5. Al día siguiente

Desperté en el desierto y el sol ya estaba en el horizonte. Rápidamente giré la cabeza buscando a Natacha y la vi a unos cuantos metros besándose con Nacho.

¡Este cabrón! Pensé. ¡No mames! Lo bueno es que el wey no iba a hacer nada! En ese momento sentí ganas de que me tragara el desierto. Cuando escuché sus risas. ¡Este cabrón se pasa!

Entonces fue hasta mi Natacha y me llevó una taza de café.

Venga cariño, vamos. Me dijo.

Me incorporé, le di un sorbo a la bebida. Y me sentí aliviado, tan pronto como me terminé el café me di cuenta que había sido lo mejor. Ya no sentía la presión del día anterior ni el remordimiento, ni los celos, ni nada. Ella se me quedó viendo fijamente y me dijo.

Quería que nos vieras, así está mejor. Me dio un beso tierno en la mejilla y se alejó.

Entonces chicos. ¿Regresamos a Real? ¿O que hacemos?

Pues si, no.

Si me late. Pues entonces hay que apurarnos para tomar el jeep. Recogimos nuestras cosas, nos lavamos la cara, bailamos, cantamos la de Santa Lucía y hasta que se terminó el café.

¿Y los mescalitos? Dije. ¿Pues llevamos algunos no? Dijo Nacho. Enterramos algunos y los otros para el real, allá preguntamos si estos son los buenos o no.

¿Porqué les dices mescalito?

Por un libro de mi papá, de Carlos Castaneda, no sé, por respeto tal vez. Le dije.

¿Respeto a un cactus? Me respondió Natacha.

Pues si, supongo. No sé.

Ok, yo pensé que por el mezcal. Me respondió ella.

¿Mezcal? ¿Dónde? Preguntó Nacho mirando en todas direcciones. Los trés reímos.

Caminamos de regreso entre el polvo y el sol que comenzaba a calar bebiendo las últimas gotas de la botella de agua. Hasta que llegamos al mezquite.

Nacho se fue a la tienda a comprar otras botellas de agua. Yo me quedé sentado apoyado en las mochilas. Natacha fue hasta donde estaba yo y se sentó entre mis piernas. Luego giró su cara y nos besamos por un buen rato y sin prisa. Nacho nos vío a lo lejos, se acercó con desgano y se fue a echar agua a la cara en a la pileta que había ahí cerca.

Ya en la jeep Natacha nos preguntó. ¿Qué hacemos? ¿Quieren regresar a Querétaro? O podemos continuar un poco más. Su voz se entrecortaba por las sacudidas del jeep que subía lentamente por la cuesta.

Porque no vamos mañana a Xilitla. Les dije.

¿A dónde?

A Xilitla. En una revista de México Desconocido de Edsón, me acuerdo que está cerca de San Luis Potosí.

¿Y que hay ahí o qué? Preguntó Nacho.

Pues ví en una revista que hay un castillo surrealista en medio de la selva y hay cascadas y cosas así.

¡Si, vamos! Gritó Natacha. Y ¿Cómo le hacemos?

Pues si quieren nos quedamos hoy en Real de Catorce y mañana temprano hacemos auto stop.

¡Va qué va!

Ese día nos la pasamos recorriendo el pueblo fantasma con las mochilas a cuestas porque ya no teníamos dinero para rentar otra habitación. Así que comenzamos de nuevo a jugar y brincar por todos lados pensando que pasaríamos la noche en alguna banca en la calle. Entramos a un gran edificio destruido con pisos de madera, dejamos nuestras cosas en el piso y comenzamos a gritar y cantar. Entonces se nos ocurrió hacer una improvisada obra de teatro en aquel lugar. Luego Natacha nos dijo cómo hacer un Om tibetano, tratando de mantener el aliento a través de la respiración circular, y buscando crear un sobre tono. Cosa que Nacho y yo desconocíamos por completo.

Vamos inténtalo. Y reímos, ahora yo. Reímos de nuevo. Más fuerte. Om. Om. Risas. Así tienes que mantener el sonido y después mover los labios para crear el sobre tono. Ya vez, así. Sí, sí. Tosí. Y ahora solo mantén el tono más tiempo. Pero me voy a quedar sin aire. No, mira. Jala aire por la nariz en pequeñas cantidades, así mira. Ándale. Así. Y no dejes de. Carcajadas.

¿Qué hacen aquí? Nos grita una voz desde la puerta del edificio. Y cuando volteamos había por lo menos cinco policías armados que nos rodeaban.

Nada, Oficial, solo estamos cantando.

Pues este no es un lugar para cantar. ¿Saben en dónde están?

No, la verdad no.

Esta es un salón de la antigua casa de moneda. Sus papeles por favor.

Pero, Oficial, no estábamos haciendo nada malo.

Sus papeles por favor.

Yo miro a Nacho y a Natacha. Los mezcalitos están en el fondo mi mochila. Pensé.

Si Oficial. Aquí están. Muy bien y los suyos. Aquí están, Oficial.  Saquen sus cosas de las mochilas.

Entonces lentamente sacamos todas nuestras cosas, y yo dejé mi ropa en bulto tratando de ocultar a mescalito. Uno de los policías palpó todas nuestras cosas, pero cuando estaba sobre el bulto de ropa. Lo paso de largo, como si no estuviera ahí. Nacho y yo nos miramos de reojo asombrados.

Nada, Oficial. Bueno. Tengan sus papeles y no vuelvan a entrar aquí jóvenes que el edificio está a punto de caerse. Claro Oficial. Así lo haremos. Recogimos nuestras cosas y salimos de ahí.

No lo puedo creer. ¿Viste eso? Le dije a Nacho. Si está cabrón. Que locura. Dijo Natacha.

Fuimos a una fondita a comer y la misma señora nos ofreció un cuarto en su casa para dormir por pocos pesos. A lo que aceptamos. Había un colchón tan sucio y roto que preferimos dormir en el piso.

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