobre las hojas del árbol. Era como si estuviera superpuesto a la imagen de la realidad que percibía.

Lo vi rotar y el objeto se desplazó hacia mí lentamente, haciéndose más grande mientras se acercaba hasta que se situó justo delante del parabrisas del coche.

Así lo pude ver más claramente. Tenía unos diez centímetros en su base y de forma octagonal.  Era muy delgado, tuve la sensación que solo tenía dos dimensiones, como una hoja de papel, pero parecía no tener color. Solo distorsionaba la imagen de fondo y giraba de derecha a izquierda.

Y así como se había acercado, el octágono se volvió a su posición original cerca de la copa del árbol sin dejar de girar.

Y como una ola expansiva, otros octágonos comenzaron a aparecer rodeando al primero, miles, y miles de pequeños octágonos rotando sobre su eje. Se apoderaron de todo mi campo visual. La casa, la calle, el árbol, la barda, el gato, el auto, el parabrisas, mis manos, todo estaba impregnado de miles y millones de diminutos octágonos giratorios.

Curiosamente todos giraban a un ritmo ligeramente diferente.   

No sentía miedo, más bien estaba en un estado de total admiración hacia lo que estaba presenciando.

Y entonces de nueva cuenta, el mismo octágono inicial, se desprendió de su posición original y se acercó hasta detenerse a unos centímetros del parabrisas del auto.

Mientras giraba, el centro del octágono se comenzó estirar como un cristal líquido y espeso. Como si algo estirase del centro de la figura hacía arriba y hacia abajo, se comenzó a dibujar la silueta de dos conos que compartían la misma base. El octágono adquirió volumen.

Pero mientras giraba con lentitud la base, las puntas de ambos extremos cónicos parecían no hacerlo. Por lo que el efecto produjo unas hendiduras en aquel cristal formando una espiral.

Una vez que la espiral estuvo completa, la figura rotó noventa grados, y colocó la punta superior de la espiral hacia mí. Sin dejar de rota, y vi que seguía teniendo la forma octagonal en la parte más ancha de la figura, en su centro.

De nuevo, la figura volvió a rotar noventa grados y pude ver la espiral cristalina que giraba frente a mí.

En un instante la espiral regreso a la copa del árbol. Dio un giro y como una oleada, todos los octágonos que componían mi campo visual, se transformaron en espirales. Miles, millones de espirales componían todo cuanto yo veía.

Y tuve la impresión que el manera rítmica en la cual se movían iban componiendo los diferentes tonos y colores de todo lo que me rodeaba. Fue tal la armonía con la que estaba rotando que sentí que las espirales se integraban a la realidad y en momentos eran imperceptibles, y por momentos se volvían más obvias para mí.

Tuve la sensación de que siempre habían estado ahí, pero nunca hubiera reparado en su existencia.

En ese momento Daniela salió de la casa, la luz se prendió y el gato se estiró y bostezó.

Ella entró de lo más normal en el auto, y yo podía verla compuesta por millones de espirales translucidas que giraban.

¿Te sientes bien? Estás pálido. Yo solo pude asentir.

Ella puso en marcha el motor y arrancó. Aquello fue un espectáculo indescriptible, miles de espirales giraban rítmicamente frente a mí componiendo todo cuanto veía.

Y tuve miedo. Miedo de morir. Miedo de que tal vez estuviera a punto de cruzar el último umbral al percibir tal despliegue de belleza y plenitud. Miedo del contraste, de los opuestos.

Y si esto es la realidad, entonces ¿Qué es el bien y que es el mal? Pensé mientras veía aquella noche espiral.

Observa. Dijo la voz

Vi a una persona que estaba parada en el paso peatonal. Daniela frenó y le dio el paso. La persona avanzó le alzó la mano en agradecimiento. De pronto las espirales que componían la imagen que yo veía de Daniela y las de la persona. Comenzaron a girar con más velocidad que las demás que componían la escena, y por algún momento me pareció más clara la imagen que tenía de ellos, más radiante.

Pero de pronto un automóvil nos rebaso a gran velocidad y pitando al peatón para que se quitara.  Y curiosamente pude ver como las espirales que componían la figura del automóvil y sus ocupantes, giraban muy lentamente. Casi no se movían.

¿Qué es esto? Pensé.

El bien y el mal no existen, lo único que existe es el movimiento. Escuche decir a la voz.

Rojo, ¿Cómo te sientes? Me preguntó Daniela.

Negué con la cabeza. Siento que me voy a morir. Le dije. Por favor llévame al hospital.

¿En serio?

Si por favor. Le dije. En realidad estaba muerto de miedo.

Daniela me llevó a la cruz roja, y tan pronto bajamos nos hicieron esperar un poco en la sala. Al fondo estaban interviniendo a una persona sobre una camilla.

El efecto sobre mi miedo fue aún peor. Mire a Daniela y le dije. Perdón, pero creo que mejor nos vamos, ya me empiezo a sentir mejor. Lo cual era mentira. En ese punto mi campo visual estaba ya dominado totalmente por las espirales.

Al entrar al auto, ya no podía ver la realidad, lo único que veía era un cuadro como si estuviera frente a una pantalla de cine. Y en el cuadro solo se proyectaban miles de espirales en movimiento, estas espirales habían adquirido un tono rosado.

Y pensé. ¿Qué es el tiempo?

El tiempo es movimiento y depende de tu ubicación. Me dijo la voz.

¿Mi ubicación? ¿Se referiría a mi ubicación dentro de este mar espiral? En ese momento estaba totalmente lúcido, escuchaba los ruidos de la calle, la música, escuchaba a Daniela hablar por teléfono. Pero mi campo visual era un mar de miles y millones de espirales de distintos tamaños. Y de pronto todos los ruidos cesaron.

Estaba sumergido en este líquido espiral. Todas rotaban, había grandes y pequeñas miles y millones, de espirales de color rosado. Girando como engranes. Interconectadas.

Yo traté de ver mis manos, pero solo había espirales frente a mí.

De lo único que estaba seguro es que tenía un punto de vista.

La espiral más grande puede ser la más pequeña y la más pequeña se vuelve la más grande. Dijo la voz.

Y de pronto enfoqué mi atención en una pequeña espiral, y esta mientras giraba comenzaba a crecer y crecer hasta abarcar todo mi espacio visual, hacia cualquier punto, y de pronto veía que estaba compuesta de miles de millones de pequeñas espirales.

Volví a enfocar mi atención en una pequeña al azar. Y esta comenzó a crecer mientras giraba, hasta abarcar todo cuanto podía ver. Fue una sensación escalofriante, porque sentí que nada tenía ya sentido.

La distancia entre la espiral más grande y la más pequeña es de solo un giro. Dijo la voz.

Y volví a sumergirme en la inmensidad espiral en movimiento, en los octágonos engranados que con su movimiento afectaban a todos las espirales octagonales que los rodeaban.

Millones de espirales, que fluían modificando su tamaño.

Y yo sentía que la consciencia de mí mismo comenzaba a desvanecerse. Solo veía espirales y espirales, y perdía poco a poco el rastro de lo que yo podía significar en aquel mundo.

Traté de aferrarme a una espiral enfocándola. Pero esta pronto crecía y crecía hasta abacarlo todo y de nuevo estaba frente a las millones que la formaban.

Volvía a enfocar y volvía a sumergirme más y más.

Entonces sentí el latido de mi corazón como un ritmo. Y pensé.

¡Yo soy!

¡Yo soy siempre una espiral!

No importa cuántas espirales vea frente a mí, yo siempre seré una. Grité en mi interior.

Y en ese momento, volví a la realidad.

Daniela seguía hablando por teléfono mientras conducía. Y yo me vi mis manos, toqué mi cuerpo. Estaba ahí. Yo era. Ya no veía ninguna espiral. Solo el mundo tal cual era, tal cual yo lo recordaba. Había sentido como si hubieran pasado años. Pero al parecer apenas habíamos salido del estacionamiento.

Suspiré y traté de pensar en otra cosa para olvidar lo que me acababa de suceder. Y en ese instante me volví a adentrar en el mundo espiral.

Y de nueva cuenta trataba en vano de aferrarme a una espiral pero se volvía una imagen imposible de enfocar por su tamaño.

Yo soy, yo soy siempre una. Volví a gritar en mi interior.

Y la realidad invadió todo mi campo visual y recuperé mi percepción normal.

Cuando volví a entrar en el mar espiral. Pregunté harto ¿Qué es esto?

Es el devenir. Respondió la voz.

Y frente a mí, se formó de nuevo esta pantalla compuesta por un centenar de espirales octagonales en movimiento del mismo tamaño.

Ya no sentía la ansiedad del mar espiral, sino más bien sentí que estaba frente a una proyección.

Entonces la espiral que estaba en la esquina superior derecha comenzó a disminuir su giro. Y como si fuera una ola expansiva todas las que estaban a su alrededor lo hicieron hasta que todas giraban lentamente.

De la misma manera, la misma espiral comenzó a girar sobre su eje a mayor velocidad de rotación y como si fuera una piedra que cae sobre el agua, las demás comenzaron a aumentar su rotación.

Una de estas espirales se salió de su encuadre y como si fuera una proyección en 3d, se acercó hasta situarse a unos centímetros de mi punto de vista.  Esta espiral comenzó a girar más y más rápido. Tan rápido que no distinguía las comisuras de su forma espiral, y sin disminuir su impulso en un instante. Aquella forma se encendió. Convirtiéndose en un copo de luz. Una luz única, como nunca la había visto. Irradiaba todo cuento tenía frente a mí, y ese copo de luz parecía ya no se una espiral, sino que había transmutado en una nueva sustancia.

Sentí que abrí la boca, aunque no podía verme a mí mismo.  

Otra espiral que se encontraba detrás se acercó hasta colocarse de lado izquierdo del punto de luz. La espiral octagonal giraba lentamente era irradiado por la luz que desprendía su compañera.

La dualidad. Dijo la voz.

Ambos elementos parecían ser inseparables.

Fijé mi atención en esta dualidad y observé que había como unas delgadísimas líneas de luz azul y roja que los circundaban, como si uniera un magnetismo provocado por el movimiento de ambas a la luz y a la espiral.

¿Qué es lo que los une? Pregunté.

Lo que los une es el amor. Respondió la voz.

En ese momento, ambas volvieron a la pantalla, y al entrar el copo de luz, todas las espirales que giraban a su alrededor se transformaron en luz, cegándome por completo.

Pensé que sería el final. Y pregunté. ¿Qué debo hacer?

Haz lo que tengas que hacer. Dijo la voz.

¿En dónde está la niña?

Cuando yo tenía como nueve años. Y vivíamos en una vecindad del estilo de las películas de Pedro infante, de esas que tienen una escalera en medio.

Y yo me acuerdo que llegué a la puerta de una de los departamentos, y en la puerta había una muchacha que se llamaba Raquel.

Era una muchacha alta, delgada, con el pelo hasta los hombros, con su vista muy penetrante, negros, negros sus ojos.

Según ella cosía vestidos de muñecas. Yo no sé si los vendía o que hacía con ellos. Y ella me decía que me iba a enseñar a coser. Y le decía yo sí. Para esto a esta muchacha le faltaba una mano, se ponía un manguito para taparse el muñón mano izquierda.

Según vivía con su mamá. Yo nunca le vi la cara a su mamá, nunca. Solo me acuerdo que era una señora que se vestía totalmente de gris y se tapaba siempre con un chal gris la cara. Y yo apenas llegaba de la escuela y me decía mi mamá, te llamó Raquel. Uy, y yo subía pero volada. Mi mamá la conocía porque se paraba en la punta del barandal de la vecindad y me gritaba.

Mi mamá se asomaba y le decía, no ha llegado de la escuela, ahorita que venga le digo. Y bueno, subía y disque cocía. Porque ni cocía nada.

Pero bueno, con decirte que Raquel nunca me daba la cara hijo, siempre estaba de espalda. Tenía en un cuartito, el cuarto de planchado tenía un montón de telitas, tenía tijeras, agujas, hilos de todos los colores. Yo creo que su mamá los vendía, porque vivíamos muy cerca del mercado.

Me decía, mira tengo este otro vestido, y me lo daba. Luego yo le decía, luego vengo y me bajaba a mi casa.  Y un día llegué de la escuela y le dije a mi mamá. Oye mamá. No me ha hablado Raquel, le digo. Me dijo, no, no te ha llamado para nada. Pero ya era tardecito. Y le dije ahorita vengo, y me dijo, ya no subas, ya es muy tarde, ya vas a merendar. Y ni le hice caso, subí corriendo las escaleras, Raquel, Raquel la llamé. Estaba entre abierta la vidriera, y le dije Raquel. Y no me respondió y me metí.  

Y haz de cuenta que alguien cerró la vidriera  y voltee de momento así para ver quién la había cerrado, pensando que había alguna gente y no. De arriba abajo hijo, de hasta arriba, estaba la Virgen del Sagrado Corazón, ¡madre mía! Hasta el corazoncito del niño del sagrado parecía que estuviera palpitando así. Pero clarita, clarita la Virgen del Santísimo, hijo. Voltee a la pared para ver si se reflejaba algo, pero estaba oscuro hijo, no había nada en la pared. Y volví a voltear y ya no estaba. Abrí la puerta y me fui a mi casa corriendo. Mi mamá ya me estaba esperando cenamos, me dormí y ya. Y al otro día le digo. Voy a ver a Raquel, y me dijo ella, espérate ahorita vas. Y subí las escaleras, y me encontré a la portera por los barandales. Y me dijo, que andas haciendo aquí niña Sonia, váyase a su casa. Y le dije, vengo a ver a Raquel. ¿A quién? Me dice. A Raquel, la señorita que vive aquí. No niñita, aquí no vive nadie, este departamento está vacío desde hace mucho tiempo. 

Hay hijo, vete a saber porque, ¿Quién era esa Raquel? Qué tal que era el enemigo. Bendito Dios que no me quedé ahí. Pero mira  la virgencita, hermosa, hermosa, a lo mejor me estaba protegiendo. Estaba igualita a la imagen. Como la que tienen ustedes en el oratorio de la casa de Tula.

Antonio, Adolfo y Alfonso entre Actopan y Atitalaquia

Los Castañeda llegaron los tres a Veracruz cuando la guerra civil en España, venían como quien dice, huyendo de allá.

Antonio con su hijo Adolfo y Alfonso que era primo de Antonio. Y llegando al puerto se separaron. Cada uno cogió por su lado, Antonio con su hijo Adolfo y Alfonso solo. Se desearon mucha suerte sabiendo que tal vez nunca se volverían a ver.

Y por andas y mangas,  Antonio y su hijo llegaron a Atitalaquia.  Ahí empezaron de medieros, cogían milpas a medias y a trabajarlas.

El mediero es el dueño del terreno y el otro es que  trabaja, don Antonio sembraba y cosechaba y así vivió largo rato. Así fueron viviendo y ahí conoció a la familia Montoya.

Para entonces la tía Virginia Montoya se casó con don Antonio y pocos años después su hijo Adolfo se casó con Tere Montoya, la hermana de la tía Virginia. 

Que fue la mamá Tere. Así que la tía Virginia era a la vez Madrastra de tu abuelo Adolfo y cuñada, figúrate nada más. La tía Virginia tuvo tres hijos, que fue, este, Manuel, Antonio y Cristina. Y Don Adolfo, el hijo, ese tuvo nueve hijos con la mamá Tere. Irene, Choco (Constantino), Clara, Antonio, Adolfo, dos niños que se murieron, pero esos ni vivieron. Martín y René.

Ahí pasaron años, se puede decir. Entonces una de esas, Choco, que tenía como 17 años, andaba trabajando con otro muchacho que se llamaba Arturo García. Se dedicaban a comprar ganado en los pueblos para venderlos en Atitalaquia.  

Pero un día compraron un animal de último momento ya haciéndose tarde y no le dieron guía. Llegaron a Actopan y cuando les revisaron las guías, vieron que les sobraba un animal y el policía los metieron al corralón.

Pues fíjate que resulta que el tío Alfonso, era presidente municipal de Actopan. Así que en la noche pasó a hacer su ronda, y le preguntó al comandante si había habido algún problema. Y les dijo que habían detenido a unos muchachos porque les faltaba la guía de un animal. Y le dijo, por cierto que uno de los muchachos se apellida Castañeda. ¿Cómo?, Si. Lo fue a ver el tío Alfonso a la cárcel y le preguntó. ¿Qué de dónde era? Ya le dijo que de Atitalaquia, ¿Y tu papá como se llama? Ya le dijo que se llamaba Adolfo. Adolfo Castañeda. Ya fue cuando el tío Alfonso relacionó que era su nieto.

Me hubieran dicho que eran Castañeda! Total que los sacaron, los llevaron a su casa, les dieron ropa limpia se bañaron, cenaron y ya se acostaron bien en camas y todo. Y ya este, como se llama, y al otro día fue cuando don Adolfo fue con Choco a Atitalaquia a reencontrarse con su primo hermano. Y no vieras, llore y llore, don Adolfo con sus sendos bigotazos era muy sentimental.

Imagínate tú, como es posible que hayan estado viviendo a menos de 60 kilómetros en el mismo estado, siendo que se habían separado en el puerto, que vete a saber a qué distancia esta de Atitalaquia. Pudieron haber agarrado para otro lado, pero no. ¿Qué coincidencia verdad?

La nana

Mira mi abuelo se apellidaba Norzagaray era militar tenía gente a su servicio, y entre ellos había una señora que les ayudaba en la casa. Mi papá tendría como dos o tres añitos, y un día jugando se calló a la alberca, y lo vieron mi abuela y la señora. Pero mi abuela gritaba nada más desesperada por ver que Ciro se había caído, y la sirvienta salió corriendo de la cocina y se aventó a la alberca y lo sacó, al niño no le paso nada. Pasó el tiempo y mi abuela se dio cuenta que la señora no dejaba a mi abuelo ni a sol ni a sombra. Y sobre todo no lo dejaba que se acercara mucho a mi abuela. A su mamá. Y un día que le dijo mi abuela a la señora, deja a mi hijo que se venga acá conmigo. Le dijo. No, Ciro es mi hijo. ¿Cómo que tu hijo?, ¡Es mi hijo¡  No le dijo, yo le salvé la vida y en mi tierra quien le salva la vida un niño se convierte en su madre.   Entonces mi abuela se lo platicó a su esposo, y le dijo no te preocupes la vamos a transferir de casa, a otro batallón. Y la señora le dijo, No me hagas esto Ciro, se van a arrepentir.

Y entonces mi abuela empezó a estar mal y mal y mal. Y se murió loca. Figúrate.

Choco y yo

Yo conocía a tu abuelo Choco porque un día llegó al consultorio de mi papá que era cirujano dentista militar. Y mi papá me llamó. Me dijo que lo ayudara porque el hombre no quería que lo inyectara. Le tenía miedo a las agujas, así que me dijo. Detenle la cabeza mientras le quito la muela. 

Yo era una chamaca, tenía quince años. Pero desde ese día, no sé porque me quedé enamorada de tu abuelo, de veras hijo. Fue amor a primera vista del bueno.

Ya para entonces mi Papá no podía ver ni en pintura a Choco, uy no. Lo odiaba. Y en esa época nada de salir de novios ni nada. Y tu bisabuelo Ciro me dijo, ese hombre así y asado, este hombre te va a hacer sufrir, te va a hacer esto y eso. Y mira, como si me hubiera leído las cartas. Pero yo estaba muy enamorada.  Así que yo me fui con él. Mi Papá nos mandó buscar hasta con el jefe de la policía militar de México que era Ismael Encina, te imaginas, pero para entonces mi suegro pesaba mucho en Atitalaquia, era político sin serlo. Tanto que el tal Ismael terminó siendo muy amigo de don Adolfo.

La llorona

Ahí fue donde vi yo a la llorona, en esa casa. Era tarde y Choco no había llegado, yo estaba ya embarazada de tu tía Mary. Y entonces tocaron la ventana. Era una ventana que daba para la calle, una vidriera, las ventanas de los pueblos de antes.  

Y le digo. ¿Choco? Y no me contestó. Entonces corrí el visillo para ver quién estaba afuera. Y alcancé a ver el árbol que estaba pasando la calle, era un álamo blanco grande que estaba a la orilla de una zanja de agua clara. Y al momento de que abrí la cortina oí el grito de la llorona y alcancé a ver como del árbol se desprendió un velo blanco y largo.

Era la llorona. !Mis hijos¡ gritó. Para que te cuento, si me dio miedo dije, Ave María purísima, quién sabe que sea eso.

Hay hijo para que te cuento. Yo la he visto dos veces, la otra vez fue en mi recamara. La segunda vez ya vivíamos en México. Y cuando desperté, abrí  los ojos, oí el grito, y alcancé a ver el velo como salía por la ventana.

La vidente

Mi abuela Cuca tenía un hermana que se llamaba Cristina, Cristina Norzagaray, esa señora era vidente, tenía poderes y había estudiado mucho tiempo la magia negra: Tenía una maestra que le enseño a trabajar la magia negra.

Esa señora, bueno, mi tía Cristina tuvo una hija y la señora que le enseño a trabajar la magia negra quiso ser madrina de esa niña. Pero mi tía Cristina le tenía miedo, a la mujer, y le dijo un día a la sirvienta, si te llama la señora fulana de tal, te va a decir que le lleves a la niña. No se la vayas a llevar. Le dices que la vas a cambiar, cualquier cosa, y así fue.

Mi tía no estaba, y le dijo, tráeme a la niña. Ahorita voy señora nada más le voy a cambiar su pañal. ¡Tráela!  Ahorita voy, le dijo.  Te estoy diciendo que la traigas.

Y no le hiso caso, se metió para su casa con la niña. Pues en la noche, la niña estaba tendida. Desde entonces mi tía Cistina dejó de  hacer magia negra, porque no quería que nadie sintiera el mismo dolor. Y se dedicó a hacer la magia blanca. Ella vivía en una vecindad que había ahí en Santa Anita, así se llamaba el lugar.

Todas las trajineras que venían de Xochimilco pasaban por Iztacalco donde nosotros vivíamos, y llegaban a Santa Anita y ahí descargaban toda su verdura y todas sus cosas. Era haz de cuenta como un tianguis. En donde vendían de todo. Y en la vecindad en donde vivía mi tía puso un cuartito en donde atendía a las personas. Mi tía era de las que se te quedaban viendo y te decía lo que tú tenías. Llevamos a mi suegra ahí con ella porque, mi suegra creía que le habían hecho daño. Ya le habían dicho en el hospital Español que lo que tenía era cáncer. Pero ella no creía. Y la llevamos con mi tía Cristina.

Nada más la vio y le dijo a Choco, ¿Tú eres su hijo? Sí.

Quiero hablar contigo. Y lo llevó a otro cuarto.

Y le dijo, siéntese señor. Tu mamá tiene cáncer. Nomás la vio. Y le dijo, tu mamá tiene cáncer y va durar tres meses nada más, así que traten de complacerla en lo que cabe. Y efectivamente, a los tres meses murió.

La bola de fuego

Frente a la tienda en Atitalaquia había habido una trifulca entre dos personas, que era este fulano, ¿cómo se llama? El que había matado a tu tío Martín.

Ese fue Juan Obregón, y el otro no me acuerdo como se llamaba, el caso es que tuvieron ahí un pleito enfrente de la casa donde nosotros vivíamos, ahí casi llegando a la esquina se pelearon, Juan Corona se llamaba el otro muchacho, y se había caído al suelo después de que el otro le diera un cachazo en la cabeza.

En eso estaban cuando otro señor que le decían el Negro, y que no tenía nada que ver en el pleito, fue y sacó del molino de nixtamal que estaba enfrente el brazo de fierro del molino y a golpes lo mató.

Hay no muy feo, ya recogieron a la persona, y paso el tiempo. Y un día ya habíamos cerrado la tienda y todo y se le olvidó llevarle a tu abuelo su Tehuacán. Y despertó en la noche, en la madrugada y me dijo. ¿Y mi Tehuacán? Uy se me olvidó. Y me dijo. Pues para que no se te ande olvidando me lo vas a ir a traer.

Eran como las cuatro de la mañana. Si, le dije, voy a hablarle a José para que me acompañe. Me dice. No, vas tu sola. Para que otro día te acuerdes de traerte el Tehuacán.

Entonces me vestí y cogí las llaves de la tienda y me salí. Iba yo caminando. Yo nunca he sido miedosa hijo, y ahí iba yo caminando cuando exactamente donde cayó este muchacho a donde lo mataron, haz de cuenta una bola de fuego de este tamaño hijo, te lo juro por mi madre que está bajo tierra.  

Salió de donde mataron a ese muchacho atravesó todo lo que era la calle y se metió al molino, de donde sacaron el fierro. Me pasó por los pies, así echando chispas la bola de fuego y se metió al molino. Yo ya nomás dije Ave María Purísima y seguí caminando por el Tehuacán. ¿Qué fue? Quién sabe.

¿Y Zonia?

Hay hijo, tu mamá tenía como dos añitos. Pues si porque todavía no nacía Cotino. Como dos añitos tenían y me dice tu abuelo, ya estaba sentado en el comedor. Y me dice. Trae a la niña para que desayunemos. Si le dije, ahorita.

¡Zonia, ven hija, ven! ¡Ven mamacita vamos a desayunar! Y nada que no venía. Ya todos los niños estaban en la escuela.

La volví a llamar, ¡Zonia, ven mi niña! ¡Ven te habla tu papá. Y nada que me respondía.

Entro corriendo a la recámara, la busco, jalo las sábanas y no estaba. Me asomo bajo la cama, y no tampoco. Voy a la otra recamara, y nada.

Zonia, Zonia, hija. Ven mamacita ven. ¡Hay Virgen Santísima! ¿Dónde está? Y pensé José había ido por el pan, y ahí lo veo que viene con sus calmas.

José ¿Y la niña? No me la llevé señora.

¡Hay Virgen Santísima! Y estaba la zanja hijo, que iba de bote en bote, hasta tronaba del agua que llevaba. Virgen Santísima ¿Dónde estará mi niña? Y búscala y búscala.

Corrí al jardín y nada, corrí a la huerta y nada.  Y me dice el Choco, ¿qué pasó?, ahoritita espérame, que la niña está en el baño. ¡Mentira! No la encontraba yo.

¡Madre Santísima! que no me la haya llevado el agua. Entro por enésima vez a la recámara. Levanto las sábanas. Y ahí estaba. Y le digo ¿Dónde te habías metido? Y me responde quedito. Esque me toycomiendo un chique. Hay madre Santa. Y tenía sus zapatitos llenos de tierra como si acabara de salir de la zanja.  

Los últimos días del abuelo tolteca

¡Enrique! Gritó mi abuelo en la madrugada, su lamento avanzaba entre las paredes viejas de la casa, como si fuera una bruma que buscaba a mi padre entre cuartos y pasillos hasta disolverse por completo en un silencio agotador. Los perros ladraron y las luces del cuarto de mis padres se prendieron.

Por la mañana en el desayuno mi madre nos preguntó.

¿Escucharon en la madrugada los lamentos de tu abuelito?

¿Qué tal Enrique? cuéntales a los niños.

Hay hasta se me enchinó el cuero. Dijo mi papá.

¡Pérate! Que cuando entramos a su cuarto a las tres de la mañana. Continúa diciendo mi madre.  Abrí un poquito la cortina para que entrara la luz del patio. Y que me dice.  

Sonia, ¿Cuántas veces les he dicho que no me gusta que entre la perrita a la casa? Y que me le quedo viendo a tu papá. Les he dicho que cierren bien la puerta de la cocina antes de dormirse. Nos dijo tu abuelito. Pero Don Ricardo, estaba cerrada. No, no, no. Clarito escuche como la perrita la abrió poco a poco la puerta con el hocico y luego se vino directo a mi cuarto. ¡Ya sabe cómo es la Camila! Esa perrita traviesa. Estaba llena de lodo, se me subió a la cama y luego se puso a jugar con la ropa. Mire nada más como dejó el cuarto. Y tu papá le dice. ¿Y a dónde se fue? Esta debajo de la cama, ¡Sáquenla por favor¡

Tu papá me miró,  salió del cuarto y fingió llamar a la Camila para que saliera debajo de la cama. Hasta que tu abuelo suspiro, yo lo tapé bien con sus cobijitas, cerré las cortinas y la puerta para que se durmiera.

Mi hermana se levantó de la mesa sin terminar su desayuno y se fue al baño a limpiarse las lágrimas. Y mi hermano le dijo a mi mamá con ojos húmedos. ¿Y no le dijeron a mi abuelito que a la Camila la atropellaron ayer y se murió? Mi madre negó mientras daba un sorbo a su café con leche.

La mañana siguiente a la hora del desayuno antes de irnos a la escuela mi madre nos dice.

¿Escucharon los gritos de tu abuelito en la madrugada? Mis hermanos y yo asentimos.

Pues, total que ya bajamos hasta su cuarto, entro y prendo la lamparita de su cómoda. Hijo, ayúdame a sentarme para tomar agua, le dice tu abuelito a tu papá.

Ya que lo sienta, le do  su vasito de agua, y que se nos queda viendo. Ya sabes con sus ojos vidriosos. 

No puede ser, a ver, Sonia, Enrique no puede ser. Tanto tiempo que llevamos viviendo juntos, y saben las reglas de la casa.

Tu papá y yo nos volteamos a ver.

¿Por qué lo dice Don Ricardo? Le pregunté.

¡Hay Sonia! Ya sabe que en esta casa siempre he procurado que los invitados estén bien atendidos. ¡No hay que ser! Cuanto tiempo, cuanto tiempo viviendo juntos. Y saben que cuando una persona llega, hay que recibirla como se merece.

Tu papá y yo estábamos así como que, ¿qué?

Y que nos dice ¿Porque no atienden a los invitados que vinieron a verme?

Llevan ya rato que llegaron. Y en todo este tiempo nadie ha venido para ofrecerles una copa. ¡Voy a creer¡ no es posible.

Pero papá, de que hablas. ¿Cuáles amigos? Le pregunta tu papá. Y tu abuelito le dice más serio aún. Hay hijo, hay hijo, por favor, has pasar a los invitados a la sala y atiéndelos. Mira que venir de tan lejos y a estas horas y que no les ofrezcamos algo.

Yo le hago una mueca a tu papá, para decirle que haga lo que dice tu abuelito y le pregunto. ¿Y quiénes vinieron a visitarlo Don Ricardo?  Él me voltea a ver y me dice. ¡Hay Sonia! ¿Cómo que quienes? ¿Pues no los ve?

Es que está muy oscura la recámara y no bajé mis lentes. Le dije. Él suspira y me empieza a señalar con los ojos mientras decía los nombres de las personas que rodeaban su cama. A lado de nosotros.

Tu papá se me queda viendo y le dice. Si Papá. No te preocupes, ahorita los atiendo y hace el gesto de salir e invitar a todos al comedor y hace el ruido de sacar las botellas y vasos.

No se preocupe Don Ricardo, descanse, que bueno que vinieron a verlos sus amigos de toda la vida, ya han de haber platicado mucho. Ahora mejor acuéstese mientras los atendemos en la salsa.

Entonces tapé con sus cobijas a tu abuelito le cerré la puerta para que se quedara dormido. ¿Y luego? Le pregunté a mi mamá.  Pues que todas las personas que tu abuelito vio anche están ya muertas.

Recuerdo que durante dos semanas durante el verano del 97 mientras vivíamos en la casa de mi abuelo en Tula Hidalgo,  mi abuelo llamó a mi padre contantemente, algunas veces solo porque tenía sed, otras, porque quería ir al baño. Pero algunas comenzaron a ser aún más peculiares.

¿Qué estaba pasando en la mente de mi abuelo? No lo sé, pero lo más extraño, no era solo lo que veía o sentía, sino lo que pudo hacer considerando que no podía ni siquiera sentarse en la cama por sí solo. Y las explicaciones que les daba a mis padres eran de lo más simples y a la vez perturbadoras.

¿Escucharon el lamento de tu abuelo anoche? Mis hermanos y yo nos miramos asustados.

¡Si Ma!, mi abuelito grita muy feo. Dijo mi hermana Gabriela.

Pues espérate a que te cuente lo que hizo. Le contestó mi mamá mientras ponía el jugo sobre la mesa para el desayuno. Cuando entramos a su cuarto en la madrugada, nos dimos cuenta que no estaba en su cama y la silla de ruedas estaba como siempre afuera de su cuarto en el comedor.

De pronto lo escuchamos quejarse en el baño. Cuando entramos en el baño tu papá y yo, lo vimos sentado en la taza.

Entonces pues ya lo asistimos, fui por la silla de ruedas y tu papá lo sienta y lo llevamos de vuelta a su cama.

Yo le di un poco de agua y lo acosté en su cama bien tapadito con sus cobijas, y le pregunté. ¿Cómo llegó hasta el baño Don Ricardo? Se me queda viendo y me dice. Hay Sonia, pues como va a ser. Tenía muchas ganas de ir al baño y como ustedes no me escuchaban, vino una persona y me llevó cargando.

Que nos volteamos a ver tu papá y yo. ¿Y quién era papá? Pues quien va a ser, nos dice. El hombre de negro que anda aquí en la casa.

Ahora sí que me asusté con los lamentos de mi abuelito. ¡Esta cañón! Dijo mi hermano Enrique en el desayuno.

Y saben lo que hizo ayer. Le respondió mi madre.

Pues cuando entramos a su recámara en la madrugada, no estaba en la cama. Entonces tu papá y yo nos fuimos directo al baño, ¿y qué crees m’hijita? Que estaba sentado en la taza y con la silla de ruedas a un lado. Dijo mi madre mientras le servía a mi hermana unos chilaquiles verdes con frijoles.

¿Y saben qué nos dijo cuándo le preguntamos que cómo había llegado hasta el baño? Pues que muy fácil dijo tu abuelito.

Que agarró una cuerda luminosa que estaba junto a su cama.

¿Qué? ¿Pero cuál cuerda? Pregunté.

Suspiró mi madre. Pues no sé, no sé cómo pudo llegar hasta su silla y sentarse en la noche si desde hace más de un mes no se puede mover. Se me hace que le voy a pedir a tu Tía Martha que le venga a hacerle una limpia. Porque cada vez está más raro.

¿Y no te da miedo Ma? Dijo mi hermana. Hay mi’jita, tantas cosas que he visto. Que miedo voy a tener.

No les conté cuando nos llamó en la madrugada la semana pasada. Cuando entramos a su recámara estaba pálido, pálido. Lo ayudamos a sentarse para que tomara un poco de agua. Yo hasta pensé que ya se nos iba.

Quédense un ratito conmigo Sonia, porque acabo de ver como muchas manos salían de la base de la cama y me empezaban a jalar hacia el piso. Nos dijo tu abuelito. ¡Hay mamá! Dijo mi hermana, hoy me voy a dormir a casa de Marthita y el Chato.

Hay m’hijita y no les conté cuando se brincó las sillas. ¿Qué? Preguntó mi hermano mientras se llevaba un bocado de chilaquiles a la boca y agarraba la taza de café. Y mi Papá nos ponía otras tortillas calientes en la mesa.

Esa si hasta me enchino el cuero. Dijo mi Papá. Soltando las tortillas calientes en el tortillero.

Pues que llegamos a su cuarto en la madrugada después de escuchar sus lamentos y tu abuelo no estaba en su cama. Pero, las sillas del comedor que habíamos puesto alrededor de su cama para que no se nos fuera a caer por si se rodaba estaban intactas, todas formaditas alrededor de la cama como las habíamos dejado.

Fuimos al baño y nada, prendimos la luz del comedor y nada. Y vamos de nuevo al cuarto porque lo escuchamos gemir. Estaba metido debajo del tocador de su recámara. ¿Pero cómo?  Pues no sé cómo le hizo. Tuvo que haber brincado sobre las sillas para hacer algo así porque ninguna estaba fuera de lugar. Y luego meterse abajo del tocador.

Pero si ni yo entro, dijo Gaby.  Pues imagínate. Tardamos un buen rato hasta que lo logramos sacar de ahí sin lastimarlo. ¿Y qué les dijo? Que había sido la persona que camina por la casa, y que como se lo quería llevar pues se metió debajo de la cómoda. Cómo le hizo, la verdad es que ni idea. Alguien le tuvo que haber ayudado. Eso ni tu papá ni yo lo podríamos haber hecho. Mi papá suelta una de sus sonrisas nerviosas y nos muestra su brazo. Ira, ira cómo se me pone la piel. ¡Ahijó! Quien sabe que es lo que ve tu abuelito. Pero hoy le voy a prender una veladora.

Una semana después la condición de mi abuelo estaba muy deteriorada. Pero al mismo tiempo, era como si sufriera una metamorfosis. Lo que antes había sido una persona con una presencia avasalladora alrededor de la cual giraba toda familia, y también una de las personalidades más respetadas del pueblo. Ahora se estaba consumiendo por dentro, pero sin embargo su mirada expresaba un cambio. Una especie de implosión.

En esa época yo acababa de terminar la preparatoria y estaba a punto de irme a estudiar la universidad. Y cuando no estaba con Edson o Nacho, me pasaba en mi cuarto leyendo y pensando.

Mi madre me había dicho que tratara de no hacer ruido con la silla, porque como aquella habitación estaba justo encima de la recámara de mi abuelo, lo podía molestar.

De repente un día, un intenso olor a grasa quemada me sacó de la lectura, respiré pero mis fosas nasales se bloquearon, instintivamente abrí la boca y me sucedió lo mismo, no podía respirar, sentí entonces como si una masa densa estuviese ascendiendo lentamente justo en donde estaba yo sentado.

Me puse de pie por la inercia de aquella sustancia buscando aire. Hasta que unos segundos después aquella densidad se elevó más allá de mi nariz y pude respirar profundamente, y sentía como esa masa transparente se desprendía de mi cabello. 

¿Qué chingados fue eso?

En ese momento se abrió la puerta de la habitación con un leve crujido, mi hermana aún con el uniforme de la escuela me dijo con un llanto entrecortado.

Dice mi mamá que bajes, mi abuelito acaba de morir.

Ella dio la media vuelta y al tiempo que se limpiaba las lágrimas con una camisa que había dejado de ser blanca.

Bajé con la escalera con pesadez, estaba muy confundido y mi mente divagaba.  Observé cómo la casa comenzaba a llenarse de todo tipo de personas atraídas por la noticia que al parecer se había difundido.

Ándale hijito que necesito que me ayudes a cambiar la ropa de mi abuelo. Me dijo mi madre volviéndome de golpe a la realidad.

Respondí con un gesto afirmativo. Aunque por dentro pensaba, ¿Por qué yo? Ahí debe de andar Quique, o mi alguna de mis primas, o alguno de mis tantos tíos, y tías, o mi hermana o mi papá.

Pero no había escapatoria, antes que lo pensara mucho, mi madre me condujo hasta la habitación de abuelo entre la multitud. Mientras muchos le gritaban. Sony en dónde pongo la comida. Sonia ¿Cuál es el número de teléfono de la tía Güera? Sony ¿Tienes cerillos para prender los cirios pascuales?

Ya voy, espérenme tantito. Les Gritaba.

Entramos a la habitación, y vi como el Dr. Ruíz, antiguo amigo cercano de mi abuelo, se despedía de su amigo y constataba la hora de su fallecimiento. Cuando salió, mi madre cerró la puerta con llave por dentro.

Miré el cuerpo de mi abuelo sobre su cama que aún estaba tapado con las cobijas como si estuviera dormido. Su boca estaba abierta y los ojos entre cerrados veían en dirección a la cabecera de su cama. Parecía algo tieso, como si se hubiese congelado al momento de su muerte.

Ándale mijito, no te quedes ahí. Ayúdame a cambiarlo. Me lo dijo mientras miraba el cuerpo de mi abuelo por un momento, cómo para guardar la imagen.

A él le hubiera gustado que lo enterráramos con su traje. Pero mejor le ponemos su pijama de franela para que se vaya calientito. Dijo mi madre sacando las prendas del closet.

¿Y yo que hago?

Sujétalo por la espalda con mucho cuidado y levántalo para que le pueda quitar la ropa. Mis ojos se abrieron al máximo, mientras mi madre retiraba las sábanas.

¡Ándale niño¡ que nos pone tieso. Me dijo mientras ella quitaba la manga derecha del antiguo pijama que llevaba puesto mi abuelo con un poco de dificultad. Ella actuaba con la precisión y la sangre fría de un cirujano en plena operación, a pesar de la carga emocional que esto debió haber significado para ella, pues Don Ricardo, como ella lo llamaba, había sido como su propio padre. Yo hice lo propio con la mano izquierda. 

Metí mis manos detrás de la espalda de mi abuelo abrazándolo, la enfermedad terminal a sus noventa y pico años lo habían dejado en los huesos. Me acomodé y con la mano izquierda sostuve su cara por la nuca a unos centímetros de la mía, noté que aún estaba caliente.

Ahora, despacito, levántalo. Me dijo mi mamá.  

Al momento de alzar el cuerpo, éste exhaló el poco aire que le quedaba en los pulmones, emitiendo un leve gemido provocado por la presión del aire atrapado. Y al mismo tiempo yo inhalé por el esfuerzo de levantarlo. Y respiré sin opción todo el aliento que salió del cuerpo inerte de mi abuelo. Me recordó el olor que había percibido minutos antes.

Regresé, cuando mi madre me palmeó la espalda. Recuéstalo Me dijo.

En eso tocaron a la puerta. 

¿Sí? Respondió mi madre con voz autoritaria. 

Sony, ya llegó el cajón le dijo mi padre sin abrir la puerta.

¡Ya vamos! Le respondió ella.  

Se ha quedado en mí. Pensé.

La clave del punto de vista.

«Si existiera un tipo de mapa del universo a través de una fórmula matemática, su belleza sería indudablemente perfecta, es decir, exhibiría distintos tipos de simetría». Paul Dirac

“la simetría es simplemente  la afirmación de que algo se ve igual desde diferentes puntos de vista,  Podemos afirmar que las leyes de la naturaleza no cambian de forma, de contenido cuando cambiamos de una forma concreta nuestro punto de vista” Steven Weinberg , Premio Nobel de física 1979

¿Y si los chamanes de la antigudad hubieran sido expertos en desplazar el punto de vista?

Según la creencia de los antiguos mexicanos, el nahual era la capacidad que tenían los chamanes de convertirse en un animal.

Esta idea ha perdurado en las distintas culturas desde la prehistoria. De hecho una de las esculturas más antiguas del mundo, que se cree tiene más de 32,000 años, esquematiza el cuerpo de un hombre con cabeza de león. Y los especialistas creen que simboliza a un chamán.

En las pinturas rupestres también encontramos representaciones de esta capacidad. Por ejemplo la pintura rupestre conocida como el dios cornudo o el Brujo. Pintada en la cueva de Trois-Frères en Francia. Y que simboliza a un híbrido entre un siervo y un humano.

En algunas regiones de México aún subsiste la creencia de que algunos brujos o chamanes tienen la capacidad de convertirse en un animal.

Pero ¿Qué pasaría si más bien esta capacidad fuera la de poder desplazar el punto de vista o el punto perceptual? Es decir, que a través de la inducción en un estado de conciencia alterada, el chamán pudiera mutar su punto perceptual hacia el punto perceptual o punto de vista de algún animal o planta. Y tener así la visión, que tiene el ente al que haya migrado.

En este caso. El chamán en trance tendría plena consciencia de su visión, pero al mismo tiempo asimilaría parte de la manera que la criatura observa al mundo que lo rodea. Con todo lo que ello conlleva. 

Este desplazamiento del punto de vista o punto perceptual, podría proveer al chaman de un punto de vista que el por sus propios medios nunca hubiera tenido.  

Siendo así el chaman convertido en su nahual, no logra una mutación física, sino más bien una especie de super empatía con el animal. Que le transfiere conocimientos extra humanos, una visión más rica de su entorno. Incluso más allá de su propio entendimiento. Por lo que muchas veces estas personas tienden a reservarse por largo tiempo, tratando de entender que fue lo que vieron.

“Si he llegado a ver más lejos que otros es porque me subí a hombros de gigantes” Isaac Newton

La noche que perdí el control de mi brazo izquierdo.

Escribí este artículo a 40 km del Castillo d’Angers, Francia. El 21 de diciembre de 2020 el mismo día de la conjunción planetaria Júpiter, Saturno y Putón. En memoria de mi mejor amigo, Edson.

Ciudad de Querétaro, México 2003.

Yo estaba muy tranquilo desayunando mis enchiladas con bistec, cuando el Rodraz y yo te vimos pasar con una pelirroja a través de los barrotes de la ventana del Café del Fondo. Le dijo Nacho a Edson.

¡Ya valió madres! Pensé al verte entrar con Natacha. El Rodraz estaba de espaldas a la puerta, así que no alcanzó a ver la imagen espectral de la güera.

¡No te apures! ¡La vi reflejada en tu cara amigo! Reímos los tres.

Traía unas pantalones color kaki con bolsas a los costados, una blusa color marrón estilo hindú y un buen de pulseras y en el cuello un colguije hecho de bolitas de madera que olía a flores.

¿Qué tal la idealiza este wey? Era un rosario tibetano de sándalo por eso olía así dijo Edson.  

El asunto es que olía muy bien, ¿no?

Si a diferencia de nosotros que no teníamos agua en la casa. Le respondí.

Lo que sea, déjame terminar con la escena. Dijo Nacho y entre tanto tomó otro sorbo del mezcal que Edson le acababa de servir.

Cuando se sentó en la mesa con nosotros vi perfectamente como se le dilataron las pupilas.

¡Ah, si wey! No inventes Nacho.

¡Me cae¡ Ya sé que no me crees, pero yo la vi.

No mames, veníamos del solazo y ustedes estaban refundidos en una esquina, como no se le iban a dilatar los ojos.

Pues yo no vi que los tuyos se dilataran. Dijo Nacho, Edson y yo reímos a carcajadas.   

Pinche Nacho, yo tengo los ojos negros carnal.

Nacho tomó su vaso y se levantó. No, no, no, no me van a quitar esa ilusión. Ella estaba acostumbrada al sol, eso no fue por el cambio de luz. Reímos aún más.

Pero si Natacha es francesa, como va a estar acostumbrada al sol. Le dije. Además eso no es de costumbre.

¡Ni madres! Y se bebió de un solo sorbo su vaso. Ella ya tenía rato en México y estaba acostumbrada al sol de acá.

Creo que apenas llevaba una semana en Monterrey antes de bajar a Querétaro ¿no?

Nada de eso, el asunto es que, entre Natacha y yo hubo química desde que cruzamos miradas a través de la ventana del Café del Fondo.

Lo dice el latin lover. Dijo Edson mientras Nacho se arreglaba la camisa.

Más bien yo creo que la espantaste carnal. Dije.

La espantaron querrás decir.

Yo si me había bañado. Le repliqué a Edson.

Pero si ni jabón tenían en la casita del terror. Nos dijo Edson.

Claro que sí. El jabón zote que habían dejado mis antiguos roomies. Le respondí.

¿Esos que tenían al perro todo horrible?

Si, se habían ido una semana antes, lo bueno es que entre el Nacho y yo arreglamos un poco porque la casa estaba hecha un desmadre.

¿Te acuerdas? Preguntó Nacho.  

No, no quiero ni acordarme, y ni menciones lo que vimos en el baño.

¡Pinches locos! Deberían de agradecerme que los invité a la casa esa noche a cenar, porque no tenían ni para eso.    

¡Wey! Esa decisión lo cambio todo. Además durante el trance te vi, fue algo muy loco que te tengo que contar. Le dije a Edson. Ah pinche Rodraz, ya vas a empezar a filosofar. Salud carnal. ¡Salud!

Café del Fondo, Centro histórico de Querétaro, 10 de julio 2000.

Ese último café con leche combinado con el pan remojado en salsa roja caliente a las nueve de la mañana. Siempre provocaba una primera advertencia por ahí de la esquina entre Madero y Juárez frente al jardín Zenea.

Y al segundo retortijón comenzábamos a apretar el paso, pero ya a la altura de la calle Ángela Peralta corríamos para ver quién llegaba primero al baño de la casa de Pasteur 64.

Vamos a la casa y luego te enseñaremos la ciudad. Le dije a Natacha sin disimular mi apuro.

Mira este es el museo Regional. Le dije mientras corría

Y este es el templo de San Antonio, pero nunca hemos entrado. Gritó Nacho.

¡No mames! ¡No llego!

¿Traes la llave?

Aparto primero el baño.

¡Ni madres! Mira este en este bar se pone bien, podemos venir.

Abre la puerta. Ja ja.

¡Ah! gritó Natacha.

Los tres nos empujábamos para entrar.

Corrimos por el pasillo de la casa hasta la segunda puerta de madera que casi rompemos.

Entró primero Nacho al cuarto y alcanzó a abrir la puerta del baño.

¡Pinche wey! ¡Pero le apuras!

Natacha daba pequeños brincos y reía sin parar.

¿Ustedes viven aquí?

Ella dejó de brincar y comenzó a inspeccionar la casa. Tocó las paredes blancas que descarapelaban por la humedad. Entró en la primera habitación mientras elevaba su mirada para observar el techo de doble altura rematado con vigas de madera. Yo la veía desde el pasillo aguardando a que Nacho saliera del baño. Miró con detenimiento los dos sillones color azul, y la fotografía tamaño cartel que colgaba en la pared. Pasó sus dedos por  el escritorio de madera, y hojeó los libros que había encima.

Se detuvo frente a la ventana vertical que iluminaba la pieza y dejaba entrar el ruido de la calle. Sujetó los barrotes de hierro forjado la separaban del ambiente de la calle adoquinada. Miró hacia el otro lado y caminó lentamente hasta la pequeña puerta que comunicaba con la segunda habitación, escuché cuando puerta se abrió a su paso.

Esa habitación era más oscura, pues no tenía ventanas, solo otras dos puertas. Una daba al baño y otra al pasillo. Y me imaginé como la recorrió con calma. Ahí dentro solo había un colchón con un sleeping bag, un pequeño closet con fotografías en blanco y negro, una cámara réflex, un viejo estéreo tocacintas y una mochila de campamento.

Natacha salió al pasillo sin mirarme y caminó en dirección contraria a la entrada. Llegó hasta un pequeño solar interior que comunicaba con dos pequeños cuartos exteriores y la ventana del baño. Al fondo vio un lavadero lleno de envases vacíos de cerveza. Entró en el cuarto del fondo, en donde había solo una estufa y un refrigerador. Salió y entro en la otra habitación, en donde se extendía un colchón sobre el suelo, encima de él había un sleeping y más libros.

Sí, aquí vivo le respondí mientras la miraba.

¿Y Nacho? Me preguntó hojeando los libros.

Vino a pasar el verano a Querétaro.

Il est trés cool ta maison. Me dijo.

No entendí muy bien que dijo y solo elevé los hombros. Nacho salió y me apuré a entrar. No es mía, la rento. ¡Pinche Nacho! hubieras prendido un cerillo, le grité. Pásame un cigarro no seas así.

Nacho prendió uno para él y le me tendió uno por la ventana del baño.

Unos minutos más tarde Natacha nos dice desdeelbaño. Que lindos azulejos tiene el piso, forman figuras ¿ya las vieron?

En efecto, el suelo del baño lo habían hecho con los retazos de otros mosaicos de diferentes colores y formas. Supongo que para tratar de ahorrar dinero pero a la vez para hacerlo más colorido.   

¡Sí! ¡Es una historia! Le contestó Nacho acostado en el sillón, como si su ojo de estudiante de diseño gráfico los conociera a la perfección.

¿Y qué hacemos después?

¿Por qué no vamos al museo de la ciudad y luego vemos si hago el Rosalío Solano? Igual y nos deja entrar gratis.

Poco después salimos los tres a la calle.

¿Y no cierran con llave la casa? ¿O la ventana?

!No! Le respondí, ¿Qué van a robar?

A lo mejor hasta nos dejan algo. Dijo Nacho, caminando por la esquina de la acera.

¿A poco no son una broma el ancho de estas banquetas? Le preguntó Nacho a Natacha.

Ya vas a empezar. Le dije.

Tengo la idea de crear una serie de fotos con las banquetas absurdas de Querétaro. ¡No manches! Son ridículas.

Natacha sonrió. ¿Han viajado alguna vez a Francia?

No, yo nunca he ido.

Yo tampoco.

Espero terminar la carrera y poder ahorrar para ir a Europa.

Sí, pero primero Latinoamérica. Me late más dijo Nacho.

Ese día la pasamos recorriendo el centro de Querétaro, sus museos y sus callejones, entre gritos y risas.  Por la tarde nos fuimos caminando hacia la casa de Edson que quedaba a las afueras de la ciudad cerca del Estadio de Futbol corregidora.

En el camino entonamos la canción de Santa Lucía, no estaba de moda, pero tal vez la habíamos escuchado en algún lugar y comenzamos a cantarla. La letra era fácil aunque no tenía mucho sentido, pero igual la cantamos.  

¿Ya conocen Real de Catorce? Nos preguntó Natacha.

No. Ambos respondimos.

¿Y tú Nat?

No, pero me recomendaron ir.  

¿Que no es el nombre de un grupo de rock? Preguntó Nacho.

¡No seas wey! Es un pueblo fantasma en San Luis Potosí.

Ah, no, pues no lo conozco ¿Y que hay ahí o qué? Volvió a preguntar.

Peyote. Le respondió Natacha. Los tres callamos.

En ese momento Edson abrió la puerta de su casa. Ya se habían tardado, ¿En dónde se habían metido?

En la casa de Edson, Ciudad de Querétaro, México 2003.

Pues fue tu culpa. Dijo Nacho tomando un puñado de la botana que Edson acababa de poner sobre la mesa.

¿Mi culpa?, ¡Ha chinga! Échale la culpa al guapo carnal. Yo nomás les dije. Ahí les encargo a la güera yo me voy a trabajar. Nos dijo Edson.

¡Pues por eso! Si ya sabes cómo somos, para que nos dejas solos. Dijo Nacho.

Edson rio y dijo.  Aparte, yo los invité a cenar esa vez.

Más bien no querías que se quedara con nosotros Natacha. Dijo Nacho.

¡Ah huevo! para supervisarlos, pobre de la güera, la dejé con un par de viejos cocodrilos.

No inventes. Dijo Nacho. Si Natacha tenía veintinueve y nosotros apenas veinticuatro.

¿Nosotros? Le dije a Nacho. Yo tenía veintitrés.

Hay wey, para el caso es lo mismo.

Ella tenía mucho más colmillo que nosotros.

Más mundo diría yo, pero ustedes son de lo peor. Respondió Edson arrastrando la última r.

Por eso los invité en la noche, para vigilarlos. ¡Pero si te quedaste dormido a los tres tequilas, carnal! Dijo Nacho y reímos.

Pues yo tenía que ir a trabajar temprano, no como ustedes bola de huevones.

Pero bueno cuéntame cómo estuvo, ¿Que hicieron después de que me fui a trabajar? Nos preguntó Edson.

¡Wey! Nos pusimos muy locos. ¿Te acuerdas cómo se ponía Nacho cuando le dabas un yogur de fresa? Bueno, así, pero los tres al mismo tiempo.

¡No mames! Que cagado, a no me acordaba de eso. Están bien pinches locos. ¿Y entonces si se fueron con Natacha a Real de Catorce?

¡Pues si! Le dijo Nacho mirando al piso y con la cerveza en mano.

Cuando tú te fuiste a trabajar, yo bajé por café y estaba ella en la sala. Me dijo, Ro, No me puedo ir sin ustedes. Quiero que me acompañen al desierto. Le dije a Edson.

¡Hay cabrones! ¿Y en que se fueron? Nos preguntó Edson.

Pues para no hacerte el cuento largo, al día siguiente de que nos quedamos en tu casa tomamos el bus rumbo a San Luis Potosí, luego agarramos otro a Matehuala y de ahí uno a Real de Catorce, viajamos toda la noche.  Dijo Nacho.

¿Y luego? nos preguntó con una mirada acusadora.

Nacho y yo nos volteamos a ver. ¡Hijos de la chingada!

Gritó Edson con su cerveza en mano.

Al segundo día que pasamos en Real de Catorce, nos fuimos trepados en el toldo de un viejo jeep hasta el desierto, y de ahí, caminamos varios kilómetros en línea recta hasta una zona en dónde crecían unos pequeños arbustos.

Por que el día anterior, habíamos rentado unos caballos para ir hasta el cerro del Quemado y cuando estuvimos en la punta de la montaña el guía nos había señalado el lugar a donde que nos recomendaba ir en el desierto que se veía haya abajo.

Cuando llegamos al lugar Nacho dijo. Se me hace que por aquí es. ¿Alguno de ustedes conoce el peyote?

Yo no. Solo leí una descripción en un libro de mi padre. De Castaneda, le dije.

Nunca lo he visto más que en un dibujo. Dijo Natacha.

¿Y si nos dividimos y nos vemos en aquella yuca que sobre sale a lo lejos para comer? Dijo Nacho.

Ok. Venga, hasta ahora. Dijo Natacha.

Yo me detuve para tomar agua y saqué mi navaja con las dos sonajas de ayoyote que me había regalado mi abuelo. Y no sé muy bien porqué. Pero mientras hacía sonar las sonajas, comencé a repetir. Quiero que me enseñes, quiero que me enseñes. Varias veces mientras movía las sonajas y caminaba lentamente.

¡Pinche Rodraz! Estás bien loco, desde niño sales con tus cosas raras de los toltecas y esas cosas. Me dijo Edson mientras tomaba su cerveza. Bueno, ¿Y luego? Dijo tomando un puñado de cacahuates.

Pues si los tres nacimos en Tula, somos toltecas wey.

¿Y eso que? Los toltecas fue hace mucho tiempo, ahora Tula está peor que nunca.

Lo que sea, deja te sigo contanto nuestro viaje. Entoncés caminé como cinco pasos y vi que debajo de un matorral había tres cactus color verde pálido. Hasta se me enchinó la piel solo de acordarme. Les dije. ¡Mira!

¡Pero, si solo son unas plantas Wey! ¿Por qué te da miedo?

No, no, son solo unas plantas. Le respondí. Es algo mucho más extraño. La verdad es que no lo entiendo. Aún ahora tres años después, no logro entenderlo.

¡Che Rodraz! Dijo Edson y los tres brindamos y bebimos. A ver ¿y luego que paso?

Entonces los desenterré y como no tenía espacio en la mochila, lo que hice fue jalar mi playera para cargarlos. Seguí caminando y unos metros más adelante, encontré más, y más y más, el lugar estaba lleno de esos cactus. Al poco ya no podía recolectar más.

Entonces vi que Nacho a lo lejos me hacía la seña, y ambos nos dirigimos hacia la Yuca. Cuando nos vimos, Vi que Nacho también estaba cargado.

¡No maches! están por todo lados. Me dijo Nacho.

Y entonces llegó Natacha de mal humor. No sé porque venimos aquí, si aquí no hay nada, tengo sed, y hambre y no hay peyotes aquí.

Nacho y yo nos la quedamos viendo sorprendidos.

Ella se nos quedó mirando y se enojó aún más. Y comenzó a caminar alejándose de nosotros.

¡Espera Nat! La alcanzó Nacho.

Mira vamos a búscalo juntos.

Yo le hice señas a mi amigo con la mirada señalando un conjunto de por lo menos 6 cactus en la base de un matorral. 

Por que no buscas por aquí, a lo mejor encontramos uno. Le dijo Nacho.

Natacha paso a escasos centímetros de los cactus y no los vio.

Pero si aquí no hay nada ya se los he dicho.

A lo mejor no estás buscando bien. Son pequeños y están al ras del piso. Le respondió Nacho.

Y mientras mi amigo y yo nos señalábamos con los ojos. El lugar estaba repleto de cactus. Lo más loco es que ella no lograba verlos.

Hasta que Nacho removió un poco la tierra con su mano para desenterrar un cactus, y hasta ese momento Natacha lo logró ver. ¡Bien raro!

¡Si la neta estuvo muy raro! Le dijo Nacho a Edson mientras tomaba un trozo de queso.

Luego ya nos fuimos debajo de la yuca e instalamos una pequeña lona para hacer sombra. Sacamos la estufa y preparamos unos frijoles que nos supieron a gloria y de repente surge entre los matorrales un niño de unos catorce años. Vestía un pantalón desgastado y camisa color hueso. Su mirada era muy penetrante.

Y Nacho le dijo. Hola amigo. ¿Quieres comer con nosotros? El niño continuó observándonos sin expresión.

¡Wey! Estábamos en medio del desierto de Catorce, y ahí puedes ver a tu alrededor a varios kilómetros sin bronca. Y nunca vimos que nadie se acercara caminando o en bici, o en coche. De donde salió ese niño, quien sabe.

Amigo. Tienes sed ¿Quieres agua? Le pregunta Natacha. Caminó unos pasos hacia adelante mirando fijamente a Natacha casi sin pestañear.

Hola, ¿Te quieres sentar con nosotros? ¿Cómo te llamas? Le dijo ella.

El chico continuó mirándola sin hablar, por unos minutos mientras comíamos.

Pensamos que no quería hablar o no podía, así que seguimos con lo nuestro. Pero el chamaco no le quitaba los ojos de encima a Nat. Hasta que como quince minutos después ella ya no pudo más y le gritó. ¡Ya no me veas! ¡Vete!

Natacha se puso de pie y caminó en sentido contrario. Yo la acompañé y Nacho se quedó tratando de disuadir al chico de seguir mirándonos. Hasta que en algún punto el niño simplemente se dio la vuelta y se marchó hasta perderse de nuestra vista. El incidente nos dejó pensativos un rato y faltaron varias bromas y trucos de Nacho para que a Natacha se le pasara el mal trago.

Después ya al anochecer, hicimos un pequeño fuego, y nos quedamos recostados viendo como aparecían las estrellas.

Creo que nunca había visto la vía láctea tan clara. Dijo Nacho.

Ni yo. Respondí.

¿Y qué tal después? Me dijo Nacho mientras bebía mi cerveza.

Natacha nos dice, continua Nacho. Les tengo una sorpresa, no se levanten hasta que yo les diga. Se puso de pie y fue hasta su mochila a buscar algo mientras nosotros seguimos platicando frente al fuego.

¡Listo, ya pueden voltear! Escuchamos a Natacha pero no la veíamos en la oscuridad. Y de pronto a unos quince metros de nosotros se ve una pequeña flama en la oscuridad.

Natacha encendidó unas bolas de tela que estaban sujetadas por unas delgadas cadenas de metal, y comenzó a bailar. Movía las cadenas, haciendo círculos de fuego.

¡No mames! Esa imagen nunca la voy a olvidar, ella bailaba con fuego e iluminaba el desierto a su alrededor. Muy cabrón, muy cabrón.  

El Rodraz y yo nos quedamos así mira. Babeando. Edson rió por las caras de Nacho.

Minutos después se apagaron las telas de fuego y con las puras brasas encendidas, seguía bailando crenado líneas de luz. Una pasada.

Hasta que Natacha se detuvo. ¡Wey! Le aplaudimos, estábamos embobados.

Los tenía hipnotizados más bien. Dijo Edson.

Pues no sé. Algo así.

Entonces, ella se acercó y nos abrazó a los dos.

¡Wey! Y después de lo que habíamos pasado. Dijo Nacho.

¿Por qué? ¿Qué habían hecho o qué?

Nos miramos Nacho y yo. Unos tequilas más y te cuenta el Rodraz.

¡Hay cabrones! Si por eso no los dejo solos. Dijo Edson riendo.

Entonces después de un momento nos separamos y Nacho y Natacha seguían agarrados de las manos. Continúe relatando con la cabeza mirando al piso.

¿Quieren un café? Nos dijo. Si por favor. Dije casi  en tono de súplica.

Nacho sirvió las tazas y los tres nos sentamos de espaldas uno al otro. Entonces cuando acabamos de beber, Natacha se pone de pie, y minutos más tarde regresa y nos da a Nacho y a mi tres botones de peyote sin decir nada.

O la verdad aún no estaba seguro de querer probarlo, pero fue tan rápido que no lo pensé y bum. Pa’ dentro.

Ella se vuelve a sentar y comienza a masticar un bocado. El sabor era extremadamente amargo. Tanto que incluso me dolieron las encías. ¿Si serán estos? Pregunté. Si estoy segura, dijo Natacha. 

Comimos y poco después nos pusimos de pie medio a bailar, tratando de aprender a mover las cadenas. Pero nos dimos unos buenos golpes. Y nomás se escuchaban las risas de Natacha en el desierto al vernos intentarlo.

¿Sienten algún efecto? Preguntó Natacha.

No, ¿y tú?

Pues no siento nada diferente.

Yo tampoco.

Pues nos debíamos de haber equivocado.

Pues a lo mejor sí.

Y continuamos viendo las estrellas los tres acostados en la tierra, y tarareando la canción de Santa Lucía que se nos había pegado durante el viaje. Hasta que en algún momento de la noche me quedé dormido.

En el rostro de Nacho se dibujó una sonrisa maliciosa. Y yo apuré un trago de cerveza.

Desierto de Catorce

Desperté en el desierto y el sol ya estaba en el horizonte. Rápidamente giré la cabeza buscando a Natacha y la vi a unos cuantos metros besándose con Nacho.

¡Este cabrón! Pensé. ¡No mames! ¡Lo bueno es que el wey no iba a hacer nada! En ese momento sentí ganas de que me tragara el desierto.

Natacha se acercó hasta donde estaba yo tendido en el piso con una taza de café.

Venga cariño, vamos. Me dijo.

Me incorporé, le di un sorbo a la bebida y me sentí aliviado, tan pronto como me terminé el café me di cuenta que había sido lo mejor. Ya no sentía la presión del día anterior ni el remordimiento, ni los celos, ni nada.

Ella se me quedó viendo fijamente y me dijo. Quería que nos vieras, así está mejor.

Me dio un beso tierno en la mejilla y se alejó.

¿Entonces chicos? ¿Regresamos a Real? ¿O que hacemos? Nos preguntó Natacha.

Pues sí, ¿no? Respondí.

Pues entonces hay que apurarnos para tomar el jeep. Recogimos nuestras cosas, nos lavamos la cara, bailamos, cantamos la de Santa Lucía y hasta que se terminó el café. ¿Y los mescalitos? Dije.

LLevaremos algunos a Real para preguntar si son los buenos. Dijo Nacho. Dijo Nacho.

¿Por qué les dices mescalito? Me preguntó Natacha.

En el libro que leí, así llamaban al peyote. Y no sé, por respeto supongo me salió llamarlos así. Le dije.

Respeto, ¿A un cactus? Me respondió Natacha.

Pues sí, supongo. No sé.

Ok, yo pensé que por el mezcal. Me respondió ella.

¿Mezcal? ¿Dónde? Preguntó Nacho mirando en todas direcciones. Los tres reímos.

Como el día anterior mientras caminamos, comenzamos a cantar Santa Lucía. A Natacha le gustaba y era la única que nos sabíamos los tres así que seguimos el coro, riendo de vez en cuando.

Cuando llegamos a la parada del jeep. Nacho se fue a la tienda a comprar otras botellas de agua. Yo me quedé sentado apoyado en las mochilas. Natacha fue hasta donde yo estaba, se sentó entre mis piernas, luego giró su cara y nos besamos.

Nacho nos vio a lo lejos, se acercó con desgano y se fue a echar agua a la cara en a la pileta que había ahí cerca.

Ya en la jeep Natacha nos preguntó. ¿Quieren regresar a Querétaro? O podemos continuar un poco más. Su voz se entrecortaba por las sacudidas del jeep que subía lentamente por la cuesta.

¿Porque no vamos mañana a Xilitla? Les propuse a mis amigos.

¿A dónde? Brincó la voz de Nacho.

A Xilitla. En una revista de la casa de Edson había un artículo sobre un castillo surrealista en medio de la selva y hay cascadas y cosas así.

¡Si, vamos! Gritó Natacha.

Ese día nos la pasamos recorriendo el pueblo fantasma con las mochilas a cuestas porque ya no teníamos dinero para rentar otra habitación. Así que comenzamos de nuevo a jugar y brincar por todos lados pensando que pasaríamos la noche en alguna banca en la calle. Entramos a un gran edificio destruido con pisos de madera, dejamos nuestras cosas en el piso y comenzamos a gritar, actuar y cantar.

Entonces se nos ocurrió hacer una improvisada obra de teatro en aquel lugar. Luego Natacha nos mostró cómo vocalizar el mantra tibetano Om sin parar, a través de la respiración circular, y creando una especie de sobretono.

Nacho y yo desconocíamos por completo esas cuestiones pero parecía divertido así que lo intentamos buscando los ecos en aquella construcción abandonada.

Así tienes que mantener el sonido y después mover los labios para crear el sobre tono. Ya vez, así. Sí, sí. Y ahora solo mantén el tono más tiempo. ¿Me voy a quedar sin aire?

No, mira. Jala aire por la nariz en pequeñas cantidades, ¡Así! mira. Ándale. Así. Y no dejes de… Carcajadas.

¿Qué hacen aquí? Gritó una voz desde la puerta de lo que quedaba del edificio. Y cuando volteamos había por lo menos cinco policías armados que nos rodeaban.

Nada, Oficial, solo estamos cantando.

Pues este no es un lugar para cantar. ¿Saben en dónde están? Nos preguntó enfadado.

No, la verdad no. Respondió Nacho.

Esta es la antigua casa de moneda. Sus papeles por favor. Dijo el oficial al mando.

Pero, Oficial, no estábamos haciendo nada malo.

Sus papeles por favor.

Miré a Nacho y a Natacha. Los mezcalitos están en el fondo mi mochila. Pensé.

Si Oficial. Aquí están.

Los suyos. Aquí están, Oficial. 

Saquen sus cosas de las mochilas.

Entonces lentamente sacamos todas nuestras cosas, y yo dejé mi ropa en bulto tratando de ocultar los cactus.

Uno de los policías palpó todas nuestras cosas, pero cuando estaba sobre el bulto de ropa. Pasó de largo, como si no hubiera visto el pequeño montón de tela.

Nacho y yo nos miramos de reojo.

Nada, Oficial. Dijo un policía.

¡Bueno! Refunfuñó meneando la cabeza.

Tengan sus papeles y no vuelvan a entrar aquí jóvenes que el edificio está a punto de caerse.

Claro Oficial.

Así lo haremos.

Recogimos nuestras cosas y salimos de ahí.

No lo puedo creer. ¿Viste eso?

Le dije a Nacho susurrando.

Sí, está cabrón.

¡Qué locura! Dijo Natacha.

Fuimos a una fondita a comer y la misma señora nos ofreció un cuarto en su casa para dormir por veinte pesos. A lo que aceptamos agotados.

Rumbo a Xilitla

Nos fuimos temprano a la entrada del túnel de Ogarrio en Real de Catorce, y comenzamos a hacer auto-stop, hasta que una hora más tarde un hombre que conducía una pick-up accedió a llevarnos hasta Matehuala. De ahí tomamos un bus a Río Verde y de ahí esperamos el bus que salía de madrugada rumbo a Xilitla.

Pasamos todo el día en las pozas y recorriendo el castillo surrealista en la selva de Xilitla. No vimos a ningún turista, solo dos personas que vendían artesanías en la entrada.

En la tarde hablé con el guardia y le ofrecimos cincuenta pesos para poder quedarnos a dormir dentro de la propiedad. Él nos dio permiso de quedarnos en el tejaban que hacía las veces de cafetería, con la condición de no decir nada, se fue y nos dijo que volvería a la mañana siguiente.

Ya entrada la noche, Natacha sacó una vela y comenzó a buscar los cerillos en las mochilas.

¡Miren que encontré! Nos dijo.

Nos volteamos y tenía entre sus manos los botones de peyote.

¿Y si lo volvemos a intentar? Nos dijo mientras prendía la vela.

Pues, a lo mejor hasta me calma el hambre dijo Nacho.

Los tres comimos tratando de soportar el intenso sabor amargo de aquellas cactáceas.

Nacho y yo nos quedamos sentados en las sillas de plástico, viendo como la poca luz que quedaba se difuminaba acariciando las miles de hojas verdes que se aferraban a la peña del otro lado del río, a unos metros frente a nosotros.

¡Wey! ¿Ya viste? Se formó como una cara.

Yo más bien veo como una serie de personas.

¡Mira! ¡Mira! Parece una máscara.

¡Órale, sí, sí parece!

¡Mira! ya cerró un ojo.

¡Wow! que loco.

¡No chingues! nos está viendo.

Y los dos reímos.

¡Es veneno! ¡No lo coman! Nos gritó Natacha desde el fondo del recinto. Los dos volteamos a verla, pero ya no se distinguía en la oscuridad.

¿Qué dices? Nat.

¡No lo coman! Miren, ven el veneno que está corriendo por mis venas.

Nos acercamos a ella a tientas y la ayudamos.

Tienen que vomitar, insistió ella. Mientras trataba de auto provocarse el vómito con sus dedos en la garganta. 

Nacho y yo nos miramos levantando los hombros.

¿Tú te sientes mal? Me dijo.

No para nada ¿y tú?

No, de hecho me siento muy bien.

Yo igual.

Tomé la última botella de agua que nos quedaba y se la tendí a Natacha. ¿Me la puedo terminar? Nos preguntó. Si, sin problema. Gracias.

A las afueras de Tula diez años antes

Recordé que cuando era niño mi padre me llevó al rancho en un pequeño pueblo que se llama Chapulaco, que está a las faldas de cerro de Coatepec. Don Pancho y mi padre, estaban buscando un lugar para cavar un pozo de agua. Recuerdo que don Pancho cortó y limpió una delgada rama de matorral hasta dejarla con forma de ye, de unos cuarenta centímetros de largo.

Luego tomó los dos de sus extremos de la vara con ambas manos y comenzó a caminar. Me pareció como si intentara pescar en aquel árido cerro.

Nosotros seguimos a Don Pancho que avanzaba lentamente por las veredas. En ocasiones se detenía y volvía a reanudar el paso.

Mire Don Enrique. Cómo se retuerce la vara. Dijo él.

De pronto aquella rama se empezó a doblar hacia el piso tambaleando, vi como apretaba los puños sin mover las manos tratando de evitar que la vara descendiera, como si su pez imaginario estuviera jalando del hilo con fuerza. radiestesia o rabdomancia

Iré, como que aquí quiere el hoyo. Dijo don Pacho.

Anduvo caminando en círculos por aquel paraje hasta que llegó de nuevo al mismo punto.

Es por aquí. Señaló el ranchero. ¿Le quiere calar Don Enrique? Nomás agarre la vara así, iré, sosténgale una punta con cada mano dejando los pulgares hacia usted y cierre fuerte el puño, luego, gire hacia adentro las muñecas sin soltar la vara, hasta que sus dos puños miren hacia arriba. Y la punta libre quede hacia el frente.

Don Pancho le mostró varias veces el proceso hasta que mi padre logró sostener la rama como el ranchero lo indicaba.

¡Ándele! Ora si, ora camínele despacito y váyale sintiendo.

Mi padre caminó por unos diez minutos sin que la rama se moviera.

A ver, que lo intente mi hijo. Dijo rendido.

Don Pancho me tendió la vara y me enseño como sujetarla.

A ver, camínale despacito y le vas calando, si sientes que la vara se mueve no te asustes y no le vayas a aflojar, apriétala lo más fuerte que puedas.

Comencé a andar y sentí como la vara se comenzaba a mover al interior de mis puños. Sentí miedo, porque no había nada que la estuviera jalando. Apriétale con fuerza, no dejes que se mueva. Me insistió mi padre al ver mis ojos.

Cerré el puño y sentí como la aquella planta recién cortada se retorcía queriendo darse la vuelta.

Con el niño si quiere. Sigue la vara, hacia donde sientas que tira más fuerte. Dijo Don Pancho.

Caminé entre piedras secas y matorrales en aquél cerro árido del valle del mezquital, hasta que debajo de una peña sentí como la vara se tendía hacia el piso con mucha fuerza, al punto que casi se escapaba de mis manos.

Es aquí. Dijo don Pancho, y dibujó una equis en una piedra grande que ahí estaba con otra piedra chica. Aquí pasa el agua.

Y señaló una línea con su mano desde el punto que él había localizado hasta donde yo estaba parado.

¡Pero yo no la moví! ¿Se mueve sola? Les pregunté asustado.

Don Pancho sonrió. Híjole rodri, te jaló fuerte la vara.  

La silla de plástico crujió, y su ruido me trajo de vuelta al presente. Vi a Nacho y a Natacha iluminados por la luz de la vela, conversando, estábamos los tres bajo el tejaban en las pozas de Xilitla.

Entonces fui consciente del tirón que sentía. Era como si algo me estuviera jalando desde el piso. Me puse de pie lentamente y caminé hacia el fondo del tejaban tomando bocanadas de aire, no sentía dolor, ni malestar, solo esa fuerza, ese peso que me jalaba cada vez con más fuerza. Cómo si tuviera una cuerda imaginaria atada a la cintura con un nudo a la altura del ombligo y una piedra colgara del otro extremo.

Debe ser mescalito queriendo regresar a la tierra. Pensé.

Sentía la misma fuerza que había experimentado de niño en el cerro buscando agua, tal vez por eso lo había recordado.

Solo que ahora dentro de mí, en mi estómago. Tranquilizate Ro, tranquilizate, me decía a mí mismo apoyándome en la barda de piedra al fondo del tejaban.

En ese momento sentí un súbito jalón que me obligó a sentarme. Me acomodé con la espalda en la pared y crucé mis piernas, entonces fue como si un torrente de agua fluyera por todo mi cuerpo. Aquella fuerza no desapareció, solo se equilibró hasta el punto de que me resultó imperceptible, Respiré y dejé que los sonidos de la selva me envolviesen.

Remolino de luz

Me acomodé cruzando las piernas y no sé muy bien porqué, comencé pronunciar el mantra, Om que Natacha me había enseñado días atrás.

Pero más bien lo hice solo vociferando en una sola exhalación las entras o, a, i, moviendo la boca como un pez.

Pero encontré que al mover mi boca lograba producir el sobre tono que estaba buscando, como si produjera dos sonidos al mismos tiempo. Respiré profundamente y cerré los ojos, aunque para el caso no había ninguna diferencia entre tenerlos abiertos o cerrados. Pues la oscuridad era omnipresente.

Comencé a emitir aquel mantra, con el tono más grave que pude. Yo nunca había practicado el yoga o algo parecido, pero aquello me estaba relajando mucho.

Me sentí tan bien que volví a repetir el sonido, una y otra vez, variando el tono de mi voz con los ojos cerrados, hasta que mientras reanudaba mi canto, abrí los ojos.

Frente a mi vi una espiral de luz vaporosa color amarillo pálido. Aquella florescencia  salía del piso de piedra y se elevaba un metro y medio hasta disolverse en la negrura en la que nos encontrábamos, era muy sutil y su luz se reflejaba delicadamente en  el piso de piedra.

La impresión que me produjo me hizo callar y en ese momento la espiral se disipó como bruma ligera que se apaga desde dentro.

Me quedé petrificado y una sonrisa se dibujó en mi rostro.

Respiré profundamente y volví a emitir el sonido, ahora con un tono más grave posible.

Fue cuando a pocos centímetros de mis piernas se comenzó a dibujar una espiral de luz rojiza con un diámetro de unos sesenta centímetros que se movía lentamente de al contrario de las manecillas del reloj. 

Conforme sostenía el sonido iba ascendiendo hasta poco más de un metro y medio para después disolverse. Dejé de cantar y la espiral se esfumó.

¡Noooo chingues! ¿Qué es eso? Dije en voz alta. Mientras escuchaba a Nacho y Natacha que seguían hablando en la mesa.

Volví a cantar y ahora tratando de encontrar el sonido más agudo que podía sostener haciendo el movimiento de mis labios para variar el tono y buscando el sobre tono. Y tímidamente surgió una cortina de vapor luminoso en forma de espiral con un diámetro menos a la anterior pero con una estructura más compacta y de color azul pálido. La miré bien tratando de aguantar lo más que pude el mantra y vi como en la espiral había unas diez pequeñas burbujas transparentes de un centímetro que rodeaban la espiral y se elevaban al mismo ritmo.

¡Nacho, Natacha! Les grité a mis amigos. Tienen que ver esto.

¿Qué dices? Gritó Nacho.

¡Ven wey! Tienes que ver esto. Le dije.

Escuché como se arrastraron las sillas de plástico.

¿En dónde estás? Me dijo Natacha.

Aquí, sigue derecho. No, para allá no. Por aquí Nacho a tu derecha. Guié a mis amigos hasta donde estaba sin levantarme.

¿Cómo sabes en dónde estoy? Me dijo Natacha.

Puedo verlos. Respondí sorprendido.

¿Qué? Murmuró Nacho en la oscuridad total.

¡Wey! ¡Puedo verlos! Reí nerviosamente. Tienes una delgada línea multicolor sobre el contorno de todo tu cuerpo.

¿Cómo? Dijo de nuevo mi amigo mientras se sentaban a mi lado.

En serio. Dije nervioso. ¡Wey! ¡Esto está muy loco!

Entonces Natacha en un gesto maternal acercó su mano a mi frente.

¡Wow! Exclamé.

¿Lo sentiste? Me dijo ella.

¡Lo vi! Le respondí.

Descríbeme lo que ves. Me dijo acercando de nuevo su mano a mi mano. Tu comeinzas a tener una alucinación sinestésica.

Veo una línea multicolor de apenas unos milímetros que irradia de nuestras manos. Ahora veo como comienza a salir de tu mano y de mi mano una especie de neblina luminiscente, cómo si estos destellos… Se acercan más,  cambian de color, se alargan,  más. ¡Wow! ¿Lo sentiste? ¡Se conectaron! Ahora parecen ser una sola línea la que nos rodea. Ella dejó la palma de su mano a unos milímetros de mi cuerpo. No puedo distinguir cual es tuya y cual mía.

Nacho suspiró. Y Natacha buscó su mano. No te vayas, le dijo.

Brazo

¿Escuchan eso? Dijo Nacho, se puso de pie y caminó hacia el umbral del tejaban. Natacha y yo lo seguimos. Y en un segundo una densa cortina de agua calló sobre la selva.

Natacha volvió a prender la vela a tientas, después se acercó a Nacho y lo abrazó.

En ese momento yo los miré y les dije. Si, ustedes están muy juntitos ¿no? Pero saben que, ya no me importa porque yo tengo a Brazo..

Instintivamente yo levanté mi brazo izquierdo hacia adelante con la palma de la mano girada hacia ligeramente abierta hacia el interior. Como si fuese a saludar a alguien.

¡Ro, estámos aquí contigo! Me dijo Nataccha cuando vió aquel acto de solitud.

No, en serio. Le dije sonriendo. ¿Verdad Brazo que nos tenemos a nosotros? Y comencé a hacer muecas y mímica con mi mano izquierda como si fuera un personaje. En serio somos buenos amigos. Mira Brazo no se me despega ni un segundo. Mis amigos sonrieron.

¡Estás bien loco! Me dijo Nacho con una mueca.

¡Mira! a Brazo no necesito saludarlo. Y luego, ¡chéca! Brazo me abraza. Y comencé a actuar de espaldas hacia ellos como si mi brazo izquierdo fuera el brazo de otra persona.

Me di la vuelta de frente a mis amigos y reí de mi propia tontería.

Baje mis brazos finalizando mi tonto sketch.

Hubo un silencio y unos segundos después Nacho me dijo.

¿Ya vas a empezar de nuevo?

No. Le respondí.

¿Entonces? Me dijo con una mueca señalando mi brazo izquierdo.

Giré mi cabeza y vi a mi brazo extendido hacia el frente. Pero esta vez, no había sido intencional.

Pensé bajar el brazo. Pero no pude.

¿Todo bien Ro?

Eso creo. Le respondí a Natacha.

Me concentré aún más para bajar mi brazo. Pero un movimiento que en cualquier otro momento hubiera parecido simplísimo. Ahora no lo era.

Mi extremidad no me obedecía. Sujeté mi brazo por la muñeca e intenté bajarlo. Pero estaba tieso como una piedra.

¡Ah chinga! Hablé en voz alta.

Nacho mascullo una risa forzada.

Sujeté con más fuerza mi brazo e intente doblarlo.

Y a pesar que soy diestro no logré mover la siniestra.

¡Ah cabrón! Gruñí. ¡Pérame! ¡Que ahorita te arreglo! Dije mientras forcejeaba con mi brazo izquierdo.

La escena debió haber sido muy cómica porque mis dos amigos ahora reían con mayor convicción.

¡Este wey!

¡Hay Ro!

Me enderecé jadeando, y con el brazo intacto los miré y sonreí nerviosamente. Ambos rieron.

¡Te pasas pinche Ro! Me dijo mi amigo.

¡Nacho, no es mamada! Necesito que me ayudes con mi brazo. Le dije

¿Cómo que no puedes?

Pues no puedo. ¡Míralo! Le dije a Nacho.

Él suspiro y se acercó a mí.

¡Estás aplicando bien tu estrategia, he! Me dijo.

¡Es-en-se-rio! Le respondí.

¡Si Claro! Ambos tomamos mi brazo izquierdo y comenzamos a forcejear. ¡Ustedes dos están bien locos! Nos dijo Natacha.

Ambos caímos al piso enredados, y apalancados a mi brazo tratando de enderezarlo. Y de pronto Nacho se paró en seco mirando a mi brazo de frente.

Me soltó de un golpe y se puso de pie. Su rostro apenas iluminado por la vela y enmarcado por la oscuridad lo hacía ver aún más asustado.

¿Qué es eso? Me preguntó.

No lo sé. Le dije recuperándome. Natacha paró de reír.

¡Ya Ro! Es suficiente.

La miré con un semblante de preocupación.  Gire mi atención de nuevo hacia la palma de mi mano sin dejarla de sujetar.  Y en ese momento, en un instante, creí entender lo que me estaba sucediendo.

Hubo un relámpago que iluminó toda la escena.  

¡Está aquí! Les dije a mis amigos. Es él quien ha tomado el control sobre mi brazo izquierdo.

Centro histórico de Querétaro año 2001

Estaba buscando un libro para la universidad, así que entré en una librería de libros usados. Aquella ocasión no encontré precisamente lo que buscaba, pero terminé comprando tres libros y entre ellos, adquirí un viejo manual de autohipnosis.

El fin de semana siguiente iba en el autobús rumbo a la casa de mis padres a Tula y me llevé el manual para leerlo en el camino.

Este texto como su nombre lo indicaba, describía una manera peculiar de comunicarse con el inconsciente a través del movimiento involuntario de algún dedo de la mano. Yo practiqué durante aquel viaje, hasta que en algún punto.

Después de varios intentos de seguir las indicaciones del manual. Me pregunté en segunda persona.

¿Con que movimiento expresas un, si?

Y entonces tímidamente mi pulgar izquierdo se movió sin mi voluntad. Sonreí.

Y me volví a preguntar.

¿Con qué movimiento expresas un, no?

Pocos segundos después mi dedo índice respondió moviéndose involuntariamente.

La fuerza dócil.

Es mi inconsciente, les dije a mis amigos. Mientras sujetaba con fuerza mi brazo izquierdo.

Otro relámpago iluminó la selva y las paredes del tejaban en donde estábamos acampando, a unos metros del cauce del río Xilitla, dentro de jardín escultórico de Sir Edward Jemes.

¿Qué dices? Me preguntó Natacha.

Y en ese instante, en mi mente aquella locura comenzó a tener sentido.

¡Claro! Dije. No puedo mover mi brazo, porque mi inconsciente tiene el control sobre él.

¿Qué? ¡Pinche Rodraz! Perdiste la cabeza. Me dijo Nacho mientras volvía a abrazar a Natacha por la espalda.  Yo los observé y pude sentir como el movimiento de mi amigo había sido provocado por su instinto, sin que él fuera consciente de ello.

¡Eso mismo! Le dije en voz baja. Una parte de ti sabe lo que estoy diciendo. Y es a esa parte a la que le hablo.  

Es todo aquello que escapa a la pequeña luz en la oscuridad a la que llamamos consciencia. Le dije a Natacha mirándola a los ojos.

Es el mundo que se extiende más allá de las fronteras de nuestra comprensión y de nuestro rango perceptivo. El instinto, el yo interior, el que controla cada movimiento dentro de mi cuerpo. La parte de mí que no es consciente de sí misma. Continué hablando tan seguro y convencido de lo que estaba diciendo.

Es el movimiento. Mascullé.

¿El qué? Preguntó Natacha.

Me volví hacia mi mano izquierda y dije en voz alta, hablándome a mí mismo.

Brazo ¿Con que movimiento expresas un, si?

De pronto mi mano giró dejando la palma hacia arriba y comenzó a abriste como una flor. Miré a mis amigos. Ellos se apretaron sin decir nada y miraban hacia la palma de mi mano.  

Brazo ¿Con que movimiento expresas un, no? Dije en voz alta con un tono más seguro.

Mi mano se giró lentamente mientras se cerraba hasta que quedó con un gesto torcido palma hacia el piso. En este punto, supe que Brazo me respondía a las preguntas que le hacía mediante el giro de mi muñeca. Un movimiento involuntario de mi mano izquierda significaba, sí. Y otro movimiento significaba, no.

Brazo ¿Eres mi inconsciente? Pregunté.

Mi mano comenzó a girar hasta quedar con la palma hacia arriba.

Eso es un sí. Dije.

Yo miré pasmado a mis amigos por lo que estaba sucediendo, pues yo no tenía ningún control sobre mi brazo izquierdo y este se estaba respondiendo a mis preguntas.

Poco a poco vimos con la escaza luz, como mi mano se volvía a su posición inicial, con la palma en horizontal medio cerrada como si pretendiera tomar algo invisible.

Brazo ¿Extrañaste a Rodraz? Preguntó Nacho mirando a la palma de mi mano izquierda.

Mi mano comenzó a moverse hasta que nos mostró su posición afirmativa.

Brazo ¿Dejará de llover esta noche? Preguntó Natacha.

La miré intrigado, pues aquella no era una pregunta interior, sino, que demandaba una predicción.

En ese momento pensé que Brazo no iba a responder. Pero los tres vimos como poco a poco mi mano giraba hasta quedarse con la palma hacia abajo, respondiendo de forma negativa. No va a dejar de llover en toda la noche. Dije interpretando la respuesta de Brazo.

¿Será una broma de mi inconsciente? ¿Cómo podría saber semejante cosa? ¿Y si no solo es mi inconsciente? ¿Entonces qué es? En ese momento sentí como si me internara en un túnel, los sonidos se disiparon y la imagen de la selva se concentró en un solo punto lejano, cerré los ojos, y un segundo después los abrí como si hubiera despertado de un sueño. Miré mi brazo y comprobé que había vuelto a recobrar el control sobre mis extremidades.

¡No mames! Dije preocupado, acaricié mis dos manos, y froté mis brazos, comprobando que todo estaba bien. Me sentí reconfortado. Pero también sentía que algo había cambiado. No estaba solo, en mi propio cuerpo. Miré por un momento a mis amigos, y recorrí con la mirada todo el espacio a nuestro alrededor. 

¡Hey Rodraz! Me llamó mi amigo, y me señaló con la mirada hacia mi brazo izquierdo.

Pero yo no había sentido nada extraño, giré mi cabeza, y vi que mi brazo había adoptado la misma posición que antes, solo que esta vez tenía la palma abierta hacia arriba. Parecía una postura receptiva, la palma de mi mano, parecía tener vida propia y sus expresiones me eran reconocibles, como si se tratara de un rostro.

Di un paso hacia atrás sin poder retirar la mirada de la palma de mi mano que con la luz de la vela, adquiría un tinte protagonista. Me abstrajo tanto las líneas de mi mano, su forma, la fuerza que parecía emanar de ella, que en un momento toda mi atención se redujo a mí extremidad.

Noté que la palma de mi mano se acercaba hacía mi cara lentamente, con una expresión fraternal.  Yo comencé a acercar mi cara hacia mis dedos dejándome llevar por la intención de mi mano que parecía surgir de la oscuridad.

El sonido de la lluvia desapareció, cerré los ojos a centímetros de mi mano, y pude sentir como irradiaba calor, pero también un fuerte magnetismo que me atraía como un imán.  Hasta que sentí como en un movimiento, la palma de mi mano izquierda se posó sobre mi frente.  

En ese instante toda mi vida paso en un segundo ante mí, Brazo me sujetaba, era como si siempre hubiese estado ahí conmigo en todos los momentos de mi vida, pero nunca me hubiera percatado de su presencia. Me sostuvo como un hermano gemelo al que nunca había visto antes. Su abrazo, abarcó toda mi consciencia y caí arrodillado al piso, noqueado por la fuerza de la unión y comencé a llorar como nunca antes.

Sentí la fuerza contra la que había luchado para recuperar mi brazo, pero me invadió la sensación de que era una fuerza dócil, como la de un imponente caballo que se rinde frente al mínimo movimiento de su jinete. Era una fuerza tan sutil que la luminosidad de la consciencia la oscurecía dejándola en segundo plano. Pero que su extraordinaria presencia trascendía mi propio cuerpo. Sentí como si fuera esa misma fuerza que impregnaba todo. Pero que a la vez era yo mismo. Y ahora estaba ahí, aquí, abrazándome como un padre, cómo una madre, como un hermano, como un hijo. Era yo mismo de nuevo.

¡Ro tranquilo! Escuché la voz de Natacha que me abrazaba. ¡Tranquilo Ro! Todo está bien. Y sentí como Nacho nos abrazó también.

Estuvimos así unos segundos. Hasta que sentí como esa fuerza dócil, surgía sin el impedimento desde el centro de mi ombligo, hacía mis extremidades, sentí que me abriría por dentro como una planta. La inercia de esa fuerza, me impulso lentamente hasta ponerme de pie. Respiré profundamente.

Tuve la sensación de estar conectado con todo lo que me rodeaba, sentía una lucidez inusual. ¡Estaba despierto! Como nunca antes.

Miré a mis amigos que estaban aún en el piso y les dije. Lo que acabamos de experimentar, es el momento más importante de mi vida, mi segundo nacieminto, fue la unión entre el consciente y el inconsciente.

Mescalito

Escuché el sonido de cada gota de lluvia al caer. Sentí el crujir de las ramas, escuché como el río crecía, sentí, la humedad en el piso de piedra, el latido de mi corazón, el latido del corazón de Natacha, el de Nacho, y los percibía no como algo externo a mí, sino como si yo fuera parte de ellos. Mis amigos se pusieron de pie y Natacha me tomó por las mejillas.

Tienes que parar Ro. ¡Escúchame! Es suficiente, estás alucinando.

Asentí con la cabeza.

Los tres nos pusimos de nuevo alrededor de la vela. De pronto tuve la sensación que algo subía por mis piernas, un escalofrío me recorrió todo el cuerpo, y el sabor amargo que sentía en mi boca se volvió más intenso.

Un segundo después sentí un empujón tan violento que me sacó de mi cuerpo. En ese momento, mi punto de vista, es decir el lugar desde el cual observaba la situación. Ya no estaba en mis ojos, sino que ahora veía desde algún un punto localizado detrás de mi hombro derecho. Observé a mis amigos, la mesa, las sillas, la vela, el cobertizo en donde nos encontrábamos, la lluvia, la noche, y también me vi a mi mismo de pie.

Una voz ronca y áspera salió de mi cuerpo gritando a mis amigos. ¿Qué creen que están haciendo? Dijo. Son unos idiotas, ustedes me mataron. Gruño la voz.

Entonces en un santiamén, pasaron frente a mí, todas las imágenes de nuestro viaje desde el desierto de Real de Catorce hasta Xilitla pero en sentido inverso. A gran velocidad, hasta que en mi alucinación, mi punto de vista, se posó sobre un matorral en el desierto de Catorce. Admiré en un total silencio el atardecer, las montañas al fondo del valle, el aire cálido y ligero. Y de un súbito cambio de dirección mi visión se enterró en el suelo arenoso. Entonces solo vi la oscuridad y tuve una sensación de calma.

Fue cuando tuve la sensación que algo golpeaba el suelo en el que me había sumergido, eran pequeños golpes de tambor muy a lo lejos, uno tras otro y después de manera caótica. Supe que estaba lloviendo. De pronto mi visión comenzó a moverse en la oscuridad, más y más hasta que una luz rojiza ganó terreno y de pronto sentí un impulso hacia la superficie. ¡Estaba creciendo como una planta! precisamente como un peyote. Al salir a la superficie, sentí el viento, la lluvia, el sol, y experimente una especie de orgasmo, que culminó en un florecimiento. Tuve una sensación exquisita de felicidad que me duró unos instantes, hasta que de pronto el frío sobrecogedor me atravesó por dentro y en un instante mi punto de vista se desprendió con un intenso dolor. Sentí cómo si me hubiesen cortado el cuello.

Son unos idiotas. Me gritó la voz.

Volví en mí, respiré profundamente y frente a mi vi a mis amigos iluminados por la vela. Aparentemente lo que para mí había significado varios minutos. En realidad habían sido solo unos segundos.

¿Qué estás diciendo Ro? Me preguntó Natacha.

Es él. Es mescalito, también está aquí.

Les dije temblando de miedo. No soy yo el que habla, no soy yo, es él.

Tranquilo Ro. Tranquilo, estas en trance.  Me dijo Natacha mirando mis pupilas dilatadas de cerca. Va a pasar pronto.

Entonces volví a perder el control de mi cuerpo, y una voz ronca que salió de mi boca le dijo a Natacha.

Tienes que cuidar de ellos esta noche. Fue la razón por la cual no quise que me encontraras. Natacha da un paso atrás.

Nacho se acercó a mí con pasos seguros, y me dijo. ¡Dámelo! ¡Yo voy a cargar con esto! Me tomó del brazo con fuerza y en el momento me sentí aliviado. Nacho en cambio comenzó a sacudirse hasta caer al piso convulsionando.

Me acerqué a él y lo tomé de los hombros. No amigo, yo debo de cargar con él. Le dije resignado.

Nacho se arrodilla tratando de recobrar el aliento. ¿Qué es eso? Su rostro estaba desfigurado de angustia por lo que había sentido.

Es él, y ha despertado dentro de mí. Le dije.

Hace tres días comenzaron un ritual en el desierto, y lo tienen que terminar juntos. Dijo la voz con una entonación mucho más pausada. Y volvió a fundirse su voz dentro de mi cuerpo. Yo respiré hondo mientras volvía en mí y me incliné sintiendo el peso de toda esa pesadilla.

¡Quiero que pare! Grité temblando de miedo.

Natacha se acercó y abrazó. Tranquilo Ro, tranquilo. Todo va a estar bien. Me dijo. Estuvimos así por un instante mientras ella tarareaba, como si me estuviera arrullando. No tengas miedo, es solo tu imaginación desbordada.

La primera visión

Natacha me abrazó y sujetó mi cabeza en su regazo. No te preocupes Ro, todo está bien. Me dijo mientras yo escuchaba como la lluvia golpeaba con fuerza el tejaban en donde pasaríamos la noche en la selva de Xilitla.

Lo que te está pasando, solo está en tu mente. Sus palabras me tranquilizaron, era cierto. Todo lo que estaba ocurriendo estaba solo en mi mente. La luz espiral que desprendían los sonidos, la parálisis momentánea de mi brazo izquierdo, el repentino cambio de mi punto de vista, las palabras de mezcalito que salieron de mi boca con otra voz que no era la mía, las visiones del desierto. Si, ella tenía razón, debía de tenerla. Todo estaba en mi mente, solo eso. Solo eso me repetí en silencio.  

Dime que es lo que ves ahora. Me preguntó Natacha mientras me abrazaba. En ese momento, mi punto de vista estaba en algún lugar lejos de ahí, por alguna razón sentí que esa visión tenía algo que ver con ella.  

Veo una construcción en piedra parece una muralla de unos treinta metros de alto, veo que tiene torres redondeadas que la  flanquean, me da la impresión de que es una fortaleza medieval.

Entre las dos torres veo una gran puerta de madera. Estoy entrando por la gran puerta de madera que está entre abierta. 

No hay nadie, sigo avanzando. Hay una gran escalera, subo, y llego a un pasillo que se extiende en dos direcciones, parece el interior de la muralla. Hace frío, está muy húmedo y oscuro.  Giro hacia la derecha y continúo. Al fondo algo, me acerco más, y más, parece una puerta apenas entre abierta. Parece que hay luz en el interior.  Me acerco, la puerta se abre.

Entré en una habitación circular, la torre. Al fondo hay una silueta, poco a poco la veo más detallada, es la silueta de una mujer que está mirando por la ventana.

Tiene  el cabello largo hasta la cintura y lleva un vestido. Creo que ha reparado en mi presencia, voltea hacía la puerta y le veo el rostro, me mira de frente. Eres tú.

Presiento que no hay nadie en el castillo, que no hay nadie en el bosque que lo rodea, ni en el campo, sigo ascendiendo. Te sientes sola, estás sola, pues no hay nadie a menos de cuarenta kilometros de distancia.

Abro los ojos, y Natacha se separa de mí. ¿Por qué dijiste eso? Me preguntó. No sé.

Natacha se dio la media vuelta y enfilo hacia el camino de piedra bordeando el río.

El círculo de protección

Nacho acomodó las sillas de plástico a nuestro alrededor creando un círculo y había dispuesto las mochilas y los sleepings en el centro. Mientras Natacha y yo hablábamos.

Cuando ella salió con prisa caminando bajo la lluvia me preguntó.

¿Qué le dijiste? ¿A dónde va? No sé. Respondí.

Nacho terminó de acomodar el lugar, verificando que las sillas estuvieran bien juntas unas con otras.

¿Qué haces? Le pregunté.

Un círculo de protección. Me respondió mi amigo.

Pero si tú no crees en eso. Le dije sonriendo tímidamente.

Él paró de hacer lo que estaba haciendo y me miró con el ceño fruncido. Con su mirada me dijo todo y cambié de tema.

¿Estará bien Natacha? Mejor vamos a buscarla, el río está muy crecido y no le vaya a pasar algo. Dijo Nacho.

Salimos del círculo que mi amigo había hecho y al instante sentí como si mi peso corporal se duplicara. Caminamos bordeando a tientas la pared enmohecida que delimitaba el camino que bordeaba el río hasta las cascadas y pozas de agua.

De pronto observé como las sombras se volvían más contrastadas. Tenían un negro tan profundo y absoluto que parecían tener volumen, como si aquellas sombras fueran las gotas derramadas de petróleo.

Apuré el paso y observé como estas sombras se aglutinaban formando un líquido de sombras.

La imagen me aterró pero me pudo más la necesidad de encontrar a Natacha. Está bajo la escalinata frente a la primera poza. Le dije a Nacho.

¿Cómo lo sabes? Me dijo. No lo sé, la ví. Respondí.

Unos metros más adelante, con la ligerísima luz provocada por el reflejo del pueblo de Xilitla en las nubes. Encontramos a Natacha bajo la escalinata. Ella nos vio llegar y nos abrazó.

Este lugar es mágico. Gritó ella.

Nacho y yo, solo ascentíamos con la cabeza. Cómo perros mojados.

Te encargo mi ropa y mis collares, me dijo al oído mientras me colocaba todo por encima. Se veía alegre, mientras que yo estaba terriblemente asustado.

¿No te vas a meter a la poza con la lluvia? Le alcancé a decir.

Y de un salto se aventó al agua. Nacho y yo instintivamente nos cubrimos los oídos.

¡No mames! ¿Qué es ese ruido? Dijo Nacho.

Yo sentí el sonido agudo en mis tímpanos como cuando sales de una fiesta. Cuando abrí los ojos, abrí también la boca. Todo, todo, todo cuanto me rodeaba tenía dos líneas de color, una color rojo intenso y la otra azul.
Fue como ver las líneas de frecuencia adheridas a cada objeto y cosa en el paisaje.
Parecía que Todo vibraba. Cada objeto, rama, planta, árbol. Vibraba a su propio ritmo. La imagen me impresionó.
No solo vibraban mis oidos, sino que todo lo que me rodeaba se había permeado de aquella vibración. Al parecer causada por el clavado de Natacha. Es como cuando gritas frente a una guitarra y sus cuerdas comienzan a vibrar. Pero en este caso pude ver la vibración en lugar de oirla. Dos líneas delgadísimas que se sobreponían una a otra.
El agua de la poza y la cascada eran las zonas donde las ondas parecían tener una menor longitud de onda y una mayor amplitud, se veían mucho más exitadas.

Las pidras al contrario tenían la longitud de onda más grande y amplía, apenas se distinguian de una simple línea. Las hojas de los árboles estaban igualmente exitadas, como las de la cascada pero con una frecuencia distinta.
Yo estaba tan extaciado como temeroso. Entonces vi salir a Natacha del agua fría. Y su desnudez estaba ataviada por estas mismas líneas de luz.

Está deliciosa el agua, ¿No quieren entrar?

Yo sacudí la cabeza, negando. Ella se vistió y me acarició.

¿Vamos Nacho o te quieres quedar un rato más en la lluvia? Le dijo a mi amigo.

No, ¡vámonos!. Le respondió.

Yo comencé a caminar tratando de seguir a Natacha como pude, pero ella mucho más ágil que nosotros. Pero conforme caminaba las líneas de luz comenzaban a desaparecer. Y pensé que tal vez había sido el impacto de Natacha saltando al agua, lo que había excitado mi visión provocando las ondas de luz y surgían de nuevo las sombras líquidas, agrupándose una vez más y se dirigían hacia donde estábamos nosotros.

Cuando por error, caminaba sobre una de estas sombras, sentía como mi fuerza disminuía. Hasta que entramos por fin al tejaban y una vez dentro del circulo que Nacho había trazado con las sillas de plástico me sentí mejor.

Lo extraño es que las sombras no podían penetrar el círculo imaginario que mi amigo había sillas de plástico.

Era como si la simple intensión de Nacho hubiera bastado para crear una barrera a el líquido de sombras.

Han notado como si se encendiera el humo de un cigarrillo en la otra caseta, a lado de la entrada. Dijo Nacho mirando hacia la selva,

Sí. Yo también.

Pues mira. Dijo Natacha. A lo mejor es alguien como nosotros que no tiene donde dormir. A lo mejor es el artesano que vendía cuentas de jade en la entrada. Tal vez. No lo sé.

O siento que nos mira, dije. Tal vez sea un protector. Mis palabras comenzaban a ser una mezcla de pensamientos y sentimientos.

Lo que sea. Dijo Natacha. Con que no se lleve nuestras cosas.

En ese momento como si hubiera una radio encendida, pude escuchar la canción de, Santa Lucía perfectamente. No estaba en mi mente, ni Nacho ni Natacha la tarareaban. La escuchaba como si proviniera del Fondo del tejaban, era la versión original cantada por Miguel Ríos.  

Este viaje lo iniciaron juntos, y juntos lo tienen que terminar. Escuche de nuevo la extraña voz de mezcalito. Un sudor frío me recorrió. Pues pensé que ya había terminado todo aquello.

Y sentí de nuevo el tirón desde el ombligo hacia el piso de piedra.

Alcancé a acomodarme encima de mi sleeping. ¿No tenemos agua? Les dije a mis amigos.

No, dijo Nacho.  Natacha comenzó a buscar en las mochilas.

No, ya no quedaba ninguna botella. ¡Ah! ¡Mira! Nos dijo Natacha sosteniendo una botella nueva.

¿Agua Querétaro? La sostuvo en sus manos tratando de adivinar la etiqueta con la escaza luz de la vela. Y tiene los arcos y todo.

¿Agua Querétaro? ¿Pero esa marca no existe o sí? Pregunté.

Pues como sea, yo tengo mucha sed. Dijo Nacho tras oler la botella.  Y le dio un trago. Luego otro, y luego otro. ¡Ah! Esta buena. Nos dijo.

¿Quieren? Si, por favor.

¿Quieres Nat? Si, gracias.

Sentí de nuevo el tirón.

Ya sé que estoy loco, pero escucho una voz que dice que debemos terminar el ritual, juntos.

Ella me acarició con una mirada entre lástima y preocupación. Poco después, no sé si por el cansancio o porque, pero entre Nacho y ella apagaron la vela y cerraron aún más el círculo de sillas.

Natacha entró en su sleeping y se puso en medio de los dos. Que descansen chicos. Hasta mañana, dijo Nacho.

Premoniciones

Yo trataba de dormir, pero miles de imágenes cruzaban mi cabeza. De pronto tuve la sensación de entrar en un túnel. Poco a poco pude ver que se trataba de una especie de laberinto bordeado por arbustos de gran tamaño. La imagen se volvió cada vez más nítida, estaba consciente de que estaba acostado en el tejaban, pero al mismo tiempo las imágenes parecían igual de reales. Entonces después de recorrer aquel pasillo rodeado de arbustos, llegué hasta un espacio abierto y oscuro. Entonces cuando tuve la sensación de haber salido, frente a mí, se alzó de nuevo otro laberinto más grande, recuerdo que corría entre ramas y en la oscuridad grisácea tratando de hallar la salida. Cuando por fin lo conseguí un tercer laberinto surgió del fango. Esta vez me costó aún más trabajo porque parecía una interminable vereda de lodo y arena que se hundía.

Y cuando sentí que había salido de aquel tercer laberinto escuché una voz que dijo. Has pasado la prueba y este es el primer mensaje.

Entonces mi punto de vista se movió súbitamente, hasta que me encontré en total oscuridad. Mi punto de vista giró y vi el enorme planeta tierra frente a mí. Mi visión estaba fuera de la atmósfera terrestre y podía ver claramente como nuestro planeta giraba sobre su eje como una enorme bola azul.

Al poco surgió detrás de ella, la Luna. La imagen era tan real y clara que podía ver cada detalle, los continentes, los océanos, las nubes. Ha sido sin duda una de las imágenes más hermosas que jamás haya visto. Entonces poco a poco siguiendo comenzaron a aparecer en mi campo de visión, los planetas. Se podían ver como continuaban su habitual trayectoria, pero que al mismo tiempo parecían estar alineados, se distinguían claramente los dos gigantes, Jupiter y Saturno.  Entonces escuché la voz sutil apenas perceptible que dijo. Esta será la señal. Una conjunción planetaria.  

Después esa visión desapareció y dejó lugar a una caótica escena, fugaz y rápida que contrastó con la pasividad de la anterior. Nubes, polvo, viento. Y poco a poco se formó otra visión. En ella estaba mi amigo Edson dentro de un avión, de pronto el avión se desplomaba y caía al vacío con mi amigo en el interior. Quise despertar pero no pude, y traté de gritar o moverme para no permitir lo que estaba viendo. Entonces una voz gruesa e inquietante dijo. ¡Tiene que caer!

Tratando de sobre ponerme a la imagen antes de verlo derrumbarse y despertar. Y al mismo tiempo escuché  la voz resonando como un eco en la selva, crujiendo hasta que al momento en el que me incorporé gritando. ¡No! un estruendo sacudió el tejaban, como si algo hubiese golpeado el techo con fuerza. ¡Para que venga tienen que caer!

Mis amigos brincaron del susto. ¿Qué fue eso?

Solo fue una rama que calló sobre el tejaban. Dijo Nacho sobresaltado.  

Natacha me vio y me abrazó. Tranquilo Ro. Estas soñando.

¡Pero lo vi caer! Le dije a Natacha. ¡No Ro! Tuviste una pesadilla. Nada más. Tranquilo. Poco a poco recobré el aliento. Ella comenzó a tararear alguna melodía inventada, que me tranquilizó, hasta que de nuevo, era consciente de estar acostado dentro de mi sleeping en Xilitla, pero también se proyectó en mi mente las imágenes de otra realidad, de otra visión que sucedía a la anterior.

Esta vez mi punto de vista se ubicó de nuevo en el espacio. La imagen me cautivó de nuevo llevándome a un estado de relajación profunda.

Como si fuera la pantalla de un cine, yo veía a nuestro planeta rotar desde el espacio a mi extrema izquierda.  Y en el horizonte veía a los planetas alineados.  Esta vez sin embargo escuché una melodía profunda que surgía de la tierra. Y de pronto las nubes blancas que cubrían parte del océano,  se comenzaron a salir de la órbita terrestre y formaron una estela que se movía plácidamente.

Parecía como si la tierra tuviera una cabellera larga que flotaba en el espacio, cuando fui consciente de eso, la tierra rotó y se transformó en el perfil de una mujer. Su rostro variaba ligeramente y me pareció que contenía la esencia misma de la feminidad.

Es tiempo de su retorno. Me dijo aquel inmenso rostro planetario sin mover lo que parecían ser unos labios montañosos. En ese momento mi campo de visión o punto de vista, giró en dirección contraria a la tierra, y en medio del espacio vi un punto de luz que se volvía más brillante a cada segundo.

Es el tiempo de su retorno. Volví a escuchar aquella melodiosa voz.

Aquel punto de luz, se acercaba a gran velocidad hacia la tierra.  Entonces cuando el objeto pasaba frente a mi pantalla de visión, esta se instaló por encima de él.

Pude ver claramente una cápsula plateada en forma de huevo alargado. De unos cinco metros de largo por unos dos metros de ancho. La parte superior aquel capullo plateado era transparente y en el interior vi la figura de un hombre acostado con los brazos cruzados sobre el pecho con los ojos cerrados. Es el tiempo de que vuelva. Escuche de nuevo la voz femenina mientras veía como se dirigía la cápsula hacia la tierra.

Abrí los ojos y me incorporé sobre mi sleeping. Mientras lo hacía vi de reojo que Nacho se incorporaba al mismo instante. ¿Lo viste? Le pregunté susurrando efusivamente tratando de no despertar a Natacha que estaba dormida entre los dos. Nacho asintió.

Fue como si hubiéramos estado conectados viendo la misma alucinación en el sueño. Los dos nos volvimos a recostar. En la visión que tuve al cerrar de nuevo los ojos, fue una imagen en la que Natacha y Nacho y yo rencaminábamos juntos. Tienen que estar juntos cuando eso suceda. Me dijo la misma voz femenina que había escuchado en la visión anterior.

La imagen se difuminó y solo percibí la oscuridad. Una plácida oscuridad que llegaba después de una intensa noche de vívidas visiones.

Ya ha pasado todo. Escuché decirme. Solo necesito algo de ti a cambio por lo que has visto.

¡Pero no poseo nada! Le dije en mí pensamiento. Solo tengo mi collar.

Es suficiente. Respondió la voz.

Suspiré, pues aquel collar lo había ido formando con piedras, caracoles, semillas, que recolectaba en mis viajes por México con Nacho y Edson. También tenía algunas cuentas de Jade que le había ofrecido a mi padre un amigo suyo al encontrarlas en una de las tantas excavaciones arqueológicas en la antigua ciudad de Tolteca de Tula.

Abrí los ojos, y sin levantarme del sleeping me quité el collar y lo puse sobre el piso junto a mí.

Descansa. Despertarás mañana a las siete en punto. Dijo.

Apenas alcancé a escuchar una voz que se diluían entre el murmullo de la lluvia al caer. Cerré los ojos. Cuando los volví a abrir ya era de mañana, miré mi reloj justo cuando el segundero caía en la casilla doce marcando las siete en punto.

Me levante con pesadez, Natacha no estaba y Nacho estaba preparando el café.

Nacho, puedes tomar mi collar que está en el piso y arrojarlo al río. Le dije a mi amigo.

¿Qué? Pero es tu collar, de jade. Me dijo asombrado. Ahora si ya piraste ¿o qué?

¡Por favor! Le dije con el semblante fruncido.

Nacho lo tomó y sin preguntarme más detalles se dirigió al caudal del río que iba crecido por la lluvia.

Nacho volvió, con el pantalón salpicado de agua. ¿Escuchaste eso? Me dijo. Cuando aventé el collar, el río se apaciguó un chingo. ¡No mames! ¿Pues que traías puesto?

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